La Humanae Vitae 40 aÑos despuÉs

Monseñor Fernando Chomali G.



1. Introducción


Hace cuarenta años Pablo VI escribió una encíclica que no dejó indiferente a nadie: La Humanae Vitae (HV). Lo hizo después de escuchar el informe de la Comisión creada por Juan XXIII para tratar los temas relativos a la regulación de la natalidad, de meditarlo largamente y de rezarlo asiduamente. Esta encíclica surge de la misma misión que el Señor le ha confiado al sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, por lo que la escribe en virtud del mandato confiado por Cristo (HV 6), a la luz de la competencia que el Magisterio posee en esta materia dado que está estrechamente ligada al destino de los hombres (HV 3), y con el fin de que el Magisterio dé respuesta a estos graves problemas (HV 1, 4, 6). El Papa pide a los católicos que la conozcan en profundidad, que la hagan suya y que encuentren los medios para darla a conocer con toda su riqueza. Pablo VI pide especialmente a los sacerdotes ser los primeros en dar ejemplo de obsequio leal, interna e externamente al Magisterio de la Iglesia en el ejercicio de su ministerio, planteando, además que este obsequio es obligatorio. Los exhorta, también a que todos en el plano de la moral y el dogma se atengan al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo. A los obispos, les pide que consideren la misión de salvaguardar la santidad del matrimonio como una de sus responsabilidades más urgentes en el tiempo actual (HV 28).
Al Papa lo mueve el convencimiento de que esta Encíclica es una contribución a la instauración de una civilización verdaderamente humana, pues es una invitación a no abdicar a la propia responsabilidad para someterse a los medios técnicos (HV 18). Esta carta Pontificia tiene como punto de partida la ley natural y postula que el tema de la natalidad hay que considerarlo a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y
terrena sino también sobrenatural y eterna (HV 7). En efecto, reconoce que la donación de los esposos está ordenada a su perfeccionamiento mutuo y para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas (HV 8). El Papa tiene claro que esta enseñaza tan contestada es signo de contradicción, como lo fue Jesucristo, al que debe ser fiel. A la luz de lo recientemente planteado podemos hacernos algunas preguntas y sacar algunas conclusiones. La primera pregunta:¿los católicos han leído la Encíclica, la han meditado, ha sido fuente de oración, de reflexión? Creo que no. Se han quedado con algunos comentarios que han puesto el acento en lo que prohíbe más que en que lo que propone. Para quienes enseñamos teología moral y estamos constantemente en torno a estos temas, esto constituye un gran dolor, dado que la encíclica se comprende restrictivamente y justamente lo que quiere es ensanchar el amor humano a un ámbito que trasciende al de los propios esposos: el teologal. Hay una estrecha relación existente entre la vocación al matrimonio y el querer de Dios manifestado en las leyes que la naturaleza lleva inscrita. La otra pregunta es la siguiente ¿es posible reflexionar acerca de qué significa la sexualidad humana, sin antes meditar acerca de qué significa ser hombre, qué significa ser mujer y cuál es el sentido más propiamente humano de su condición de hombre o mujer? Claramente la encíclica tiene la gracia de partir de una antropología que resulta muy hermosa y de una visión del ser humano que lo reconduce a la fuente misma de su vida, Dios, y que no se encierra en sus propios deseos. ¿Por último, existe una verdad acerca del ser humano que está íntimamente unida a su condición de sexuado, acerca de la sexualidad humana, la que me corresponde conocer y hacer mía, o serán los impulsos que nos dirán qué significa ser sexuado y su significado? Esta encíclica lo que hace es reconducir el tema de la fecundidad humana y el don de los esposos 2 a su vocación última, al amor, como fuente de realización personal y felicidad cuando se vive en toda su verdad.

