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El amor es una de esas palabras cargadas de los
más variados sentidos. Acometerla con un
cierto rigor no es tarea fácil. De ella
existe un auténtico abuso. En ella se dan
cita un conjunto de significados que es
preciso matizar. Hay razones de peso para abandonar
la tarea, sobretodo si echamos una mirada a nuestro
alrededor y vemos cómo es tratada en los
grandes medios de comunicación social. El
uso, abuso, falsificación,
manipulación, adulteración y
cosificación del término amor, ha ido
conduciendo a una cierta ceremonia de
desconcierto. Sinfonía léxica
desorientada que forma una tupida red de
contradicciones.
Tener las ideas poco claras en algo tan primordial
como esto, es a la larga dramático y se paga
con creces a la hora de la verdad. Desde la
expresión francesa de hacer el amor,
para referirnos a las relaciones sexuales, pasando
por aquella otra de unidos senti-mentalmente
cuando alguien inicia una nueva andadura, hasta
llegar a la de nueva compañera
afectiva, se mezclan hechos, conceptos,
intenciones. Pero hay bastante
trivialización en todo ello.
Durante décadas Occidente se ha preocupado
al máximo por la educación
intelectual y sus rendimientos. Pero el descuido en
lo afectivo ha sido mayúsculo. A mí
me arece que la mejor fórmula es buscar
un amor inteligente, que decide integrar en la
misma operación ambas esferas
psicológicas: sentimientos y razones
dándose luz recíprocamente.
Algunos amores cuando llegan suelen ser bastante
ciegos y cuando se van, demasiado
lúcidos. Para que esto no ocurra hay que
adentrarse en el estado de la cuestión,
poniendo orden en la frondosidad de esta jungla
terminológica. Aquí la ignorancia o
la confusión va a ser dramática. Lo
está siendo ya en estos momentos. Hay muchos
tipos de amor, pero todos hilvanados por el mismo
hilo que los enlaza. Decirle a alguien te
amo, no es lo mismo que pensar te deseo o me
siento atraído por ti. Sucesión
de secuencias próximas y lejanas. Variedad
de fenómenos, que van desde el
enamoramiento, al amor ya establecido y de
ahí a la convivencia. Trayecto clave,
decisivo, terminante de lo carismático a
lo institucional. Transitamos de la sorpresa
que es descubrir e irse enamorando, para alcanzar
una fórmula estable, duradera y persistente.
Unas y otras engendran diversos estados de
ánimo: sentirse absorbido, estar encantado,
dudar, tener celos, desear físicamente,
percibir las dificultades de entendimiento,
decepcionarse, volverse a entusiasmar. Las
fronteras entre unas y otras son movedizas.
Cuando el animal tiene lo que necesita, se calma y
deja de necesitar. El hombre es un animal en
permanente descontento. Siempre quiere
más. Por eso, el conocimiento de lo que es
el amor le va llevando hacia lo mejor. Tira,
empuja, se ve arrastrado por su fuerza y su
belleza. Su menesterosidad es biográfica.
El amor es lo más importante de la vida,
su principal guión. Lo expresaría
de forma más rotunda: yo necesito a
alguien para compartir mi existencia. Algo
frente a alguien. Pero vuelvo al origen del
vocablo.
Amor deriva etimológicamente del
latín amor – oris y
también procede de amare, por un lado
y cartas por otro. Amare es tomado
del término etrusco amino: “genio
de amor” y se aplica indistintamente a los
animales y a los hombres, ya que tiene un
significado muy amplio; quiere decir "“mar
por inclinación, por simpatía"”
pues nace de un movimiento interior. Su contrario
es odi = odiar.
Cupido es el dios del amor en la
concepción latina. Deriva de
cúpere = desear con ansia, con
pasión; también de cupidus =
ansioso. Cupido es la personificación
del amor.
El griego tiene la expresión Epws =
eros, que era considerado el Dios del amor en el
mundo antiguo. La raíz de Epws es
erdh (del indoeuropeo): significa profundo,
oscuro, misterioso, sombrío, abismal,
subterráneo. Este significado primitivo se
mantiene en “Erda”, personaje
sombrío y misterioso de la obra de Wagner,
El oro del Rhin.
En el mito griego, Epws tuvo originariamente
una tremenda fuerza, capaz de unir los elementos
constitutivos del mundo. Posteriormente el mito de
Eros se restringió al mundo humano,
significando la unión de los sexos. Se le
representa plásticamente como un niño
alado (rapidez) provisto de flechas.
Del eros griego pasamos al agape
cristiano: convivir, compartir la vida con el
amado. Ambas nos introducen en la psicología
y la ética del amor. A pesar de esta
variedad de concepciones, hay en el amor algo
esencial y común en todos ellos: la
inclinación, la tendencia a adherirse a algo
bueno, tanto presente como ausente.
El amor es universalizado con palabras de absoluta
resonancia: love en inglés,
amour en francés, amore en
italiano y Liebe en alemán, aunque
este último idioma utiliza también la
expresión Minne en el lenguaje
vulgar, hoy de menos actualidad.
El perímetro del vocablo amor muestra una
gran riqueza en castellano: querer,
cariño, estima, predilección,
enamoramiento, propensión, entusiasmo,
arrebato, fervor, admiración,
efusión, reverencia... En todas hay algo que
se repite como una constante: tendencia basada
en la elección hacia algo, que nos hace
desear su compañía y su bien.
Esta dimensión de tender hacia algo no es
otra cosa que predilección: preferir,
seleccionar, escoger entre muchas cosas una que es
válida para esa persona.
Hay una diferencia que quiero subrayar ahora, la
que se establece entre conocimiento y amor.
El primero entraña la posesión
intelectual mediante el estudio y
análisis de sus componentes e intimidad. Por
el segundo se tiende a la posesión
real de aquello que se ama en el sentido de
unirse de una forma auténtica y tangible.
Amor y conocimiento son dos formas supremas de
trascendencia, de superación de la mera
individualidad que presupone el deseo de
unión. La fórmula clásica
tiene aquí toda la seguridad del mundo:
no se puede amar lo que no se conoce. A
medida que uno se adentra en el interior de otra
persona y lo va descubriendo, se puede producir la
atracción. La intimidad y sus recodos es
un fértil campo de atracción
magnética, que empuja al enamoramiento.
Aprender a amar con la razón es recuperarse
del primer deslumbramiento y otear el horizonte.
Que no ocurra aquello de que deslumbra sin
iluminar. El sentimentalismo puro ha pasado a
la historia, lo mismo que el racionalismo a
ultranza. Uno y otro tienen que entender y superar
sus diferencias. Están condenados a convivir
y deben llevarse bien. La educación
occidental ha privilegiado la razón
abstracta, como único camino para llegar lo
más lejos posible, desdeñando la
parcela afectiva. Ese modelo ha sido erróneo
y ha traído grandes fracasos.
Realidades
a las que podemos amar
El amor es una complicada realidad que hace
referencia a múltiples objetos o aspectos de
la vida. Podrían quedar ordenados del
siguiente modo:
- Relación de amistad o simpatía
que se produce hacia otra persona; ésta
ha de ser de cierta intensidad, lo que supone un
determinado nivel de entendimiento
ideológico y funcional. El amor de
amistad es uno de los mejores regalos de la
vida, gracias a él podemos percibir la
relación humana como próxima,
cercana, llena de comprensión.
Laín Entralgo la ha definido “como
una peculiar relación amorosa que implica
la donación de sí mismo y la
confidencia: la amistad queda
psicológicamente constituida por la
sucesión de los actos de benevolencia,
beneficencia y confidencia que dan su materia
propia a la comunicación”.
Vázquez de Prada en su Estudio sobre
la amistad nos trae algunos ejemplos
históricos: David y Jonatán,
Cicerón y Atico, Goethe y Schiller; en
todos ellos hay intimidad, confidencia,
franqueza: porque la amistad es siempre
vinculación amorosa.
- Amplísima gama de relaciones
interpersonales: amor de los padres a los hijos
y viceversa; amor a los familiares, a los
vecinos, a los compañeros de trabajo,
etc. En cada una de ellas la vibración
amorosa será de intensidad distinta,
según la cercanía o alejamiento
que exista de la misma.
Referido a cosas u objetos inanimados: amor a los
muebles antiguos, al arte medieval, al
Renacimiento, a la literatura del Romanticismo,
etc.
