LA SECULARIZACIÓN HOY



En HUMANITAS Nro.36

* En HUMANITAS 34 (abril-junio,2004) publicamos el texto editorial de Civiltà Católica (nº 3.609) titulado “Laicos, laicidad y laicismo”. Como anunciáramos, damos continuidad a esta misma reflexión con el siguiente texto proveniente de la misma fuente (nº3641). (nota a pie de página. No muy chica la letra)

En la actualidad, todos constatan, de manera más o menos consciente y explícita, el hecho de vivir en un mundo secularizado. ¿Qué significa semejante constatación y qué consecuencias se pueden y deben obtener de la misma? Es importante ante todo profundizar el sentido de la expresión “mundo secularizado”, del cual estamos teniendo la experiencia aun cuando a menudo no comprendemos su sentido profundo. “Mundo secularizado” significa evidentemente un mundo en el cual se ha dado y sigue dándose la experiencia de la “secularización”. Esta palabra, proveniente del latín medieval saecularis y del inglés secular, tiene dos significados radicalmente distintos.
Si se hace derivar de saecularis, esta palabra significa dos cosas: 1) apropiación de los bienes de la Iglesia por parte del Estado: se habla entonces de “secularización de los bienes eclesiásticos; 2) en derecho canónico, la “secularización” es un acto jurídico con el cual se permite a un religioso (es decir, una persona que habiendo hecho los votos de pobreza, castidad y obediencia vive en una comunidad dependiendo de un superior) permanecer fuera del convento o la casa religiosa, con dispensa de todo vínculo con la orden religiosa de la cual ha formado parte: mediante este acto, el religioso, si es sacerdote, pasa al clero “secular”, y si no lo es pasa a la condición de laico.
Si se hace, en cambio, derivar la palabra “secularización” del inglés secular, el término indica un fenómeno histórico específico, en virtud del cual a partir del siglo XIII, cuando surgió el “espíritu laico” (G. De Lagarde), la sociedad europea inició un proceso de separación y alejamiento de la religión cristiana y por tanto de afirmación de la propia autonomía en relación con la Iglesia y los preceptos religiosos y morales propuestos por la misma. En otras palabras, la secularización es por una parte la afirmación de la autonomía de los valores mundanos y “seculares” en relación con Dios, la Iglesia y los valores “cristianos”; por otra, es el proceso histórico, de muchos siglos de duración, de lucha entre la “religión”, que procuraba mantener en el “mundo” su propia influencia y su propia tutela, y el “mundo”, que procuraba ser autónomo en relación con la “religión” y basarse en principios no religiosos, rigiéndose por normas y ordenamientos no conformes o hasta contrarios a aquellos propuestos por la religión.
Por este motivo, cuando se habla de “secularización” de la cultura, la política o la sociedad, esto significa en primer lugar el proceso histórico que condujo a una cultura, una política y una sociedad “secularizadas”, proceso en que hubo una áspera lucha por parte de la cultura, la política y la sociedad con el fin de conquistar su propia autonomía en relación con la religión; en segundo lugar, significa el resultado de esa lucha, es decir, la cultura, la política y la sociedad “secularizadas”, por tanto autónomas en relación con la religión, ajenas a la misma, incluso contrarias a sus principios, a raíz de lo cual en definitiva se tiene una cultura secularizada, una sociedad secularizada y un mundo secularizado. En conclusión, al decir que hoy vivimos en un mundo secularizado, queremos afirmar que el mundo en el cual vivimos hoy es el resultado de un largo proceso histórico de secularización de todos los ámbitos de la vida humana: la cultura, los ordenamientos políticos y sociales, los modos de pensar y vivir, las ideas y las costumbres.
Es importante recordar que el proceso de secularización tuvo un doble resultado: la “secularidad” y el “secularismo”. Desde el punto de vista cristiano, se trata de una distinción de gran importancia. En realidad, por doloroso y traumático que haya sido para la Iglesia, el proceso histórico de secularización condujo al reconocimiento de la justa autonomía de las realidades terrenales y humanas -es decir, de la cultura, el Estado, la política, la vida social- en relación con la Iglesia y la reglamentación eclesiástica, o sea, a reconocer la laicidad y el carácter no confesional del Estado, la autonomía de la política y su no confusión con la religión, el hecho de que las realidades humanas tienen valores propios, leyes propias, métodos propios que no dependen de la religión.