2. Consideraciones en torno al amor humano

Pablo VI habla del amor conyugal, es decir, del encuentro del hombre y de una mujer que se prometen constituirse de modo indisoluble y para toda la vida en una comunidad de vida y amor. Este amor tiene características que le son propias y que han de estar presentes justamente para vivirlo en plenitud. En primer lugar es plenamente humano; ello significa que considera al hombre y a la mujer en su condición corporal y espiritual. Adquiere talante humano cuando la entrega es total y abraza a todo el ser. Por lo tanto, el vínculo es plenamente humano cuando es entrega de dos personas con lo que son, y ello obviamente incluye su capacidad fecundante. Juan Pablo II lo decía de forma admirable al plantear que “el amor abraza también el cuerpo y el cuerpo expresa igualmente el amor espiritual” (FC 21). Así entendida la sexualidad humana no es una relación meramente biológica, sino que llega al
núcleo íntimo de la persona. Así, la sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. Es evidente que esta comprensión de la sexualidad humana resulta hermosa y sin duda alguna que reivindica con fuerza la dignidad de la persona humana en cuanto tal, cuerpo y espíritu. Eso es un gran valor expresado en este documento pontificio. En segundo lugar es total. El amor total significa que el amor es al otro en cuanto tal y no en cuanto me produce algún tipo de beneficio. Es un amor que va a la raíz de la persona, a su interioridad. Es muy hermoso saberse amado por el sólo hecho de ser y de encontrar alegría por sólo hecho de ser fuente de enriquecimiento del otro. En efecto, el amor es auténtico no ya cuando se vive junto al otro sino que para el otro. Ese amor integrando la dimensión del eros propia del encuentro del hombre con la mujer conduce al ágape, es decir, al amor de gratuidad.3 En tercer lugar es fiel y exclusivo. Esta nota del matrimonio postula una visión positiva del hombre en cuanto capaz de comprometerse, capaz de ser fiel a la palabra empeñada a la que le reconoce un alto valor en cuanto involucra su libertad, su racionalidad y sus sentimientos. Es evidente que este atributo del matrimonio surge de la dignidad de la persona humana y de su condición de fin y no de medio, de su condición única e irreemplazable. Pablo VI invita a observar a muchos matrimonios que han perseverado en la palabra empeñada ante Dios y la comunidad y que ello ha sido fuente de felicidad profunda y duradera. Como podemos apreciar, la fidelidad responde de mejor manera al valor que se le atribuye a la persona que se ama en su unicidad. Por último, abierto a la vida, es decir, fecundo. El amor de los esposos goza de tal dignidad que está llamado a ser fuente de vida. La vida que surge de este encuentro gozoso de dos personas que se aman, que son iguales en dignidad y complementarias en su condición de hombre y mujer trasciende su propio yo, su propio nosotros para dar vida, siendo esa vida el don más excelso del matrimonio y que se constituye en el lugar por excelencia para que se pueble la tierra. El niño, cuando surge como nota característica del amor esponsal, será siempre una bendición y no alguien de quien me tengo que defender porque constituye una amenaza. La apertura al don es apertura al otro en cuanto otro, con todo su ser. A la luz de lo señalado se percibe el error que se comete al comprender la encíclica Humanae Vitae como un conjunto de restricciones. Lo que ésta hace es abrir la condición sexuada del hombre a la dimensión más profunda de su ser y de su vocación al amor. Y postula que la sexualidad humana es humana y que auténticamente hace relucir lo mejor de lo que el hombre es, cuando alcanza su plena verdad y su significado en cuanto expresión de la donación total y fiel del hombre y de la mujer hasta la muerte. Así ésta ejerce una función ministerial, de servicio al amor de los esposos y a la vida. En definitiva, es desde el amor al otro en cuanto otro, sin condicionamientos de ningún tipo, que comprende 4 adecuadamente su condición de sexuado. Ello por cierto que requiere un trabajo de los cónyuges que puede tomar toda la vida pero vale la pena, sin duda alguna. Por otra parte, desde la perspectiva del niño, es muy hermoso saberse fruto del amor total, fiel, exclusivo y que han visto los esposos en el embarazo, en esa nueva vida una bendición que surge de dicho amor. Desde esta perspectiva, el bien de la persona es el don de sí y aceptación del otro en tu totalidad unificada. Por ello, que dejan de ser dos y se convierten en una sola carne. Así el otro se siente amado por lo que es, considerado en todas sus dimensiones corporal, psíquica, social y espiritual y con capacidad de dar vida. No sin razón Juan Pablo II en la Exhortación Familiaris Consortio postula que “el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco `conocimiento` que les hace `una sola carne` no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo (FC 14).


