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Desde sus orígenes hasta hoy, la fiesta “festiva
por excelencia”, como la llama Josef Pieper,
ha estado ligada a lo sagrado. Porque ha sido la
dimensión trascendente del hombre la que se
ha expresado en ella a lo largo de los siglos,
insertándose como un interludio y, a la vez,
como un enaltecimiento de lo cotidiano.
En los albores de la historia se configuró
la institución festiva como un intervalo de
sacralidad en el transcurrir de todos los
días; como una mímesis revividora de
los gestos de los dioses; como una pausa en los
afanes y labores, para dirigir la mirada hacia lo
alto; como una manera de medir el tiempo y, a la
vez, como un trascender de lo cotidiano; como una
transformación creadora del mundo mediante
el arte, bajo la inspiración del paradigma
sagrado; como una donación, una ofrenda de
bienes y pertenencias para entregarlos a los
hombres y a la divinidad, y como una catarsis
depuradora que llevaba al reencuentro del hombre
con Dios, con los demás y consigo mismo, en
el olvido de sí.
El Barroco fue la última etapa
histórica que dio aliento existencial y
estético a la fiesta religiosa. Porque, a
partir de la Ilustración, desatados los
vínculos sagrados y generalizado el proceso
de laicización, la institución
festiva inició una larga etapa de
crisis.
Sólo un puñado de estas formas
festivas tradicionales creadas durante la edad
barroca han previvido en Chile y en
Latinoamérica hasta hoy, refugiadas en las
llamadas religiosidad y cultura populares. Ellas
son testimonio de una época que hizo de lo
místico el sentido de toda funcionalidad,
que creó el tiempo a partir de la fiesta;
que orientó el trabajo y encauzó el
uso de los recursos hacia lo trascendente.
En un mundo regido por el trabajo, como es el de
nuestros días, que se plantea el tiempo
libre como suspensión de las labores
habituales -esos son fundamentalmente los feriados
y las vacaciones-, que restringe las celebraciones
tradicionales o las traslada de fecha para no
restar días a la productividad, puede
resultar de interés el conocimiento de la
institución festiva como experiencia vital
orientada por lo sagrado.
Lo numinoso como origen de la fiesta
Según ha expresado Mircea Eliade,
historiador de las religiones, lo sagrado y lo
profano constituyen dos modalidades de estar en el
mundo, dos situaciones existenciales asumidas por
el hombre a lo largo de su historia. El hombre de
las sociedades tradicionales fue un homo
religiosus, y aunque no existe un único
comportamiento para expresar lo sagrado, pues
éste ha variado de acuerdo a la
temporalidad, la experiencia religiosa tiene unos
rasgos y unas dimensiones específicas,
estrechamente relacionadas con la
institución festiva, que ha constituido su
más señalada expresión.
La fiesta tuvo, pues, su origen en la vivencia
colectiva y social de lo sagrado. Mientras la
experiencia religiosa individual deviene
generalmente un proceso de interiorización
de lo sagrado, la experiencia religiosa colectiva
es en esencia exteriorización a
través de la dramatización.
Así se ha expresado la conciencia sagrada en
el comportamiento colectivo durante el curso de los
siglos.
El filósofo y teólogo alemán
Rudolf Otto (1867-1934), en su libro Lo Santo (Das
Hailige, 1917), expone una sugerente teoría
para explicar la relación del hombre con lo
sagrado. En lugar de estudiar las ideas de Dios y
de religión, Otto analizó las
modalidades de la experiencia religiosa,
descomponiéndola en tres fuerzas
fundamentales: lo terrible de la divinidad, es
decir, su comprensión como mysterium
tremendum que implica una dinámica de
atracción-repulsión traducida en
actitudes y gestos de humildad, invocación,
sobrecogimiento y exaltación; la magestas de
Dios, el entendimiento de su inaccesibilidad,
frente a la cual el hombre experimenta un
sentimiento de dependencia y de aniquilamiento del
yo, y, por último, la energía, la
mobilitas Dei, el Dios vivo, pleno de actividad,
cuyo abrasador fuego amoroso invita al hombre a
unirse con él, a representarlo, a instaurar
un ritual, a configurar un culto.
Otto designa todas estas experiencias como
numinosas (del latín numen = dios), que
constituirían la forma primera y más
auténtica de la vivencia religiosa.