- El amor puede hacer mención
también a temas ideales: amor a la
justicia, al derecho, al bien, a la verdad, al
orden, al rigor metodológico, etc.
Aquí la palabra amor es más que
nada una forma de hablar, aunque implica
inclinación.
- También puede referirse a actividades
o formas de vida: amor a la tradición, a
la vida en contacto con la naturaleza, al
trabajo bien hecho, amor a la riqueza, a las
formas y estilos de vida clásicos, etc.
Sobre gustos hay mucjas cosas escritas: cada una
refleja una forma preferente de
instalación en la realidad.
- Un apartado fundamental es el dedicado al
amor al prójimo, entendido éste en
su sentido etimológico y literal: a las
personas que están cerca de nosotros y
por tanto, al hecho de ser hombre, con todo lo
que ello trae consigo.
- Un apartado con luz propia es el que se
refiere al amor entre dos personas. El
análisis del mismo nos ayuda a comprender
y a clarificar el resto de usos amorosos. Es tal
la grandeza, la riqueza de matices y la
profundidad del amor humano, que nos revela las
cualidades de cualquier otro tipo de amor.
Es ésta una vía de conocimiento
primordial, ya que vibra toda la temática
personal, que va desde lo físico a lo
psicológico, pasando por lo espiritual y
cultural. Sus entresijos y recovecos suelen ser
interminables.
El enamoramiento tiene que ser el obligado punto de
partida. El centro de la rueda desde donde parten
los radios que harán que el carro funcione.
Luego vendrán las dificultades de la
travesía, pero ésa es ya la historia
normal de cualquier recorrido. Francesco Alberoni
en su libro Te amo (1996) habla del
estado naciente, experiencia universal de
encantamiento, en donde ve él todo el
nacimiento de la cultura. Pretender apostar por un
vínculo exclusivo y duradero es hacer y
convertir ese amor en algo culto y consistente.
Dicho de otro modo: es poner orden en ese
sinnúmero de palabras que se arremolinan en
torno al término amor: sentirse
atraído, desear, querer, gustar, no poder
olvidar, etc.
Es una empresa noble e intelectualmente provechosa
huir de los tópicos del amor. Porque
uno se pierde cuando llegan las dificultades, que
inevitablemente irán pidiendo paso, como
algo natural. Y que cuando uno mire por el espejo
retrovisor, éste sea capaz de darnos una
visión retrospectiva con fundamento. Ir
diseñando el atlas personal de la
geografía por donde hay que irse
metiendo. En él se apilan todos los
elementos habituales que vemos al movernos por la
realidad: valles, collados, ríos secos y
navegables, mares, paisajes serenos y encrespados.
Todo eso misteriosamente apelmazado y disperso y a
la vez, bien diferenciado.
El mundo del amor forma un complejo sistema de
referentes, remitentes y preferentes que es
menester que cada uno desvele, a su leal saber y
entender: pero buscando la verdad sobre el
hombre. Lo auténtico sobre lo que son,
significan y conducen los sentimientos. Porque
los mercaderes del templo venden el amor
rebajado y cambiando su género. El amor
afecta a toda mi ubicación: física,
psicológica, profesional, social y cultural.
Se cuela por sus entresijos y da vida o la quita.
San Agustín decía requies nostra
locus noster: nuestro descanso es nuestro
lugar.
Extender el yo hacia el tú,
para formar un nosotros. Queda asimilada la
otra persona. Por eso enamorarse es
enajenarse, hacerse ajeno, ampliarse, formar
una unidad más espaciosa y profunda. El
amor auténtico hace a la persona más
completa.
- Por último está el amor a
Dios. Para el creyente esta es una razón
e ser primordial. Estamos viviendo en la
sociedad actual un neopaganismo, con la
aparición de dioses viejos mezclados con
otros nuevos: el sexo, el dinero, el poder, el
placer... tomados todos ellos en sentido
radical; además: el relativismo, la
permisividad, la ética indolora, el
llamado new age, las normas morales a la
carta, etc.
Pero el Dios judeo-cristiano es Alguien. El
cristianismo no es una filosofía de vida, ni
un conjunto de ideas personales y sociales que
ayudan al ser humano a sobrellevar mejor las
dificultades de la vida, sino que la esencia del
cristianismo es una Persona, Jesucristo, que
sirve de modelo de identidad. Punto de
referencia que es capaz de iluminar con su
esplendor todos los ámbitos del quehacer
humano. También este amor debe ser
personal, recíproco, amistoso, tejido de
diálogo, en donde las diferencias se liman
por la grandeza de Dios.
Hay que reconocer que todavía sigue latiendo
esa especie de represión de la
espiritualidad que surgió hace unos
años, aunque parece que los vientos han
cambiado de signo. El hombre se hace
oceánico con la trascendencia, desamarrado
de su propia estima, todo lo pone en Dios:
pértiga audaz para dar el salto de sí
mismo al otro.
La
sexualidad debe ser un lenguaje de
amor
Amor y sexualidad deben formar un binomio
irrenunciable. La vida sexual tiene mucha
importancia en la armonía de la pareja.
Desconocer esto sería ignorar una de sus
principales dimensiones. El amor humano, para
que sea auténtico, debe hospedar en su seno
tres ingredientes: el físico, el
psicológico y el espiritual. El amor es
el principal argumento. Alrededor de él
giran y se mueven una serie de elementos decisivos
de la vida, pero él constituye el
auténtico gozne, eje diamantino y centro de
operaciones desde el que las demás
realidades cobran y reciben su sentido.
Es el modo de entender lo que es el amor lo que
perfila nuestra vida. Por eso es básico
tener ideas claras en este campo. El amor es el
mejor compañero de viaje. Poner amor en
las cosas pequeñas de cada día y en
las personas con las que nos tropezamos a diario,
es una forma sabia y poderosa de actuar. Pero
siendo capaces de utilizar la palabra sin
degradarla, llamándole al sexo, sexo; al
encuentro epidérmico con el cuerpo de otro,
instrumentalización sexual de esa persona; y
nombrando al verdadero amor, como entrega y
donación que procura la felicidad y un mayor
grado de libertad.
El amor entre dos personas emerge de la
atracción física en un principio. Del
plano físico, va transitando al
psicológico y de éste al espiritual.
Travesía habitual que va descubriendo la
personalidad del otro. El anzuelo del principio
suele ser casi siempre físico. Lo he dicho
en alguna otra ocasión: el hombre se
enamora más por lo que ve, mientras que la
mujer se enamora más por lo que
oye[1].
A mi entender estos dos sentidos son los que llevan
la delantera a todos los demás en esta
operación de encantamiento. La vista y el
opido actúan de árbitros para
dictaminar el rumbo personal de los sentimientos,
en la decisiva tarea de elegir y
comprometerse.
Las relaciones entre amor y sexualidad no es que
sean estrechas, sino que la una se entronca
directamente en la otra. Y a su vez, en su seno
vibran con fuerza todos y cada uno de los
ingredientes que nutren lo mejor del ser humano: lo
físico, lo psicológico, lo espiritual
y lo cultural. Aquí, en el encuentro sexual,
en ese momento lo que se destaca y toma el mando es
la emoción placentera del goce del acto
sexual, quedando algo relegadas las otras tres
dimensiones, pero envolviéndolo todo. Por
eso hay que volver a subrayar que la
relación sexual es un acto íntimo de
persona a persona, nunca de cuerpo a cuerpo.
¿Qué quiere decir esto? Sencillamente
que cuando al otro se le trata sólo como ser
físico, portador de un cuerpo, se ha
escamoteado la grandeza y profundidad del mismo.
Esto es lo que pasa hoy en algunas ocasiones.
Por una parte estamos anegados de sexo mediante una
propaganda erótica continua. Es
difícil si uno se deja llevar por esos
derroteros ver la sexualidad con unos ojos limpios,
sanos, normales. Permanentemente somos invitados
al sexo por los medios de comunicación
social. Y esta convocatoria se hace de forma
divertida, epidérmica, como una
liberación que planifica y conduce a la
maduración de la personalidad. Todo ese
mensaje, apretado, sintético, englobado y
envuelto en sus mejores aderezos, lleva al que no
tiene las ideas claras a pensar que ésa es
la condición humana. Y nada más. Y
eso es sustancialmente falso: reducir la sexualidad
a un medio para utilizar al otro, sin más,
la rebaja de rango, la envilece. La sexualidad
desconectada del amor y de los sentimientos conduce
a lo neurótico. Falsifica su verdadero
sentido y, hablando y pregonando de libertad, se
termina en una de las peores esclavitudes que puede
padecer un sujeto: vivir con un tirano dentro
que empuja y obliga al contacto sexual
preindividual y anónimo.