Existe por tanto una “secularidad” muy positiva y una “laicidad” que el cristiano debe hacer propia y honrar en cuanto está en conformidad con el plano divino en la historia humana; pero el proceso de secularización tuvo otro resultado -el “secularismo”- que el cristiano no puede aceptar. Éste implica de hecho que las realidades humanas son absolutamente independientes de Dios y la ley moral cristiana, por lo cual Dios debe ser excluido en forma absoluta -como si no existiese (tamquam si Deus non esset)- de todo ámbito de la vida humana, social y personal; y tanto en las leyes y ordenamientos del Estado como en los comportamientos de las personas no deben considerarse en absoluto las leyes morales enseñadas por la doctrina cristiana.

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El proceso de secularización se desarrolló históricamente en tres ámbitos: la política, la cultura y la sociedad civil y las costumbres.
En las últimas décadas del siglo XX, en Europa se escribió mucho sobre la secularización en el ámbito de la política. Recientemente ha tratado muy bien el tema René Rémond, profesor de Historia Contemporánea de Francia y miembro de la Academia Francesa, en el libro La secularización. Religión y sociedad en la Europa contemporánea (La secolarizzazione. Religione e società nell’Europa contemporánea. Roma–Bari, Laterza, 1999). Para indicar el fenómeno del cual quiere hablar, descarta los términos “descristianización” y “laicización”, prefiriendo usar el de “secularización”, entendiendo en todo caso por el mismo sobre todo el secularismo. Considera que sería más apropiado -para indicar lo ocurrido en Europa en los siglos XIX y XX en las relaciones entre la política y la sociedad civil por una parte y la religión y las Iglesias cristianas por otra- el término “desreligionización”, pero “es demasiado poco feliz y prácticamente impronunciable” (p. 17).

Rémond destaca ante todo que, tratándose de Europa, la religión de la cual se habla es el cristianismo: de hecho Europa fue un continente totalmente cristianizado, hasta el punto que el cristianismo es un componente esencial de la identidad europea. En realidad, Europa fue formada por muchos pueblos, pertenecientes a razas y culturas diversas, que se constituyeron en naciones y Estados independientes; pero todos los pueblos y naciones de Europa llegaron a ser cristianos, aun cuando perteneciendo a distintas Iglesias: los pueblos del sur y el centro de Europa a la Iglesia Católica, los del norte en su mayoría a las
Iglesias protestantes, y los del este a las Iglesias ortodoxas. Durante muchos siglos, la vida pública y privada de las poblaciones europeas estuvo regida por la doctrina, la moral y la liturgia cristianas; por otra parte, los Estados eran confesionales y el cristianismo era la religión del Estado. Entre la Iglesia y el Estado, entre la política y la religión había osmosis e interpenetración: la religión estaba presente en todas partes, y la intervención de la sociedad, especialmente de la autoridad pública, en la vida de la Iglesia, así como la intervención del Iglesia en la vida social y política, no se visualizaban como “ingerencias” de un poder ajeno.
“En el ancíen régime –señala Rémond-, el Estado es confesional: tiene una religión, exactamente como los individuos. No se concibe que pueda no tenerla: significaría hacer profesión de ateísmo. Ahora bien, también a nivel individual, el ateísmo es prohibido y perseguido. Si el Estado tiene una religión, ésta no puede ser más que una puramente, la del soberano. El territorio lleva consigo mismo la pertenencia religiosa. La elección del príncipe determina la confesión de los súbditos. Recíprocamente, toda infracción a la norma de la identidad entre la religión del príncipe y la de sus súbditos se percibe como una atentado a la autoridad del monarca y a la unidad del reino” (p. 44 s).
