GLOBALIZACIÓN, ECONOMÍA Y FAMILIA

JAIME ANTÚNEZ ALDUNATE

EN HUMANITAS 22


El presente texto corresponde en lo sustancial a lo expuesto por el autor en el Congreso del mismo título, convocado por el Pontificio Consejo de la Familia y el Acton Institute y que tuvo lugar algún tiempo atrás en el Aula Vecchia del Sínodo, Ciudad del Vaticano, noviembre 2000.

Ya en los años sesenta escribía el historiador inglés Christopher Dawson que los cambios vividos en el siglo eran tales y habían llegado tan lejos, que sería imposible adivinar cuales serían sus efectos últimos sobre el hombre de nuestro tiempo. "En todo caso -constataba- ya han causado una pérdida de tradición en el ámbito de lo social y un trastorno de la experiencia humana de una magnitud tal como los que ninguna generación previa a la actual haya conocido, desde el mismo comienzo de la historia". Para el propio Dawson, el mundo victoriano de su niñez estaba tan lejos de la experiencia contemporánea como lo estaba hacia atrás el de la Edad Media, en razón de lo cual señalaba el peligro de que ciclos completos de experiencia humana se desvanecieran, resultando luego inaccesibles hasta para la imaginación histórica. "Incluso nosotros -concluía- no estamos internamente cambiados en la misma dimensión en que lo está el mundo a nuestro alrededor".

Desde esos años sesenta hasta ahora, y principalmente a partir de la caída del Muro de Berlín, una vorágine acelerada de acontecimientos ha tornado mucho más agudo el diagnóstico de Dawson. Partiendo de muy diferente perspectiva, otro británico, Anthony Giddens, ha dicho que "dondequiera que miremos vemos instituciones que parecen iguales que siempre (vistas) desde fuera, y llevan los mismos nombres, pero (...) por dentro son bastante diferentes. Seguimos hablando de la nación, la familia, el trabajo, la tradición, la naturaleza, como si todos fueran iguales que en el pasado. No lo son. La concha exterior permanece, pero por dentro han cambiado (...) prácticamente en todas partes. Son lo que llamo instituciones concha", precisa.

Dicho cambio, como es bastante evidente, se realiza en nuestros días bajo la égida del fenómeno conocido como mundialización o globalización. Su caracterización es dada por la transgresión de los límites políticos y de las fronteras de los Estados y por su rango económico, comercial y apolítico. Bajo ciertos ángulos de observación y tal como se desarrolla actualmente, podría llegar a afirmarse que la globalización es el economicismo llevado a su máxima expresión. Abarca el cambio de información, de capitales, de productos industriales e incluso de estilos de vida, mas siempre mediante la abstracción de la realidad reducida a la economía, considerando a la competencia como su fuerza motriz. Hoy ningún régimen, aunque fuese totalitario, estaría en condiciones materiales de hacer frente a esta presión económica globalizante.

Ante el creciente poder de los mercados financieros, contrastan, por otra parte, el retroceso de los Estados nacionales y las dificultades para establecer poderes capaces de orientar la globalización hacia el bien común.

En ese marco, y bajos los efectos de una presión que, siendo originariamente económica, se transforma asimismo en una presión cultural, ¿cuál es la salud de una de esas instituciones que Giddens llama "instituciones concha" -la familia- en estos espacios también fuertemente envueltos en el proceso globalizador, como son los iberoamericanos?

Identidad iberoamericana Lo que se observa en Chile no es fundamentalmente diferente de lo que sucede en el resto del espacio iberoamericano. Diríamos que se caracteriza hoy esta identidad por una dualidad compuesta en parte de resistencia, en cuanto identidad histórico-cultural capaz de mantenerse siempre vigente, y a la vez de absorción cada vez más fuerte -sobre todo en la última década- por las corrientes culturales o estilos de vida que trae consigo la globalización.

¿Cómo resiste y en qué resiste la institución de la familia en estas latitudes?

