LA VIDA EN ABUNDANCIA


TEXTOS DE PUÑO Y LETRA DEL PADRE ALBERTO HURTADO

En HUMANITAS N°39

¿A quiénes amar?

¿A quiénes amar? A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado... Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño... a todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro... Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas... Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles... Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios... Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América... Todos los del mundo: son mis hermanos. Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!.

Reflexión personal, noviembre de 1947

El Rumbo de la vida

Un regalo de mi Padre Dios ha sido un viaje de 30 días en barco de Nueva Cork a Valparaíso. Por generosidad del bondadoso Capitán tenía una mesa en el puente de mando, al lado del timonel, donde me iba a trabajar tranquilo con luz, aire, vista hermosa... La única distracción eran las voces de orden con relación al rumbo del viaje. Y allí aprendí que el timonel, como me decía el Capitán, lleva nuestras vidas en sus manos porque lleva el rumbo del buque. El rumbo en la navegación es lo más importante. Un piloto lo constata permanentemente, lo sigue paso a paso por sobre la carta, lo controla tomando el ángulo de sol y horizonte, se inquieta en los días nublados porque no ha podido verificarlo, se escribe en una pizarra frente al timonel, se le dan órdenes que, para cerciorarse que las ha entendido, debe repetirlas cada una. "A babor, a estribor, un poquito a babor, así como va...". Son voces de orden que aprendí y no olvidaré. Cada vez que subía al puente y veía el trabajo del timonel no podía menos de hacer una meditación fundamental, la más fundamental de todas, la que marca el rumbo de la vida.... ... Apreciar la necesidad de tomar en serio el rumbo. En un barco al Piloto que se descuida se le despide sin remisión, porque juega con algo demasiado sagrado. Y en la vida, ¿cuidamos de nuestro rumbo? ¿Cuál es tu rumbo? Si fuera necesario detenerse aún más en esta idea, yo ruego a cada uno de ustedes que le dé la máxima importancia, porque acertar en esto es sencillamente acertar; fallar en esto es simplemente fallar. ... ... El trágico problema de la falta de rumbo, es tal vez el más trágico problema de la vida. El que pierde más vidas, el responsable de mayores fracasos. Yo pienso que si los escollos morales fueran físicos, y la conducta de nosotros fuera un buque de fierro, por más sólido que haya sido construido, no quedaría sino restos de naufragios. Si la fe nos da el rumbo y la experiencia nos muestra los escollos, tomémoslos en serio. Mantener el timón. Clavar el timón, y como a cada momento las olas y las corrientes desvían, rectificar, rectificar, a cada instante, de día y de noche... ¡No las costas atractivas, sino el rumbo señalado! Pedir a Dios la gracia grande: ser hombres de rumbo.

Meditación a bordo de un barco, febrero de 1946

La búsqueda de Dios

¡Cuántos, en nuestro siglo, si no locos, se sienten inquietos, desconcertados, tristes, profundamente solos en el vasto mundo superpoblado, pero sin que la naturaleza ni los hombres hablen de nada a su espíritu, ni les den un mensaje de consuelo! ¿Por qué? Porque Dios está ausente de nuestro siglo. Muchas definiciones se pueden dar de nuestra época: edad del maquinismo, del relativismo, del confort. Mejor se diría una sociedad de la que Dios está ausente. Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de Él un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, y nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos. Dios en sí mismo parece no interesarnos. La contemplación está olvidada, la adoración y alabanza es poco comprendida. El criterio de la eficacia, el rendimiento, la utilidad, funda los juicios de valor. No se comprende el acto gratito, desinteresado, del que nada hay que esperar económicamente. Hasta los cristianos, a fuerza de respirar esta atmósfera, estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él. Nos absorben las mil ocupaciones.... ... Felizmente, el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca, aun en manifestaciones objetivamente desviadas. En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios. La Iglesia Católica desde su origen, más aún, desde su precursor, el Pueblo prometido, no es sino la afirmación nítida, resuelta, de su creencia en Dios. Por confesarlo, murieron muchos en el Antiguo Testamento; por ser fiel al mensaje de su Padre, murió Jesús; y después de Él, por confesar un Dios Uno y trino cuyo Hijo ha habitado entre nosotros, han muerto millones de mártires: desde Esteban y los que como antorchas iluminaban los jardines de Nerón, hasta los que en nuestros días mueren en Rusia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia; ayer en Japón, en España y en Méjico, han dado su sangre por Él. A otros no se les ha pedido este testimonio supremo, pero en su vida de cada día lo afirman valientemente: Religiosos que abandonan el mundo para consagrarse a la oración; religiosas que unen su vida de obreras, en la fábrica, a una profunda vida contemplativa; universitarios animados de un serio espíritu de oración; obreros, como los de la JOC, que son ya más de un millón en el mundo, para los cuales la plegaria parece algo connatural; y junto a ellos, sabios, sabios que se precian de su calidad de cristianos. Hay grupos selectos que buscan a Dios con toda su alma y cuya voluntad es el supremo anhelo de sus vidas. Y cuando lo han hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la paternidad divina, como el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 130). Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios, todo se desvanece: cuanto a Dios no interesa se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él. ... ... El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por Él, y en Él descansa, como en un vasto y tibio mar. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las crujientes olas, y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo; pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos. El llamado de Dios, que es el hilo conductor de una existencia sana y santa, no es otra cosa que el canto que desde las colinas eternas desciende dulce y rugiente, melodioso y cortante. Llegará un día en que veremos que Dios fue la canción que meció nuestras vidas. ¡Señor, haznos dignos de escuchar ese llamado y de seguirlo fielmente!

