¿En nombre de qué podemos afirmar que
tal acto humano es bueno o malo, tal conducta justa
o injusta, tal comportamiento correcto o no? Este
cuestionamiento no es en principio el de los
valores gracias a los cuales un juicio moral es
posible, sino necesario. Los pesimistas no siempre
tienen razón: el veredicto de que nuestra
época padece de una desaparición de
valores morales no es tan seguro; incluso ella
misma se ha creado algunos nuevos. Pero, perturbada
por los cambios que la afectan, está como
obsesionada por el problema de los fundamentos.
¿Sobre qué, a fin de cuentas, se apoyan
los valores y los principios éticos?
Una primera actitud nos invita a partir desde la “desilusión
del mundo”, que ve como definitivo el
desmoronamiento de los pilares tradicionales de
Dios y la metafísica. Tal postura prefiere
dejar abierta, es decir, sin respuesta, la pregunta
sobre los fundamentos, y favorecer nuevos consensos
éticos. ¿En nombre de qué? Para
intentar responder a esta pregunta las generaciones
que nos precedieron se apoyaron sobre dos
fundamentos. El primero era religioso: Dios
manifestaba su voluntad en su ley (respuesta dada
por las grandes religiones monoteístas). El
segundo era metafísico: los griegos
(Aristóteles, los estoicos) evocaban la
naturaleza humana, con lo que ella suponía
de consonancia armónica entre el cosmos y la
conciencia personal. Kant elegiría otra
perspectiva, también metafísica:
fundó su ética sobre el bien, buscado
en cuanto él mismo (“Hacer el bien
porque es el bien”) y percibido como un
imperativo categórico.
Ahora bien, estos dos pilares acaban de derrumbarse
ante nuestros ojos. La religión ya no
representa una referencia común a las
sociedades occidentales, a diferencia de ciertas
sociedades islámicas. En cuanto a la
metafísica, se ha desmoronado a partir de la
crisis de la razón ética, en el siglo
XVII; y degeneró en tantas convicciones como
conciencias individuales hay.
En materia de fe y de costumbres habríamos
abandonado así la era de las certezas para
entrar en la de las convicciones
[1].
Modernidad y secularización
El modelo de la modernidad
1. La explicación de tal cambio cabe en una
sola palabra: modernidad. Concepto
difícilmente asible cuando cientos de
interpretaciones la entrecruzan. Partamos desde la
más simple: la modernidad designa un modelo
(en el sentido americano de
pattern) de
sociedad que entra en vigor en el siglo de las
luces, primeramente en Francia; luego es impuesto
como modelo dominante en Occidente. Este modelo
ejerce hoy su fuerza de atracción sobre
todas las sociedades que se abren a las modas del saber, de la técnica y de la
producción que precisamente son llamadas “modernas”.
Se habla con razón de la modernidad como una
“supercultura” que recubre, para eclipsar o vaciarlas,
las diversas culturas del planeta.
2. El modelo de la modernidad presenta cuatro
principales características: en primer
lugar, una
evolución perceptible, desde finales de la
Edad Media
[2]
e influenciada por el nominalismo, del sujeto personal, que se afirma como la realidad del
primer mundo. “El mundo moderno se encuentra
(...), cada vez más, copado por la
referencia al sujeto que es libertad, es decir, que
sostiene como principio del bien el control que el
individuo ejerce sobre sus acciones y su
situación, y que le permite concebir y
sentir sus comportamientos como los componentes de
su historia personal de vida, y concebirse a
sí mismo como actor”
[3].
3. En segundo lugar, nuestras sociedades han
llegado a ser más técnicas que
realmente científicas.
La modernidad escoge al técnico como figura
emblemático. Ahora bien, éste
reivindica una convicción fundamental.
Cuando examinamos la evolución de las
sociedades modernas desde hace más o menos
diez siglos, no podemos negar una especie de
progreso global para el hombre: ¿No ha sido la
técnica el motor de esta evolución?
La conclusión se impone ella misma: todo
progreso técnico conlleva, más o
menos directamente pero de manera inevitable, un
progreso humano y moral. Lo que es
técnicamente posible ¿por qué no
hacerlo? Así, el paso al acto se hace
inevitable
[4].
La modernidad se presenta entonces como una nueva
religión que confiere a la técnica un
estatuto mesiánico: nuestros
contemporáneos esperan de ella, y
sólo de ella, que mitigue sus sufrimientos y
colme sus esperanzas. Desde este punto de vista no
sería justo decir que la tecnología
moderna es un instrumento neutro y que la moralidad
depende de la forma en que se utilice esta
técnica. Ella misma señala una
modalidad que es propiamente moral.
Por una parte, confiere al actuar humano una
expansión que hace decir a algunos que nos
hallamos ante una moral totalmente nueva (Hans
Jonas). Por otra, la utilización de la
técnica moderna requiere una forma de ser y
una determinada visión del mundo: en una
palabra, una ideología, que por sí
misma ya es moral. “La revolución
tecnológica pone en juego lo que nunca antes
había sido cuestionado... (La ética
tradicional) de lo próximo y del presente,
circunscrita a la humanidad, se halla desbordada
por todos lados por la mutación de un actuar
que toca, ya desde hoy, lo remoto y el futuro, las
condiciones naturales de la humanidad, la esencia
del hombre y hasta la misma biosfera”
[5].
En una obra publicada en 1961, Louis Armand
amonestaba a Occidente, culpable según
él de no ser “demasiado entusiasta con
su triunfo. Nunca se dirá bastante lo
peligroso que resulta poner mala cara ante el
progreso”
[6].
La posmodernidad quizás comience con una
actitud de sospecha ante el progreso en cuanto
tal.
4. La modernidad está convencida, en tercer
lugar, de que la gran querella surgida en los
albores del Renacimiento entre los antiguos y los
modernos se resuelve con el total triunfo de los
segundos y el descrédito de los primeros. El
hombre occidental habría entrado en un
período radicalmente nuevo (llamado “moderno”
precisamente por eso) en el cual la
enseñanza de los antiguos perdería
toda pertinencia
[7].