Esto no significa que entre los Estados y las Iglesias no surgiesen contrastes, a menudo gravísimos, especialmente con motivo de la pretensión de los soberanos de elegir a los obispos y otorgar los beneficios eclesiásticos, dar el placet y el exsequatur a las decisiones doctrinales y prácticas de la jerarquía; pero siempre se llegaba a arreglos y acuerdos entre los poderes civiles y eclesiásticos. Por otra parte, sin embargo, la religión cristiana presidía en todas las actividades culturales, sociales y caritativas, y el Estado velaba para que se respetasen las prescripciones cristianas culturales, morales y doctrinales, de manera que actuaba como brazo secular de la iglesia en el castigo de los herejes, vistos como enemigos tanto de la Iglesia como del Estado. Éste obtenía, por lo demás, parte de su propia legitimidad de la Iglesia, a la cual correspondía la consagración del soberano, que era un acto religioso, por el cual el soberano era un personaje sagrado: en sus comienzos, el Estado no era puramente confesional, sino también sacro.
Este enlace entre la política y la religión, entre el Estado y la Iglesia, duró hasta la Revolución Francesa. Según Rémond, la primera brecha en esta unión tan profunda entre la política y la religión fue abierta por la Revolución Francesa con la aprobación por la Asamblea Constituyente (26 de agosto de 1789) del artículo 10 de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano: “Nadie debe ser perseguido por sus opiniones, incluso religiosas”. Con este artículo, la ciudadanía se desenganchaba de la confesión religiosa, de tal manera que para gozar de los derechos civiles y políticos ligados a la ciudadanía ya no era necesario pertenecer a la religión católica. Ésta se convertía en una “opinión religiosa” entre otras, que no incidía en la ciudadanía. Por consiguiente, era posible ser ciudadano para todos los efectos sin ser católico, incluso declarándose ateo.
La fractura con la situación del ancíen régime se hace más profunda con la Constitución civil del clero (1790), que impone a los eclesiásticos un juramento de fidelidad al nuevo orden, instaurado por el nuevo poder privando a la Iglesia de los registros de estado civil, introduciendo el matrimonio civil, disolviendo las órdenes religiosas y prohibiendo la emisión de votos religiosos, instaurando el divorcio (por primera vez se legalizaba un ordenamiento contrario a la enseñanza de la Iglesia), aboliendo la semana y sustituyendo el domingo por el “décadi” (N.T.: último día de la década en el año republicano francés), instituyendo la fiesta religiosa del Ser Supremo, y por último con los actos de violencia perpetrados contra los sacerdotes “refractarios”, los religiosos y religiosas, algunas de las cuales, como las carmelitas de Compiègne, fueron guillotinadas.
A pesar de darse en un proceso no lineal y suscitar violentas oposiciones, estas ideas, inspiradas en la total secularización de las relaciones de la sociedad política y civil con la religión cristiana, penetraron en todos los países europeos, rompiendo definitivamente la unidad y la fusión entre el orden político-civil y el orden religioso. De ahí surgieron luchas y enfrentamientos: los más ásperos se produjeron en torno al régimen familiar, con la introducción legalizada del divorcio; a la escuela y la educación de los jóvenes; a la propiedad y la gestión de las obras de “beneficencia” (término que sustituyó la expresión cristiana “caridad”); a la laicidad y neutralidad del Estado (¿el Estado debe tener una religión o ser aconfesional? ¿La religión debe tener relevancia pública o ser un hecho privado? ¿Las leyes del Estado deben regirse por los principios morales cristianos?); a la presencia en lugares públicos de símbolos religiosos (el crucifijo); al sustentamiento del personal eclesiástico y las obras del culto; a la libertad de conciencia.
De este modo, aun cuando el fenómeno se produce en diversos grados y por distintos caminos, en los siglos XIX y XX toda Europa se “seculariza” en forma gradual, pero inexorable. El grado extremo de este proceso de secularización tiene lugar en Francia, con la Ley de Separación, aprobada en 1905. La Iglesia y el Estado ya eran enemigos: fueron símbolos de este fenómeno la construcción de la Tour Eiffel, erigida en 1899, para celebrar el centenario de la Revolución Francesa y contraponerla a la basílica del Sagrado Corazón, edificada en la colina de Montmartre; y en Roma la construcción del monumento a Víctor Manuel II (el Altar de la Patria), iniciada en 1885 y terminada en 1911, para oponer la Italia moderna “unida” (Patriae unitati) y “libre” (Civium libertati) a la cúpula de San Pedro, símbolo de la Roma pontificia, enemiga de la unidad de Italia y la libertad de pensamiento.