3. ¿Con qué cultura se encontró el Papa Pablo VI que dificultó la comprensión de su Encíclica?

Creo que la primera nota característica de la cultura en la que seinserta esta enseñanza es una concepción errada de la libertad, la que prescinde absolutamente de la verdad y del bien. La libertad ha adquirido un estatus de valor absoluto; se ha comprendido, más bien, como un liberarse de todo lo que viene desde fuera más que de comprometerse con la propia verdad y la de los demás. Desde esta perspectiva, el matrimonio pierde valor al ser sustituido por la autodeterminación de las personas, de modo especial a sus sentimientos o deseos. ¿Acaso no es aquí dónde radica la aceptación y reconocimiento social de agregaciones afectivas entre personas del mismo sexo, y la posibilidad de adoptar hijos, como acontece en algunos países? Detrás de esta visión, existe un gran escepticismo 5 frente a la posibilidad de conocer la verdad y la negación de que la realidad lleve inscrita una verdad anterior a mi pensamiento. Si se niega la naturaleza del hombre y de la mujer y su originalidad, claramente el mensaje de la Humanae Vitae es difícil de comprender. En segundo lugar, estamos insertos en una cultura donde el hombre ya no gira en torno a Dios en cuanto Creador y fundamento de su ser, sino que gira en torno a sí mismo. La ciencia y la tecnología se comprenden como una aliada para que el hombre pueda ejercer poder sobre la naturaleza en función de sus deseos. Hoy el hombre ya no sólo ejerce poder sobre la naturaleza sino que sobre sí mismo y él decide lo que quiere hacer, cómo lo quiere hacer, cuándo lo quiere hacer, olvidando que es una creatura, y por lo tanto, no posee un señorío absoluto sobre sí. El mundo, los otros, dejan de ser un don al que yo le debo respeto, que suscita estupor y me invita a contemplar sino que se concibe como mera posibilidad de ejercer poder. Poder de abrirme a la vida o cerrarme a ella. Poder de decidir sobre los ritmos que la naturaleza me ha impuesto y que en vez de leer su significado más profundo prefiero alterar. En definitiva, asistimos a una situación en la que la relación del hombre con el mundo y consigo mismo es de orden utilitarista. Espero que no se entienda esta afirmación como una actitud anticientífica, no. Entiéndase en el sentido de que la ciencia está al servicio del hombre para ayudarlo a ser más, pero no para alterar su condición primaria y original inscrita en su naturaleza. De hecho, la ciencia, si bien es cierto, puede que esté en condiciones con su método y autonomía que le es propia, descifrar aspectos de la realidad, incluido el hombre, ha de reconocer que es incapaz por sí sola de desentrañar su sentido y su razón de ser. Es interesante lo que dijera Juan Pablo II en un discurso dirigido a los miembros de la Academia Pontificia para la Vida reunidos el año 1995: “la armónica composición de la
visión y los resultados de las ciencias positivas con los valores éticos y los horizontes de la antropología filosófica y teológica constituyen una urgencia primaria en los umbrales del tercer milenio”.6 En tercer lugar, no ha ayudado a comprender el documento Pontificio un marcado acento en los aspectos sensibles del ser humano. Pareciera ser que la subjetividad como valor absoluto ha dificultado un pensar auténticamente racional que permita centrar la atención en los aspectos objetivos de la realidad a la que podemos acceder mediante la razón.