De hecho, asistimos a un eclipsamiento de la
cultura general llamada clásica. Los grandes
maestros y los textos-fuertes, largo tiempo
juzgados fundadores de nuestra cultura, se hunden
ahora en la noche del olvido
[8].
Así, un desafío particular es lanzado
a la Iglesia Católica, investido de la
misión de custodio del patrimonio cultural
humano. “Lo que me sorprende, en lo
concerniente a Europa occidental -dice Paul
Ricoeur-, es la abundancia de las herencias
desechadas: judeo-cristiana, grecorromana, la del
Renacimiento y la Reforma, la de las Luces (...).
Lo que padecemos, en primer lugar y a este
respecto, es la incapacidad del entrecruzamiento,
puesto que es un arte difícil (...). Cuando
hablo de relativizar, quiero decir que el
período que va desde el Renacimiento hasta
el siglo XX es un período corto, y que es
necesario saber mirar hacia atrás, hacia
esas herencias de las cuales hablé hace un
instante. Estoy en contra de una
sobrevalorización de lo que ha pasado hace
dos o tres siglos. Es necesario reubicar todo eso
en una historia general de la humanidad”
[9].
Y precisamente la modernidad se percibe como un
comienzo histórico absoluto.
5. Finalmente, la modernidad se caracteriza por la
secularización.
El proceso de la secularización
1.
Hay que analizar la secularización
como un proceso histórico que transcurre en
tres etapas: la primera etapa se produce en el
siglo XVIII y reviste la forma de un proceso contra
Dios mismo. El historiador Paul Hazard lo describe
así: “ ... Se abrió (entonces)
un proceso sin precedentes, el proceso a Dios ( ) y
siempre se percibía, por parte de los que lo
inauguraron, una amargura, un rencor; siempre la
idea de una responsabilidad incrementada de siglo
en siglo. Ya hacía mucho tiempo que
debían haberse pedido cuentas. El Dios de
los cristianos había tenido todo el poder y
lo había usado mal. Se le otorgó toda
la confianza y Él estafó a los
hombres; éstos, bajo su autoridad, tuvieron
una experiencia que no los condujo más que a
la desgracia”
[10].
En el siglo XIX, el proceso se transforma en
rechazo de Dios. F. Nietzsche ilustró bien
esta segunda etapa que anunciaba: “Dios ha
muerto. La crencia en el Dios cristiano cayó
en el descrédito”
[11].
Este autor incitó al hombre a despertar en
él poderosas fuerzas que la “moral
judeo-cristiana” le había
enseñado a refrenar, y que es definida como
catálogo “de pequeñas y grandes
tretas, artificios que emanaban un perfume de
farmacia doméstica y de cordura de buena
mujer”. Nietzsche dignosticaba que la
sociedad europea había entrado en un largo
período de nihilismo: los grandes valores se
desvalorizaban “y la reacción
espontánea, que consistía en defender
esos grandes valores tanto más vigorosamente
cuanto más se debilitaban, refuerza
aún más el nihilismo; ya que esto
prueba que esos valores no son más que
valores cuyo único valor es el poder de
afirmación que los sostiene desde el
exterior. Así los devela como
intrínsecamente dependientes de la voluntad
de poder y alienados por su imperio”
[12].
La tercera etapa, en el siglo XX, contempla el
advenimiento del “hombre demiurgo”. El
extraordinario desarrollo de los conocimientos
científicos
[13]
y el progreso, más extraordinario
aún, de una técnica que interviene en
todos los dominios, han lanzado al hombre a ocupar
el lugar de un dios a partir de hoy ausente. “Desde
el presente -escribía J. Rostand- tenemos el
medio de accionar sobre la cosa vital (... ) puesto
que hemos penetrado en los arcanos de la naturaleza”
[14].
La ciencia hizo de nosotros dioses, antes de haber
merecido ser hombres.
2. La secularización reviste, entonces, dos
aspectos esenciales. Por un lado reivindica las
autonomías de las mentalidades y los modos
de vida de toda referencia religiosa o
metafísica. Por el otro, afirma la voluntad
del hombre de no extraer más que de
sí mismo las orientaciones y normas morales
juzgadas convenientes. El tunecino Ali Mezghani la
define así: “Del tema de Dios,
subordinado a la fe, es necesario pasar al tema del
derecho, subordinado a la ley humana”
[15].
3. Como experiencia histórica, la
secularización no se explica sino en
relación a la cultura cristiana, marcada por
una profunda ambivalencia. Ésta, en efecto,
hizo posible el extraordinario despliegue de las
ciencias y la técnica modernas: una sociedad
secularizada no puede dejar de reconocer tal deuda.
Al mismo tiempo, sin embargo, el advenimiento de la
modernidad implicó una crítica a todo
pensamiento tradicional, luego, del cristianismo,
en cuanto a su rol de matriz cultural de
Occidente
[16].
La secularización, hemos dicho, exige una
separación radical de toda expresión
religiosa o metafísica, mas no rechaza la
religión en cuanto tal, sino su supuesta
pretensión de moldear la sociedad, como lo
hizo en el pasado, y de regentar sus costumbres.
Cada individuo es libre en sus convicciones. La
religión entonces se torna un asunto
exclusivamente privado.
4. En una obra sugestiva, el historiador Marcel
Gauchet explica que el cristianismo ha sido “la
religión de la fuga de la religión”
[17].
El mundo “está abandonado por sus
dioses y por su Dios” (Martin Heidegger). Lo
divino se retiró inexorablemente del mundo.
La naturaleza, en el sentido amplio del
término, ya no es más el
jardín maravilloso donde Dios se
ofrecía a la contemplación y a la
amistosa conversación con el hombre
(
Gén 2,15-17; 3,8). El universo ha
llegado a ser neutro, indiferenciado,
desilusionado, porque la presencia del Otro lo
abandonó.