Para situar el cuadro de fondo, acudo a una ilustrativa explicación recogida en el mismo andar de ejercicio periodístico. Entrevistado para el diario "El Mercurio", algún tiempo antes de su muerte, al gran escritor mexicano y premio Nobel de literatura Octavio Paz y citándosele su propio diagnóstico cultural de la modernidad -"una era carente de certidumbres religiosas y metafísicas, en que se hace difícil ser libre y en que se padece la aflicción de estar solo en el mundo, sin padre y sin Dios", como había escrito este declarado agnóstico- formuló él, referida a México, la siguiente aclaración:

"Creo que éste no es un diagnóstico válido para Latinoamérica, porque aquí las formas comunitarias tradicionales están vivas. Muchos se admiran de que México, a pesar de tener al frente al país más poderoso de la tierra, haya resistido con cierta fuerza la invasión de la cultura norteamericana, que es una cultura moderna. Hemos resistido por la fuerza que tiene la organización comunitaria, sobre todo la familia, la madre como centro de la familia, la religión tradicional, las imágenes religiosas. Creo que la Virgen de Guadalupe ha sido mucho más antiimperialista que todos los discursos de los políticos del país. Es decir, las formas tradicionales de vida han preservado, en cierto modo, el ser de América latina". Y agregó luego a manera de admonición: "Pero es peligroso confiarse en las tradiciones, cuando ellas son puramente paciencia. Pienso yo que esa fuerza debe convertirse en activa y creadora. Es lo que no encuentro en este momento en las tradiciones sudamericanas".

Efectivamente, en un sentido amplio de la expresión -tal cual lo registra Paz- Iberoamérica sigue ofreciendo cierta resistencia a los estilos de vida que trae consigo la globalización y que debilitan a la familia. Podemos tal vez decir que se observan muchas "familias en crisis", a punto de configurarse un cuadro en este sentido francamente preocupante; pero no sería en cambio tan exacto hablar de una "crisis de la familia". En Chile, por ejemplo, tanto la observación común, como encuestas realizadas por el Departamento de Sociología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, muestran claramente que el hombre medio chileno sigue siendo un hombre de familia, solidario con la suya hasta el extremo de sus posibilidades. Más que la vorágine consumista, prevalece en su jerarquía de decisiones económicas el plan familiar, habitualmente decidido en el seno de la propia familia. Las prioridades del mismo siguen siendo siempre vivienda, salud y educación. Como además resultan ser éstas, todas necesidades de enorme magnitud, es un proceso lento y con dificultades aquel por el cual la trivialización consumista puede llegar a cambiar dichas prioridades. La economía familiar opera así, en nuestro caso, como un genuino núcleo cultural.

Particularmente ejemplificativo de lo anterior es que a pesar de fuertes presiones publicitarias, en Chile tardó mucho en aprobarse una ley de divorcio y es sin duda significativo que sobre el tema del aborto, hasta sus más radicales partidarios, reconozcan que no hay clima para proponer su legalización. En resumen, la familia, a pesar de las presiones negativas que pueda estar sufriendo, sigue siendo un espacio de amor y ayuda recíproca de los cónyuges, el lugar privilegiado para la procreación y educación de los hijos, el ámbito donde nace la acogida a los más ancianos. En consonancia con esta realidad, no es extraño que la juventud muestre siempre una razonable apertura para los planteamientos de orden religioso y que se registre un significativo compromiso de algunos con la Iglesia. Asimismo, que a pesar de irregularidades en la observancia religiosa, sobreviva una fuerte y genuina fe popular, de honda raigambre mariana.

Pero a la par de estas señales positivas, no es posible cerrar los ojos en relación a la potente influencia de corrientes que vacían a la familia de su significado verdadero y amenazan con transformarla en una de esas "instituciones concha" de que habla Giddens, esto es, donde sólo queda la caparazón. Capilaridades de la sociedad apenas diseñando un esbozo, podemos decir que observemos el avance de este proceso desde el ángulo institucional y desde aquel que podríamos llamar de las capilaridades de la sociedad.

El primer asunto a destacar en lo institucional son las consecuencias de la débil y equívoca comprensión que padece el principio de subsidiariedad. Sobreabundan las expresiones públicas a favor de la libertad y de la diversidad. Pero en los hechos concretos, este principio de subsidiariedad, que reconoce la prioridad de la persona y de sus grupos asociativos, como la propia familia, respecto del Estado -cuya función es la de favorecer y subsidiar los órganos básicos de la sociedad para que realicen mejor sus funciones naturales- se distorsiona en su aplicación.

Es sorprendente, desde luego, que cualquier iniciativa que parta de los poderes del Estado y que se relaciona con la familia diga menos -o no diga nada- respecto de la propia institución familiar, y sí diga de los miembros particulares de esta institución. Así, por ejemplo, las leyes sobre la estructura conyugal del matrimonio, la equiparación del hijo nacido dentro de la familia con el que ha nacido fuera de ella, la supresión de penas para el adulterio y el concubinato, la discusión acerca del divorcio, para no hablar de las campañas de anticonceptivos y otras. En buenas cuentas -y siguiendo el individualismo cultural en boga de la corriente mundializante- el Estado actúa como si la familia fuera una simple asociación de sujetos y no una subjetividad social, según la feliz expresión que usa la "Carta a las familias" de Juan Pablo II, quien nos convida a centrar nuestra preocupación en que la familia "sea lo que es".