Ciertamente, la ruptura de la unidad entre los Estados modernos y la Iglesia no impidió el establecimiento de relaciones concordatorias o de otro tipo, incluso en la Francia “separatista”. Sin embargo, en todos los Estados modernos hubo en lo sucesivo una tendencia a excluir lo más posible la religión de la vida del Estado y la sociedad civil, a no considerar los principios morales cristianos en la formación de las leyes y a ver en cada pronunciamiento de la Iglesia sobre la necesidad de no legalizar comportamientos en contraste con la ley moral -en los terrenos de la ética familiar, la sexualidad, la biogenética y la solidaridad humana- una “ingerencia” de la misma en la vida del Estado y un “atentado” a la laicidad y la autonomía estatal.
En todo caso, es importante advertir que si bien el proceso de secularización impuso graves obstáculos a la presencia y acción de la Iglesia en la sociedad moderna, por una parte le permitió reflexionar más a fondo sobre el problema de la libertad religiosa y llegar a formular en el Concilio Vaticano II la fundamental Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, y por otra la independizó de los poderes públicos, quedando en libertad de organizarse de acuerdo con sus propias exigencias pastorales, por lo tanto sin que los reyes y príncipes, como ocurría en el ancíen régime, se hiciesen cargo de nombrar los obispos y se entrometiesen pesadamente (y ciertamente en beneficio de sus propios intereses y no de los fieles) en la vida de la Iglesia, sobre la base del régimen de “patronato”, llegando a intervenir en la elección del Papa.
Sucedió así lo que jamás había ocurrido en el pasado: por un lado surgió un fuerte laicado católico, que asumió la defensa de la Iglesia, también en el campo de la política, y le confirió gran vitalidad en el campo del apostolado cultural y social; por otro, el Pontificado romano, gracias al hecho de que en los últimos dos siglos de historia se han sucedido en la sede romana hombres de gran valor, ha adquirido un prestigio universal y ha gozado de un grado tal de autoridad moral que le han dado y hasta ahora le dan la posibilidad de hablar a todos los hombres en defensa de los valores humanos más elevados.

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La secularización en el ámbito de la cultura comenzó en Italia con el Humanismo y el Renacimiento, pero se desarrolló en sus expresiones más radicales en el siglo XVIII, con el iluminismo, caracterizado por la confianza en la capacidad de la razón para resolver todos los problemas de la existencia humana y asegurar a la humanidad un progreso cada vez mayor sin recurrir a la religión, en particular el cristianismo, declarado, por el contrario, irracional, mítico, supersticioso, contrario al progreso y por lo tanto nocivo.
El iluminismo surgió en Inglaterra con el empirismo de Locke y Hume, el deísmo de Toland y la moral natural de Shaftesbury; pero se desarrolló en Francia con Voltaire, Montesquieu, Rousseau, los enciclopedistas Diderot y d’Alembert, el sensualismo de Condillac, el materialismo de La Mettrie, Helvétius y Holbach y el inmoralismo libertino de Sade; y en Alemania con la crítica al cristianismo de Reimarus y Lessing y con el criticismo de Kant, que negó la validez de la metafísica, excluyendo por tanto la posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, y también negó el orden sobrenatural, reduciendo la religión cristiana a los límites de la razón pura.
La secularización del pensamiento alcanzó su culminación en el siglo XIX, con el idealismo de Fichte y Hegel, el positivismo de Comte, el materialismo histórico de Marx y Engels, la alienación del hombre en Dios de Feuerbach, el evolucionismo de Darwin y Spencer, el monismo panteísta de Haeckel, el nihilismo de Nietzsche y el psicoanálisis de Freud; y en el siglo XX con el comunismo de Lenin y Stalin, el racismo de Hitler, el existencialismo de Sartre, la fenomenología ontológica de Heidegger, el análisis lingüístico de Wittgenstein, el neopositivismo de Camap, la filosofía analítica inglesa, para la cual el nombre mismo de Dios es “sin sentido”, y el “pensamiento débil” de Rorthy y de Vattimo.