Meditación que el Padre Hurtado pidió que se publicara después de su muerte

La Sangre del Amor

Tres palabras parecen remover el mundo contemporáneo y están en el fondo de todos los sistemas que se ofrecen como solución a los males de nuestra época: colectividad, solidaridad, justicia social. Nuestra Santa Madre Iglesia no desprecia esas palabras, sino, muy por el contrario, las supera con infinita mayor riqueza y con un contenido inmensamente más revolucionario y elevándose sobre ellas habla de: unidad, fraternidad, amor. Estas tres palabras son el fondo de toda la enseñanza de la Iglesia, de su enseñanza de siempre, pero especialmente renovada en nuestros días que han presenciado un desarrollo insospechado en la riqueza de sus aplicaciones de las doctrinas más sociales y revolucionarias que jamás se hayan pronunciado sobre la tierra. ¡Cristianos, no sois máquinas, no sois bestias de carga, sois hijos de Dios! Amados por Cristo, herederos del Cielo... Auténticamente hijos de Dios; sois uno en Cristo; en Cristo no hay ricos ni pobres, burgueses ni proletarios; ni arios ni sajones; ni mongoles ni latinos, sino que Cristo es la vida de quienes quieren aceptar la divinización de su ser. Las grandes devociones que llenan nuestro siglo, las que brillan como el sol y la luna en nuestro firmamento son: la fe honda en Cristo, camino para el Padre; y la ternura filial para María, nuestra dulce Madre, camino para Cristo. El amor a María hace crecer en los fieles la comprensión de que María es lo que es por Cristo, su Hijo. "¡Id a Jesús!" es la palabra ininterrumpida de María, es el consejo que cada noche resuena en el mes de María. Y los fieles van a Jesús.

Congreso de los Sagrados Corazones, 1944

La oración del apóstol

La oración es para el apóstol la luz de la vida. La vida apostólica es altísima porque vive de ideales divinos alejados de los ideales humanos, como el cielo de la tierra. La vida apostólica es difícil y heroica, porque en cada momento ha de darlo todo por el Reino de los cielos. En medio de tantas cosas, el apóstol debe marchar con paso firme. ¿Quién le mostrará el camino? La oración y sólo la oración. La prudencia meramente humana es enemiga de Dios y los pensamientos de Dios no son como los de los hombres, y la oración es la única que nos hace conocer a Dios y los ideales divinos. San Ignacio y sus primeros compañeros resolvían todas sus cosas en la oración como si las leyesen en la santa providencia de Dios. La oración es el aliento t reposo del espíritu. El apóstol debe tener la fortaleza y paz de Dios, porque es su enviado. Sin embargo, en la vida real con cuánta facilidad los ministros de Dios se hacen terrenos... Para hallar esa paz necesita el apóstol la oración, pero no una oración formulista; sino una oración continuada en largas horas de oración y quietud, y hecha en unión de espíritu con Dios. Jesús, después de 30 años de oración, va al desierto, pasa noches de oración preparando el mañana. ¡Ay del apóstol que no obre así! Se hará traficante de cosas humanas y de pasiones personales, bajo apariencia de ministerio espiritual.