4. ¿Qué ha pasado cuando se ha separado por una parte, los encuentros sexuales del matrimonio, y por otra, la dimensión procreativa de la unitiva?


En realidad, la experiencia de la separación de la actividad sexual de la vida matrimonial no ha sido buena. Es lamentable apreciar tantos niños, amables por cierto, que sienten el dolor de no contar con un padre en la casa. Son muchas las madres solteras que de forma heroica sacan adelante a sus hijos, pero no podemos desconocer que éstos, en virtud de la ausencia de padre, tienen una carencia y que muchas veces los marca para toda la vida. Esta encíclica es, por cierto, también un llamado a la responsabilidad, especialmente de los hombres. Actuar pensando que la actividad sexual es una cosa independiente de la procreación ha llevado a que muchas personas sientan el peso de no haber sido deseados. Qué tristeza, a la luz de la dignidad de la persona humana, saberse fruto de un método fallido, de un encuentro casual, de los instintos o de las pasiones y no del amor conyugal y todo cuanto ello implica. Creo que fue muy sabio y profético el habernos recordado la encíclica Humanae Vitae que la sexualidad es un bien inmenso cuando se vive en el contexto del matrimonio y que está abierto a la vida. Sabemos que muchos abortos provienen de los llamados embarazos no deseados y ellos son fruto de relaciones sexuales al margen de la vida matrimonial. Sabemos también que la separación del matrimonio de la sexualidad y la sexualidad de la procreación ha llevado a que el deseo de tener un hijo prevalezca por sobre el derecho que tiene todo ser humano a ser concebido en el contexto del amor conyugal, llevado en las entrañas de la madre y educado por sus padres. Hoy son muchos los 7 embriones que se hallan congelados o desechados como mero material biológico, fruto de esta separación que el Papa Pablo VI declaraba que no se podía hacer por no responder al plan querido por Dios para con el hombre. Otro aspecto de la cultura hodierna que dificulta vivir la Encíclica, radica en la banalización de la sexualidad humana y del cuerpo humano. Lamentablemente potentes medios de comunicación social
apelan a los instintos del hombre para vender sus productos, haciendo del cuerpo de la mujer un producto que se compra y de la sexualidad humana un lugar de recreación, pero desprovisto de verdad y de significado.

5. La Humanae Vitae se entiende a la luz de una adecuada educación al amor que, lamentablemente, está ausente en la familia como en la escuela


En Chile ha habido varios intentos de educación sexual. En realidad el concepto es pobre y la mayoría de las veces han terminado siendo clases de cómo evitar un embarazo o enfermedades de transmisión sexual. En realidad eso es muy pobre. La verdadera educación que hay que promover es la educación al amor, lo que implica renuncia de sí y apertura al otro. Esta educación es tarea prioritaria de los padres. A ellos les corresponde llevar adelante el hermoso itinerario pedagógico en el cual se le enseña a los niños y jóvenes a valorarse en cuanto tal y a descubrir allí una gran riqueza al servicio de la vida y del amor y no del egoísmo. En la medida que ese diálogo se dé en el hogar en un contexto de respeto y aprecio mutuo, será posible una generosa educación a la castidad. Ello requiere educar un sano espíritu crítico y sobre todo comprenderse como un proyecto por realizar a la luz de lo que somos, usando las mismas palabras de Pablo VI “a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna” (HV 7). No tengamos miedo a hablar del valor extraordinario de la castidad como gran posibilidad de integración personal, madurez afectiva y posibilidad de un amor respetuoso del 8 otro. Una de las prioridades de los colegios católicos es educar al amor. Benedicto XVI en el discurso que pronunciara a los educadores católicos en su reciente viaje a Estados Unidos planteaba que “es especialmente inquietante la reducción de la preciosa y delicada área de la educación sexual a la gestión de “riesgo”, sin referencia alguna a la belleza del amor conyugal”.