El cristianismo ha sido “la religión
de la fuga de la religión” porque
contenía el principio de la
separación de autoridades entre Dios y el
César, la Iglesia y el Estado, el individuo
y el grupo, la conciencia personal y la ley social.
Ahora bien, otras religiones ignoran este principio
o lo rechazan totalmente. El Islam, por ejemplo,
reduce a casi nada la conciencia personal y se
presenta ante todo como un orden social
establecido. Forzarlo a plegarse a las fuerzas de
secularización tal como las entiende el
cristianismo, es no sólo hacerle violencia,
sino desfigurarlo e imponerle la negación de
sí mismo. Sería entonces por falta de
cultura, pereza intelectual y sentimiento de
superioridad que calificamos de “integristas”
las protestas, a menudo violentas, llevadas a cabo
por los musulmanes fieles en contra de las
costumbres occidentales. En realidad, estas
protestas no serían ni minoritarias ni
marginales, a imagen de las reacciones integristas,
sino que surgirían del corazón mismo
de la religión islámica. Un pensador
musulmán lo expresa sin equívocos: “La
religión para un musulmán no es
asunto de conciencia y prácticas privadas,
como el cristianismo puede serlo para un europeo.
Aceptar el Islam es aceptar un determinado orden
social”
[18].
5. Ésta es la situación en que nos
encontramos. Nuestra época no carece de
valores morales. Por cierto, expulsó
(¿para siempre?) los valores tradicionales,
calificados como mutiladores por medio del
sacrificio y del deber. Pero la nueva cultura no
está vacía: “Se descubre por
gran variedad de rasgos: búsqueda de la
calidad de vida, pasión por la personalidad,
sensibilidad ecológica, desafección
por los grandes sistemas de sentido, culto a la
participación, moda 'retro',
rehabilitación de lo local y lo regional, de
ciertas creencias y prácticas tradicionales”
[19].
Por supuesto, y siempre según este autor “logró
la hazaña de atrofiar en las mismas
conciencias la autoridad del ideal altruista, de
disculpar el egocentrismo, de legitimar el derecho
de vivir para sí mismo”
[20];
pero al mismo tiempo, favorece la eclosión
de auténticos valores morales, tales como la
responsabilidad
[21],
la honestidad, la tolerancia, los derechos del
hombre y la participación democrática
en los actos públicos
[22].
Nuestra cultura se pregunta cómo dar a estos
valores una base que les garantice la credibilidad,
la estabilidad, la permanencia.
Los prejuicios de la 'desilusión del
mundo'
¿El proceso histórico, brevemente
descrito arriba, es irreversible? Más
valdría no discutirlo. La tarea que se
impondría entonces al moralista, y a la
larga, al hombre contemporáneo, sería
la de pensar desde ya la ética en el mundo.
Este prejuicio casi no se deja conmover por las
previsiones alarmistas o jubilosas de un “retorno
de lo religioso”. Admite que el racionalismo
científico y laico de antaño suscita
hoy, como en una suerte de protesta, una
religiosidad difusa e irracional
[23].
Estima, sin embargo, que este fenómeno
será siempre marginal. Sabe que, en todo
caso, no conducirá a la restauración
de las religiones institucionalizadas
[24].
Un prejuicio secular: la 'ética
procedimental”
“Es necesario fundar el pensamiento en la ausencia de
fundamento (... ) La ética no se funda
más que sobre ella misma”
[25].
Puesto que se ha vuelto imposible ponerse de
acuerdo sobre ella, dejamos abierta la pregunta
sobre los fundamentos e intentemos construir una
ética que sea aprobada por mayoría de
votos. Así aparecieron las éticas
modernas del compromiso y del “consenso”
social. De ella encontramos una buena pintura en la
célebre obra del filósofo americano
John Rawls,
Teoría de la Justicia,
donde intenta edificar un sistema ético
compatible con la democracia liberal
[26].
Su proyecto es definido por Paul Ricoeur como “una
tentativa de desplazar la cuestión sobre los
fundamentos en beneficio de una cuestión de
acuerdo mutuo, lo que es el tema mismo de toda
teoría contractual de la justicia”.
1.
La
“ética procedimental”
designa una corriente que se desarrolló
después de los años 30,
principalmente en las sociedades germánica y
anglosajona, al punto de imponerse como postura
dominante.
2. Ésta se asienta sobre un doble
postulado:
El primero fue tomado en préstamo del
sociólogo alemán Max Weber
[27],
que distingue dos enfoques éticos: la
“ética
de la convicción”, que hace
referencia, como su nombre lo indica, a las
convicciones personales del sujeto, y se articula
en torno al tradicional binomio bien/mal. Por
ejemplo, yo puedo decir que tal acto es bueno para
mí porque lo juzgo fiel a mis convicciones,
heredadas del medio social o forjadas en las
peripecias de la existencia individual. El segundo
enfoque ético weberiano hace referencia a la
“ética de la responsabilidad”,
cuyo campo es, ante todo, la moral comunitaria.
Esta ética señala las aplicaciones,
para el grupo, de las decisiones que pueda tomar un
sujeto al ejercer sus responsabilidades. Así
puede suceder, como pasa a menudo, que el sujeto se
encuentre ante un dilema entre sus convicciones
personales y sus responsabilidades
sociales
[28].
La
“ética procedimental”
indica en este caso otorgar la preeminencia a
la ética de la responsabilidad. Considera
sólo la dimensión comunitaria de la
decisión moral y abandona a las convicciones
personales los criterios del bien y del mal, a los
que esta teoría sustituye por los de “conveniente”
(en inglés
right) para el individuo o
el grupo, y “no conveniente”
(
wrong). La historia reciente abunda en
ejemplos famosos.