El cuerpo es algo personal, particular, propio.
Éste debe ser integrado en el conjunto de la
personalidad. La sexualidad es un lenguaje cuyo
idioma es el amor: por eso la relación
sexual debe estar presidida por el amor a la otra
persona, que es una entrega rica y diversa, que no
sólo se produce en el terreno de la
sexualidad. Amor personal comprometido, estable,
que vincula a lo corporal, a lo psicológico
y a lo espiritual. Dicho en términos
más rotundos: el acto sexual
auténtico, verdadero, es
simultáneamente físico,
psicológico y espiritual. Los tres
participan directamente en esa sinfonía
íntima, misteriosa, delicada y que culmina
con la pasión de dos seres que se funden en
un abrazo.
La verdad sobre el hombre existe. A pesar del
relativismo y la permisividad. También esto
vale para lo sexual. Muchas encuestas nos hablan de
las relaciones sexuales de los jóvenes y nos
ofrecen matices, ángulos y perspectivas
diferentes. Pero no olvidemos lo siguiente: la
sociología nos descubre comportamientos
mayoritarios, qué está pasando en la
sociedad en esos momentos y sobre ese tema
concreto. La moral es el arte de vivir con
dignidad y nos enseña cómo debemos
actuar, que es lo mejor para el hombre a la larga.
La sociología observa hechos y los ofrece
estadísticamente. La moral fija ideales y
conductas que hacen al ser humano más
libre. La verdad no depende del consenso, ni de
lo que diga la mayoría. Eso son opiniones.
Las opiniones son como las estatuas de
Dédalo, que están en permanente
actitud de huida. Hoy se asoman con vigor y
mañana se desvanecen. Cuando uno se apunta a
las modas, en cuestiones esenciales, está
perdido a la vuelta de la esquina.
Tres observaciones que no quiero dejar en el
tintero:
- Hoy estamos asistiendo a una verdadera
idolatría del sexo. Se ha
instalado en el corazón de nuestra
sociedad el sexo a todas horas, a
impulsos de la pornografía y sus
derivados. Cosificación degradante del
sexo. Con una nota sui generis:
trivializa el sexo y a la vez, lo
convierte en religión.
El hombre banalizado, encanallado, trivial,
insignificante para lo más grande, que
reduce la sexualidad al placer genital de usar y
dejar. Y nada más. Nos sumergimos,
así, en la sexual performance: las
marcas o retos sexuales.
- En el tema sexual bien se puede decir que
vivimos en una sociedad
neurótica[2].
Es la ceremonia de la confusión. Una
sociedad que busca lo que escandaliza y fomenta
lo que luego condena. Un botón de
muestra: los anuncios en la prensa sobre sexo e
incluso sobre sexo adolescente... y cuando
éste salta a los medios de
comunicación, éstos dan su voz de
alarma, vociferando alborotados sobre lo que
está sucediendo. Apoteosis de la
disolución de los referentes. En el amor
inteligente se usa la cabeza y el corazón
a la vez, en conformidad con la realidad de lo
que son las cosas humanas.
- ¿Dónde debe ubicarse la
sexualidad? ¿En qué zona hay que
situarla dentro de la geografía de lo
humano? ¿Es una pieza suelta que debe ir y
venir según su antojo y apetencias? Estas
preguntas remiten a una respuesta: hay que
trabajar una educación sexual en
la que se integren todas las variables antes
apuntadas. La sexualidad no es algo puramente
biológico, un placer ligado al cuerpo,
sino que mira a lo más íntimo
de la persona. Por tanto hay que concluir
con esta primera conclusión: la
sexualidad es una pieza integradora de los
planos físicos, psicológicos,
espiritual y cultural. Visión del
hombre completo. Si la vocación principal
del hombre es el amor, toda la vida sexual debe
vertebrarse en torno a él. Ahí
debe situarse la sexualidad[3].
La sexualidad es un componente fundamental de la
persona. La madurez de la personalidad consiste,
entre otras cosas, en conocerla, saber para
qué sirve y gobernarla, ser dueño
de ella y no a la inversa. La sexualidad
conyugal es la expresión directa de la
donación de uno a otro, de una persona a
otra. Relación singular personal e
íntima.
La vida sexual en la pareja debe buscar su mejor
acoplamiento a medida que pasa el tiempo. Cuando
ésta funciona bien en general,
también lo hace en esta parcela, en lo
particular. La sexualidad del hombre es bastante
más que sexo. Vehículo privado de
acercamiento y comprensión, de goce
compartido y de donación total. La
visión de ella como un simple juguete para
divertirse empobrece su sello. Es indudable que
tiene en el orgasmo el placer del cuerpo en sus
niveles más altos. Pero no debe quedarse
ahí. ¿Por qué? Porque la
sexualidad no es un objeto. Hay que tener una
visión de la sexualidad en el conjunto de la
persona. La maduración consiste precisamente
en eso: llevarla a que se incruste en la persona
global.
Cuando nos quedamos en el campo exclusivamente
biológico, al no ser capaces de totalizar,
éste no refleja las ricas y múltiples
implicaciones e interdependencias que tiene. Es el
arte de ensamblar. La mirada inteligente puesta
sobre esta parcela. Reducir la sexualidad a bien
de consumo parece penoso[4].
También esto cuenta para la continuidad
matrimonial. La sexualidad inteligente es aquella
en que, junto a la ternura, se mezclan la
complicidad, el misterio, la delicadeza, la
pasión y compartir todas las realidades que
se tienen y se anuncian. Fórmula para el
éxito en el buen entendimiento sexual.
Certera combinación mezcla con arte y
talento, en todo se ordena a la comunicación
profunda y a la alegría del otro y a la
propia.
Es un grave error de percepción hacer del
placer sexual el mayor bien posible de la vida
conyugal. Y también, lo contrario:
minimizarlo, reducirlo al mínimo, posponerlo
y dejarlo para momentos estelares es no haber
comprendido cuáles son sus claves y resortes
principales. Ni idolatría y utilitarismo por
un lado, ni tampoco la otra cara de la moneda:
espiritualismo decadente, limitando esta parcela de
la geografía personal. Cuando esto no se
entiende bien y se vive aun peor, el amor se
convierte en una fusión de
egoísmo unas veces y otras, en una
concentración de ignorancias. Ni lo
uno ni lo otro.
Se trata de ir consiguiendo un amor sexual y
espiritual a la vez. Espiritualizar la
sexualidad conyugal. Igual que la razón
ofrece argumentos a la afectividad para hacerla a
ésta más madura, hay que impregnar de
idealismos y dulzuras y elevación el plano
sexual. Se mantiene con frescura y lozanía
siempre que un romanticismo lo envuelve. La
persona es tratada no como objeto de placer, sino
como objeto de amor. No servirse de ella como
algo que se usa. Debe emerger siempre el valor de
la otra persona como superior al valor del placer.
Frente al principio de utilidad, la norma
personalista. La sexualidad puede parecer
fácilmente un bien, sólo por la
fuerza del deseo. Pero en la sexualidad madura e
inteligente este plano queda ampliamente rebasado.
Quiero tu bien antes que el mío. Se
imbrican así y se superponen dimensiones
distintas, pero no excluyentes. Max Scheler y
Pascal hablaron de logique du coeur. Por
eso, ese amor que se esfuerza por mejorarse
sí mismo, perfecciona y conduce a superarse
a sí mismo dando salida a valores
típicamente humanos: generosidad,
donación, confidencia, capacidad para hacer
la vida agradable al otro evitando el
egoísmo y el pensar demasiado en uno mismo.
La vida conyugal se hace más intensa y sus
lazos más fuertes y rocosos. Recientemente
Coleman ha hablado de inteligencia
emocional, ensamblando afectividad e
inteligencia.
Psicología conductista y
cognitiva
La vida actual se ha psicologizado. Cualquier
análisis de la realidad ofrece un
ángulo psicológico. Esto es un
componente moderno que no existía hace tan
sólo un par de décadas. A todos nos
interesa esta materia. De una parte para conocernos
mejor y saber dónde están los
resortes más importantes de la conducta. Por
otra, para facilitarnos las relaciones con los
demás, toda vez que la convivencia tiene
unas reglas que pasan por saber a qué
atenerse en el comportamiento interpersonal. En las
últimas décadas las publicaciones de
psicología se han multiplicado y, con ella,
los denominados "libros de autoayuda".