Esta distorsión se hace fuertemente gravitante -con todo lo que ello implica para el futuro de la familia- en el campo de la educación. Reiterando la importancia del mencionado principio de subsidiariedad, la urgente necesidad de respetar la libertad de enseñanza y la urgencia en denunciar cualquier pretensión totalitaria de monopolio educacional por parte del Estado, la Exhortación Apostólica Ecclesiae in America nos recuerda precisamente "que la familia es el primer espacio educativo de la persona".

Pero el "primer espacio educativo" -a pesar de lo que se diga- no llega verdaderamente a ser hoy entre nosotros un dominio efectivo de la familia. No lo es, desde luego, cuando a la familia se le imponen programas de educación sexual de fundamentos pragmáticos, adoptados de países que comandan el proceso de globalización, y que contradicen la visión cristiana del hombre propia de los pueblos iberoamericanos.

Y no lo es, tampoco, cuando el peso de los paradigmas de la globalización es tal, que el Estado, en lugar de respetar la índole antropológica propia de las familias de una determinada nación, se rinde a la tentación de educar según tales paradigmas. Nadie puede desconocer, por otra parte, que a través de las opciones de producción y consumo se manifiesta siempre cierta concepción global de la vida humana.

Decíamos que la globalización nos parece a veces, bajo ciertos ángulos, un economicismo radical. Paradójicamente, después del derrumbamiento del marxismo, se está haciendo concretamente efectiva la posibilidad de situar al hombre fuera de la cultura, encerrándolo en la esfera de la economía. Es la difusa ideología de la sociedad de consumo. Una ideología que no se pone a sí misma al nivel de la teoría -se declara más bien pragmática- pero que se impone en la práctica, encarnándose en modelos de comportamiento, de trabajo y de consumo, de organización del tiempo libre -apoyada por una sobrecarga de publicidad jamás vista-, y que, sobre todo, invita siempre al hombre a no plantearse el problema de su identidad y de su destino.

Si el Estado debe velar por la justicia y con ello por una igualdad de oportunidades, en dicha sociedad de consumo -absorbido culturalmente por ella- difícilmente podrá evitar de incurrir en un paternalismo educacional que signifique una intromisión en el seno de la familia y una violación del principio de subsidiariedad. Pues educar, en tal contexto, será hacerlo para que todos puedan competir, para formar al "hombre autónomo", poniendo de lado la pregunta sobre el sentido, aquella que indaga acerca de la identidad y destino del hombre. La cuestión moral será, en este contexto, un asunto de índole individual. Será lo subjetivo, en tanto que la producción y consumo de bienes y la capacidad de competir por ellos, será lo objetivo.

Tenemos aquí la paradoja política que encarna el Estado del orbe cultural globalizado: la autoridad, en aras de la libertad, se inhibe para proteger a la familia de la pornografía, por ejemplo -pues la censura no es un ente aceptable para el privatismo moral-, en tanto que los programas educativos a que se obliga a esas mismas desprotegidas familias, le imponen los paradigmas tecnocrático-economicistas de la globalización, lejanos a una concepción cultural humanista, que ponga de relieve quién es el hombre.

La escasa y débil importancia que se da al saber, en contraste con la valoración de una instrucción para ganar -fruto tanto de los énfasis educacionales como de los estilos dominantes- afianzarán una mentalidad pragmática, que debilita el despliegue de un sólido ideal vocacional en la elección profesional y laboral de los jóvenes. Se refuerza, asimismo, por este camino, ese pragmatismo cultural difuso en todos los ámbitos, que reemplaza la pregunta acerca de lo que es bueno y verdadero, por la que indaga acerca de lo que es útil y agradable, con grave perjuicio en orden al oscurecimiento de la conciencia moral.

¿Qué observamos, mientras tanto, en esa otra esfera más intangible que llamamos capilaridades de la sociedad?

Es opinión casi unánime de los educadores y de muchos padres de familia, que un fuerte cambio en las costumbres y estilos de vida de la juventud se ha ido haciendo presente en los últimos diez años. Responde en parte a la influencia del sistema educacional, pero también a cierta metamorfosis que vive la misma familia en la sociedad de consumo. Afecta a todos los ámbitos socio-económicos, pero el cambio, como tal, se registra con más nitidez en los sectores de mayores recursos.