En 1974, el Presidente de República francesa
explicaba que sus convicciones personales le
hacían ver el aborto como intolerable, pero
que sus responsabilidades políticas le
imponían intentar circunscribir el mal
social que representaba el aborto clandestino, por
lo que promulga entonces la ley de
despenalización de su ministra de salud,
Mme. Simone Weil, después de su
aprobación por el Parlamento. Colocado en
las mismas circunstancias, quince años
más tarde, en marzo de 1990, el rey belga
abdicó durante 38 horas, a fin de no verse
obligado a firmar la ley de despenalización
del aborto. El rey prefirió dar prioridad a
sus convicciones.
El segundo postulado fue formulado más
recientemente. En una sociedad culturalmente
abigarrada, donde se entrecruzan diferentes
creencias a veces opuestas, los fundamentos
religiosos y metafísicos ya no podrán
ser más objeto de consenso social. Como
escribe uno de los teóricos de la escuela de
Frankfurt, M. Horkheimer: “La razón
humana ya no puede pronunciarse sobre los fines”.
¿Cómo definir al hombre si su
razón “atraviesa por un eclipse?”
(Horkheimer). Otro filósofo alemán,
Jürgen Habermas, ve en el lenguaje su
característica más esencial: el
hombre es un ser de lenguaje. Es entonces por el
intercambio de la palabra que una sociedad puede
llegar al consenso necesario para la
formulación y adopción de nuevas
éticas. “Se puede reducir la misma
discusión sobre la ética al principio
según el cual sólo pueden ser
consideradas como válidas las normas que son
aceptadas (o podrían serlo) por todos
aquellos a los que concierne, en tanto y en cuanto
ellas formen parte de una discusión
práctica”
[29].
3. Según la actual ideología
dominante, la democracia representa la forma
más acabada de la evolución de las
sociedades humanas. No habría combate moral
más imperioso que el de hacer triunfar este
sistema político en todo el planeta. La “
ética
procedimental” se declara hasta tal punto
persuadida de la excelencia de la democracia, que
desea injertarla en la moral; y así se vale
de su método.
La
“ética procedimental”
comienza por entablar un largo debate, un “intercambio
de palabras”. Cada uno es invitado a exponer
su opinión. La tolerancia se transforma en
la mayor virtud del diálogo: yo escucho al
otro, aunque sus propósitos contradigan mis
propias convicciones. Se prohibe toda referencia a
los conceptos de “verdad” o de “absoluto”,
puesto que éstos quiebran el “intercambio”.
La
“ética procedimental”
rechaza toda intervención “magisterial”,
exterior o superior al grupo considerado;
intervención que vendría a dictar
aquellos principios y normas de las cuales se
tendría necesidad
[30].
Cuando el intercambio ha sido juzgado suficiente,
los miembros del grupo, o sus representantes, se
pronuncian por un voto. Ciertamente, este voto
constituye una convención a la vez relativa
y provisoria: años más tarde, llamado
a pronunciarse nuevamente sobre las mismas
cuestiones, el cuerpo social podría opinar
de manera totalmente distinta. Pero hoy proporciona
a la sociedad los principios y normas éticas
que le son indispensables en este momento. La norma
no significa ya una exigencia del bien o de la
verdad, hablando en términos absolutos, como
en las morales religiosas o tradicionales; sino que
otorga aquello que es lo “justo” para la
sociedad en un momento preciso de su historia. El
sujeto ya no comete una falta al ejecutar un acto
que contradice sus convicciones personales, mas que
cree “conveniente”, en su conciencia,
para sí mismo y para los demás.
4. Como decíamos, la
“ética
procedimental” se impondrá de a
poco en las sociedades democráticas modernas
y pluriculturales, y en estos momentos triunfa en
los diversos comités de
ética
[31].
Por un lado, se ampara en el prestigio que tiene la
democracia en la mentalidad contemporánea;
por el otro, rellena la manera más o menos
conveniente el hueco dejado por la deserción
de la razón. En este sentido, la
“ética
procedimental” no podría ser
totalmente adjudicada a la modernidad,
caracterizada por un acto de fe en la razón
humana, sino más bien a la “posmodernidad”.
5. La
“ética procedimental”
se asienta sobre la convicción
básica según la cual, siempre, en
ética, es necesario un consenso y siempre un
compromiso es posible. Justamente es esto lo que es
preciso discutir. La
“ética
procedimental” se ubica en una postura
netamente positivista. Las normas morales no
serían sino convicciones que la sociedad se
daría a sí misma, de idéntica
manera como si se tratara de reglas de juego.
Situando las exigencias primordiales del bien y la
verdad en el plano de las convicciones personales,
la sociedad se erige como fundamento último
de los valores morales. ¿En nombre de
qué afirmar que tal actitud es justa o
injusta? En nombre de la pertenencia del individuo
al cuerpo social. ¿Qué sucede entonces
con el concepto de dignidad de la persona humana,
puesto que ya no existe un absoluto moral? A la
sociedad no le queda otro camino sino arrogarse el
derecho divino de fijar las fronteras entre la vida
y la muerte. ¿El “umbral de la humanidad”,
por ejemplo, en los lindes de una existencia o en
su apagamiento, depende ahora sólo de las
prescripciones de la ley positiva, variables de una
sociedad a otra? ¿En nombre de qué
protestar contra la violación de los
derechos del hombre en una sociedad que no
permitiría en ella más que una
expresión limitada de ellos, o que no
querría reconocerlos? ¿Cuál es
el lugar que se le deja a la “disidencia”
moral? La naturaleza humana tiene horror al
vacío. A partir del momento en que la
secularización desterró a Dios, era
inevitable que otra instancia asumiera la autoridad
y los poderes que Él detentaba: la sociedad
se entroniza así como la nueva potencia
tutelar. No es seguro que la libertad humana haya
salido ganando con este cambio. La “sagrada”
pretensión de una sociedad cerrada a toda
trascendencia se expone al riesgo de una nueva
opresión, sutil y más temible
aún: hacer gala del prestigio del consenso y
de la expresión mayoritaria. Recordemos que
para denunciar este peligro los primeros
mártires del cristianismo entregaron su
existencia.
La
“ética procedimental”
se cierra porque no puede hacer otra cosa ante
la pregunta sobre la trascendencia.
