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La
importancia que los medios de comunicación
han dado recientemente a algunos episodios
más o menos ligados con el mundo del
satanismo es síntoma y efecto de la
curiosidad morbosa que actualmente tienen muchos
hombres respecto de lo oculto en general y de lo
satánico en particular; por esto se hace
más urgente la necesidad de lograr
instrumentos de discernimiento claros y
significativos acerca de las causas y las formas de
este fenómeno, también para entender
cómo se relacionan con la cultura
contemporánea y cuáles pueden ser las
motivaciones subjetivas que impulsan a algunas
personas a dejarse envolver o atraer por ese mundo
oscuro.
Ante todo queremos precisar que el término
satanismo abarca una amplia gama de
fenómenos, con muchos aspectos y numerosas
facetas. En este artículo nos limitaremos a
examinar algunos ejemplos que son muy
significativos y apropiados para iluminar las
principales características en
función de un análisis
antropológico. Más precisamente,
nuestra mirada antropológica sobre el
satanismo se propone afrontar dos problemas
distintos, profundamente conectados entre sí
y que pueden iluminarse recíprocamente: por
un lado presentaremos algunos elementos que nos
ayudarán a identificar la imagen del hombre
que emerge del contexto doctrinal satanista; por
otro, trataremos de ver cuáles
podrían ser algunas motivaciones subjetivas
en las personas que se acercan al mundo del
satanismo.
La antropología de algunos
satanistas
Una exploración hecha sobre los textos
más significativos y difundidos del
satanismo reciente y contemporáneo
manifiesta con gran claridad una visión
prometeica del hombre, que se traduce en su
exaltación y divinización: “seréis
como dioses”, prometía el antiguo
tentador, y la promesa permanece inmutable
también para aquellos que hoy se inspiran en
ese tentador.
Aleister Crowley (1875-1947), indudable inspirador
de muchos autores satanistas contemporáneos,
explicita con mucha claridad el lazo de
unión que existe entre la exaltación
del hombre y la rebelión contra Dios,
particularmente contra el Dios de los preceptos
morales, en los cuales había sido educado en
el seno de una secta fundamentalista: “No
existe ninguna ley –escribe Crowley en el
Liber legis- excepto ‘haz lo que
quieras’, (...).
¡Sé fuerte, hombre! Desea y goza todo
lo de los sentidos y del éxtasis: no temas
que ningún Dios te reniegue por esto. Cada
hombre, cada mujer, es una estrella si encuentra la
verdadera propia voluntad, de otro modo es un
esclavo; y los esclavos deberán servir.
Excluye la misericordia: ¡condenados aquellos
que tienen compasión! Mata y tortura:
¡no perdones a nadie!”.
En la misma línea se coloca también
Anton Szandor La Vey (nacido en 1930) que inicia su
Biblia de Satanás (Avon, Nueva York 1969)
con “nueve afirmaciones satánicas”,
una suerte de himno al deseo humano de
autogratificación psicofísica a
cualquier precio, tanto en la relación con
uno mismo (“Satanás representa la
indulgencia en lugar de la abstinencia.
Satanás representa la existencia vital en
lugar de los inútiles sueños
espirituales”), como en la relación
con los demás (“Satanás
representa la venganza en lugar de presentar la
otra mejilla”); y, sobre todo, en
relación a Dios y a sus normas morales (“Satanás
representa al hombre en cuanto no es más que
otro animal, alguna vez mejor, pero más
frecuentemente peor que aquellos que caminan a
cuatro patas; hombre que en razón de su
supuesto ‘desarrollo divino intelectual y
espiritual’ se ha convertido en el animal
más vicioso de todos. Satanás
representa a todos los así llamados pecados,
en la medida que llevan a la gratificación
física, mental y emocional”).
En este manifiesto del satanismo ya aparecen con
claridad los síntomas de una profunda
rebelión en relación a la
religión en general y a la religión
cristiana en particular. Al continuar la lectura de
la Biblia de Satanás se choca con un
pequeño capítulo que tiene este
significativo título: “Wanted! God
dead or alive” (“¡Se busca!
