El presente texto corresponde en lo
sustancial a lo expuesto por el autor en el
Congreso del mismo título, convocado por el
Pontificio Consejo de la Familia y el Acton
Institute y que tuvo lugar algún tiempo
atrás en el Aula Vecchia del Sínodo,
Ciudad del Vaticano, noviembre 2000.
Ya en los años sesenta escribía el
historiador inglés Christopher Dawson que
los cambios vividos en el siglo eran tales y
habían llegado tan lejos, que sería
imposible adivinar cuales serían sus efectos
últimos sobre el hombre de nuestro tiempo.
"En todo caso -constataba- ya han causado una
pérdida de tradición en el
ámbito de lo social y un trastorno de la
experiencia humana de una magnitud tal como los que
ninguna generación previa a la actual haya
conocido, desde el mismo comienzo de la historia".
Para el propio Dawson, el mundo victoriano de su
niñez estaba tan lejos de la experiencia
contemporánea como lo estaba hacia
atrás el de la Edad Media, en razón
de lo cual señalaba el peligro de que ciclos
completos de experiencia humana se desvanecieran,
resultando luego inaccesibles hasta para la
imaginación histórica. "Incluso
nosotros -concluía- no estamos internamente
cambiados en la misma dimensión en que lo
está el mundo a nuestro alrededor".
Desde
esos años sesenta hasta ahora, y
principalmente a partir de la caída del Muro
de Berlín, una vorágine acelerada de
acontecimientos ha tornado mucho más agudo
el diagnóstico de Dawson. Partiendo de muy
diferente perspectiva, otro británico,
Anthony Giddens, ha dicho que "dondequiera que
miremos vemos instituciones que parecen iguales que
siempre (vistas) desde fuera, y llevan los mismos
nombres, pero (...) por dentro son bastante
diferentes. Seguimos hablando de la nación,
la familia, el trabajo, la tradición, la
naturaleza, como si todos fueran iguales que en el
pasado. No lo son. La concha exterior permanece,
pero por dentro han cambiado (...)
prácticamente en todas partes. Son lo que
llamo instituciones concha", precisa.
Dicho cambio,
como es bastante evidente, se realiza en nuestros
días bajo la égida del
fenómeno conocido como mundialización
o globalización. Su caracterización
es dada por la transgresión de los
límites políticos y de las fronteras
de los Estados y por su rango económico,
comercial y apolítico. Bajo ciertos
ángulos de observación y tal como se
desarrolla actualmente, podría llegar a
afirmarse que la globalización es el
economicismo llevado a su máxima
expresión. Abarca el cambio de
información, de capitales, de productos
industriales e incluso de estilos de vida, mas
siempre mediante la abstracción de la
realidad reducida a la economía,
considerando a la competencia como su fuerza
motriz. Hoy ningún régimen, aunque
fuese totalitario, estaría en condiciones
materiales de hacer frente a esta presión
económica globalizante.
Ante el creciente
poder de los mercados financieros, contrastan, por
otra parte, el retroceso de los Estados nacionales
y las dificultades para establecer poderes capaces
de orientar la globalización hacia el bien
común.
En ese marco, y bajos los efectos de
una presión que, siendo originariamente
económica, se transforma asimismo en una
presión cultural, ¿cuál es la
salud de una de esas instituciones que Giddens
llama "instituciones concha" -la familia- en estos
espacios también fuertemente envueltos en el
proceso globalizador, como son los iberoamericanos?
Identidad iberoamericana Lo que se observa en Chile
no es fundamentalmente diferente de lo que sucede
en el resto del espacio iberoamericano.
Diríamos que se caracteriza hoy esta
identidad por una dualidad compuesta en parte de
resistencia, en cuanto identidad
histórico-cultural capaz de mantenerse
siempre vigente, y a la vez de absorción
cada vez más fuerte -sobre todo en la
última década- por las corrientes
culturales o estilos de vida que trae consigo la
globalización.
¿Cómo resiste y
en qué resiste la institución de la
familia en estas latitudes?
Para situar el cuadro
de fondo, acudo a una ilustrativa
explicación recogida en el mismo andar de
ejercicio periodístico. Entrevistado para el
diario "El Mercurio", algún tiempo antes de
su muerte, al gran escritor mexicano y premio Nobel
de literatura Octavio Paz y citándosele su
propio diagnóstico cultural de la modernidad
-"una era carente de certidumbres religiosas y
metafísicas, en que se hace difícil
ser libre y en que se padece la aflicción de
estar solo en el mundo, sin padre y sin Dios", como
había escrito este declarado
agnóstico- formuló él,
referida a México, la siguiente
aclaración:
"Creo que éste no es un
diagnóstico válido para
Latinoamérica, porque aquí las formas
comunitarias tradicionales están vivas.