6. ¿La Iglesia enseña que los esposos han de tener todos los hijos
que biológicamente estén capacitados para dar?

La respuesta es no. Nunca ha dicho la Humanae Vitae que ha de ser así. La encíclica acuña un término muy hermoso, paternidad responsable que implica: En primer lugar, conocer los procesos biológicos en cuanto forman parte de la persona. En segundo lugar, el predominio de la razón y la voluntad por sobre los instintos. En tercer lugar, deliberar ponderada y generosamente el número de hijos, si espaciarlos por algún tiempo o no tenerlos, a la luz de las condiciones físicas, económicas, sicológicas y sociales del matrimonio (HV 10). Paternidad responsable implica respetar el orden de la naturaleza en cuanto que Dios mismo ha puesto leyes y ritmos que por sí mismo distancian los nacimientos (HV 11). Ello exige, por tanto, no cerrarse a la vida mediante un acto positivo, es decir, hacer infecundo un acto que de suyo puede ser fecundo, sino que, ponderada responsablemente la conveniencia de tener otro hijo excluir los actos sexuales en períodos fértiles. En este caso, los cónyuges siguen la disposición natural pero no se cierran de suyo y en sí a la vida. En el caso de métodos artificiales, hay una acción positiva en la cual un aspecto de la persona y de la relación se
cercena: la capacidad fecundante. El don de sí y la acogida del otro en este caso queda dañado porque no se acepta parte de su ser, de su humanidad, lo que daña el matrimonio. En un discurso pronunciado por Benedicto XVI en el Congreso internacional sobre la actualidad
de la Humanae Vitae. Es evidente que seguir la enseñanza de esta encíclica implica sacrificios, a veces heroicos; sin embargo, ello lejos de ser un obstáculo para la vida de los esposos se constituye en 9 una gran fuente de enriquecimiento mutuo de gran valor y los abre a una vida confiada a Dios. Benedicto XVI plantea que “como creyentes, no podríamos permitir nunca que el dominio de la técnica infecte la calidad del amor y el carácter sagrado de la vida”.

7. ¿El recurso a los periodos infecundos sería “el anticonceptivo católico”?

Es evidente que la continencia periódica podría ser considerado como un método anticonceptivo más si se usa para evitar embarazos y su uso no toma en cuenta la dimensión ética del acto conyugal como expresión de amor fiel y abierto a la vida. Reducir los llamados métodos naturales a una forma de evitar una nueva vida es equivocada. La verdad es que en su sentido más profundo los llamados métodos naturales no son un método anticonceptivo. Lejos
de eso. Es un método de diagnóstico que permite reconocer los períodos fértiles de la mujer y por lo tanto permite hacer un discernimiento por parte de los esposos respecto de tener o no relaciones sexuales, ponderadas su realidad económica, sicológica y social, frente a la posibilidad de un nuevo embarazo. Por lo tanto aquí no hay un acto positivo que hace infértil un acto de suyo fértil sino que sencillamente no se tienen relaciones sexuales. Si se tienen relaciones sexuales cuando la mujer es infértil, en este caso el acto lo hace infértil la realidad de la mujer y no una acción positiva del hombre. Esta forma de vivir la sexualidad humana sin separarla de suyo de la apertura a la vida demuestra un gran amor. En efecto se acepta al otro en su fecundidad y se cambia la conducta sexual. Los métodos anticonceptivos no cambian la conducta sexual. De alguna manera implica la no aceptación del otro en su capacidad fecundante la que es obligada a alterar mediante métodos artificiales. Esta posibilidad exige claramente que la pareja iluminen su amor por la razón y la razón sea penetrada por el amor. Dicho con las palabras hermosas de Guillermo Saint Thierry en su libro Naturaleza y grandeza del amor: Si la razón instruye al amor, y el amor ilumina la razón, si la razón se convierte en amor y el amor se mantiene dentro 10 de los confines de la razón, entonces ambos pueden hacer algo grande”.