Meditación de un retiro espiritual, 1942

Visión de eternidad

Vengo llegando del país más grande del mundo. Así lo decía el segundo grande, Churchill, hablando de Norte América en el Hotel más grande del globo, el Waldorf Astoria, el más cómodo del globo. Allí están los edificios más altos: el Empire, de 102 pisos, el Chrysler... El teatro mayor, el Radio City, se llena desde las 7 de la mañana hasta la mañana siguiente. Los ríos se atraviesan por túneles subterráneos; en las ciudades hay tres, cuatro y más planos de locomoción... Poseen todos los récords: Velocidad, cuatro mil kilómetros en cuatro horas; producción, fábricas que producen quinientos automóviles por hora y esperan producir mil... Allí está hoy más del 46% del oro del mundo; progresos técnicos fantásticos: la muerte se va alejando, la vida prolongando. En Washington, cada tres minutos sale un avión: los grandes Constellations cruzan ahora todos los mares; millones de automóviles, de refrigeradores... Y como decía alguien: ¿y qué? ¿Y qué impresión de conjunto? Que la materia no basta, que la civilización no llena, que el confort está bien, pero que no reside en él la felicidad. ¡Que de demasiado poco y cobra demasiado caro!, ¡que a precio de esos juguetes se le quita al hombre su verdadera grandeza! Porque en realidad, el precio de toda esta vida para la gran mayoría es un anularse aquí, el perder la vista del espíritu, la ceguera ante lo sobrenatural. La concepción del hombre progresista que domina la materia: limpio, higiénico, bien hecho por el deporte, alimentación sana, ropa limpia, música, auto, ¡y bonitos autos! Quizás para algunos, viajes alrededor del mundo, su casa cómoda, una mujer mientras se entienda con ella, sin prejuicios... Eliminar las enfermedades y a los setenta años morirse. ¿Qué más? ... ... Al mirar ese cielo espléndido, magnífico, imponente, que sobrecoge, me preguntaba: ¿y es esto todo el fin de la vida? ¿Setenta años con todas estas comodidades? El hombre es el rey de la creación ¿sólo por esto? El progreso de la humanidad, ¿será sólo llegar a poseer baño, radio, máquina de lavar, un auto? ¿Es ésta toda la grandeza del hombre? ¿No hay más que esto? ¿Es ésta la vida?, mientras llega la próxima guerra que todos la olfatean, que la sienten venir con escalofrío. ... ... ¿Qué piensa Dios del hombre? ¿De la vida? ¿Del sentido de nuestra existencia? ¿Condena Él esos inventos, ese progreso, ese afán de descubrir medicinas eficaces, automóviles veloces, aviones contra todo riesgo? No. Al contrario, se alegra de esos esfuerzos que nos hacen mejor esta vida. Pero para los que en medio de tanto ruido guardan aún sus oídos para escuchar nos dice: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia". ... ... "Para que tengan vida". ¿Vida? Pero, ¿de qué vida se trata? La vida, la verdadera vida, la única que puede justificar un viaje de Dios es la vida divina: "Para que nos llamemos y seamos hijos de Dios" (1 Jn 3,1). Nos llamemos, ¡¡y lo seamos de verdad!! No hace un viaje lejano el Dios eterno si no es para darnos un don de gran precio: Nada menos que su propia vida divina, la participación de su naturaleza que se nos da por la Gracia. ¿Creemos en esa vida? Hay católicos, como un compañero de viaje que me decía: "¿Otra vida? No, pues, Padre, córtela". Hay católicos que nunca han pensado en esa vida... ¡Los más no se preocupan de ella! Prescinden. Y ésta es la única verdadera vida: Quien la tiene, vive; y quien no la tiene, aunque esté saludable, rico, sabio, con amigos: Es un muerto. "¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si arruina el alma?" (Mt 16,26). "El que quiera salvar su vida la perderá y el que la perdiere por mí la hallará" (Mc 8, 35). ¡El viejo estribillo de la Iglesia! El único necesario, tan grande porque tan viejo, o mejor, tan viejo porque tan grande, ¡tan necesario, tan irreemplazable! El hombre, con toda la civilización, no ha podido apagar el eco de estas palabras, y si llega a apagarlas muere, no sólo a esa vida, sino aun a la propia vida humana.

Meditación de Semana Santa para jóvenes, 1946
"Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10)

¿Cómo llenar mi vida?

La enfermedad de moda en nuestros días es la neurosis. Una de las profesiones que más trabajo tiene es la de psiquiatra... Muchas personas que se creen atacadas por neurosis no tienen neurosis, sino vaciedad de vida: No tienen nada que hacer, nada que las saque de sí mismas; viven concentradas en su interior, siempre mirándose al espejo de su pensamiento: si están bien, si están mal; si las estiman o no; si la miraron, por qué; si no, por qué la dejaron de mirar... Castillos en el aire... sobre lo que los otros piensan de ella... La neurosis está a la puerta, la vida se tiñó para siempre de tristeza. ¡El egoísmo está en la raíz del mal! ¿Cómo curar esa neurosis? Antes de ir al psiquiatra, yo aconsejaría a esa persona que consultara a un Director Espiritual prudente. Puede que la raíz de su mal sea un complejo sepultado en su interior, desde sus primeros años, pero lo más probable es que sea simplemente una vida vacía, sin sentido; un alma que espera algo que la llene, que la tome, que le dé sentido a su existencia...

Conferencia para señoras en Viña del Mar, 1946

Siempre en contacto con Dios

... Pero, con todo, orar, orar. Cristo se retiraba con frecuencia al monte; antes de comenzar su ministerio se escapó cuarenta días al desierto. Cristo tenía claro todo el plan divino, y no realizó sino una parte; quería salvar a todos los hombres y, sin embargo, no vivió entre ellos sino tres años. Cristo no tenía necesidad de reflexionar para cumplir la voluntad del Padre: Conocía todo el plan de Dios, el conjunto y cada uno de sus detalles. Y, sin embargo, se retiraba a orar. Él quería dar a su padre un homenaje puro de todo su tiempo, ocuparse de Él sólo, para alabarlo a Él sólo, y devolverle todo. Quería, delante de su Padre, en el silencio y en la soledad, reunir en su corazón misericordioso toda la miseria humana para hacerla más y más suya, para sentirse oprimido, para llorarla. Cristo no se dejó arrastrar por la acción. Él, que tenía como nadie el deseo ardiente de la salvación de sus hermanos, se recogía y oraba. Nuestros planes, que deben ser partes del plan de Dios, deben cada día ser revisados y corregidos. Después de la acción hay que volver continuamente a la oración, para encontrarse a sí mismo y encontrar a Dios; para darse cuenta, sin pasión, si en verdad caminamos en el camino divino; para escuchar de nuevo el llamado del Padre; para sintonizar con las ondas divinas; para desplegar las velas, según el soplo del Espíritu. Nuestros planes de apostolado necesitan control, y tanto mayor mientras somos más generosos. ¡Cuántas veces queremos abrazar demasiado!, ¡más de lo que pueden contener nuestros brazos! Para guardar el contacto con Dios, para mantenerse siempre bajo el impulso del Espíritu, para no construir sino según el deseo de Cristo, hay que imponer periódicamente restricciones a su programa de apostolado. La acción llega a ser dañina cuando rompe la unión de Dios. No se trata de la unión sensible, pero sí de la unión verdadera, la fidelidad, hasta en los detalles, al querer divino. El equilibrio de las vidas apostólicas sólo puede obtenerse en la oración. Los santos guardan el equilibrio perfecto entre una oración y una acción que se compenetran hasta no poder separarse, pero todos ellos se han impuesto horas, días, meses en que se entregan a la santa contemplación.