En las últimas décadas se han
desarrollado tres escuelas de gran importancia
dentro de la psicología científica.
El conductismo por un lado, la psicología
cognitiva por otro y entre ambas se ha ido elevando
el concepto moderno de aprendizaje, que toma
influencias de una y otra. Se superan así
las viejas concepciones de la psicología
existencialista inspirada en el análisis
fenomenológico-existencial que tuvo bastante
predicamento hacia los años sesenta.
Igualmente, el psicoanálisis ha perdido
fuerza hoy tal y como lo concibiera su fundador,
Sigmund Freud. De él se ha derivado una
serie de escuelas con muchos matices y vertientes
diversos.
El principio central sobre el que se basa el
conductismo reside en considerar que nuestro
comportamiento se mueve mediante relaciones
estímulo-respuesta, que nuestra conducta es
producto de nuestro condicionamiento. Fue Watson,
hacia 1913, el que inició su despliegue,
prescindiendo de dos puntos básicos que
hasta ese momento habían tenido un relieve
decisivo: la conciencia psicológica y la
introspección. La persona se puede estudiar
igual que el comportamiento animal, siguiendo unas
reglas: la observación atenta y cuantificada
de lo que se ve hacia fuera, hacia el exterior. La
conducta es algo público que puede ser
medida, pesada, cuantificada. Por este derrotero se
pretendía controlar y predecir lo que puede
un hombre hacer, según el tipo de
estímulos a que sea sometido. Llevado esto
al tema que nos ocupa, el de la vida de la pareja,
quiere decir que sí se controlan las
variables que entran en juego en esa
comunicación. El conductismo
pretendió equiparar la psicología
como ciencia, a la física, con unas reglas
relativamente bien establecidas. Éste
sería el camino para mejorar muchos
trastornos psíquicos: desde la falta de
entendimiento de una pareja, hasta la tendencia a
discutir, pasando por la dificultad para olvidar
los agravios recibidos por el otro.
Pero las cosas no han resultado así. Es
evidente que esta corriente de pensamiento ha
tenido grandes aciertos, pero ha dejado de lado el
tema de los procesos mentales, cuya incidencia e
importancia es enorme: la conciencia, la
introspección y los sentimientos. Sus
raíces hay que buscarlas además de
Watson, en Pavlov, Poincaré, Comte y
posteriormente en Skinner [5].
Éste diseñó el concepto de
moldeamiento: mediante el control del binomio
premios-castigos se puede regular la conducta. Esto
es muy interesante para la vida conyugal, tanto que
se podría formular la siguiente
afirmación: la clave para que la conducta
conyugal sea adecuada descansa sobre la
noción de esfuerzo, que puede definirse de
la siguiente manera: es aquel estímulo que
incrementa la probabilidad de una respuesta. Hay
refuerzos positivos y negativos: los primeros
incrementan la frecuencia de una conducta; por
ejemplo, si el marido al llegar a casa
después de una jornada de trabajo le da un
beso a su mujer y le dice -a pesar del cansancio-
alguna palabra agradable, lo más probable es
que ella reaccione de forma similar, y si el
estímulo inicial del marido se sigue
repitiendo en días sucesivos, se vuelve a
dar un patrón similar de respuesta. Los
segundos, los negativos, son aquellos
estímulos que se eliminan después de
que se ejecute una respuesta; por ejemplo: si tengo
dolor de cabeza, tomo un analgésico y
éste desaparece.
Los conceptos centrales del conductismo son:
estímulo, respuesta, estímulo
condicionado e incondicionado, respuesta
condicionada e incondicionada, así con
frecuencia, intensidad y duración de una
respuesta. Desde esas premisas se dibuja todo el
mapa de la conducta, según esta corriente
psicológica. El amor de una pareja consiste
fundamentalmente en un intercambio de refuerzos
positivos, de recompensas actuales. Que los hechos
positivos y gratificantes incrementan una
mejoría en las relaciones afectivas, es algo
de una evidencia notarial, que explica la
teoría del refuerzo [6].
Aquí entra de lleno el trabajo del
psiquiatra o del psicólogo.
Para la psicología cognitiva nuestro cerebro
funciona como un ordenador, que recibe
información desde fuera ( input), lo
que es seguido de un procesamiento de la
información, para culminar en una tercera
etapa que es la resultante exterior
( output). Hay aquí dos conceptos que
es necesario matizar: estímulo nominal y
funcional; en el primero, éste es igual para
cualquier sujeto: una palabra, un gesto, una cara
seria, una voz más alta que otra...; en el
segundo, ese mensaje está matizado por el
atributo que cada uno le da desde su particular
circunstancia. Es clave el tratamiento interno que
cada persona da a los datos que se van almacenando
en ella [7].
Es decir, que así como el ordenador normal
se puede definir como un procesador general, ya que
es una máquina y no tiene historia, el
hombre es un procesador individual y
específico, lo que significa que al tener
una biografía, adopta distintas formas de
archivar según su relación con el
entorno próximo y lejano. Cuando una pareja
discute por algo trivial, si no tienen cuidado, en
vez de centrarse ésta en datos reales y
concretos de ese hecho sobre el que han tropezado,
tiende a salir información pasada
negativa... que no aporta nada nuevo al momento y
que va a distorsionar la posibilidad de un
diálogo centrado en algo concreto.
Efectos más frecuentes en el
procesamiento de la información
conyugal
Los principales errores y defectos en el
procesamiento de la información conyugal
pueden ordenarse como se indica. No hay que olvidar
que los principios sobre la organización del
material recibido se codifican de diferente manera
según las ocasiones y van desde la
ordenación espacial, a la asociativa
(asociación de ideas, conexión de
conceptos similares, redes conceptuales),
según la propia jerarquía de cada
uno, por semejanza, reticular, etc. Estos errores
son los siguientes:
- Tendencia a distorsionar el pasado:
Suele ser bastante frecuente en parejas en
conflicto. Pequeños hechos o medianos o
de cierta envergadura, son almacenados en el
interior de la memoria de forma incorrecta, con
cargas pasionales negativas y peyorativas, lo
que hace que no se puedan olvidar y esos
contenidos estén siempre a punto de
aflorar a través de la lista de agravios.
En la psicoterapia el trabajo consiste en ayudar
a esa persona a hacer otra lectura
biográfica, más sana, fría
y desapasionada, asumiendo las cargas
psíquicas peores, para evitar la
neurotización.
- Generalizaciones excesivas: Elaborar
una regla general a través de hechos
aislados. "Tú siempre tienes que llevar
razón"; "nada mío te gusta"; "me
corriges siempre que hablo en público";
"lo nuestro no funciona porque no te veo volcado
hacia mí"... Hacer ver que esto es un
trastorno psicológico, espigando hechos
precisos y aquellos que se repiten más
habitualmente, es trabajo de psicoterapia
específico.
- Maximización y
minimización: Evaluar la
significación de hechos y circunstancias
magnificando o, al revés,
quitándole demasiada importancia.
Aprender a valorar los acontecimientos en su
cierta y justa medida indica madurez
psicológica y una cabeza bien amueblada
para enjuiciar lo que sucede.
- Adelantarse en negativo: Este
apartado menciona el mecanismo
psicológico de adelantar conclusiones
a priori que son arbitrarias y que tienen
el sesgo del pesimismo, sin que exista una
evidencia rotunda y clara. "Mi marido nunca
cambiará, se lo digo yo que lo conozco
muy bien"; "la psicoterapia no va con él,
él no responderá"; "lo nuestro
irá a peor a pesar de que los dos
hablemos con usted, doctor". Está rota la
relación estímulo-respuesta por la
inferencia de las ideas preconcebidas. Falla el
concepto de respuesta.
- Abstracción selectiva:
Así como en el apartado anterior se
refería a la respuesta, éste alude
al estímulo. Consiste en centrarse en un
detalle extraído de su contexto, sin
tomar en cuenta los pormenores y circunstancias
que lo rodean y conceptualizar eso de forma
negativa y rotunda. "Una vez me dijiste que yo,
al no tener carrera universitaria, nunca
llegaría a comprenderte...", dice la
mujer, y comenta el marido: "sí, es
cierto, pero te lo dije en un momento de enfado
y estaba yo descontrolado y no debes
tomármelo en cuenta". Apostilla ella:
"sí, qué fácil es decir
ahora que no te diste cuenta, pero hay cosas que
no se olvidan y que son muy duras para una mujer
con la sensibilidad que yo tengo". La capacidad
del psicólogo o del psiquiatra para
corregir esto y situar los papeles en la
ubicación precisa, hará ir
desmontando estos déficit en la
interpretación de los sucesos.