Desde luego se observa una juventud mucho más individualista en sus procedimientos y objetivos. También más dada a la soledad. En qué exacta medida son causantes de estas realidades el exceso de consumo televisivo y el uso indiscriminado de tecnologías como Internet, sería materia de un estudio especial. No obstante ahí están los hechos que constatan la generalidad de los educadores. Como está ahí también el hecho de la mayor dificultad de comunicación verbal entre hijos y padres y entre alumnos y profesores, fruto probablemente de lo anterior, pero asimismo de la ausencia de una educación humanista rica, con referentes de más amplio espectro, empapada por buenos hábitos de lectura que enriquezcan la imaginación y la expresión.

Cuestión mayor la constituye el impacto al interior de la familia de los criterios relativistas, propios de una sociedad decepcionada de las ideologías y fuertemente involucrada en la competencia económica, que imponen los patrones globalizadores. Su primera y más grave consecuencia es el hondo y acelerado debilitamiento del principio de autoridad en la familia. A diferencia de lo que ocurría hasta hace algunos años, y por cierto en las generaciones pasadas, los jóvenes y los niños se sienten en el derecho de no obedecer y más aún de repeler hasta con insolencia y grosería, el mandato de padres y de profesores. Padres y profesores, por su parte, dudan de su autoridad o temen ejercerla, en buena medida porque carecen de convicciones firmes y porque han sido alcanzados por el oleaje relativista, según el cual cada uno tiene su propia verdad. Al tenor de un estilo de vida como el que se va imponiendo, donde más aún que tener lo que todavía no se tiene, se trata de probar lo que todavía no se ha probado, los límites que se atreve a establecer la autoridad paterna se tornan cada vez más difusos, y cuando los hay, provienen de razones de seguridad o insuficiencia de recursos en relación a lo apetecido, pero no de principios. Es cada vez más evidente el impacto de esta realidad en el plano de la convivencia familiar, donde los espacios comunes, que hacen familia, como por ejemplo la mesa familiar y la oración en común, tienden a desvanecerse o definitivamente desaparecen.

No es exagerado afirmar, a mi juicio, que asistimos a este propósito a una suerte de acelerada y silenciosa revolución del 4° Mandamiento, cuyas últimas consecuencias no alcanzamos a avisorar.

Será oportuno en todo caso recordar aquí las palabras clarividentes y admonitorias que escribiera el Padre José Kentenich en su Filosofía de la Educación: "No es difícil formular esta importante aseveración: la tragedia del tiempo actual es en el fondo la tragedia del padre. En forma creciente vivimos y nos movemos en un tiempo sin padre". Y luego su certera conclusión: "Puede afirmarse con propiedad que tiempos sin padre son tiempos sin Dios. Casi necesariamente tales tiempos están destinados a engendrar en gran escala ateos de todo tipo. Al revés, también vale la afirmación de que tiempos plenos y ávidos de paternidad son tiempos plenos y ávidos de Dios".

Por otra parte, dilúyase la consistencia de la familia, y no habrá más historia, se esfumará toda memoria acumulada por la experiencia humana de siglos y desaparecerá un futuro de esperanza.

Hay quienes ponderan las virtudes de una época de tolerancia, como sería esta era de globalización, que sucede a otra de grandes pasiones absolutas. Entre tanto asistimos al peligro de que la relatividad dominante, donde todos los valores son intercambiables y reducibles a precios de compraventa, se transforme en nihilismo generalizado. Sería el reinado de la libertad proclamada como valor absoluto y entendida como simple multiplicación de posibilidades de elección. Su operar, sin embargo, va ya siendo tal, que hace nada fácil el surgir de ninguna opción por la que valga la pena renunciar a las demás.

Es, no obstante, de una opción de este tipo de la cual nos habla el Evangelio: del tesoro en el campo y de la perla preciosa por la cual, quien la encuentra, lo vende todo. Y no fue otra opción que ésta, nos recuerda Spaemann, la del tesoro, la que dio su centro vital a la cultura que recibimos por herencia, por muy debilitada que hoy la encontremos.

Tal opción no supuso ninguna imposición, pues, los que por dicho tesoro vendieron realmente todo, no fueron otros que los santos. Los santos fueron, en efecto, quienes con su testimonio mantuvieron ese centro oculto con vida. Ellos fueron quienes, con su ejemplo, orientaron la escala de valores de nuestra cultura.

Sólo de una opción así, fundamentalmente interior, pero que supone un claro rechazo al servilismo que reclama para sí el mundo secularizado, y en tal sentido supone también una exclusión, podremos esperar una nueva transformación cristiana de la sociedad.