Así, la relación del hombre con lo
sagrado no se habría establecido
originariamente, en los niveles racionales ni
conscientes, sino se enraizaría aún
más profundamente, en su vida anímica
y prerreflexiva. En un impulso primordial, el
hombre se puso así en contacto con esta
categoría primigenia de lo sagrado, lo
numinoso, que dio nacimiento al mito y al
símbolo, a la utopía y al mesianismo,
al arte y a la fiesta.
Desde sus orígenes, la fiesta ha estado,
pues, ligada indisolublemente a la sensibilidad de
lo numinoso y, por ende, a la religión, de
la cual, a su vez, lo numinoso es la experiencia
interior primera.
El más allá se abrió para el
hombre con la experiencia numinosa,
inclinándose a ligar a él su propia
inmanencia y la del mundo. Así le fue
revelada a la humanidad la insuficiencia del orden
cotidiano, de la rutina de la vida y la existencia
de un mundo sobrenatural. Éste sería,
en principio, el sentido fundamental de toda
religión como tensión hacia lo que
Heidegger llama “el Ser” que lleva a
descubrir otro sentido en el mundo.
La fiesta ha sido así, a lo largo de la
historia, una forma y una ocasión para
comunicarse con Dios a través de los
lenguajes sagrados. Una versión, a veces un
residuo de la fiesta sagrada, puede ser considerada
la fiesta profana, surgida ya en la
antigüedad, y la apoteosis y el
espectáculo del poder que la han
caracterizado son susceptibles de ser interpretadas
como una derivación del impulso
numinoso.
El Barroco, según señalara Werner
Weisbach, recobró ese sentido primigenio y
emocional de la vivencia religiosa que se ha
designado como lo numinoso y puso en
comunicación directa al fiel con la
divinidad a través del arte y de la fiesta.
Elevado a una categoría absoluta de derecho
divino, el poder real usufructuó más
plenamente que en épocas anteriores de los
lenguajes sagrados en su propio beneficio,
sirviéndose de las formas originarias de la
fiesta religiosa para ponerlas al servicio de la
exaltación de la persona del monarca.
La fiesta religiosa como sacralización
del tiempo
Desde los inicios de la historia la experiencia
festiva hizo del tiempo un transcurrir sacralizado.
Por medio de la fiesta del hombre se ubicó
en el tiempo, lo midió, y midiéndolo
creó tiempo: un tiempo extraordinario,
diverso, un tiempo de metamorfosis del tiempo. Es
lo que Martín Heidegger en El Ser y el
Tiempo ha designado como la “temporación
de la temporalidad del ser ahí”.
Así la fiesta aparece a través de la
historia como un registro temporal, como un modo
simbólico de medir el tiempo
vivenciándolo, es decir, la fiesta es una
forma de crear el tiempo; y, a la vez, la fiesta se
manifiesta en todas sus fases y modalidades
provista de un tiempo propio, que se inserta en la
categoría temporal de lo cotidiano como
diversidad y regeneración. En las sociedades
tradicionales el tiempo se creaba a partir de las
fiestas. El tiempo festivo como tiempo
extraordinario constituía los hitos entre
los que se desarrollaba el tiempo habitual; la
cotidianidad no se vivía solamente con
fiestas, sino entre fiestas. Hoy principalmente se
mide y se crea el tiempo con relojes, con
cronómetros, con computadores, que pueden
partir el tiempo hasta aislar centésimas y
milésimas de segundo, o resolver ecuaciones
en las que el tiempo se amplifica hasta unidades de
años luz. Porque actualmente se piensa el
tiempo casi exclusivamente desde las concepciones
físico-matemáticas o desde la idea
metafísica kantiana y postkantiana, para los
cuales el tiempo es una noción cuantitativa
y abstracta.
Pero antaño, desde los orígenes de la
historia hasta el siglo XIX, las nociones de tiempo
fueron cualitativas y no abstractas, y siempre
estuvieron estrechamente ligadas a la experiencia
vital. La trayectoria de los astros en el cielo,
los ciclos de la vegetación, las edades de
la vida y el deseo de trascendencia, generaban el
tiempo y hacían de él una vivienda.