8. ¿Qué implica vivir esta doctrina?

Sin duda alguna que implica vivir las relaciones al interior del matrimonio de un modo en el cual la comunicación es relevante dado que implica sacrificios, tal como lo reconoce el mismo
Pontífice al plantear que “no sería posible actuarla sin la ayuda de Dios que sostiene y fortalece la buena voluntad de los hombres”. Además, implica un conocimiento mutuo más profundo y un respeto respecto de los ritmos de cada cual mucho más agudo. Además implica el dominio de sí mismo. Saber esperar lejos de empobrecer el amor lo engrandece. El Pontífice dice al respecto que, considerando la debilidad humana, bien podría acontecer que “el hombre habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico o psicológico, llegase a considerar como simple
instrumento de goce egoístico y no como compañera, respetada y amada”. Si hay algo en lo que estamos de acuerdo es que no por el hecho de que haya mucha actividad sexual de suyo hay mucho amor. Hay testimonios maravillosos de personas que por amor se han abstenido de relaciones sexuales, por ejemplo en el caso de enfermedad de uno de los cónyuges. Y otros tantos testimonios de personas que se sienten usadas al vivir experiencias sexuales al
margen de todo compromiso.

9. Algunas consideraciones finales

Es evidente que seguir la enseñanza de esta encíclica implica sacrificios, a veces heroicos; sin embargo, ello lejos de ser un obstáculo para la vida de los esposos se constituye en una gran
fuente de enriquecimiento mutuo de gran valor y los abre a una vida confiada a Dios. En esta perspectiva, quisiera dar gracias por aquellos matrimonios que han sido fieles a la enseñanza de la 11 Iglesia. Estoy cierto que ven en cada uno de sus hijos un inmenso don de Dios y que los sacrificios que ha implicado vivir fielmente esta enseñanza los ha llevado a una mayor comunicación entre ellos y confianza en Dios. A ellos muchas gracias, sobre todo hoy cuando
el mundo más que maestros necesita testigos. También me quiero dirigir a aquellos matrimonios que viven con gran dificultad la enseñanza de la Iglesia, ya sea porque no la comprenden o porque sencillamente no le encuentran sentido privarse de actos sexuales
cuando la ciencia ha logrado que sean infecundos. A estas personas les pido que lean la encíclica nuevamente y que conversen seriamente acerca de ella. Estoy cierto que encontrarán nuevas luces para comprender la gran sabiduría que hay en ella. A las mujeres que por distintas razones no pueden vivir esta enseñanza, muchas veces porque los propios esposos se niegan a acogerlas, sólo les puedo decir que recurran a la oración, al sacramento de la
reconciliación y sobre todo háganse ayudar por la comunidad y las personas que han recorrido este camino. Por último, quienes van caminando por la senda propuesta por la Iglesia les digo lo mismo que Pablo VII escribiera en su carta “invoquen con acción perseverante la ayuda divina; acudan sobre todo a la fuente de la gracia y caridad en la Eucaristía” y a quienes los sorprendiese el pecado “…no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia” (HV25).
Por último a los sacerdotes, les recuerdo que sobre ustedes grava una gran responsabilidad en relación a estos temas que tocan aspectos tan delicados de la vida de las personas, los matrimonios y las familias. No olviden ser claros al enseñar la doctrina y misericordiosos con las personas y ayúdenlas mediante una adecuada pedagogía a que se acerquen cada vez más a esta hermosa propuesta que la Iglesia hace a través de este extraordinario Papa como lo fue Pablo VI y que ha hallado gran eco tanto en Juan Pablo II como en Benedicto XVI.

SANTIAGO, septiembre de 2008.