Reflexión personal, noviembre de 1947

"Ustedes son la luz del mundo"

Esta escena me recuerda otra, ocurrida hace casi dos mil años, también sobre un monte al caer las tinieblas de la noche... En lo alto, Jesús y sus apóstoles, a los pies una gran muchedumbre, y más allá las regiones sepultadas en las tinieblas y en la oscuridad de la noche del espíritu (cf. Sal 106,10). Y Jesús conmovido profundamente ante el pavoroso espectáculo de las almas sin luz, les dice a sus apóstoles "Ustedes son la luz del alma" (Mt 5, 14). Ustedes son los encargados de iluminar esa noche de las almas, de caldearlas, de transformar ese calor en vida, vida nueva, vida pura, vida eterna... También a ustedes, jóvenes queridísimos, Jesús les muestra ahora esa ciudad que yace a sus pies, y, como entonces, se compadece de ella: "Tengo compasión de la muchedumbre" (Mc 8,2). Mientras ustedes -muchos, pero demasiado pocos a la vez- se han dado cita de amor en lo alto... ¡Cuántos, cuántos... a estas mismas horas ensucian sus almas, crucifican de nuevo a Cristo en sus corazones, en los sitios de placer, desbordantes de una juventud decrépita, sin ideales, sin entusiasmo, ansiosa únicamente de gozar, aunque sea a costa de la muerte de sus almas...! Si Jesús apareciese en estos momentos en medio de nosotros, extendiendo compasivo su mirada y sus manos sobre Santiago y sobre Chile, les diría: "Tengo compasión de esa muchedumbre..." (Mc 8,2). Allí, a nuestros pies, yace una muchedumbre inmensa que no conoce a Cristo, que ha sido educada durante años y años sin oír apenas nunca pronunciar el nombre de Dios, ni el santo nombre de Jesús. Yo no dudo, pues, que si Cristo descendiese al San Cristóbal esta noche caldeada de emoción les repetiría mirando la ciudad oscura: "Me compadezco de ella", y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: "Ustedes son la luz del mundo... Ustedes son los que deben alumbrar estas tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?". Este es el llamado ardiente que dirige el Maestro a los jóvenes de hoy. ¡Oh, si se decidiesen! Aunque fuesen pocos... Un reducido número de operarios inteligentes y decididos, podrían influir en la salvación de nuestra Patria... Pero, ¡qué difícil resulta en algunas partes encontrar aun ese reducido número! La mayoría se quedan en sus placeres, en sus negocios... Cambiar de vida, consagrarla al trabajo para la salvación de las almas, no se puede, no se quiere... ¡Cuántos son llamados por Cristo en estos años de vuelo magnífico de la juventud! Escuchan, parecen dudar unos instantes. Pero el torrente de la vida los arrastra. Pero ustedes, mis queridos jóvenes, han respondido a Cristo que quieren ser de esos escogidos, quieren ser apóstoles... Pero ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz... ... Una vida íntegramente cristiana, mis queridos jóvenes, he ahí la única manera de irradiar a Cristo. Vida cristiana, por tanto, en vuestro hogar; vida cristiana con los pobres que nos rodean; vida cristiana con sus compañeros; vida cristiana en el trato con las jóvenes... Vida cristiana en vuestra profesión; vida cristiana en el cine, en el baile, en el deporte. El cristianismo, o es una vida entera de donación, una transformación en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio. Y esta transformación en Cristo supone identificarse con el Maestro, aun en sus horas de Calvario. No puede, por tanto, ser apóstol el que por lo menos algunos momentos no está crucificado como Cristo. Nada harán, por lo tanto, los que hagan consistir únicamente el apostolado, la Acción Católica, en un deporte de discursos y manifestaciones grandiosas... Muy bien están los actos, pero ellos no son la coronación de la obra, sino su comienzo, un cobrar entusiasmo, un animarnos mutuamente a acompañar a Cristo aun en las horas duras de su Pasión, a subir con Él a la cruz. Antes de bajar del monte, jóvenes queridos, les pregunto también en nombre de Cristo: ¿Pueden beber el cáliz de las amarguras del apostolado? ¿Pueden acompañar a Jesús en sus dolores, en el tedio de una obra continuada con perseverancia? ¿Pueden? Si ustedes titubean, si no se sienten con bríos para no ser de la masa, de esa masa amorfa y mediocre, si como el joven del Evangelio sienten tristeza de los sacrificios que Cristo les pide... renuncien al hermoso título de colaborador y amigo de Cristo. ¡Oh, Señor!, si en esta multitud que se agrupa a tus pies brotase en algunos la llama de un deseo generoso y dijera alguno con verdad: "Señor, toma y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo lo que tengo y poseo, lo consagro todo entero, Señor, a trabajar por ti, a irradiar tu vida, contento con no tener otra paga que servirte y, como esas antorchas, que se consumen en nuestras manos, consumirse por Cristo...". Renovarían en Chile las maravillas que realizaron los apóstoles en la sociedad pagana, que conquistaron para Jesús.