Haciéndolo, ¿lo abre la puerta a
desviaciones totalitarias? En seguida analizaremos
este tema. En realidad, no se contenta con extraer
de la democracia un procedimiento de
elaboración de normas, sino que la erige a
ella misma como el valor moral por excelencia, con
respecto al cual deben ser considerados todos los
demás valores. En consecuencia, todos los
valores son relativizados. No cabe duda, para
nosotros al menos, de que la encíclica
Veritatis Splendor (VS) se muestra
sorprendentemente profético con respecto a
este tema
[32].
“En numerosos países, después de la caída
de ideologías que ligaban la política
a una concepción totalitaria del mundo -la
primera entre ellas, el marxismo- un riesgo no
menos grave aparece hoy a causa de la
negación de los derechos fundamentales de la
persona humana y de la absorción, por el
marco político, de la aspiración
religiosa que reside en el corazón de todo
hombre: el riesgo de la alianza entre la democracia
y el relativismo ético, que despoja a la
convivencia civil de toda referencia moral segura y
la priva radicalmente de la aceptación de la
verdad” (
VS 101). Y aún
más: “Si las convergencias y los
conflictos de opinión pueden constituir
expresiones normales de la vida pública en
el marco de la democracia representativa, la
doctrina moral no puede, ciertamente, depender del
simple respeto de un procedimiento. En efecto, de
ningún modo la doctrina moral es establecida
aplicando las reglas y requisitos de una
deliberación de tipo democrático”
(
VS 113).
Un prejuicio teológico: las
teorías de la autonomía de la
conciencia
1. Algunos teólogos, principalmente alemanes
y anglosajones
[33]
invitan a ver en la secularización no una
prueba para la moral cristiana, sino su
consagración. Para ellos, “lo humano”
es el criterio de lo cristiano: “La fe cristiana
tiene tanto más valor cuanto que promociona
la humanidad del hombre lo más posible y
luego desaparece”
[34].
2. Tales teólogos luchan a favor de una
asimilación, por parte de la teología
católica, del concepto de autonomía
tal como fue elaborado en el Siglo de las Luces.
Sus tentativas se inspiran en Kant, quien operaba
una separación metodológica entre la
ética (que respondía a la pregunta “¿Qué
debo hacer?”) y la fe (inspirada por el “¿Qué
debo esperar?”)
[35].
El deber moral no saca su justificación de
consideraciones religiosas: Kant se sitúa en
una posición de autonomía con
respecto a la fe, a pesar de que su
comprensión última lo conduce a
plantearse un cuestionamiento sobre ella.
Según estos teólogos, la
teología católica reaccionó
negativamente ante el concepto de autonomía
durante dos siglos. Prefirió un tratamiento
teonómico y defendió así la
autoridad de la fe contra la pretensión
científica de la ética
[36].
Hoy debe tomar partido por la secularización
e integrar ese concepto, que le es central.
3. Proponen apoyarse sobre el principio de
autonomía de las realidades terrenas, que la
constitución conciliar
Gaudium et spes
definió en estos términos: “Si
por autonomía de las realidades terrenas se
quiere expresar que las cosas creadas y las mismas
sociedades poseen sus leyes y valores propios que
el hombre debe, poco a poco, aprender a conocer, a
utilizar y a organizar, tal exigencia de
autonomía es plenamente legítima: no
sólo está reivindicada por los
hombres de nuestro tiempo, sino que corresponde a
la voluntad del Creador. Es en virtud de la
creación misma que todas las cosas han sido
establecidas según su consistencia propia,
su propia verdad y su propia excelencia, con su
ordenamiento y sus leyes específicas”
[37].
El Concilio aplicaba este principio a las ciencias
y técnicas; estos teólogos lo
extienden también a la realidad moral.
4. Toda proposición moral, entonces, debe
ser fundada racionalmente, y la que no pueda serlo,
resulta inadmisible para la conciencia. Las normas
morales no necesitan la autoridad de las
proposiciones teológicas para ser
demostradas racionalmente. Los cristianos no
necesitan invocar la revelación para
justificar sus principios, sino que trabajan codo a
codo con los que no comparten su fe y no
deberían invocar ninguna especificidad en la
obra común de hacer a los hombres libres y
responsables y de edificar una ciudad justa y
solidaria.
Para todos, la libertad y la dignidad del hombre
son el fundamento último de la ley moral en
una sociedad secularizada. El ser humano y el
cristiano son éticamente indiferenciables.
La ética se encuentra así liberada de
toda atadura de fundamentos de naturaleza religiosa
o teológico. La razón práctica
reina por completo.
5. Los teóricos de la autonomía de la
ética se defienden de la doble sospecha de
falso liberalismo y agnosticismo religioso:
explican que la autonomía de la razón
práctica no conduce a una libre
disposición de sí, ya que ésta
insiste en la responsabilidad que cada uno tiene
ante los demás. No debe ser interpretada
como una especie de autarquía respecto de lo
religioso. Admiten que el camino de la moral recibe
gran claridad expuesto a la luz de la
Revelación: “La autonomía de la
ética y la ortopraxis de la fe forman la
moral de los cristianos (... ) En la fe tenemos un
motivo de esperanza concreta, y por ella
comprendemos lo que es el
sentido del deber,
lo que significa que no sólo podemos
justificar las proposiciones éticas sino que
podemos ver, además, su sentido
último
[38].
6. La teoría de 1,a autonomía de la
ética no cuestiona la competencia del
Magisterio como tal en materia moral. Admite, de
hecho, que defina y recuerde los valores morales
fundamentales, pero señala que no
podrá intervenir sino de manera subsidiaria
y desde ningún punto de vista como
¡instancia legislativa en los diversos
dominios de la moral particular. En todo momento
deberá mantener una conducta argumentativa;
la adhesión solicitada dependerá,
entonces, de la fuerza y la pertinencia de los
argumentos empleados. Ante la importancia que ha
cobrado esta teoría y el peso de sus
consecuencias, el Magisterio no podía
quedarse callado: debía intervenir.