Se establecían así partes
fundamentales como el día, el mes y el
año, aunque quedaban, en la
indeterminación, las unidades de tiempo
menores como la hora, el minuto y el segundo, o
mayores, como la centuria o el milenio. Una
celebración de ritos especiales marcaba el
tránsito de una etapa a otra e instauraba
las fiestas, fijadas en días determinados,
que se repetían a lo largo de los meses y de
los años. Era una manera de crear el tiempo,
afincándose en él. Al repetirse, las
fiestas hacían retornar cíclicamente
el pasado, y retrotraían al tiempo de los
dioses, del cual se hallaba recuerdo en el
mito.
Antes que se impusiera la idea de irrevocabilidad
del pasado, que configuró el concepto de
historia, se vivió este tiempo
cíclico que fundía pasado, presente y
futuro. En El Mito del Eterno Retorno, Mircea
Eliade sostiene que desde la aurora de los tiempos
el hombre ha repetido constantemente el acto de la
creación; sus calendarios religiosos han
conmemorado en el espacio de un año todas
las fases cosmogónicas que tuvieron lugar en
el origen.
El cristianismo: síntesis y
ritualización de las nociones cíclica
y lineal de la temporalidad
El judeo-cristianismo introdujo en el tiempo
cíclico arcaico una noción lineal del
tiempo fundada en Cristo, comienzo y fin de la
historia. Por medio de la liturgia, la comunidad
cristiana ha creado otro tiempo que celebra la
memoria de Cristo, al proclamar su venida,
actualizar su vida y profetizar su retorno a la
tierra. Así se ha desarrollado entre los
cristianos una vivencia ritual del tiempo, inscrito
en el marco de su liturgia, en una doble
tensión hacia el pasado y hacia el futuro. A
través de las formas litúrgicas, el
cristiano se une con el tiempo de Cristo en su
venida a la tierra y se abre hacia el tiempo del
nuevo advenimiento de Jesús, que
pondrá fin a la historia. Al centrarse en
los actos temporales de la vida de Cristo, la
cronología cristiana ha adquirido la
peculiaridad de desarrollarse en un ciclo ritual
anual, en cuyo interior se sitúa un ciclo
semanal. Así se ha constituido el calendario
cristiano, marcado y caracterizado por los
días de fiesta.
Dentro de la temporalidad ritual y lineal del
cristianismo, la fiesta religiosa adquirió,
pues, una nueva dimensión creadora del
tiempo, a la vez conmemorativa y preparatoria.
De este modo, como recalca el historiador A.Y.
Gurevitch, la percepción cíclica
arcaica, mítica y poética del tiempo
no desapareció con el cristianismo, sino que
se fusionó con la concepción
lineal.
Durante la era cristiana, la fiesta continuó
siendo una de las instancias privilegiadas de crear
el tiempo; de poner en contacto al hombre con lo
sagrado y con la divinidad, y de retornar a un
tiempo primero, la estadía de Cristo en la
tierra.
El calendario cristiano creó en el
transcurso del año un tiempo pasional y
emotivo, centrado en la figura de Cristo, reforzado
por la Virgen y los santos, el cual fue repetido
siglo tras siglo. A la alegría de la Navidad
sucedía el desenfreno del Carnaval, la
contención de la Cuaresma y la tristeza de
la Semana Santa. Junto a la lúgubre
celebración de difuntos estaban las gozosas
fiestas de primavera y de verano. Con sus
estaciones y sus fases marcadas por el sol y la
luna, el año sirvió como unidad
básica para fijar este orden de expansiones
y jolgorios. Muerte y vida, alegría y
tristeza, desolación y esplendor,
frío y calidez, todo quedaba ajustado a este
tiempo intensamente vivido, cargado de cualidades y
de hechos concretos, que se creaba en las
experiencias festivas.
El tiempo
festivo como reintegración del hombre al
universo de los sagrado
Y dentro de este ritmo cristiano, pasional y
emotivo, cada fiesta ha sido a la vez un hito y una
regeneración temporal; un reintegro del
hombre al universo de lo sagrado. Ello ha supuesto
una modificación del tiempo cotidiano y la
vivencia de un tiempo peculiar, de
exaltación y de éxtasis.
Ciertos etnólogos han planteado que el
tiempo de la fiesta es un tiempo de paso entre dos
planos del tiempo social. Pero el asunto se puede
plantear de forma inversa, al menos en
relación al tiempo de las sociedades
tradicionales, porque es el tiempo cotidiano el que
se desarrolla entre dos planos del tiempo festivo y
no el tiempo festivo el que se extiende entre dos
planos del tiempo social.