Dios, vivo o muerto!”); en éste se
afirma el sin sentido de un cierto deseo de
relación con aquel Dios al cual los hombres
se volverían solamente para encontrar alivio
en el mal físico y perdón en el
moral; la negación de Dios es la
condición satanista para la
realización del hombre, en el sentido de que
el satanista no debe inclinar la cabeza frente a
nadie y debe encontrar en sí mismo todos los
recursos necesarios para construir la propia
felicidad aquí, en la tierra. “Todas
las religiones de naturaleza espiritual –escribe
La Vey- son invento del hombre”, una especie
de proyección al infinito de sus deseos
frustrados, de todo aquello que el hombre
querría hacer sin lograrlo; por el contrario
“el satanista cree en la completa gratificación de su
ego”, vive la vida “como un party”,
sin renunciar a ninguna satisfacción y sin
cultivar ese inútil amor por cada hombre que
el satanista considera imposible y absurdo: “tú
no puedes amar a todos; es ridículo pensar
que puedes hacerlo; si tú amas a cada uno y
a todos, pierdes tu natural capacidad de
selección. (...) El amor es una de las
emociones más intensas que experimenta el
hombre; la otra es el odio. Esforzarte por sentir
amor indiscriminadamente es muy antinatural (...)
Si no estás en condición de sentir
una de estas emociones, tampoco llegas a
experimentar plenamente la otra”.
La ilusión de auto-divinización del
hombre mediante la rebelión contra Dios es
cultivada también en el nivel ritual. Para
los miembros de la iglesia de Satanás el
cumpleaños es la festividad principal (dado
que “cada hombre es Dios”). El conjunto
de los ritos satánicos se presenta como una
serie de psicodramas, cuyo fin es liberar a los
adeptos del patrimonio inconsciente que traen, por
su precedente adhesión religiosa al
cristianismo en general, y en particular a la
religión católica (cf. The Satanic
Rituals, Avon, Nueva York 1972). Las
profanaciones blasfemas de los ritos cristianos se
realizan, generalmente, en el contexto de una
ritualidad que prevé tanto acciones de tipo
heterosexual como de tipo homosexual, respecto de
las cuales La Vey afirma cándidamente que la
gratificación sexual es sin duda agradable,
pero que no debería buscarse “por
sí misma”. No obstante la
reiteración insistente de La Vey acerca del
carácter psicodramático de estos
rituales, permanece una ambigüedad
típicamente satanista: por un lado se afirma
la no creencia en Dios ni en Jesucristo ni en la
Iglesia ni en los sacramentos y su valor
salvífico; pero, por otro, se dirige
directamente a Dios (para afirmar que no existe), a
Jesucristo (para ofenderlo), y con frecuencia usa
hostias consagradas para profanarlas durante los
rituales. De tal modo se manifiestan todas las
contradicciones de esta “fe rebelde” en
la cual la negación de Dios se puede
considerar, simplemente, como una forma concreta
del odio satanista contra Dios y no viceversa.
Motivaciones subjetivas de quien se acerca al
mundo del satanismo
Del análisis de los elementos
antropológicos expuestos se deduce con
claridad que el elemento central de la identidad
del satanismo es la exaltación absoluta de
sí mismo, unida a una rebelión
radican contra lo divino en general y contra el
Dios de la Biblia en particular; y todo esto con un
relevante componente de rechazo de toda norma
ética comúnmente aceptada. La
referencia al horizonte bíblico es
ineludible, y la vivencia interior de los
satanistas no puede entenderse si no es a partir de
una relación fuertemente conflictiva con el
Dios de la tradición
judío-cristiana.
Tratemos de imaginar los posibles resultados de una
crisis de fe mal resuelta, y supongamos, por
hipótesis, que el motivo principal de tal
crisis está vinculado a la incapacidad de
aceptar tanto la experiencia del mal físico
como el vivir serenamente la relación con
las normas morales que señalan los pasos
característicos del camino cristiano hacia
Dios. Se trata de una situación por
desgracia frecuente, aunque por lo general –afortunadamente-
no culmina en la adhesión a prácticas
satanistas; pero puede ser un punto de partida para
entender la mentalidad de cuantos llegan a ese
resultado extremo. El dato primario de nuestra
reflexión es que, generalmente, una
situación de crisis interior no permanece
definitivamente en una fase aguda, sino que tiende
de algún modo a estabilizarse, por lo cual
podemos examinar diversas hipótesis
teóricamente posibles para llegar a la que
nos interesa.