Él la examina largamente, entonces, en la
encícli
ca Veritatis Splendor (
VS
32, 55-56).
La teoría de la autonomía conduce a
una interpretación “creativa” de
la conciencia moral: crea los principios a la luz
de los cuales apreciará el valor de los
actos humanos. La conciencia es un santuario, mas
la secularización lo ha vaciado de toda
presencia religiosa y cerrado a toda
manifestación de la trascendencia. Es el
hombre quien ocupa ahora ese lugar desalojado de la
presencia divina, y, solo, dialoga allí
consigo mismo, con su propia representación
del deber y de la responsabilidad. En caso de
conflicto de deberes, la misma conciencia se
encarga de conceder las excepciones a la regla, y
así llevar a cabo, de buena fe, actos
calificados por la ley moral como
intrínsecamente malos (
VS 56).
Después de haber recordado que existe, en
efecto, una justa autonomía de las
realidades terrestres (
VS 40), y que el
hombre está en manos de su propia
opinión, la encíclica ofrece un corto
tratado acerca de la conciencia moral. Ésta
es, por cierto, un santuario, pero precisamente,
como todo santuario, está habitado por la
presencia divina bajo la forma de la ley. Lo que
parecía ser un diálogo del hombre
consigo mismo en su intimidad, es en realidad la
más fundamental de todas las experiencias
morales: un encuentro contemplativo con Dios mismo,
la fuente del bien (
VS 58). La conciencia,
entonces, no es legislador supremo en
materia moral: juzga los actos a la luz del bien
que resplandece en lo más íntimo de
su ser. Es la “norma inmediata de la
moralidad personal” (
VS 60), mientras
que la ley divina es la norma universal y objetiva
de la moralidad.
Modelada por la psicología personal, la
conciencia adolece de las fragilidades y flaquezas
del sujeto. No es jueza infalible, y puede
equivocarse, ya sea de mala o buena fe (
VS
62). No puede comportarse como una instancia
autónoma, sino que necesita remitirse
primordialmente a una ley recibida (y no que ella
se autoentrega); una ley a la vez íntima,
puesto que está inscrita en lo más
profundo del ser humano (ley natural) y exterior,
que la Iglesia interpreta de una manera
auténtica por su Magisterio. “La
Iglesia se pone siempre, y únicamente, al
servicio de la conciencia, ayudándola a no
apartarse de la verdad sobre el bien del hombre,
pero, sobre todo en las cuestiones más
difíciles, a alcanzar más seguramente
la verdad y a permanecer en ella” (
VS
64).
Ética y trascendencia
1.
Tomando parte en la “desilusión
del mundo”, la
“ética
procedimental', y en cierta medida las “morales
de la autonomía”, afirman que la
coherencia social, cultural y ética de la
comunidad humana sólo puede reposar sobre
las bases de una estricta inmanencia. Toda apertura
establecida con perspectivas a un más
allá, aunque sea a título de
hipótesis, está excluida de todo
intercambio público, relegada al
ámbito de las convicciones personales y
privadas de cada uno. La secularización
desaloja la noción de trascendencia: “Yo
subrayaría (... ) esa afirmación de
que este mundo en el que vivimos no deja lugar a
nada ni detrás de sí ni en el
más allá. Este mundo es el horizonte
total de ser, no hay otro dominio que le
sería trascendente (... ). Este mundo es la
sola fuente y el solo contexto de todas las normas
éticas o políticas. La fuente de los
valores morales y sociales, así como la
legitimidad política, no puede buscarse en
un más allá. Ésta se encuentra
en los seres humanos, hombres y mujeres que se
interrogan para elaborarlos”
[39].
2. El peligro de una
ética de la
desilusión del mundo reside precisamente
en esto: privada de horizontes, está
expuesta al riesgo de encerrarse en una especie de
narcisismo autocomplaciente. La trascendencia se
presenta entonces como la más grande
interrogación del hombre. Desde sus remotos
orígenes griegos, ésta se percibe
como el corazón mismo de la cuestión
moral. Olvidando su patrimonio, la modernidad se
arriesga a conducir la moral hacia una
regresión fatal. ¿Es posible pretender
una gestión ética, cualquiera que
sea, sin referirse a la finalidad de todo proyecto
humano, individual o colectivo? Pensarlo conduce a
reducirla a un interminable y finalmente
decepcionante análisis de los
comportamientos humanos. Las éticas del
consenso reducen la ética a un simple
problema de ciencia humana.
3. Otros críticos van más lejos:
¿La cuestión moral puede declararse
autónoma con respecto a una búsqueda
religiosa? ¿No es religiosa ya en su esencia?
Parece ser que por primera vez en la historia de la
humanidad una cultura humana se piensa a sí
misma sin referencia a Dios. ¿Esta
autonomía no sería mortífera
para su sentido moral? El cineasta judío
Serge Moati, realizador del filme
La haine
antisémite, declaraba en una entrevista:
“Cuanto más se aleja uno de Dios, más se hunde en
la barbarie”. Un cardenal francés,
también de origen judío, se
preguntaba en el curso de una emisión
televisiva “si el Siglo de las Luces no
conducía directamente a Auschwitz”. El
escritor François Fejtö, judío
también, reconocía que “en
materia de ética soy, efectivamente,
conservador. El judaísmo nos ha
enseñado el vínculo que existe entre
trascendencia y ética. ¿Cómo
comprender la historia del mundo sin el sentido de
lo sacro? Quítenlo y no quedará
más que ruido y furor”
[40].