Durante la celebración festiva el tiempo se
transforma y se renueva, surge un tiempo a la vez
de retorno y de promesa; un tiempo de
intensificación del tiempo.
Así las fiestas no son solamente una
conmemoración, ni significan
únicamente una ruptura o una
anulación del tiempo, sino constituyen un
fenómeno muchísimo más
perentorio: crean tiempo al postular a la unidad
absoluta de las dimensiones temporales por la
fusión del pasado, presente y porvenir.
El ritmo de
la temporalidad cristiana en Chile
La España barroca trasplantó a Chile
el calendario festivo cristiano, forma de crear el
tiempo en años, estaciones y meses, que no
conocían sus pueblos indígenas.
Ese tiempo era la cadencia, acompasada, del orden
emotivo de la vida de Cristo y el puente hacia la
trascendencia; era el eco invertido de los ritmos
del sol en el cielo y de la transformación
de las estaciones sobre la faz de la tierra. Porque
si bien las fiestas religiosas proyectaban el
tiempo, lo actualizaban y lo hacían
simultáneo al de la madre patria, la
inversión estacional que experimentaban las
celebraciones cristianas e hispánicas en el
hemisferio sur modificaban su acontecer y su
ámbito espacial.
Junto al tic-tac del reloj que en el siglo XVII
marcó por primera vez, instante a instante,
el paso implacable de Chronos, la campana
esparció sus tañidos en el aire
cristiano, fijando los ritmos horarios y los ritos,
el transcurso del tiempo habitual y su
detención para el culto, el jolgorio y el
reposo. Sus sones encerraron a lo largo de todo el
año un significado simbólico y
mágico, anunciando la buena nueva o el
eterno descanso, celebrando la fiesta o conjurando
al demonio.
A lo largo de todo el año la campana
recordaba al fiel el cumplimiento del calendario
litúrgico. Y con el fin de recalcar el
sentido devoto de estas fiestas, escribió el
jesuita chileno Ignacio García un
pequeño libro titulado Respiración
del alma en efectos píos que han de
ejercitarse en cada uno de los meses y fiestas del
año..., que se publicó en Lima en
1775.
La fiesta religiosa recogió así el
simbolismo de la liturgia, el imaginario colectivo,
el fervor popular y la nueva hagiografía
hispanoamericana, que estableció
jerarquías e incorporó devociones
mestizas en la que el culto a los santos patrones y
la intensa devoción a María fueron
rasgos peculiares.
Los misterios centrales del catolicismo expresados
en los ciclos cristológicos –los
primeros del calendario litúrgico cristiano
fueron los de Navidad y Pascua de
Resurrección-; la remembranza de las
virtudes, heroísmos y milagros de los
mártires y santos; las series
hagiográficas; la dignidad de María,
Virgen y Madre elevada a la divinidad en Cristo su
Hijo, celebrada en las fiestas marianas, las
últimas en incorporarse a la liturgia anual;
todo este apretado cúmulo de dogmas y
misterios, de verdades y tradiciones, se
revivía año a año en las
fiestas religiosas chilenas, sucediéndose en
fechas fijas o en fechas variables, dentro de un
determinado lapso.
A través de las fiestas religiosas se
vivió en Chile la concepción
cristiana del tiempo. Por eso estas celebraciones
en el Reino no pueden tratarse como
fenómenos puntuales, aislados, sino como
manifestaciones de esa totalidad que era el
año litúrgico, el cual, a su vez,
como un sistema simbólico provisto de
sentido, remitía a la dimensión
trascendente, sobrenatural.
La semana y el mes quedaban sellados por las
fiestas de Cristo, María y los santos y las
estaciones del año por los grandes ciclos
litúrgicos que culminaban en festividades:
Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma,
Pascua, Pentecostés. Estos ciclos se
singularizaban no sólo por el tono de los
ritos dentro de las iglesias, sino por la
atmósfera peculiar que creaban en la vida
ciudadana, alegre y luminosa para Pascua y Navidad,
triste y lóbrega para la de Cuaresma. Los
colores de los ornamentos sacerdotales y de los
paños litúrgicos revestían un
significado simbólico y comunicaban a los
fieles, a primera vista, el mensaje trascendente y
estético del ceremonial sacro: morado para
el Adviento y la Cuaresma como expresión de
la ascesis que debe preparar la venida del
Niño y la Pasión, respectivamente;
verde esperanza en Navidad y Epifanía;
blanco resplandeciente para Pascua de
Resurrección, y rojo fuego para
Pentecostés.