- Pensamiento dicotómico: La
forma de ver la realidad es maniquea:
blanco-negro, bueno-malo, encantador-odioso. Se
clasifican los criterios sobre las personas y
sobre la propia pareja en dos categorías
contrarias, opuestas, irreconciliables,
antagónicas, imposibles de acercar porque
están en polos diametralmente opuestos.
La discrepancia está servida. Esto
traduce un marcado apasionamiento y escasez de
juicio reposado. Y esta forma de manejar el
pensamiento se vuelve muy negativa, maniquea en
definitiva. Y desde ella es difícil salir
hacia delante. Situarse cada uno en las
antípodas del otro pone de manifiesto un
error de base, al formular posiciones extremas e
irreconciliables. A esto le llamamos
categorías absolutistas negativas.
Estos seis apartados reflejan falsos esquemas
inconscientes desde los cuales se acrecienta la
distancia entre los miembros de la pareja. El arte
del psicoterapeuta consiste precisamente en
hacerles ver este fallo y aproximar las
posiciones.
El amor inteligente
El amor inteligente debe estar tejido de
corazón y cabeza, pero unidos ambos por el
puente de la espiritualidad. Necesita de unos
sentimientos con una cierta madurez y al mismo
tiempo, la participación de criterios
lógico-racionales. El amor auténtico
consiste en una pasión inteligente. Para
entender mejor las pasiones hay que aplicar la
inteligencia como capacidad para discriminar,
separar, seleccionar, verse de cerca y de lejos,
destacando unos planos en un momento dado y
posponiendo otros. Ejercicio de contrastes
presidido por un afán de síntesis y
evaluación.
El corazón es el símbolo de los
sentimientos en prácticamente todas las
culturas. Las pasiones van mucho más
allá que los cambios hormonales o las
alteraciones bioquímicas. Sentimientos y
razones: un amor con dos dimensiones, pero que
aspira a la participación de la
espiritualidad, que ofrece una visión
más rica de ese amor [8].
La mujer parece que prefiere al hombre solvente
económicamente y los hombres buscan a las
más jóvenes y atractivas. La persona
superior busca algo más. El amor
sufi[9]
tuvo en el pensador árabe Ib-el-Arabí
un gestor decisivo. De igual modo, el rabino
Chiquitilla, nacido en Medinaceli, escribió
un precioso libro titulado El misterio de la
unión de David y Betsabé, en el
que nos cuenta la leyenda de la búsqueda
eterna de nuestra alma pareja, como camino para
alcanzar la perfección [10].
Esa fascinación amorosa, para que se haga
consistente y sólida necesita ascender a
planos donde la razón fría
está mezclada con emociones bien
estructuradas, en donde esa relación
personal busca el bien del otro.
¿Qué debemos entender aquí por
espiritualidad? La capacidad para mirar más
allá de lo que se ve y se toca. Perspectiva
que amplía el horizonte, lo dilata y ayuda a
captar otros ángulos más sublimes,
pero menos accesibles por el camino escueto de los
argumentos. El pensamiento europeo tiene esto
expresado en tres grandes libros, que recorren
nuestra cultura y le dan peso y medida. Son el
Corán para los árabes, el
Pentateuco para los judíos y el
Evangelio para los cristianos. Ahí
encontramos las mejores respuestas sobre
cómo debe ser entendido el amor
trascendente. Hay algunos textos que pueden ser
añadidos a éstos. Así, en el
Talmud hebreo hay una sentencia que
dice:
"El hombre fuerte es el que gobierna sus
pasiones;
el hombre honrado es el que trata a todos con
dignidad;
y el hombre sabio, aprende de todos con
amor".
También en el Zohar o también
llamado libro del esplendor, el judío puede
beber en unas fuentes claras, en donde hay
pensamientos excelentes que hacen al ser humano
aspirar a lo mejor [11].
San Juan de la Cruz lo dice de forma excelsa en sus
Canciones entre el alma y el esposo:
En la interior bodega
de mi amado bebí y cuando
salía,
por toda aquesta vega
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes
seguía
Y otro trozo espléndido que refleja bien a
las claras, pero con poesía universal, la
fenomenología sentimental:
Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el
amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
El allí me enseñarás
significa conocer la sabiduría y la ciencia
del amor, en donde una persona se transforma en la
otra, pero transida de visión sobrenatural.
Uno se cambia mediante esa nueva óptica en
un ser amoroso, capaz de perdonar [12],
de aceptar, asumir, corregirse, volver a empezar.
La espiritualidad le da otra perspectiva al amor.
Lo llena de capacidad de sacrificio y se apoya en
los grandes ejemplos judeo-cristianos. Erich Fromm
en El arte de amar dice que el hombre tiene
miedo a amar por el pánico a no ser
correspondido. El amor inteligente es
tridimensional. Las columnas que lo sostienen son
el sentimiento maduro y la razón
ecuánime. Por encima y por debajo: el
idealismo de la finura educada en la mirada
sobrenatural, que pone desinterés, nobleza y
romanticismo. Un amor hecho con materiales
aristocráticos, distinguidos, ilustres. Es
difícil de derribar y se hace compacto con
el paso del tiempo, como una ciudad medieval
amurallada.
Amor y espiritualidad
Sin espiritualidad el amor conyugal es
difícil que se mantenga. Es elevarlo de
nivel y transitarlo de lo natural a lo
sobrenatural. Lo físico tiende a pasar y a
degradarse en alguna medida. Con lo espiritual
sucede justamente lo contrario: ayuda a superar las
flaquezas personales y suavizar el desgaste de la
convivencia. Si amar es querer envejecer juntos,
hay que procurar las tres dimensiones. Ahí
se convocan los tres grandes amores
clásicos: de benevolencia, de concupiscencia
y de amistad. El primero tiene en el
desinterés y en la búsqueda del bien
del otro su primera propuesta, pensando más
en el otro y menos en sí mismo. Es el amor
más puro. Gozar viendo al otro disfrutando y
saboreando lo bueno de la vida. Te deseo lo mejor.
Sentimientos complacientes, generosos, en donde uno
se olvida de sí mismo para volcarse en el
otro: amor magnánimo, amable, desprendido,
noble, en donde la educación complaciente se
hace dócil. Sería como decirle a la
otra persona: guardo las formas contigo como cuando
éramos novios, me esmero por tratarte como
lo que quiero que seas para mí, apoyo y
descanso [13].
Hay que avanzar en esa línea mediante
esbozos, tanteos, aprendizajes y por supuesto, la
ilusión de llegar a formar una pareja bien
conjugada, armónica. El amor consiste en un
proyecto compartido de generosidad, donde cada vida
intenta alumbrar a la otra. Pensar y ocuparse
más del otro. La felicidad propia pasa por
delante de la otra persona. Pasaje obligado que
engrandece el verdadero amor. Ahí descansa
la grandeza del amor conyugal y al mismo tiempo,
también su dificultad. Esto debe quedar muy
claro, porque las palabras adornan los hechos, pero
la realidad tiene un fondo riguroso y notarial.
Amor compartido benevolente que es capaz de crear
en nosotros. El otro no como objeto de placer, sino
como propósito de amor de calidad.
Reciprocidad verdadera en donde uno apuesta por el
otro y le dice que va a esforzarse por darle lo
mejor que tiene. Es un amor moral, porque destila
el arte de vivir con dignidad, usando la libertad
del mejor modo. +Este era el punto a donde
quería llegar.
Frente a la física del amor se eleva la
metafísica: escuela de perfección
bilateral, vinculada y subordinada a la
alegría, al gozo y al sufrimiento
compartidos.
El amor de concupiscencia tiene en el deseo sexual
y en la atracción física su
expresión más patente. Y tiene que
ser así. Una atracción
psicológica que no se acompañara de
la física, estaría quebrada,
sería incompleta y por tanto, no
conduciría a la creación de un
nosotros. La tendencia sexual pertenece a la
esencia misma del amor humano. El impulso sexual se
materializa del mejor modo a través del amor
auténtico [14].