4. La encíclica
Veritatis Splendor
constata que la secularización padece
intentando encontrarle fundamentos a la
ética. Después de haber extirpado sus
raíces religiosas y proclamando la vacuidad
de toda referencia metafísica, olvidando la
pregunta sobre la verdad, se condena a no basar sus
éticas más que sobre los cimientos
frágiles, relativos y provisorios del
compromiso y del “consenso” social. “La
pregunta de Pilato ¿Qué es la verdad?
brota hoy de la perplejidad desolada de un hombre
que ya no sabe quién es, de dónde
viene y hacia dónde va. Y así
asistimos a menudo a la tremenda caída de la
persona humana en situaciones de progresiva
autodestrucción” (
VS 84). El
texto magisterial defiende una tesis que finalmente
es muy simple: el camino moral es, en definitiva,
un camino religioso. “Sólo Dios, el Bien Supremo, constituye la base inalterable y
la condición irreemplazable de la moralidad”
(
VS 99).
Sin sus raíces religiosas el hombre llega a
ser inasible para sí mismo, escapa a toda
autocomprensión
[41],
exponiéndose a todas las formas del
totalitarismo social (
VS 99), como por
ejemplo el totalitarismo democrático o el
totalitarismo cultural (
VS 53) y corre el
riesgo mortal de autoaniquilarse al caer en el
nihilismo.
La encíclica no combate contra la modernidad
en cuanto tal, lo que no tendría mucho
sentido, en la medida en que ella es, en primer
término, un proceso histórico; sino
contra la “filosofía del secularismo”
que ésta estimula.
Veritatis Splendor
enuncia tres postulados:
La libertad humana no encuentra su verdad sino en
la apertura a la trascendencia de la ley
divina.
· La conciencia moral no encuentra su verdad
sino en la apertura a la trascendencia del
bien.
· Los actos humanos no encuentran su verdad
sino en la apertura a la trascendencia del
sujeto.
Hemos definido el secularismo moderno como una
autonomía -tornada frecuentemente en el
sentido de una independencia absoluta- de la
razón y, antes que nada, de la ética
en relación a cualquier influencia “religiosa”.
La ética, que obstinadamente se pretende
diferenciar de la moral, contra toda evidencia
etimológica, vendría a ser, entonces,
la versión secularizada de esta ultima,
despojada de su fundamento religioso.
Ahora bien, el cristianismo es una religión.
Ciertamente, una religión de
salvación, pero esta categoría
particular -sin embargo, esencial- no la separa de
la naturaleza profunda propia de toda
religión. El cristianismo encuentra su
fuente y su justificación en una
trascendencia: la intervención de Dios en la
historia humana, y la posibilidad abierta a cada
hombre de entrar en comunión con las
personas trinitarias.
Por esta razón, la moral cristiana
continuará inspirándose en la
revelación como fuente primordial, como una
norma normans.
[1]
Algunos querrían hacernos creer que la
Iglesia Católica está en camino de
seguir el proceso inverso, propiamente
reaccionario. ¿Ilusión intelectual o
táctica ideológica? Cfr. Paul
Ladrière y René Luneau,
Le retour
des certitudes: évenéments et
ortodoxie depuis Vatican II, Le Centurion,
París 1987.
[2]
Jean Jolivet,
Trois variations
médiévales sur l'universel et
l'individu: Roscelin, Abelard, Gilbert de la
Porée, RMM 1992/1, p. 111-115.
[3]
Alain Touraine,
Critique de la modernité,
Fayard, París 1992, p. 242.
[4]
Para este análisis remitimos remitimos a
nuestra obra:
La fécondation artificielle
au cribe de l'éthique cgrétienne,
Fayard-Communio, París 1989, p. 58 y
ss.
[5]
D. Folscheid.
Une éthique pour notre
temps?, en Ethique: la vie en question, Nº
9, 1993/3.
[6]
Louis Armand & Michel Drancourt,
Plaidoyer
pour l'avenir, Caimann-Lévy,
París 1961, p. 217.
[7]
Cfr. Jean Baudrillard,
Modernité, en
Encyclopaedia Universalis, París
1973. T. II p. 139: “La modernidad no es ni
un concepto sociológico, ni un concepto
político, ni propiamente un concepto
histórico. Es un modo de civilización
característico que se opone al modo de la
tradición, es decir, a todas las otras
culturas anteriores o tradicionales”.
[8]
Cfr. Antoine Bedoin.
L'Ame desarmée:
Essal sur le déclin de la cultrure
générale, Julliard, París
1987 y George Steiner,
Réelles
prédences: les arts du sens, Gallimand,
París 1991. Este eclipsamiento de la cultura
general plantea a la crítica
contemporánea un temible problema, pues es
aquella la que ha transmitido el patrimonio de
generación en generación a
través de los siglos. Ahora bien, el
conocimiento del patrimonio es la condición
imperativa de todo progreso moral. Si este
patrimonio se olvida, las nuevas -o modernas-
generaciones ¡se encontrarán en el
punto cero de la ética!
[9]
Paul Ricoeur, al presentar a la prensa su obra
Lectures (Seuil, París 1991-1994), en
La Croix, 17-18 nov. 1991.
[10]
Oaul Hazard,
La Pensée europèenne
au XVIIé, siécle de Montesquieu
à Lessing. Bolvin et Cie. París
1946, T. I, p. 61-64.
[11]
Friedrich Nietzche,
Le Gal Savoir: Fragments
posthumes (1981-1982), Gallimard, París
1967, 343, p. 225.
[12]
Jean-Luc Marion,
Apologie de l'argument, en
Communio XVII (1992/2-3). Para entender por
qué se ha hecho imposible fundar la moral,
cfr. la obra de Nietzche
Más allá
del bien y del mal (en particular la quinta
parte, “Contribución a la historia
natural de la moral”). Sobre el Niertzche a
la vez padre y crítico de la modernidad, se
podrá consultar: Luc Ferry y Alain Renault.
Pourquoi ne sommes-nous pas
nietzchéens, Grasset, París
1991.
[13]
S. Price (Science since Babylon, New Haven, Yale
University, 1962) hacía observar que “el
80 a 90% de los científicos que han
existido, están hoy vivos·.
[14]
Jean Rostand,
Peut-on modifier l'homme?,
Gallimard, París 1966, p. 29.