Muchos se admiran de que México, a pesar de
tener al frente al país más poderoso
de la tierra, haya resistido con cierta fuerza la
invasión de la cultura norteamericana, que
es una cultura moderna. Hemos resistido por la
fuerza que tiene la organización
comunitaria, sobre todo la familia, la madre como
centro de la familia, la religión
tradicional, las imágenes religiosas. Creo
que la Virgen de Guadalupe ha sido mucho más
antiimperialista que todos los discursos de los
políticos del país. Es decir, las
formas tradicionales de vida han preservado, en
cierto modo, el ser de América latina". Y
agregó luego a manera de admonición:
"Pero es peligroso confiarse en las tradiciones,
cuando ellas son puramente paciencia. Pienso yo que
esa fuerza debe convertirse en activa y creadora.
Es lo que no encuentro en este momento en las
tradiciones sudamericanas".
Efectivamente, en un
sentido amplio de la expresión -tal cual lo
registra Paz- Iberoamérica sigue ofreciendo
cierta resistencia a los estilos de vida que trae
consigo la globalización y que debilitan a
la familia. Podemos tal vez decir que se observan
muchas "familias en crisis", a punto de
configurarse un cuadro en este sentido francamente
preocupante; pero no sería en cambio tan
exacto hablar de una "crisis de la familia". En
Chile, por ejemplo, tanto la observación
común, como encuestas realizadas por el
Departamento de Sociología de la Pontificia
Universidad Católica de Chile, muestran
claramente que el hombre medio chileno sigue siendo
un hombre de familia, solidario con la suya hasta
el extremo de sus posibilidades. Más que la
vorágine consumista, prevalece en su
jerarquía de decisiones económicas el
plan familiar, habitualmente decidido en el seno de
la propia familia. Las prioridades del mismo siguen
siendo siempre vivienda, salud y educación.
Como además resultan ser éstas, todas
necesidades de enorme magnitud, es un proceso lento
y con dificultades aquel por el cual la
trivialización consumista puede llegar a
cambiar dichas prioridades. La economía
familiar opera así, en nuestro caso, como un
genuino núcleo cultural.
Particularmente
ejemplificativo de lo anterior es que a pesar de
fuertes presiones publicitarias, en Chile
tardó mucho en aprobarse una ley de divorcio
y es sin duda significativo que sobre el tema del
aborto, hasta sus más radicales partidarios,
reconozcan que no hay clima para proponer su
legalización. En resumen, la familia, a
pesar de las presiones negativas que pueda estar
sufriendo, sigue siendo un espacio de amor y ayuda
recíproca de los cónyuges, el lugar
privilegiado para la procreación y
educación de los hijos, el ámbito
donde nace la acogida a los más ancianos. En
consonancia con esta realidad, no es extraño
que la juventud muestre siempre una razonable
apertura para los planteamientos de orden religioso
y que se registre un significativo compromiso de
algunos con la Iglesia. Asimismo, que a pesar de
irregularidades en la observancia religiosa,
sobreviva una fuerte y genuina fe popular, de honda
raigambre mariana.
Pero a la par de estas
señales positivas, no es posible cerrar los
ojos en relación a la potente influencia de
corrientes que vacían a la familia de su
significado verdadero y amenazan con transformarla
en una de esas "instituciones concha" de que habla
Giddens, esto es, donde sólo queda la
caparazón. Capilaridades de la sociedad
apenas diseñando un esbozo, podemos decir
que observemos el avance de este proceso desde el
ángulo institucional y desde aquel que
podríamos llamar de las capilaridades de la
sociedad.
El primer asunto a destacar en lo
institucional son las consecuencias de la
débil y equívoca comprensión
que padece el principio de subsidiariedad.
Sobreabundan las expresiones públicas a
favor de la libertad y de la diversidad. Pero en
los hechos concretos, este principio de
subsidiariedad, que reconoce la prioridad de la
persona y de sus grupos asociativos, como la propia
familia, respecto del Estado -cuya función
es la de favorecer y subsidiar los órganos
básicos de la sociedad para que realicen
mejor sus funciones naturales- se distorsiona en su
aplicación.
Es sorprendente, desde luego,
que cualquier iniciativa que parta de los poderes
del Estado y que se relaciona con la familia diga
menos -o no diga nada- respecto de la propia
institución familiar, y sí diga de
los miembros particulares de esta
institución. Así, por ejemplo, las
leyes sobre la estructura conyugal del matrimonio,
la equiparación del hijo nacido dentro de la
familia con el que ha nacido fuera de ella, la
supresión de penas para el adulterio y el
concubinato, la discusión acerca del
divorcio, para no hablar de las campañas de
anticonceptivos y otras. En buenas cuentas -y
siguiendo el individualismo cultural en boga de la
corriente mundializante- el Estado actúa
como si la familia fuera una simple
asociación de sujetos y no una subjetividad
social, según la feliz expresión que
usa la "Carta a las familias" de Juan Pablo II,
quien nos convida a centrar nuestra
preocupación en que la familia "sea lo que
es".