En particular, la secularización caracterizó la mayor parte de la producción literaria y artística europea y la investigación científica, hasta el punto de establecer una oposición radical entre la ciencia y la fe y excluir a Dios del campo de las ciencias por considerarse un elemento de perturbación de la investigación científica, que sólo es válida si se mantiene en los límites de lo observable con los instrumentos y métodos de la ciencia, excluyendo toda posibilidad de recurrir a los principios metafísicos de causalidad y finalidad. Así, J. Monod, para explicar el origen y desarrollo de la vida en la tierra sin necesidad de referirse a una Causa Trascendente, recurre al “caso” y la “necesidad”, que en realidad nada explican científicamente.
Se ha llegado así a la secularización del hombre y la naturaleza. El hombre ya no es un ser creado a imagen de Dios -por tanto un ser corporal animado por un espíritu, dotado de inteligencia, conciencia, libertad y responsabilidad moral, destinado a vivir eternamente con Dios, su fin último y su felicidad suprema-, sino el producto de un determinado proceso evolutivo a raíz del cual es un animal superior a los otros, no por naturaleza, sino por la mayor capacidad intelectiva, debida a la mayor perfección cuantitativa y cualitativa de su cerebro. Es por tanto un ser puramente material, no dotado de un alma espiritual, sino de una mente (mind), cuyo funcionamiento está ligado a la estructura y el funcionamiento cerebral; un ser que nace bajo un determinado signo zodiacal, se desarrolla, envejece y muere sumiéndose en la nada al igual que todos los otros seres vivientes. Por este motivo, no tiene sentido hablar de “persona humana” y “dignidad y respeto a la persona humana y sus derechos inalienables”, prácticamente como si los animales carecieran de derechos al igual que el hombre.
En cuanto a la naturaleza, para el hombre secularizado no es creada por Dios y ordenada por Él con leyes propias, que el hombre debe respetar y a las cuales debe adecuarse para que esté al servicio de su bien físico y espiritual y no se vuelva en su contra y arruine su cuerpo y su espíritu; es, en cambio, el campo de actividad del hombre, que puede hacer con ella lo más indicado para satisfacer sus propias exigencias y sus propios instintos de gozo, dominio y explotación, por más irracional e insensato -y por consiguiente nocivo para la vida humana- que esto pueda ser. El único principio válido en el tratamiento de la naturaleza es que el hombre es señor absoluto de la misma y por tanto puede hacer todo cuanto es técnicamente posible, sin considerar principio moral alguno. Fruto de esta visión secularizada de la naturaleza son las “maravillas” que es capaz de hacer la ingeniería genética, sin importar si en definitiva son “contra el hombre”.

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Con todo, el punto más alto de la secularización -convertida así en pleno secularismo- se ha alcanzado en el ámbito de la sociedad civil y las costumbres. Así, se ha secularizado la transmisión de la vida con la legalización del aborto y la posibilidad de usar embriones humanos con fines terapéuticos; se ha secularizado la familia monógama e indisoluble con la legalización del divorcio y equiparándola con otras formas de unión conyugal, como las uniones de hecho y las uniones entre homosexuales; se ha secularizado la sexualidad, “liberada” de toda norma moral, declarada represiva y sexofóbica; se ha secularizado la muerte con la exclusión bastante frecuente de asistencia religiosa, la eutanasia y el suicidio asistido.
De este modo se ha creado una fractura radical entre lo que es moral y lo que es legal. Éste es un hecho nuevo en la historia europea, porque en los siglos anteriores la ley civil estaba en conformidad con la ley moral cristiana. “Hasta hace no mucho tiempo –observa Rémond- el Decálogo seguía siendo el punto de referencia al cual se atenían los gobiernos y las leyes y gozaba de consenso universal. Lo moral y lo legal coincidían y actualmente divergen. Es probablemente el aspecto más nuevo y radical de la secularización. Después de la religión, la moral también deja de ser un asunto de la sociedad para no ser más que una cuestión de conciencia individual” (p. 276 s).