[15]
Extraído de una conferencia pronunciada en
Monastir (Túnez) y publicado en Le Monde el
20 de abril de 1993.
[16]
Desde hace dos siglos y medio el cristianismo y su
moral están sometidos a la crítica
constante que lo ubica en el banquillo de los
acusados: observemos, por ejemplo, el resentimiento
de nuestros contemporáneos ante la “moral
judeo-cristiana (expresión que aún
habría que justificar), fuente de
oscurantismo, de opresión y de
culpabilidad...”
[17]
Marcel Gauchet,
Le Dsénchantement du
monde: une histoire politique de la religion,
Gallimard, París 1985, p. 133 y ss.
[18]
Naipaul, en
Le Point 20 nov. 1993.
[19]
Gilles Lipovetski,
L'ére du vide: Essais
sur l'individualisme contemporain, Gallimard,
París 1983, p.13.
[20]
Idem,
Le Crépuscule du devoir:
L'éthique indolore des nouveaux temps
démocratiques, Gallimard, París,
1992, p. 51.
[21]
Fréderic Lenoir,
Le Temps de la
responsabilité: Entretiens sur
l'étique, Fayard, París,
1991.
[22]
J. Stoegel,
Les valeurs du temps présent:
Un enquète européenne. Presses
Universitaires de France, París 1983, p.
4.
[23]
Jean-Louis Schlegel.
Retour du religieux et
Christianisme: Quand de vielles croyences
redeviennent nouvelles, en études 362/1.
1985, p. 89-104.
[24]
Es una tesis inversa que sostiene el islamista
Gilles Kepel en su exitoso libro
La revanche de
Dieu: Chrétiens, juifs et musulmans á
la reconquéte du monde, Seuil,
París 1990.
[25]
Edgard Morin, en
Magazine littéraire,
julliet-aout 1993, p. 18.
[26]
John Rawis,
Théorie de la justice,
Seuil, París 1987.
[27]
Max Weber,
Savant et le politique, Plon
París 1959, p. 181 y ss. Y
Economie et
societé, Plon París 1971, T.I. p.
585 y ss.
[28]
Jean-Marie Hennaux,
Le droit de l'homme a la
vie: De la conception a la naissance, Institute
d'études Théologiques. Bruxelles, p.
93 y ss.
[29]
Jürgen Habermas,
Morae et communication:
Conscience morale et activité
communicationelle, Cerf, París 1986, p.
114; Cf. P. 87.
[30]
J. Rawls, Op. Cit. Pp.253-254: “No se puede
axeptar que haya una autoridad que posea el derecho
de resolver las cuestiones de doctrina
teológica. Cada persona debe insistir en su
propio derecho, igual al de todos, de decidir
cuáles son las obligaciones religiosas. No
puede delegar este derecho en otra persona o en
otra autoridad institucional (...) Del deber de
someterse a las intenciones de Dios, no se deriva
que cualquier persona o institución tanga la
autoridad para inmiscuirse en la
interpretación que hace el prójimo de
sus propias obligaciones religiosas”.
Acotamos de paso que una sociedad probablemente no
pueda prescindir de un magisterio, no importa el
nombre que se le dé. Desde el momento en que
el de la Iglesia se borra en las conciencias de
nuestros contemporáneos, surgen otros nuevos
que compiten entre ellos a veces ferozmente. Es el
caso de los “comités de ética”,
que se asignan como objetivo el declarar qué
está conforme o no a la dignidad humana en
los temibles problemas planteados por la
bioética. También es el caso de los
mass media, los que no se conforman con
brindarnos una información “en bruto”
que nuestras conciencias individuales
deberían interpretar, sino que de manera
más o menos sutil incitan a un juicio moral
y nos conducen hacia él sin darnos cuenta.
Los
media han llegado a ser así la
voz “en off” de nuestras
conciencias.
[31]
Cfr.
L'Etic tà dei comitati di
bioetica, Edi. Oftes, Palermo 1982; A.
André,
Les comités
d'éthique: leur ròle, leur
nécessité: J. Michaud, Les
comités consultatif national
d'éthique francais, en Le
Supplèment
Nº 185, 1993.
[32]
Jean Paul II,
La Splendeur de la
vérité. Lettre encyclique Veritatis
Splendor, prèsentation de Jean-Louis
Bruguès, guide de lecture: Georges Cottier
et Albert Chapelle, Mame/Plon, París 1993
(Sigla VS con reenvío a los números
de los parágrafos).
[33]
Albert Auer,
Autonome Moral und christlicher
Glaube. Dusseldorf 1971; K.W. Merks.
Theologische Grundlegung der sittlichen
Autonomie, Dusseldorf 1979;
T.R.
opfensteiner, Globalization and Autonomy of
Moral Reasoning, en Theological Studies, 54,
1993/3.
[34]
Dietmar Mieth,
Autonomie de l'éthique,
neutralité de l'évangile?, en
Concilium
175, 1982, pp. 56-57 (p. 5
ss.)
[35]
Emmanuel Kant,
Critique de la raison pure.
Presses Universitaires de France, París
1968, p. 543.
[36]
Carlos Josaphat Pinto de Oliveira,
Autonomie:
Dimensions éthiques de la liberté.
Editions Universitaires, Fribourg-Editions du
Cerf. París 1979, p. 97
[37]
Cfr. Vat. II,
Gaudium et Spes. I.III. 36
párr. 2.
[38]
D. Mieth, art. Cit.pp. 64 y 67.
[39]
Entrevista al filósofo israelita Y.Yvol, en
Le Monde, 23 de junio de 1992.
[40]
En
La Croix, 26-27 de enero de 1992.
[41]
“Si por autonomía de lo temporal quiere decirse que las
cosas readas no dependen de Dios, y que el hombre
dispone de ellas sin referencia al Creador; la
falsedad de tal proposición no puede escapar
a quien reconoce a Dios. En efecto, la creatura sin
Creador desaparece”. (Cf.
Gaudium et Spes,
I.II., 36-3)