No se reduce a la satisfacción de las
tendencias biológicas, sino que engloba
también a la psicológica y a las
espirituales. Tiene, en el momento del acto sexual,
la presidencia del ímpetu instintivo, pero
dirigido a la persona, no a su cuerpo. En la
conciencia psicológica de ese sujeto hay una
idea clara: no se queda sólo en el mero
goce, no se agota ahí, sino que va
más allá, apunta hacia una cierta
excelencia. Por eso, para que un amor sea
verdadero, la persona tiene que buscar el bien del
otro, no instrumentalizarlo; si no, se
convertirá en una relación
egoísta, que puede ser calificada de amor,
pero que está muy lejos de su hondo
significado. Hay ahí una frontera sedosa y
lábil que si no se cuida, a la larga esas
relaciones tienen un final desgraciado. Cuando esas
personas se miran a la cara, de tú a
tú, descubren la falsedad del fondo, aunque
quieran con las palabras cambiar los hechos. El ser
humano es capaz de mentirse a sí mismo, pero
en todas las biografías emergen momentos de
sinceridad, que se ponen de pie y ponen sobre la
mesa la verdad íntima que anida en esas
personas.
En tales situaciones el hombre que no quiere
meterse en esa exploración personal, huye,
se aleja, se sumerge en otras aguas y mediante este
mecanismo de evasión evita enfrentarse con
su realidad. En otras ocasiones flotan argumentos
estadísticos, que apagan cualquier
rectificación. Pero otras veces, la
respuesta es dolorosa y la herida invita a cambiar,
a rectificar, a tratarse a sí mismo y al
otro como seres humanos. Hay, en ese continuum, un
trasiego de posibilidades diversas.
La benevolencia es desinterés y completitud;
la concupiscencia, impulso sexual; mientras que la
amistad es confidencia, camaradería y
complicidad. La amistad a secas es un amor sin sexo
hecho de donación e intimidad. Pero en este
tercer distrito hay una comunicación
entrañable que es capaz de superar el propio
yo, para construir un nosotros. Mediante él
la naturaleza humana se realiza en su mejor modo y
se perfecciona. De este modo se capta realmente que
la sexualidad no da noticia del ser humano
sólo por lo puramente físico, sino
que tiene una honda huella psicológica y
espiritual. Así se transita de la cultura de
las cosas a la cultura de las personas. El otro
deja de ser utilizado como cosa, como objeto para
convertirse en persona, en ser humano de carne y
hueso con toda la grandeza del mundo. Encuentro
personal, privado, íntimo, secreto,
misterioso. El amor personal integra a todo el
individuo y lo capacita para vivir en la verdad de
uno mismo y del nosotros. Con todas las
limitaciones que se quiera, pero lleno de
sentido.
Metafísica del amor
Yo la definiría como aquella
operación psicológica que consigue
que la relación entre dos personas vaya
más allá de la experiencia personal
compartida. Reconocer y profundizar en lo que hay
de más alto y perfecto en los sentimientos.
Elevarse por encima de los hechos objetivos,
buscando lo eterno, lo perenne, aquello que se
perpetúa por encima de los mil vaivenes que
tiene la vida conyugal. La metafísica del
amor persigue la trascendencia. Y ella se dirige
como en una baliza hacia la espiritualidad. El amor
espiritual tiene voz propia en el pensamiento
musulmán, judío y cristiano. Son tres
formas de captarlo. Para el mundo occidental la
tradición judeo-cristiana tiene sus dos
máximos exponentes. Vivirlo de acuerdo con
unos principios que lo hacen más
sólido y firme. Frente a las oleadas del
postmodernismo que relativizan cualquier amor y lo
hacen transeúnte, la espiritualidad descubre
su grandeza y, también, sus exigencias.
Hay un texto del Evangelio que es aleccionador en
este sentido: "Todo el que viene a mí y
escucha mis palabras y las pone en práctica,
os diré a quién es semejante. Es
semejante a un hombre que, al edificar una casa,
cavó muy hondo ( fodit in altum) y
puso los cimientos sobre la roca ( et posuit
fundamentum supra petram). Al venir una
inundación, el río irrumpió
contra aquella casa y no pudo derribarla porque
estaba bien edificada. El que escucha y no pone en
práctica es semejante a un hombre que
edificó su casa sobre tierra sin cimientos,
irrumpió contra ella el río y se
cayó enseguida y fue grande la ruina de
aquella casa" ( Lc 6, 46). La
expresión latina tiene toda su fuerza en la
frase fodit in altum: cavar profundamente,
buscando echar raíces que se metan en las
entrañas de la tierra, para que el edificio
afectivo quede bien clavado.
Detrás de la trascendencia tejida de
espiritualidad se descubre a Dios. Para el
creyente, esta travesía es un itinerario de
perfección, a pesar de las limitaciones
propias de la condición humana. Hay una
ilusión de llegar algún día a
esa cima, en donde el amor humano se hace divino y
viceversa. Yo me topo por esos senderos con el
mejor amor. Lo humano y lo divino se
entrecruzan [15].
El amor se transforma en complicidad:
compañerismo. Se mantiene la pasión y
la ternura; se cuidan también la
admiración y el intentar no defraudar al
otro. Se muestran los lados positivo y negativo de
la convivencia, pero tratando de corregir lo que
interfiere el normal funcionamiento de la
pareja.
Porque la vida es ser, no tener. Y el ser humano es
una extraña sed, que busca algo
auténtico que lo sacie. Para un
psicoanalista la hermenéutica de esto es
fácil: provenimos del medio líquido,
que es el seno de nuestra madre. Buscamos retornar
a ese clima. Es como pretender una armonía
interior. La felicidad es estar en paz con uno
mismo o tener unas ciertas dosis de serenidad, que
dan un temple positivo a la existencia. Pero la paz
tiene una raíz muy clara en este contexto:
ser fiel a uno mismo y a la otra persona. Lo
mío y lo de la otra persona. Las cosas no
dan la felicidad, sino saber organizar bien la vida
personal, en especial lo afectivo y lo
profesional.
Stendhal en Ernestina o el nacimiento del
amor nos recuerda que el amor se centra en el
deseo y en la no realización del deseo.
Necesita cercanía y distancia. El objeto
deseado debe estar envuelto en misterio y
lejanía, intimidad y retiro, algo reservado
y abierto a la vez. Juegos de aproximación y
distancia. Es esencial separar el bien del placer:
vivir con toda su extensión el primero y
asumir la naturaleza del segundo.
Porque el misterio en el amor tiene una enorme
importancia: capacidad para soñar, sabiendo
que su realidad limita. Por ejemplo: el sexo a la
carta suele tener poco misterio y un exceso de
pasión. También este campo de las
relaciones íntimas tiene que verse envuelto
por ese halo anigmático y cuidadoso.
Ingeniería del trato y del contacto
personal. El viejo aforismo "donde hay confianza da
asco", estaría justamente en el otro
extremo. Buscar siempre el mejor comportamiento es
convertir el amor diario ordinario, en algo
metafísico y extraordinario. Suena a
excesivo. Y lo es en algún sentido, es
cierto, pero muchos hacen eso en el campo
profesional por ascender unos peldaños y
encaramarse hacia una posición en el trabajo
más positiva y ventajosa. ¿No se va a
intentar hacer lo mismo en el ámbito de la
vida matrimonial? Ésta es para mí la
enorme sorpresa. Y queda justificada para muchos
por el materialismo que a la larga se ha ido
apoderando de todo lo relacionado con la vida de la
pareja.
Las cosas pequeñas positivas y el trato
delicado, son el combustible que hay que quemar
para que arda con cierto vigor el amor conyugal.
Así el fuego se aviva y su brillo ilumina
esas dos vidas, con sus posibilidades y
limitaciones. Por ahí deambula la
espiritualidad comprometida. Aquella que se alarga
más allá de la pura
teoría.
Esto también lo vemos con fuerza en la
Torah judía. Los cinco libros que
integran el Pentateuco ofrecen
también normas para llevar mejor el
matrimonio. Los judíos ortodoxos rezan dos
veces al día la Shemá, tres
pasajes que recuerdan el sentido de la vida y del
amor. Dos pertenecen al Deuteronomio (6,
4-9; 11, 13-21), el otro al Libro de los
Números (15, 37-41). Y advierte del
peligro de tomar las manifestaciones externas de
devoción como un sustitutivo de la
devoción interior. Igualmente en el Sefer
Yetzirah, también llamado El libro de
la creación, que es el libro más
antiguo y misterioso de los textos
cabalísticos. En él podemos encontrar
pasajes de excelente talla sobre el
matrimonio [16].