Esta distorsión se hace fuertemente
gravitante -con todo lo que ello implica para el
futuro de la familia- en el campo de la
educación. Reiterando la importancia del
mencionado principio de subsidiariedad, la urgente
necesidad de respetar la libertad de
enseñanza y la urgencia en denunciar
cualquier pretensión totalitaria de
monopolio educacional por parte del Estado, la
Exhortación Apostólica Ecclesiae in
America nos recuerda precisamente "que la familia
es el primer espacio educativo de la persona".
Pero
el "primer espacio educativo" -a pesar de lo que se
diga- no llega verdaderamente a ser hoy entre
nosotros un dominio efectivo de la familia. No lo
es, desde luego, cuando a la familia se le imponen
programas de educación sexual de fundamentos
pragmáticos, adoptados de países que
comandan el proceso de globalización, y que
contradicen la visión cristiana del hombre
propia de los pueblos iberoamericanos.
Y no lo es,
tampoco, cuando el peso de los paradigmas de la
globalización es tal, que el Estado, en
lugar de respetar la índole
antropológica propia de las familias de una
determinada nación, se rinde a la
tentación de educar según tales
paradigmas. Nadie puede desconocer, por otra parte,
que a través de las opciones de
producción y consumo se manifiesta siempre
cierta concepción global de la vida humana.
Decíamos que la globalización nos
parece a veces, bajo ciertos ángulos, un
economicismo radical. Paradójicamente,
después del derrumbamiento del marxismo, se
está haciendo concretamente efectiva la
posibilidad de situar al hombre fuera de la
cultura, encerrándolo en la esfera de la
economía. Es la difusa ideología de
la sociedad de consumo. Una ideología que no
se pone a sí misma al nivel de la
teoría -se declara más bien
pragmática- pero que se impone en la
práctica, encarnándose en modelos de
comportamiento, de trabajo y de consumo, de
organización del tiempo libre -apoyada por
una sobrecarga de publicidad jamás vista-, y
que, sobre todo, invita siempre al hombre a no
plantearse el problema de su identidad y de su
destino.
Si el Estado debe velar por la justicia y
con ello por una igualdad de oportunidades, en
dicha sociedad de consumo -absorbido culturalmente
por ella- difícilmente podrá evitar
de incurrir en un paternalismo educacional que
signifique una intromisión en el seno de la
familia y una violación del principio de
subsidiariedad. Pues educar, en tal contexto,
será hacerlo para que todos puedan competir,
para formar al "hombre autónomo", poniendo
de lado la pregunta sobre el sentido, aquella que
indaga acerca de la identidad y destino del hombre.
La cuestión moral será, en este
contexto, un asunto de índole individual.
Será lo subjetivo, en tanto que la
producción y consumo de bienes y la
capacidad de competir por ellos, será lo
objetivo.
Tenemos aquí la paradoja
política que encarna el Estado del orbe
cultural globalizado: la autoridad, en aras de la
libertad, se inhibe para proteger a la familia de
la pornografía, por ejemplo -pues la censura
no es un ente aceptable para el privatismo moral-,
en tanto que los programas educativos a que se
obliga a esas mismas desprotegidas familias, le
imponen los paradigmas
tecnocrático-economicistas de la
globalización, lejanos a una
concepción cultural humanista, que ponga de
relieve quién es el hombre.
La escasa y
débil importancia que se da al saber, en
contraste con la valoración de una
instrucción para ganar -fruto tanto de los
énfasis educacionales como de los estilos
dominantes- afianzarán una mentalidad
pragmática, que debilita el despliegue de un
sólido ideal vocacional en la
elección profesional y laboral de los
jóvenes. Se refuerza, asimismo, por este
camino, ese pragmatismo cultural difuso en todos
los ámbitos, que reemplaza la pregunta
acerca de lo que es bueno y verdadero, por la que
indaga acerca de lo que es útil y agradable,
con grave perjuicio en orden al oscurecimiento de
la conciencia moral.
¿Qué observamos,
mientras tanto, en esa otra esfera más
intangible que llamamos capilaridades de la
sociedad?
Es opinión casi unánime de
los educadores y de muchos padres de familia, que
un fuerte cambio en las costumbres y estilos de
vida de la juventud se ha ido haciendo presente en
los últimos diez años. Responde en
parte a la influencia del sistema educacional, pero
también a cierta metamorfosis que vive la
misma familia en la sociedad de consumo. Afecta a
todos los ámbitos socio-económicos,
pero el cambio, como tal, se registra con
más nitidez en los sectores de mayores
recursos.