En Chile, las fiestas religiosas se
inscribían, pues, en un ciclo anual, en el
que había ritmos estacionales bien marcados,
ya que, originalmente, subyació a muchas de
estas fiestas cristianas una anterior
celebración pagana que no pudo ser
extinguida, sino sólo modificada en sus
signos y en su sentido.
La Resurrección de Jesús, por
ejemplo, se celebra el domingo siguiente del
equinoccio de marzo, para que no se identifique con
la Pascua hebrea y para señalar el cambio de
tono del Antiguo Testamento –que está
dado de la ley- al tono del Nuevo Testamento –que
proviene de la gracia-. Por otra parte, el 25 de
diciembre, Pascua de Navidad, se celebraba en Roma
antes de la venida de Cristo el solsticio de
invierno. El cristianismo opuso al mito pagano del
nacimiento del sol, la realidad de Cristo Dios
llegado al mundo como sol que nunca se
ocultará.
Pero en este Reino el sentido estacional de la
fiesta se invertía por el cambio de
hemisferio, lo que llevó en ciertas
ocasiones, sobre todo en las fiestas que
caían en pleno invierno, a la incoherencia
entre el clima y el ritual, que redundó en
modificaciones, en rechazos y, finalmente, en
cierta desarticulación del ceremonial
festivo. Así la Navidad invernal originaria
se transformó aquí en una calurosa
celebración; la primaveral semana santa, en
una melancólica y otoñal
conmemoración, quizá más
ajustada a su significado primigenio; y el vistoso
ceremonial al aire libre de la fiesta de Santiago
hubo de llevarse a cabo, en ciertas oportunidades,
en medio de lluvias torrenciales.
“La
fiesta incesante”
En 1696 el número total de todas las fiestas
religiosas en el reino de Chile sumaban 94
más los 52 domingos, lo que daba un total de
146 días, pero no todos ellos eran feriados,
ni de precepto.
En 1760 el número de días festivos
había aumentado a 101, incluyendo los
días de vigilia. Puede decirse, entonces que
casi una tercera parte del año, incluyendo
los 52 domingos, se dedicaban a actividades “no
funcionales”, cifra a la que habría
que agregar las efemérides cívicas y
religiosas ocasionales, derivadas del acontecer
histórico.
Desde el punto de vista filosófico y
teológico, el calendario litúrgico
del Reino de Chile era, pues, la secuencia de una
fiesta tras otra, la “fiesta incesante”,
como la ha llamado el filósofo Josef Pieper;
la “fiesta eterna”, como la denominara
Orígenes ya en los albores de la era
cristiana, que constituye, de hecho, la liturgia de
la Iglesia y cuyo sentido más profundo
está en la aceptación del mundo y en
la permanente alabanza cultural a Dios por todo lo
creado.
A los ojos del historiador actual, esta abundancia
de fiestas es uno de los más claros
índices de la religiosidad, el
tradicionalismo y del carácter premoderno de
la sociedad chilena del período estudiado.
En el ámbito de la cultura, la modernidad
empezó justamente con la restricción
de la fiesta a comienzos del siglo XIX, que, no por
casualidad, coincidió con la Independencia.
Esta restricción implicó la
imposición de una nueva racionalidad que
reorientó el sentido del trabajo y el uso de
los excedentes.
Sin duda, la importancia cuantitativa y
simbólica que la fiesta alcanzó en
Chile durante el período en estudio, fue una
herencia hispana premoderna reforzada por el legado
aborigen. Porque los rituales y ceremonias
constituyen hasta hoy piedras angulares del mundo
cultural indígena. Si América fue el
crisol donde se amalgamaron razas y sangres,
mentalidades y costumbres, también fue del
gran adoratorio, donde confluyeron imágenes
y cultos, celebraciones y rituales, el
telúrico escenario donde se desplegaron
fusionados los afanes festivos y la capacidad
lúdica de conquistadores y conquistados.
Clases de
fiestas religiosas
El sistema de las fiestas religiosas en el Reino de
Chile era complicado. Existían las fiestas
fijas, en fechas determinadas, y las fiestas
movibles, cuyas fechas variaban en el curso de los
años; las fiestas religiosas de precepto,
que eran todas aquellas en que era obligatorio
oír misa y abstenerse de trabajar; las
fiestas de tabla y las fiestas votivas, en algunas
de las cuales la celebración era
obligatoria; los días de vísperas de
tablas y los días de punto o períodos
entre fiestas; por otra parte, estaban todas las
fiestas religiosas ocasionales, en las cuales se
llamaba a la celebración por medio de
bandos.