Una primera hipótesis de salida de la crisis
de fe –como venimos hablando- es la de una
conversión más plena a Cristo,
aceptando su “yugo suave” y
pidiéndole perdón por haberlo
abandonado temporalmente. Una segunda
hipótesis es que el hombre salga de la
situación de tribulación interior
negándose hasta a pensar en aquel Dios
(ateísmo teórico y práctico)
que, si existiese, sería, por una parte,
responsable de un mundo en el cual hay espacio para
el sufrimiento; y, por otra, fuente de las normas
éticas que parecen traer tanta
desazón. La tercera hipótesis se
puede configurar como el así llamado “creer
a su manera” en un dios esculpido por uno
mismo, forjado para el propio uso y consumo, de tal
modo que consienta aquello que se quiere que
él consienta y prohiba sólo aquello
que se está dispuesto a dejarse prohibir; un
dios con el cual se pueda hablar, si se quiere,
pero como se quiera y cuando se quiera; en todo
caso un dios diverso de aquel que anuncia la
Iglesia (esto se puede hacer individualmente o
afiliándose a una de las numerosas sectas
que ofrecen una especie de supermercado de lo
sagrado). La última hipótesis es la
propiamente satanista: el resultado último
de la crisis religiosa de la cual tratamos no es ni
una conversión ni una forma de
ateísmo o agnosticismo más o menos
explícitos, sino una rebelión radical
contra el Dios de la Biblia, sea que se traduzca en
una explícita adoración de
Satanás, considerado como un ser personal, o
que se reduzca a su invocación o
evocación para obtener beneficios, o
también que se limite a un uso más o
menos simbólico de doctrinas y ritos
satánicos para liberarse de residuos de la
propia fe o incluso de la propia cultura
cristiana.
El acto de fe del satanista es un “acto de fe
al revés”, en el cual expresa su
propia fe en esta fuerza cósmica, disolvente
y destructiva, de la cual el hombre es, a la vez,
dueño y esclavo. La frustración
humana de quien no logra realizarse en el contexto
de una sociedad que aspira a basarse sobre el orden
y la justicia (valores en plena sintonía con
la mentalidad judío-cristiana), corre el
riesgo de explotar de modos descontrolados y
extremos; a los espíritus frustrados o a
cuantos sufren de alguna forma de
egolatría aguda, el satanismo parece
ofrecerles una alternativa u oportunidad por medio
de una burlesca inversión de la
religión dominante, con la cual se
identifica la fuente de la propia infelicidad; para
esto se apela al adversario de Dios, dado que el
Dios de la fe no parece garantizar la felicidad
terrena a la cual se aspira, al menos en los modos
y tiempos en los cuales se la querría
realizar.
En este contexto se entiende bien el deseo de
adquirir un poder más o menos absoluto sobre
sí mismo, sobre los otros hombres y sobre
las cosas; por esto el satanismo implica la
creencia en una cierta forma de magia ritual, que
permite hacer propicias las fuerzas ocultas, sea
identificándolas lineal y directamente con
el Satanás de la Biblia, o bien
imaginándolas de una manera más
difuminada, impersonal, pero de todos modos
relacionado con el lado oscuro del cosmos y de la
vida, o solamente con las fuerzas cósmicas y
vitales, en cuanto contrapuesta a una visión
ordenada y solar (que en el horizonte
judío-cristiano es representada por Dios,
Creador del cielo y de la tierra). Como
conclusión, queremos hacer algunas
observaciones críticas ya sea a toda forma
de sensacionalismo, típico sobre todo de los
medios de comunicación (que a veces
usa el diablo y el satanismo mencionándolos,
con acierto o sin él, solamente para poder
aumentar los propios índices de audiencia),
sea también a aquellos autores que
circunscriben excesivamente sus confines
fenomenológicos, de tal modo que exigen –para
hablar de satanismo en sentido estricto- encontrar
una veneración explícita de
Satanás, entendido como el adversario
del Dios de la Biblia, más aún,
excluyendo del número de los satanistas a
aquellos que invocan a Satanás para
servirse de él en vez de para
servirle. Es claro que, considerado en estos
términos, de hecho el satanismo no
existiría, o casi no existiría, ni se
podrían llamar legítimamente
satanistas ciertos fundadores de sectas que se
autodenominan satánicas; pero, sobre todo,
no se ve el motivo de toda esta preocupación
por tratar de retirar la acusación de
satanismo a muchos de aquellos que, a
propósito, no se refieren a Satanás
de modo directo y explícito. El
sensacionalismo de los medios de
comunicación y la actitud de quienes ven
diablos por todas partes, también crean, por
lo demás, una confusión inútil
en el ánimo de las personas, e impiden
evaluar el fenómeno del satanismo como lo
que fundamentalmente es: un ejemplo extremo de
cómo personas con gran carencia de valores
religiosos y humanos, pueden llegar a servirse de
una especie de contacto (real, presunto, o tal vez
sólo imaginario) con el príncipe de
las tinieblas, para exaltar el propio yo y
proclamarse señores absolutos del bien y del
mal.