Así, la moral se ha privatizado, convirtiéndose por tanto en un asunto individual, de tal manera que cada uno puede constituir “su” moral, así como puede constituir “su” religión, si lo desea.
Un aspecto fundamental del secularismo es aquel que ha intervenido en la comunicación social y sus instrumentos más importantes, a saber la radio, la televisión, el cine, la prensa, la música e Internet. La religión ocupa ahí un puesto marginal, y el interés “religioso” de dichos instrumentos se limita a lo que hay de curioso, escandaloso o espectacular en la vida y la práctica de la religión. No faltan ciertos programas de auténtico valor religioso, pero el clima general es de alejamiento y desinterés, y no rara vez de crítica áspera y desestima. Para muchos operadores de la comunicación social, la religión es un hecho que no puede ignorarse, aun cuando sólo se considere críticamente; pero no es un valor capaz de dar sentido a la vida o que al menos ayude a dar respuesta a las grandes interrogantes de la existencia. Para los más benévolos de ellos, es una bella ilusión, que puede ayudar a superar las angustias y tristezas de la vida, por lo cual es una señal de “debilidad” del espíritu.
Existe por último un aspecto del secularismo que merece especial atención: el del tiempo. En el pasado, el tiempo de la vida profana se organizaba de acuerdo con la liturgia cristiana: el domingo y las fiestas marcaban la alternancia entre el trabajo y el descanso y el calendario litúrgico guiaba el desarrollo de la vida social. Hoy el domingo es sustituido por el week end, que comienza el viernes en la noche y termina en la noche del domingo o la mañana del lunes. Una parte más o menos considerable de la población participa en la celebración eucarística en la noche del sábado o el día domingo, pero el sentido del week end, como lo siente y practica la mayor parte de la gente, no es religioso; es un tiempo de evasión de la vida corriente, por tanto de vacación y descanso. Además, el hecho de abrirse negocios el día domingo contribuye, según algunos, a suprimir el carácter de tiempo sacro del domingo.
En cuanto a las grandes fiestas religiosas (Navidad, Pascua, Asunción de María, Todos los Santos, Epifanía), además de permanecer, han adquirido un gran puesto en la vida de las personas, incluso las no creyentes. Con todo, han perdido casi completamente su propio significado religioso para asumir el carácter de vacaciones y convertirse en celebraciones de los afectos familiares y ocasiones de consumismo a veces desenfrenado y excesivo. Así, si bien la Navidad es hoy la fiesta más popular en todas partes, incluyendo el mundo no cristiano, puesto que se celebra tanto en Roma como en Tokio, no es ciertamente –o lo es solamente para algunos- para celebrar y honrar el nacimiento de Jesús.

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No sabemos si el secularismo se desarrollará en el futuro ni cómo esto tendrá lugar. En realidad, no faltan pensadores que hablan de “desaparición de la religión” o advenimiento de un tiempo totalmente no religioso; pero esto no es previsible por cuanto –a pesar del actual secularismo- no sólo no ha desparecido la religión de nuestro mundo, sino además existe un pulular de movimientos religiosos y sectas, que jamás ha existido en el pasado en la misma medida. También las grandes religiones están conociendo un “despertar” que las lleva expandirse más allá de sus confines históricos.
En cuanto al cristianismo, ciertamente no da señales de “estar a punto de morir” (J. Delumeau); por el contrario, muestra indicadores de vitalidad notables, como el florecimiento de numerosos movimientos eclesiales, el aumento, por moderado que sea, de las vocaciones sacerdotales y el voluntariado de inspiración cristiana. Ciertamente, sin embargo, el actual secularismo, que podrá asumir formas aún más radicales, sobre todo en el mundo juvenil y en el sector adulto de la población, principalmente en los países más ricos y desarrollados, plantea hoy en día estimulantes problemas a la Iglesia y su obra de evangelización.