Una carta del gobernador de Chile Tomás
Marín de Poveda al Rey, con fecha 2 de junio
de 1696, pone en conocimiento de la abultada lista
de fiestas religiosas existentes en Chile a fines
del siglo XVII y de sus distintas clases, las de
tabla, las de precepto, las que guarda la Audiencia
y las que se habían guardado hasta
entonces.
El año 1760 el Cabildo de Santiago
recogió y sistematizó toda la
normativa referente a las fiestas religiosas que se
realizaban en la ciudad a lo largo de todo el
año y la puso por escrito, en la “Tabla
de la Ceremonia y Etiqueta que observará el
Ilustre Cabildo en todas sus “fiestas”,
mencionada, reglamento cuyo conocimiento es
indispensable para la reconstitución del
ritual festivo chileno.
Fiestas
fijas
Por medio de las fiestas fijas, el año
quedaba enmarcado y compartimentado por una red
sagrada que se iniciaba en enero con la
Circuncisión del Señor y
concluía en diciembre con las fiestas de
Navidad.
Cada semana, además, el domingo reiteraba la
importancia de la celebración festiva.
El domingo era la expresión semanal de la
fiesta, la interrupción del tiempo corto por
la sacralidad y el jolgorio.
Desde los primeros siglos cristianos el domingo –dominicum
= día del Señor- había estado
vinculado a la misa y aún se
identificó con ella. En el imperio romano,
Novaciano reprendía a aquellos cristianos
que después de haber asistido a misa y
llevado consigo el pan consagrado, se apresuraban a
frecuentar las diversiones lúbricas del
circo. Pero, como demostró la historia,
triunfó el afán lúdico del
hombre.
Fiestas
movibles, ciclos festivos religiosos y
celebraciones extraordinarias
La tupida red de fiestas religiosas fijas, se
intercalaba con celebraciones movibles y ciclos
festivos de dos o más días, que se
sucedían a lo largo del año para
celebrar los misterios cristianos.
Al conjunto de todas las celebraciones fijas y
movibles que integraban el ciclo religioso anual se
agregaban las celebraciones extraordinarias,
organizadas en razón de algún motivo
especial, ya fuera trágico o alegre.
Innumerables fueron, por ejemplo, las procesiones
de rogativa que organizó a lo largo de todo
el período el Cabildo santiaguino para
alejar los acontecimientos aciagos. En su
carácter de vocero de los vecinos y de sus
preocupaciones, a este organismo le
correspondía tomar las medidas oportunas
cuando una calamidad pública, terremoto,
sequía o epidemia, amenazaba a la ciudad,
porque en aquella época, para enfrentarse a
los rigores de la naturaleza, no cabía otro
recurso que encomendarse a la misericordia de Dios,
e implorar su perdón. Esta idea fue, en
efecto, lo que impregnó todos los acuerdos
consignados en las actas, en las cuales se
tenía siempre buen cuidado de dejar
constancia de que cualquier azote o desgracia no
podía tener otro origen que los pecados de
la comunidad y, por tanto, su remedio pasaba por la
penitencia y las rogativas públicas, con las
cuales se podía intentar aplacar la ira
divina. Estas celebraciones pueden ser consideradas
como fiestas debido al espíritu que las
animaba.
Así, en una sociedad precapitalista,
premoderna y antipragmática, como era la
chilena de esa época, no era el ritmo del
trabajo –como hoy- lo que determinaba el
tiempo, sino justamente el ritmo de las
celebraciones. La fiesta en Chile era la que creaba
el tiempo y no el trabajo; porque era el tiempo
festivo el que daba la pauta de la creación
de temporalidad y el tiempo de labor era un tiempo “entre
fiestas”. Lo interesante era entonces que lo
extraordinario daba la pauta de lo ordinario. Y
ésta es una de las grandes diferencias entre
la sociedad premoderna y la moderna. En Chile, casi
un tercio del año estaba ocupado entonces
por lo “no funcional”, es decir,
dedicado a lo que da sentido a toda la
funcionalidad: lo sagrado.
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