Discurso en el Cerro San Cristóbal, 1938

¡Mi vida es una Misa prolongada!

El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo, de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo. De dos maneras puede hacerse esta actualización. La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo. Con esto, al participar personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transformamos en la Víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros. ¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa. ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada! ... ... Por la Eucaristía tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes. Sin la Eucaristía, la Iglesia de la tierra estaría sin Cristo. La razón y los sentidos nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: "Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre" y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, los católicos creemos que "el cuerpo, la sangre y la divinidad del Verbo Encarnado" están real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios. El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y el de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo! Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros, debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz. El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz de la redención.

Meditación sobre la Sagrada Eucaristía

Una competencia en darse

Y esta ley de la felicidad, mis queridos esposos, es la ley de la alegría cristiana en el matrimonio, y por eso os doy la norma consiguiente: daros, mutuamente, el uno al otro. El matrimonio cristiano es una competencia en darse. La felicidad tiene una sola norma: Darse, entregarse a sí mismo, y por eso si en vuestra vida ocurre, lo que en toda vida humana ocurre, por más bella que sea, por más noble y más generosa, si alguna vez viene alguna nubecita a enturbiar el sol del amor, que os apresuréis a ser el primero en dar al otro al perdón, en sufrir por el otro, en orar juntos, en la noche, al caer las luces del día, recogidos en una plegaria, y los sufrimientos del día, ponerlos a los pies de Cristo, especialmente deseando la felicidad para el ser amado. Mis queridos esposos: en un hogar cristiano, en un hogar bendecido por la felicidad cristiana, los hijos son deseados, los hijos son pedidos, los hijos son esperados, y por los hijos desde ahora se sufre, desde ahora se acumula para ellos un tesoro, más que de bienes materiales, un tesoro de virtudes, un tesoro de gracias, un tesoro de plegarias, para que cuando ellos lleguen a este mundo se encuentren ricos, con la riqueza espiritual de sus padres. Y los hijos, por muchos que sean los que Dios quiera daros, estoy cierto, mis queridos esposos, que no van a agotar ese deseo de daros que vosotros tenéis.

Prédica de matrimonio

Un problema de todos

El tema de la vocación sacerdotal no puede ser de mayor importancia para la Iglesia, dada la misión del sacerdote. Al sacerdote confió Cristo la administración de sus sacramentos, que son en el Iglesia el medio por excelencia y el camino ordinario de la efusión de la Gracia. La celebración de la santa Misa, que es la renovación en nuestros altares del sacrificio de la Cruz, el acto más excelente que se realiza bajo los cielos, el acto que mayor gloria da al Padre, más que todos los trabajos apostólicos, los sacrificios, las oraciones... y este acto, el centro de la vida cristiana, sólo puede ser realizado por los sacerdotes. La purificación de las almas manchadas por el pecado ha sido confiada al sacerdote. En aquellos países en que el sacerdote católico ha desaparecido, la Iglesia ha terminado por desaparecer... El problema de la vocación sacerdotal es un problema cristiano en todo el sentido de la palabra, que interesa no sólo a unos cuantos escogidos, que podrían estudiar su vocación, sino que es un problema de todos los cristianos: Problema de los padres que quieran dar educación cristiana a sus hijos; problema de los jóvenes que necesitan un guía en sus años difíciles, para que los dirija en sus crisis de adolescencia; problema de los pobres, que han menester de un padre que se interese por sus necesidades; problema de los que aspiran a formar un hogar, que necesitarán guías de sus conciencias, directores espirituales; problema de los que no tienen fe, problema que ellos no perciben, pero por eso es aun más pavoroso, que necesitan de alguien que desinteresadamente les tienda la mano; problema de los enfermos, que buscarán en vano quien les aliente a entrar serenos en la eternidad, y quien consuele a sus parientes y amigos. Toda la vida cristiana está llena del sacerdote, y todos debieran interesarse porque su número sea cada vez mayor y, sobre todo, porque aumenten en espíritu. Santos, pero también muchos.

