DISCURSO DE DESPEDIDA

JUAN PABLO II

Excelentísimo Señor Presidente,
Señores Miembros de la Junta de Gobierno,
Amados hermanos en el Episcopado,
Autoridades civiles y militares,
Queridísimos chilenos todos:
Con esta etapa de Antofagasta llega al final mi viaje apostólico a vuestra noble Nación. Me cuesta tener que separarme de vosotros. El corazón me pediría prolongar esta estadía en este bendito país, pero he de continuar mi misión pastoral en la Nación hermana, Argentina.
Me llevo un profundo sentimiento de admiración por vuestro país; en particular por la fe y la cultura cristiana que lo distingue. Durante estas jornadas que he compartido con vosotros, he podido apreciar el amor de los chilenos a su patria, a su herencia cultural y a los valores cívicos de solidaridad y apego a la propia tierra. Puedan estas virtudes que os caracterizan, contribuir a la superación de las dificultades con vistas a una convivencia más fraterna animada por el espíritu cristiano.

En cada uno de los lugares visitados he encontrado, con gozo, el dinamismo y la vitalidad de la fe cristiana, unidos a patentes muestras de amor y adhesión a la Santa Iglesia de Dios y al Sucesor de Pedro. Quedan grabados con emoción en mi memoria tantos momentos de este viaje, que son testimonio de religiosidad, de vuestra piedad mariana, de vuestras esperanzas en el futuro, de los sinceros deseos de hacer todo lo posible por alcanzar la reconciliación fraterna. Estad seguros de que el Papa conservará en su corazón lo aprendido entre vosotros, para dar gracias al Padre de las misericordias por los dones que os ha otorgado, y pedirle que los acreciente cada día más.
De entre tantos momentos memorables, permitidme que mencione el encuentro con mis hermanos Obispos, y también con los sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas; la Coronación de la Imagen de la Santísima Virgen del Carmen, en el Santuario Nacional de Maipú; la Beatificación de Sor Teresa de Los Andes, a la que me encomiendo y os encomiendo; los encuentros con campesinos, pobladores, trabajadores, hombres de cultura, y con los queridos hermanos y hermanas mapuches; las reuniones con los jóvenes, las familias y los enfermos. En verdad, cada uno de estos encuentros, en las ciudades visitadas me ha hecho palpar la grandeza, humana y cristiana, de vuestro pueblo. Podéis estar seguros de que, todos los días seguiré elevando mi ferviente plegaria a Dios por vosotros; a cambio, os pido que, también vosotros, como miembros vivos de la Iglesia, recéis
por el Papa.
En este momento de la despedida, mi oración se dirige a Dios rico en misericordia para que corrobore en cada uno de vosotros, el firme deseo de afrontar los problemas que os aquejan con ánimo sereno y positivo, con voluntad de encontrar soluciones por el camino del diálogo, de la concordia, de la solidaridad, de la justicia, de la reconciliación y el perdón. Os aliento a continuar por ese camino, aprovechando los valores propios del alma chilena, para que sepáis iluminar desde la fe vuestro futuro y construir sobre el amor cristiano las bases de vuestra actual y futura convivencia. Quiera Dios que estas inolvidables jornadas de intensa comunión en la fe y en la caridad, infundan en todos los chilenos un renovado compromiso de vida cristiana, de fidelidad a Cristo, de voluntad de servicio y ayuda a los hermanos, particularmente a los más necesitados.
Antes de dejar vuestro país, deseo reiterar mi agradecimiento al Señor Presidente de la República, y a todas las autoridades de la Nación, por la colaboración prestada en la preparación y desarrollo de esta visita pastoral. Especial aprecio debo manifestar a todos mis hermanos en el Episcopado, al Cardenal de Santiago, Cardenal Silva, predecesor, Cardenal Fresno, actual Arzobispo; a todos vosotros, Obispos, al Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Piñera,- al organizador de este viaje, Monseñor Cox; a los sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos, catequistas y a tantas personas, pienso en estos momentos también en los medios de comunicación, que han prestado también, con entusiasmo y competencia, un servicio precioso -y muchas veces anónimo-, antes y durante mi viaje.
El Papa espera mucho de los chilenos para bien de la Iglesia en vuestro país y en el mundo entero. Quisiera que vuestro recuerdo de mi peregrinación apostólica, sea un llamado a la esperanza, una invitación a mirar hacia lo alto, un estímulo para la paz y la convivencia fraterna. Porque os he visto, sé que si os decidís, podéis realizar ese empeño. Durante estos días nos hemos sentido más unidos, más hermanos, y es que el amor de Cristo se ha hecho presente con fuerza en nuestros encuentros, nuestra oración, vuestras Iglesias y calles, en vuestros hogares. Ahora, en el momento departir, deseo repetimos que os llevo en el alma, os pertenecen mis plegarias, son mías vuestras esperanzas y ansias, son míos vuestros anhelos y gozos, porque contáis con la gracia de Dios y con el maternal afecto de la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile. Confiad siempre en Dios, ¡el amor puede más! y con amor os dejo también mi bendición apostólica.
En señal de benevolencia y prenda de abundantes gracias divinas imparto de corazón a todos y cada uno de los amados hijos de Chile y a cuantos viven en esta tierra mi Bendición Apostólica, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.