A nuestro parecer, la rebelión radical de la
que hemos hablado se puede considerar, en
términos antropológicos, como un
elemento suficientemente significativo que es
común a las diferentes formas de satanismo,
ya sea que tal rebelión se traduzca en una
adoración o veneración
explícita de Satanás para servirle,
sea que se limite a servirse de él para los
fines terrenos que el Satanás bíblico
propone a los hombres como fin último de su
existencia; sea que se lo use como un
símbolo en una especie de psicodrama que
busca consumar una rebelión total contra el
Dios de la Biblia con la ilusión de poder
disfrutar mejor de los bienes terrenos.
Por otra parte, podríamos razonablemente
admitir por hipótesis una suerte de
proporcionalidad inversa entre la fe
explícita en Satanás entendido como
persona y el grado de publicidad que una secta
satánica está dispuesta a hacer: no
hay que asombrarse de que exponentes de un
satanismo lúdico o racionalista publiquen
libros y opúsculos, aparezcan en
televisión..., es decir, de que hagan una
notable publicidad (admitiendo que la publicidad
diga toda la verdad y que no sea simplemente el
aspecto público de un satanismo que, en la
complaciente oscuridad de lo privado, asuma
también formas de búsqueda de un
contacto más real con el príncipe del
mal); por el contrario, no es difícil
suponer que grupos más explícitamente
dedicados a verdaderas invocaciones
satánicas, prefieran las tinieblas a la luz
y la oscuridad a los reflectores.
De todos modos, el análisis del satanismo al
que se da publicidad (más accesible a los
estudiosos por la mayor disponibilidad de las
fuentes) es interesante también para
entender el más oculto; porque los textos
publicados sugestionan e influyen también a
los que usarán tales textos, dándoles
un significado de algún modo diferente del
declarado por los autores. Y hasta podemos ver
cierta continuidad ideal entre la rebelión
radical contra el Dios de la Biblia, y el deseo
rebelde de no querer reconocer a este Dios ni
siquiera una deuda conceptual por el hecho de que
la Escritura es la única fuente de
conocimiento que permite hablar de Satanás,
el cual es descrito en ella como el adversario de
Dios; el satanista puede decidir también el
rebelarse en relación con esta deuda y
proclamar la total autarquía de su propia
visión respecto de la bíblica, aunque
continúe alimentando el propio credo y los
propios ritos con elementos que de hecho han sido
tomados de la fe cristiana.
Desde otro punto de vista, nos parece
difícil incluso el admitir por
hipótesis que para un hombre sea posible una
plena y total sustitución de Dios con
Satanás, como objeto de la adoración
que está prescrita en el primer mandamiento;
porque, como precisa santo Tomás (cf.
Summa Theologiae, I-II, q. 78, art. 1), quien
elige el mal no lo elige jamás “en
sí mismo” y “en cuanto”
mal; sino siempre porque ve en ese objeto (de forma
errónea o pecaminosa) cierta apariencia de
bien (aunque se trate de un bien engañoso,
envilecido, materializado...); esto nos lleva a
pensar que incluso la adoración a
Satanás, considerado en sentido personal,
nunca es –de hecho y más allá
de declaraciones más o menos sinceras- una
adoración pura, casi como una especie de
contemplación de la maldad de Satanás
en cuanto tal. Pero podemos pensar en una suerte de
perversa veneración del demonio porque de
él se espera obtener beneficios, o porque se
lo asume como modelo de una rebelión contra
Dios, que el satanista quiere realizar. Por tanto,
este deseo de rebelión es el verdadero motor
subjetivo de esa actitud propia de las varias
formas de satanismo: sea que se quiera concebir a
Satanás como persona real (el ser espiritual
pervertido y pervertidor de la fe cristiana), sea
que se lo entienda como una realidad impersonal,
con connotaciones (materia y energía) que lo
oponen a la concepción cristiana de Dios; o
que simplemente se lo tome como pretexto para crear
un signo conscientemente anticristiano de la
exaltación de sí mismo. El verdadero
objeto de adoración del hombre que se dedica
a prácticas satánicas sigue siendo
siempre su “yo”, con el deseo
desordenado de construirse una felicidad totalmente
terrena, sin recurrir a la ayuda de Dios, contando
sólo con las propias fuerzas naturales o, en
todo caso, con las de quien eventualmente
está dispuesto a hacerse cómplice de
un proyecto que es humanamente desolado y
cristianamente perverso.
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