Conferencia para la Acción Católica

Pesimistas y optimistas

Hecho curioso, paradoja cruel. Nunca como hoy el mundo ha manifestado tantos deseos de gozar, y nunca como hoy se había visto un dolor colectivo mayor. Al hambre natural de gozo, propia de todo hombre, ha venido a sumarse la serie de descubrimientos que ofrecen hacer de esta vida un paraíso: la radio, que alegra las horas de soledad; el cine, que armoniza fantásticamente la belleza humana, el encanto del paisaje, las dulzuras de la música en argumentos dramáticos, que toman a todo el hombre; el avión, que le permite estar en pocas horas en Buenos Aires, en Nueva Cork, en Londres o en Roma... La cordillera, que ve invadida su soledad por miles de turistas que saborean un placer nuevo: el vértigo del peligro; la prensa penetra por todas las puertas, aun las más cerradas, por el estímulo de la curiosidad, por la sugestión del grafico y de la fotografía. Fiestas, Excursiones, Casinos, Regatas, todo para gozar... Y sin embargo, hecho curioso, el mundo está más triste hoy que nunca; ha sido necesario inventar técnicas médicas para curar la tristeza. Frente a esta angustia contemporánea muchas soluciones se piensan a diario: Unas soluciones son del tipo de la evasión. En su grado mínimo, es huir a pensar; atontarse... Para eso sirve maravillosamente la radio, el auto, el cine, el casino, el juego, ¡ruina de la vida interior! Se está, no me atrevería a decir ocupado, pero sí, haciendo algo que nos permita escapar de nosotros mismos, huir de nuestros problemas, no ver las dificultades. Es la eterna política del avestruz. Los turistas que viene a estas lindas playas, ¿qué hacen aquí en el verano sino eso? Playa, baño, baño de sol, aperitivo, almuerzo, juego, terraza, cine, casino, hasta que se cierran los ojos para seguir así, no digo gozando, sino "atontándose". Esta política de la evasión lleva a algunos más lejos, a la morfina, al "opio" que se está introduciendo, al trago, demasiado introducido, e incluso al suicidio. Nunca me olvidaré de uno que me tocó presenciar en Valparaíso. Otros, más pensadores, no siguen el camino de la "evasión", sino que afrontan el problema filosóficamente y llegan a doctrinas que son la sistematización del pesimismo. Para ambos grupos, el fondo, confesado o no, es que la vida es triste, un gran dolor, y termina con un gran fracaso: la muerte. Y sin embargo, la vida no es triste sino alegre, el mundo no es un desierto, sino un jardín; nacemos, no para sufrir, sino para gozar; el fin de esta vida no es morir sino vivir. ¿Cuál es la filosofía que nos enseña esta doctrina? ¡¡El Cristianismo!!

Conferencia a señoras en Viña del Mar, 1946

Vivir para siempre

Y la eternidad... no en sombra de segundos, o años de segundos, para siempre. ¡¡Sin ocaso!! Vivir la eternidad. Mirara ala eternidad en los momentos de depresión. Esto pasa... ¡¡Eso no!! Esto es una hora, ¡¡aquello eterno!! Mirar mi vida a la luz de la eternidad. Mis amores a la luz de la eternidad... Mi profesión... el uso de mi tiempo... a la luz de la eternidad. Los sacrificios que Dios me pida... Mi vida de estudios, el tiempo que dé a las realidades tangibles, que son sombra de la realidad, frente a la gran realidad, la eterna... ¿Qué tiene esto que ver con la eternidad? La santidad a la que Dios me llama, que me parece austera; la vida de oración, las mortificaciones, mi apostolado, en el que me roe el desaliento... a la luz de la eternidad... El apostolado que es "almas para la eternidad", almas que sean felices por una eternidad, librarlas de un incendio; la Acción Católica... el sacerdocio... las misiones... la China, el Congo... Los Padres Jesuitas en el Congo, ¡el Padre Jogues y Brébeuf en Canadá! El Padre Damián en la leprosería: Toda la santidad, a la luz de la eternidad: ¡¡Eso es vivir!! Alegría, ¡y qué feliz se vive cuando se piensa en lo eterno! Allí está mi morada... ¿Dolores? Pasan, pero la eternidad permanece. ¿Muerte? No, un hasta luego, sí ¡hasta el cielo! ¡Hasta muy pronto! ¡Señor, qué pocos piensan así! ¡Qué poco pienso yo así! Y sólo así se piensa en cristiano, ¡y toda otra visión de la vida es pagana! Pero esta visión es imposible sin una vida de intensa oración, sin recogimiento, sin meditación, pero cualquier sacrificio vale la pena por este tesoro. El Reino de los cielos es semejante a un hombre que descubrió un tesoro, y habiéndolo descubierto, ¡vendió todo para comprar aquel campo! (cf. Mt 13,44). Venderlo todo. Es lo que han hecho los santos, los mártires, es lo que hacen los cristianos de verdad.

Meditación de Semana Santa, 1946

Trabajar al ritmo de Dios

El equilibrio es un elemento preciso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para el trabajo de cada día. Equilibrio no quiere decir, en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres; se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlas por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor. La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo; la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo. El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz. El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

Reflexión personal, noviembre de 1947

¡Sacerdote del Señor!

¡Ya me tiene sacerdote del Señor! Bien comprenderá mi felicidad inmensa, y con toda sinceridad puedo decirle que soy plenamente feliz. Dios me ha concedido la gran gracia de vivir contento en todas las casas por donde he pasado y con todos los compañeros que he tenido. Y considero esto una gran gracia. Pero ahora, al recibir para siempre la ordenación sacerdotal, mi alegría llega a su colmo. Ahora ya no deseo más que ejercer mi ministerio sacerdotal con la mayor plenitud posible de vida interior y de actividad exterior compatible con la primera. El secreto de esta adaptación y del éxito, está en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, es decir, al Amor desbordante de Nuestro Señor, al Amor que Jesús, como Dios y como hombre, nos tiene y que resplandece en toda su vida. Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, qué siente de tal cosa...? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida! Pequeñeces y miserias que cometemos nosotros y que vemos se cometen a nuestro lado desaparecerían, y en nuestras comunidades reinaría una felicidad más sobrenatural y también natural, mayor comprensión, un respeto mayor de cada uno de nuestros hermanos, pues hasta el último merece que nos tomemos alguna molestia por él, y que no lo pasemos por alto. Esta es una idea que me viene con frecuencia y que la pienso mucho, porque desearía realizarla más y más. Yo creo que la devoción al Sagrado Corazón debemos vivirla en base de una caridad sin límites, que haga que nuestros hermanos se sientan bien en compañía de sus hermanos y que los seglares se sientan movidos no por nuestras palabras, que la mayor parte de las veces los dejará fríos, sino por nuestra vida de caridad humano-divina para con ellos. Pero esta caridad debe ser también humana, si quiere ser divina. En este ambiente de escepticismo que reina ahora yo no creo que haya otro medio, humanamente hablando, de predicar a Jesucristo entre los que no creen sino éste: el del ejemplo de una caridad como la de Cristo.

