«EL SEÑOR ME CONCEDIÓ UN PADRE Y UNA MADRE MÁS DIGNOS DEL CIELO QUE DE LA TIERRA», por Bernardita M. Cubillos.

La reciente beatificación el 19 de octubre pasado de los padres de Santa Teresita de Lisieux, Louis Martin y Zélie Guerin, rinde testimonio de la llamada universal a la santidad en medio de la vida cotidiana. Basta contemplar cómo en un pequeño pueblito francés creció inadvertidamente para la mayoría de los hombres la que Pío X llamó «la santa más grande de los tiempos modernos». Mientras el mundo se debatía entre guerras y en un ambiente de progresismo cientificista, Dios se encargaba de resguardar con especial predilección a una familia de santos cuya silenciosa vida sería decisiva. Como en un bello jardín, las semillas sembradas por las manos de un matrimonio santo relucen en sus frutos más próximos, en este caso cinco hijas, todas entregadas a una vida religiosa y en particular Teresita, doctora de la Iglesia, quien cautivó al mundo con sus enseñanzas en torno a la infancia espiritual como camino de santidad.

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