El matrimonio y la familia forman un
continuum estrechamente relacionado.
El valor del hogar es decisivo. Los padres,
además de darse amor el uno al otro, tienen
por delante la excelente tarea de educar a los
hijos en lo mejor, trabajo clave, verdadera
orfebrería pedagógica. Ellos son los
encargados de llevar a cabo la educación
sexual, que no es otra cosa que enseñarles
el valor de los sentimientos y su
orientación más adecuada.
Presentar el sexo y los sentimientos como un acto
pasajero, circunstancial, sin consecuencias ni
responsabilidad, es degradarlo, cosificarlo,
convertirlo en algo simplemente trivial, de usar y
tirar. La banalización del sexo y su
reducción a lo meramente genital es un
síntoma de inmadurez e incultura.
Estamos viviendo en las últimas
décadas en todo el mundo ( la aldea global
de Mc Luhan) una disminución general de
la cultura a favor de las informaciones de la
televisión sobre todo y de las publicaciones
tipo revistas, en sus más diversas
fórmulas. Pero también la cultura
llega al amor y lo enriquece y mejora. He comentado
ya en otras páginas que es patético
el analfabetismo sentimental en el que estamos
inmersos, a lo que se añade la ceremonia
confusa y pertinaz de las revistas del
corazón, que una y otra vez alientan al
brujuleo interesante de noticias frescas de
rupturas, enlaces, enganches y salidas de la pista,
que rompen la monotonía de los días y
nos traen ese aire fresco de la novedad. Parece
como si esas novedades nos sacaran de un cierto
letargo y nos dieran alas para posarnos sobre la
realidad de los acontecimientos y expresar, al filo
de esas uniones caleidoscópicas, lo que
opinamos sobre el asunto y cómo
haríamos en cada caso.
La sexualidad como encuentro personal
Cuando la relación sexual es tan sólo
contacto entre dos cuerpos que buscan el placer, no
se puede hablar entonces de un auténtico
encuentro personal, presidido por la afectividad.
Será ésa una relación
anónima, preindividual, que no apunta hacia
la plenitud y al crecimiento de ambos, sino que se
sumerge en la bóveda de la voluptuosidad
dionisíaca de las sensaciones. A la larga,
si ese contacto se mantiene, irá
distanciando a esas dos personas, que se
verán desnudas no sólo
físicamente, sino sobre todo en sus formas
de ser, quedando al descubierto la pobreza
psicológica y espiritual de los dos.
En el animal el instinto sexual lleva a la
búsqueda del placer por encima de todo. En
el ser humano maduro deberán existir otras
motivaciones más profundas, que sean capaces
de dirigir y encauzar las pulsiones sexuales hacia
la mejor configuración de uno mismo. Por
eso, podemos afirmar que el animal se mueve regido
por los instintos, mientras que el hombre posee
tendencias que puede gobernar con su inteligencia y
voluntad. Las diferencias son muy claras. Pero en
una sociedad erotizada, que ha hecho del sexo un
comercio estandarizado, lo sitúa a
éste en un plano de igualdad con el animal,
degradando la sexualidad a mero enlace corporal
descomprometido, regido tan sólo por esas
dos variables hoy en boga: hedonismo y
permisividad, placer y campo abierto de
experiencias cada vez más atrevidas: por
esos derroteros muchas vidas se pierden en una
nebulosa sin brújula, donde todo va a la
deriva.
Tal es el caso de esos libros que exaltan el placer
por sí mismo, sin más. Haroun
Al-Makhzoumí en su libro Las fuentes del
placer viene a ofrecernos una especie de
Kamasutra árabe: buscar el máximo
placer posible y ascender a la cima eroticosexual.
Ésa es la aventura. En esas pasiones suele
el hombre perderse a sí mismo, olvidarse de
que es humano. No reparar en que la mujer es sobre
todo un ser afectivo, que reclama ternura y
consideración. La subida a esas cumbres del
placer no llevará al hombre a la felicidad,
que siempre es alegría consigo mismo por el
esfuerzo personal en sacar lo mejor que tiene
dentro de sí, poniéndolo al servicio
de otra persona para hacerla feliz y por
extensión, de la sociedad en la que vive,
ayudándola a que alcance el mejor progreso
posible.
Kamasutra fue escrito por Vatsyayana en el siglo V
y consiste en un catálogo de posturas y de
técnicas y preparaciones para la
relación sexual. En él se utilizan
símbolos que pretenden explicar la
importancia de vivir el placer: el enlace de las
lianas, la brisa que mece los árboles
frondosos, el abrazo de la vegetación
exuberante. La mujer es citada a perseguir el gozo
al precio que sea. Y éste es el
planteamiento de fondo de este tratado.
¿Consiste la felicidad fundamentalmente en el
placer? En otra parte nos hemos ocupado con detalle
de esa cuestión. Pero ahora podemos decir,
aunque sea muy someramente, que reducir la
felicidad al placer, es tener del hombre una
visión estrecha, con escasas perspectivas y
a la vez, olvidarse de su grandeza y de su destino.
El hombre es un ser sediento de amor. Eso es lo que
busca a toda costa. Aunque muchas veces se conforme
con sucedáneos.
En la mitología griega Eros es el dios del
amor. Emerge después del Caos primitivo.
Gracias a él se unen la Noche y el
Día, llegando a ser una de las fuerzas
fundamentales de la tierra, que asegura la
continuidad de las especies. En el mundo romano se
le asimilaba al dios Cupido. Platón
en su libro El Banquete explica su
nacimiento, hijo de Poros ( el Recurso) y
Penia ( la Pobreza), intermediario entre los
dioses y los hombres. Es siempre una fuerza
insatisfecha que consigue lo que se propone. En la
época alejandrina es representado como un
niño alado que lleva una antorcha, y en su
espalda flechas con las que inflama los corazones.
En épocas más tardías aparece
en formas escultóricas dedicada a juegos
infantiles, inocentes, aunque es un dios poderoso,
capaz de producir heridas difíciles de
curar.
Para los griegos Afrodita es la diosa de la
belleza, del amor y del matrimonio. Es un mito de
procedencia oriental. Y simboliza el atractivo
sexual que conduce al placer. Fue considerada como
un principio disolvente, menos arraigada que el
sentimiento. Afrodita despierta con su belleza la
discordia de los dioses. Infundiendo amores y
pretensiones amorosas.
En el placer se vive una experiencia de
expansión del cuerpo, como de
dilatación, como si sus límites se
ampliaran estirándose al máximo.
Hombre y mujer vibran físicamente. Pero la
unión va más allá.
Éxtasis deleitoso y embriagador. Es el
clímax sexual. Decir que la sexualidad es la
única participante sería ver
sólo una vertiente del acto sexual. Cuando
no se es capaz de captar los otros planos, pueden
iniciarse con el tiempo desajustes en la
relación íntima y a la vez, una
degradación que la termina convirtiendo en
algo puramente físico, carnal, del cuerpo,
dándole la espalda a otros ingredientes
decisivos.
La sexualidad no es algo externo, sino que incide
en el núcleo más íntimo de la
persona, de ahí la necesidad de que el tema
sea abordado con esa triple visión:
física, psicológica y espiritual.
Así la relación de pareja se hace
encuentro de personas y no de cuerpos. Y todo cobra
un relieve nuevo.
El cuerpo es un vehículo de amor. Y en el
acto sexual lo es también apasionado y
sosegado, lleno de emoción y sereno. Por eso
la relación sexual es tan comprometida:
implica, vincula, une y por supuesto,
responsabiliza. En el sexo sin amor no hay
responsabilidad, sino simple juego divertido con el
cuerpo del otro, como cosa. En el amor
sólido se ensamblan amor y responsabilidad.
Así se alcanza esa pretensión
excelsa: integrar la sexualidad en la persona.
Cuando el amor deja de ser auténtico para
hacerse egoísta e impersonal, la primera
víctima del mismo es la persona y en
consecuencia, esa pareja, cuya vulnerabilidad se
hace cada vez más patente. Es un sexo que se
vuelve mentira y que niega lo mejor del hombre. A
la larga, se desliza hacia la esclavitud y se va a
colar por algún vericueto que le lleva a ser
prisionero de una tiranía despótica
cada vez más distante del amor real, puro,
genuino, verdadero.