Carta después de haber sido ordenado sacerdote

El deber de la Caridad

La devoción al corazón de Cristo y al Corazón de María tienen ese sentido profundo: Recordar a los hombres entristecidos del mundo moderno, que por encima de sus dolores hay un Dios que los ama, hay un Dios que es amor (cf. 1 Jn 4,8), un Dios que cuando ha querido escoger un símbolo para representar el mensaje más sentido de su alma, ha escogido el Corazón porque simboliza el amor, el amor hacia ellos, los hombres de esta tierra. Un amor que no es un vano sentimentalismo, sino un sacrificio recio, duro, que no se detuvo ante las espinas, los azotes y la cruz. Y junto a ese Corazón, nos recuerda también que hay otro corazón que nos ama, el Corazón de su Madre, y Madre nuestra, que nos aceptó como hijos cuando su Corazón estaba a punto de partirse de dolor junto a la Cruz, al ver cómo sufría el Corazón de Jesús, su Hijo, por nosotros los hombres de esta tierra, redimida por el dolor de un Dios hecho hombre, que quiso asociar a su redención el dolor de su Madre y el de sus fieles. El mensaje de amor de Jesús y de María, urge nuestro amor.

Meditación predicada por radio, abril de 1944

Mi vida, un disparo a la eternidad

Pedimos heroísmo a los cristianos, y ¡y tanto heroísmo! ¿En qué se basa esta exigencia? En la visión de eternidad de la vida. Uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará reducido a una colilla... Burguesa es la mentalidad opuesta en todo el cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio del tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza. El mundo de lo sensible acentúa esa sed de gozo, ofreciéndonos atractivo en todo lo que nos rodea: el cine, el gran predicador del materialismo y de la vida fácil; la propaganda del placer y del lujo que cubre los muros y va por las ondas: Todo nos predica el materialismo. Y no es raro que nosotros caigamos también en ese materialismo práctico. De aquí que el mundo moderno se mueve y se agita, pero ha perdido el sentido de lo divino. Despertemos en nosotros ese sentido de lo divino, que se fundará en un conocimiento exacto de mis relaciones con Dios.... ... ¡Vivir, pues, en visión de eternidad! Cuánto importa refrescar este concepto de eternidad que nos ha de consolar tanto. La guerra, los dolores, todo pasa ¿Y luego? Nada te turbe, nada te espante, ¡Dios no se muda!. Y después de la breve vida de hoy, la eterna. ¡Hijitos míos! No os turbéis. En la casa de mi Padre, hay muchas moradas (cf. Jn 14,2). La enseñanza de Cristo está llena de la idea de la eternidad. Consecuencia de mi visión de eternidad: Acordarme frecuentemente. "Somos ciudadanos del cielo" (Flp 3,20) "Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón" (cf. Mt 6,21). Alegrarme de tener que ir allá. No temo la muerte, porque es el momento de ver a Dios. Sé que mis males tienen término y que mis aspiraciones lograrán su objeto.

Reflexión personal sobre la visión de eternidad

Adoración y servicio

Nuestro siglo es eminentemente "el siglo del hombre". Buscando las virtudes activas, hemos perdido el sentido de sacrificio y de la resignación; sin embargo, esto tiene un valor eterno que nada podrá reemplazar. Ojalá, pues, mi querido amigo, que te empapes de calma, de adoración. Esta última palabrita es la que más quiero recalcarte: adoración. Tratar de palpar la inmensa grandeza de Dios, algo de lo que se ve en el Antiguo Testamento y que una explicación excesivamente dulzona nos hace olvidar a veces. Es absolutamente necesario hacer amistad con Cristo, en el sentido de una fraternidad con Él, pero que nada nos haga olvidar la distancia infinita que nos separa; que si Él nos llama sus hijos no es porque tengamos derecho, sino por un gesto de su infinita bondad. Te recomiendo mucho que saborees oraciones de la Santa Misa, la Secuencia de Pentecostés y otras por el estilo. Ojalá llegues a connaturalizarte con la vida litúrgica en su sentido más pleno, con el canto de los salmos, con la adoración eucarística. Lo que más te deseo -te lo repito una y mil veces- es que vuelvas con mucho espíritu de adoración, con mucha paz interior, con una gran disposición a ser un instrumento de Cristo. En esto está la santidad. Ninguna definición tan hermosa de oración he encontrado como la del P. Charles: "Orar es conformar nuestros quereres con el querer divino, tal como Él se manifiesta en sus obras".