Desde luego se observa una juventud mucho
más individualista en sus procedimientos y
objetivos. También más dada a la
soledad. En qué exacta medida son causantes
de estas realidades el exceso de consumo televisivo
y el uso indiscriminado de tecnologías como
Internet, sería materia de un estudio
especial. No obstante ahí están los
hechos que constatan la generalidad de los
educadores. Como está ahí
también el hecho de la mayor dificultad de
comunicación verbal entre hijos y padres y
entre alumnos y profesores, fruto probablemente de
lo anterior, pero asimismo de la ausencia de una
educación humanista rica, con referentes de
más amplio espectro, empapada por buenos
hábitos de lectura que enriquezcan la
imaginación y la expresión.
Cuestión mayor la constituye el impacto al
interior de la familia de los criterios
relativistas, propios de una sociedad decepcionada
de las ideologías y fuertemente involucrada
en la competencia económica, que imponen los
patrones globalizadores. Su primera y más
grave consecuencia es el hondo y acelerado
debilitamiento del principio de autoridad en la
familia. A diferencia de lo que ocurría
hasta hace algunos años, y por cierto en las
generaciones pasadas, los jóvenes y los
niños se sienten en el derecho de no
obedecer y más aún de repeler hasta
con insolencia y grosería, el mandato de
padres y de profesores. Padres y profesores, por su
parte, dudan de su autoridad o temen ejercerla, en
buena medida porque carecen de convicciones firmes
y porque han sido alcanzados por el oleaje
relativista, según el cual cada uno tiene su
propia verdad. Al tenor de un estilo de vida como
el que se va imponiendo, donde más
aún que tener lo que todavía no se
tiene, se trata de probar lo que todavía no
se ha probado, los límites que se atreve a
establecer la autoridad paterna se tornan cada vez
más difusos, y cuando los hay, provienen de
razones de seguridad o insuficiencia de recursos en
relación a lo apetecido, pero no de
principios. Es cada vez más evidente el
impacto de esta realidad en el plano de la
convivencia familiar, donde los espacios comunes,
que hacen familia, como por ejemplo la mesa
familiar y la oración en común,
tienden a desvanecerse o definitivamente
desaparecen.
No es exagerado afirmar, a mi juicio,
que asistimos a este propósito a una suerte
de acelerada y silenciosa revolución del
4° Mandamiento, cuyas últimas
consecuencias no alcanzamos a avisorar.
Será
oportuno en todo caso recordar aquí las
palabras clarividentes y admonitorias que
escribiera el Padre José Kentenich en su
Filosofía de la Educación: "No es
difícil formular esta importante
aseveración: la tragedia del tiempo actual
es en el fondo la tragedia del padre. En forma
creciente vivimos y nos movemos en un tiempo sin
padre". Y luego su certera conclusión:
"Puede afirmarse con propiedad que tiempos sin
padre son tiempos sin Dios. Casi necesariamente
tales tiempos están destinados a engendrar
en gran escala ateos de todo tipo. Al revés,
también vale la afirmación de que
tiempos plenos y ávidos de paternidad son
tiempos plenos y ávidos de Dios".
Por otra
parte, dilúyase la consistencia de la
familia, y no habrá más historia, se
esfumará toda memoria acumulada por la
experiencia humana de siglos y desaparecerá
un futuro de esperanza.
Hay
quienes ponderan las virtudes de una época
de tolerancia, como sería esta era de
globalización, que sucede a otra de grandes
pasiones absolutas. Entre tanto asistimos al
peligro de que la relatividad dominante, donde
todos los valores son intercambiables y reducibles
a precios de compraventa, se transforme en
nihilismo generalizado. Sería el reinado de
la libertad proclamada como valor absoluto y
entendida como simple multiplicación de
posibilidades de elección. Su operar, sin
embargo, va ya siendo tal, que hace nada
fácil el surgir de ninguna opción por
la que valga la pena renunciar a las demás.
Es, no obstante, de una opción de este tipo
de la cual nos habla el Evangelio: del tesoro en el
campo y de la perla preciosa por la cual, quien la
encuentra, lo vende todo. Y no fue otra
opción que ésta, nos recuerda
Spaemann, la del tesoro, la que dio su centro vital
a la cultura que recibimos por herencia, por muy
debilitada que hoy la encontremos.
Tal
opción no supuso ninguna imposición,
pues, los que por dicho tesoro vendieron realmente
todo, no fueron otros que los santos. Los santos
fueron, en efecto, quienes con su testimonio
mantuvieron ese centro oculto con vida. Ellos
fueron quienes, con su ejemplo, orientaron la
escala de valores de nuestra cultura.
Sólo
de una opción así, fundamentalmente
interior, pero que supone un claro rechazo al
servilismo que reclama para sí el mundo
secularizado, y en tal sentido supone
también una exclusión, podremos
esperar una nueva transformación cristiana
de la sociedad.