[1]
Véase mi libro El amor inteligente,
Ed. Temas de Hoy, Madrid, 1997.
[2]
Una sociedad de progreso material, pero sin rumbo,
perdida, sin tener unas bases sólidas y
aturdida por mensajes contrapuestos.
[3]
En la cultura el orgasmo es tomado como unidad
básica, como experiencia cumbre para cogerle
este pulso positivo a la vida. Urge una
auténtica educación sexual que ponga
las cosas en su sitio, al menos para los que
quieran tener las ideas claras sobre un asunto tan
central. La relación sexual se hace
verdaderamente humana cuando es de persona a
persona. Pervertir el significado de la
sexualidad es llevar al ser humano al vacío,
a la esclavitud y a la desintegración.
Al primero, porque lo que llena de verdad es lo que
mejora y perfecciona a medio-largo plazo. Al
segundo, porque no se le puede hablar a un esclavo
de libertad. Al tercero, porque sin armonía
afectiva el hombre se rompe y salta por los aires a
merced de su parte más animal, que ahora
dirige sus pasos hacia una patología de sus
significados profundos. Cada época tiene sus
neurosis y cada tiempo sus psicoterapias.
[4]
Las ofertas de entretenimiento sexual en la
televisión y en el cine carecen de unos
mínimos criterios racionales. Es la
vulgaridad sobre el tapete. Pasarlo bien sin
restricciones. Ésa es la visión de la
felicidad. Yo quiero hacer una enmienda a la
totalidad: no eres más libre cuando haces
lo que te apetece, sino cuando eliges aquello que
te hace más persona.
[5]
Skinner en su obra Walden Two creía
que se podía encontrar la felicidad
siguiendo estos principios, haciendo que la gente
mejorara su forma de funcionar. En este libro se
pueden ver, junto a elementos científicos,
visiones demasiado simplistas, que recuerdan al
libro de Aldous Huxley, Un mundo feliz, o
1984 de Orwell. Son tres libros conductistas.
[6]
La premisa de toda terapia cognitiva es
ésta: descubrir errores y distorsiones en la
atribución de estímulos externos,
internos y biográficos. A eso se llama
hábito de deformar: torcer, arquear,
deteriorar y rizar lo recibido.
[7]
Toda terapia conductista conyugal está
orientada a favorecer en positivo la tupida red de
aprendizajes positivos con el otro. El aumento de
los refuerzos positivos de hechos, lenguaje verbal
y no verbal. La ciencia de las relaciones
conyugales tiene aquí un fuerte
bastión, que se complementa con la
psicología cognitiva.
La complejidad de estos intercambios tiene un
puente, que es el arte de saber almacenar y
codificar de forma correcta las cosas que el otro
hace, dice o expresa con sus gestos.
[8]
Es curioso que la mayoría de las agencias
matrimoniales buscan este equilibrio como reclamo
de sus clientes. Razonable intercambio de
vertientes que se adentran la una en la otra. Hay
falta espiritualidad y las consecuencias de ello
las tenemos ya sobre la mesa: el materialismo en
los sentimientos ha llegado a un cierto
reduccionismo de pensar, en que casi todo es sexo.
Niego la premisa mayor. ¿Por qué? :
porque los hechos estadísticos me dan la
razón. Los amores trascendentes tienen una
permanencia demostrada.
[9]
También culto al amor distante y
sobreestimación de la dama escogida.
[10]
Incluso los agnósticos más
recalcitrantes se dan cuenta que el amor debe tener
otra dimensión. Los amores planos, sin
verticalidad, sin preocupación por los
demás, terminan en el solipsismo de una
egolatría más o menos camuflada.
En los últimos días de su vida,
Mitterrand le contaba a Elie Wiesel, judíuo
practicante, el efecto que le había hecho
leer el libro Historia de un alma de Teresa
de Lisieux, porque "esa mujer sabía lo que
era el amor de verdad, como lo más
auténtico que hay en el hombre, la
espiritualidad".
[11]
Julián Marías en su libro Tratado
de lo mejor (Alianza Ed. Madrid, 1995), dice
que la desorientación moral de nuestra
época conduce a no saber a qué
atenerse, porque todo es discutible. Yo, en mi
libro El hombre light (Ed. Temas de Hoy,
Madrid 1997) he hablado de los dos grandes
disolventes de la conducta moral: el hedonismo y el
relativismo. Se desdibuja el horizonte de las
normas éticas y se aterriza en sus dos
descendientes más directos: permisividad y
materialismo. Con ellos allado no se puede llegar
muy lejos en la estabilidad conyugal.
Hay que pasar del utilitarismo humano (en donde lo
sexual es mercancía de trato) a la cultura
del amor responsable. No hay libertad sin
responsabilidad. El amor y la sexualidad miran a la
zona más íntima de la persona, la
respetan y favorecen su mejor
edificación.
[12]
Ser el primero en perdonar. Adelantarse para ir en
busca del otro. Esa actitud rezuma trascendencia.
Perdonar, palabra mágica, que sana. Cuidar
el amor requiere una actitud positiva y una
atención de arqueólogo. A la larga es
una gran inversión. El perdón es uno
de los más grandes actos de amor que
existen: darlo y recibirlo: ida y vuelta; suma y
resta; donación y aceptación de los
propios fallos y limitaciones.
[13]
Quizá alguno se sonría al leer estas
expresiones. Sabe muy poco de lo que es el
verdadero amor, el que va a él casi sin
ideales, entrando en una especie de pragmatismo
racionalista, con un fondo escéptico.
Recomiendo a esos tales abstenerse de sumergirse en
la vida conyugal, ya que su pronóstico de
estabilidad y duración será
escaso.
Leon Tolstoi en su libro La novela del
matrimonio (Ed. Del Bronce. Madrid, 1996),
llena de recursos estilísticos, sitúa
a la boda de los protagonistas como el comienzo de
la verdad de cada uno. Tiene un fino tacto en la
descripción magistral de los matices
afectivos. Uno y otro van descubriendo cómo
hay que entenderse, abriéndose paso el uno
en el otro, a través de la
comprensión, el diálogo y el juego de
cesiones recíprocas.
[14]
Existe una diferencia, siguiendo estos
términos clásicos, entre el amor de
concupiscencia y la concupiscencia misma. En la
primera se busca a la otra persona y se la trata
como a tal, hay un encuentro misterioso, repleto de
grandeza y entrega, donde uno queda comprometido.
En el segundo, la pasión sexual pide paso y
si no se la sabe encauzar bien, sólo busca
al otro para apagar su sed de sexualidad:
carácter utilitario, usar al otro.
La erotización y sexualización de la
televisión especialmente y del cine, tienden
a animalizar al hombre. Sexo sin amor a todas
horas. Camino seguro para no entender,
después, nada de nada de lo que realmente es
el amor verdadero. Esto proyecta una cierta luz
sobre la degradación del primer medio y
comunicación social, con sus tres grandes
temas: la grosería del sexo por doquier, la
violencia y los shows epidérmicos que
atontan y narcotizan. El propósito de la
eficacia y del ganar audiencia llevan a consumir y
le dan sal gorda y mercancías sin valor.
[15]
Hay una pregunta que me hago de las parejas
jóvenes: una vez casados, ¿quién
va as seguir siendo el novio? La magia, la
fantasía, el saber sorprender al otro con
algo agradable, el cultivo de la ternura y los
mejores modales, pero para eso tiene uno que estar
bien consigo mismo o tener un cierto equilibrio
personal. Un amor con esperanza. De él se
puede esperar lo mejor. La esperanza es la victoria
sobre el pesimismo. Igual que la verdadera
filosofía se reduce al arte de pensar, el
amor auténtico le da sentido a la vida y
tiene sabor imperecedero, capaz de sortear las
dificultades de la convivencia por complicada que
ésta sea.
[16]
La tradición antigua atribuye este libro al
patriarca Abraham. Textos cabalísticos como
el Zohar (también llamado Libro
del esplendor) y Raziel, apuntan hacia
esa autoría.
A los interesados en estas líneas les
recomiendo de Elie Wiesel,
Célébration talmudique: portraits
et légendes (Ed. Seuil. París,
1991), y de Shimon Halevi, La Cábala
(Ed. Debate, Madrid, 1994).
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