Carta a un amigo, junio de 1948

Te Deum

¡A ti, oh Dios te alabamos!, hemos entonado como un himno de acción de gracias al Creador por los beneficios recibidos por nuestra Patria en este nuevo aniversario de vida independiente. ¡Cómo no elevarse hasta el cielo en una ferviente acción de gracias a Aquel de quien desciende todo don al contemplar nuestra hermosa tierra (cf. Sant 1,16), la más bella del universo; nuestras montañas austeras, que invitan a la seriedad de la vida; nuestros campos fértiles; nuestro cielo azul, que invita a la oración; el alma de nuestros hermanos chilenos, inteligente, esforzada, valiente, franca, leal! ¡Cómo no elevarse hasta el cielo al recordar nuestra historia cargada de bendiciones del cielo, que nos han hecho una Nación digna y respetable! ¡Cómo no agradecer a Dios aun aquello que tal vez pudieran algunos lamentar como una desgracia: la resistencia de nuestra tierra a entregar sus riquezas! En el norte, el salitre en medio del desierto; en el centro, la agricultura entre ásperas montañas que ha sido necesario a veces horadar para hacer llegar el agua de regadío; en el sur, los bosques vírgenes que han debido caer para abrir paso a las vías de comunicación, para roturar las tierras; en el sur, en tierras inclementes barridas por los vientos, pacen nuestros ganados; debajo del mar, yace nuestro carbón; y aun allá en el último confín del globo, en las nieves eternas, hay riquezas que pueden traer bienestar al hombre, confiadas por Dios a Chile, y allí montan guardia, junto al Pabellón nacional, un grupo de nuestros compatriotas, que preparan una nueva página de nuestra historia. El patriotismo no debe ser belicoso con otros países. Una Nación, más que por sus fronteras, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua, o sus tradiciones, es una misión que cumplir. ... ... La misión de Chile queremos cumplirla, nos sacrificaremos por ella. Nuestros Padres nos dieron una Patria libre, a nosotros nos toca hacerla grande, bella, humana, fraternal. Si ellos fueron grandes en el campo de batalla, a nosotros nos toca serlo en el esfuerzo constructor. Pero esta misión ha dejado de cumplirse porque las energías espirituales se han debilitado, porque las virtudes cristianas han decaído, porque la Religión de Jesucristo, en que fuera bautizada nuestra Patria y cada uno de nosotros, no es conservada, porque la juventud, sumida en placeres, ya no tiene generosidad para abrazar la vida dura del sacerdocio, de la enseñanza y de la acción social. Es necesario, antes que nada, producir un reflotamiento de todas las energías morales de la Nación: devolver a la Nación el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio, que se debilitan en la medida en que se debilita su fe en Dios, en Cristo, en el espíritu del Evangelio. Y estas ideas con qué alegría puede uno pronunciarlas en Chillán, en la Patria de O'Higgins, aquel hombre lleno de valores morales porque lleno de fe; este mismo fue el espíritu de Prat, el más valiente chileno y el más ferviente cristiano con el escapulario de la Virgen al cuello; el espíritu de cada uno de nuestros grandes Padres de la Patria y el espíritu de nuestros humildes y valientes soldados; el espíritu de nuestras madres y de nuestras abuelas que nos formaron en el respeto a Dios, en el amor a Cristo y a su Madre, y en la austeridad, el esfuerzo y la caridad fraternal. ¡A ti, oh Dios, te alabamos!, hemos dicho y ¡A ti, oh Dios, te alabamos!, hemos de repetir a cada instante, pidiendo al cielo que Dios siga protegiendo la Patria querida, bendiciendo a sus gobernantes y esforzando a su Pueblo para ser fieles a la misión que Él nos confiara.

Acción de gracias por la Patria, septiembre de 1948

En los días de abandono

Estoy solo. Bien solo esta vez, entre los demás. Nadie me comprende. Los mejores amigos han manifestado su oposición. Se me han puesto frente a frente. Todos los planes están en peligro. Todo se ve oscuro. Estoy solo. Enteramente solo. La puerta acaba de cerrase después de la última conversación dolorosa. El último amigo ha partido, después de haber puesto brutalmente su yo, en contra mía. Y, sin embargo, sería necesario, para realizar la empresa comenzada, que todos los amigos estuviésemos juntos, todos juntos en comunión. Se avanzaba apenas, el naufragio a cada momento parecía inminente. Estoy solo. Bien solo. Y he aquí que Dios entra, y estrecha el alma, la levanta, la confirma, la consuela y la llena. Ya no estoy solo. Y los otros volverán también, sin mucho tardar, y no abandonarán el trabajo rudo, el barco no naufragará. Vamos al trabajo, dulcemente, a las cartas, a la lectura, a corregir, a escribir. La vida todavía es bella y Dios está allí.

Reflexión personal, noviembre de 1947

Eucaristía y felicidad

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación, de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario. Toda santidad viene del sacrificio del Calvario, él es el que nos abre las puertas de todos los bienes sobrenaturales. Todas las aspiraciones más sublimes del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía. ... ... ¡Oh, si fuéramos a la Misa a renovar el drama sagrado, a ofrecernos en el ofertorio con el pan y el vino que van a ser transformados en Cristo pidiendo nuestra transformación! La consagración sería el elemento central de nuestra cristiana. Teniendo la conciencia de que ya no somos nosotros, sino que tras nuestras apariencias humanas vive Cristo y quiere actuar Cristo... Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda, traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos, como Cristo se dio a nosotros. A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para "por Cristo, con Él y en Él" realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad... Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás: ¡Eso es comulgar!

La Eucaristía y las aspiraciones del hombre