Domingo X del Tiempo Ordinario

“Dijo Jesús a Mateo: ‘Sígueme’. Él se levantó y lo siguió”

I. LA PALABRA DE DIOS

Os 6,3-6: “Quiero amor, y no sacrificios”

Esforcémonos por conocer al Señor:
su amanecer es como la aurora,
y su sentencia surge como la luz.
Bajará sobre nosotros como lluvia temprana,
como lluvia tardía que empapa la tierra.
“¿Qué haré de ti, Efraín?
¿Qué haré de ti, Judá?
Su amor es como nube mañanera,
como rocío matinal que se evapora.
Por eso los herí por medio de los profetas,
los condené con la palabra de mi boca.
Porque yo quiero amor, y no sacrificios;
conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Sal 49,1 y 8.12-13.14-15: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”

Rom 4,18-15: “Esperando contra toda esperanza, creyó”

Hermanos:

Abraham, esperando contra toda esperanza, creyó, y llegó a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: Así será tu descendencia.

No vaciló en la fe, aun dándose cuenta de su cuerpo ya sin vigor –tenía unos cien años–, y el seno de Sara, igualmente estéril. Ante la promesa de Dios no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, lo cual le valió la justificación.

Y no sólo por él está escrito: “Le valió”, sino también por nosotros, a quienes nos valdrá si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Mt 9,9-13: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”

En aquél tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:

-”Sígueme”.

Él se levantó y lo siguió.

Y, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron a comer con Él y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:

-”¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?”.

Jesús lo oyó y dijo:

-”No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, aprendan lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

II. APUNTES

El Evangelio de este Domingo comienza describiendo el llamado de Mateo de un modo absolutamente escueto: “vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. El se levantó y lo siguió” (Mt 9,9).

Dice el evangelista que Mateo estaba “sentado al mostrador de los impuestos”, por tanto, era un publicano, es decir, un judío que trabajaba en recolectar los impuestos que Israel, como pueblo sometido, tenía que pagar al César. Los publicanos eran odiados por su pueblo porque trabajaban para los paganos. Los judíos a menudo usaban el término publicano como sinónimo de pecador.

En los días en que Roma dominaba y controlaba Palestina estuvo en vigor un sistema que arrendaba el derecho de cobrar los impuestos sobre importación y exportación, el comercio interior, y diezmos sobre la agricultura para el César. El grupo de los “publicanos” —término que procede del latín publica, que significa “cosas públicas” debido a que se encargaba de recolectar las rentas públicas— garantizaban al César una cierta cantidad de dinero por las contribuciones; y luego, teniendo el monopolio de la cobranza, cobraba más de lo necesario para asegurarse una buena ganancia en la transacción. La riqueza de los publicanos provenía de los abusos e injusticias que este sistema permitía (ver Lc 3,12-13; 19,2ss). El pueblo judío aceptaba este sistema como un mal necesario, aunque se entiende el fuerte resentimiento que existía contra del pago de contribuciones a un gobierno gentil así como contra quienes ejercían el oficio de recolectar las contribuciones para los romanos. Por todo ello los publicanos eran considerados por los fariseos como grandes pecadores, hombres que Dios mismo rechazaba y que —mereciendo el mismo rechazo que las prostitutas— jamás podrían formar parte del Reino de Dios (ver Mt 21,31).

El otro nombre de este despreciado publicano era Leví (ver Mc 2,14). ¿Fue acaso el nombre que el Señor Jesús le confirió, como lo hizo en el caso de Simón, a quien llamó Pedro-Piedra? No hay como saberlo. Lo cierto es que Mattija significa “Don de Yahveh” y sin duda es eso lo que el Señor Jesús “al pasar” ve en este hombre que aquél día trabajaba en su oficina de impuestos cerca de Cafarnaúm, sobre el camino de Damasco a Acre. La mirada del Señor va a lo profundo. Allí donde “los justos” no ven sino un miserable pecador y un maldito de Dios, el Señor Jesús ve un Don de Dios. Don de Dios es su vida, Don de Dios es también la vocación con la que está sellado desde el momento de su misma concepción: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí» (Jer 1,5). A los ojos del Señor, ni siquiera su condición de pecador puede borrar o destruir el Don inmenso que significa su vida y su vocación. Él ha venido a llamar a Mateo —y a cada ser humano— a salir de su situación de pecado, a tomar conciencia de ese inmenso Don de Dios que es él mismo y a responder decididamente a la grandeza de su dignidad y vocación.

Al escuchar aquél “sígueme” Mateo responde de inmediato: “él se levantó y lo siguió”. Aquél “sígueme” era una invitación a ir tras Él, a unirse a Él, a acompañarlo y convertirse en discípulo, a «hacer camino» con Él.

La inmediata respuesta de Mateo habla acaso de una experiencia de vacío interior y de un hambre profunda. Mateo lo tenía “todo”, tenía mucho dinero y todo lo que eso trae consigo: poder, placeres, “éxito”, etc. A cambio experimentaba no sólo el desprecio de los fariseos, pero más aún la lejanía de Dios. Él se sabía un pecador, se consideraba indigno de Dios y de su misericordia. ¿Quién es capaz de ver el gran drama interior en el que vivía Mateo? Le hace sufrir su lejanía de Dios, todo lo que tiene no responde a su sed de Infinito, le “quema” su vocación grabada en lo profundo de su ser... pero hundido en su pecado, rechazado por los hombres de Dios, no puede sino seguir en lo mismo, cada día, caer más hondo y más profundo en su vacío y soledad, sin que para él haya salida alguna. He aquí que pasa un día el Señor Jesús, ya famoso por aquellos lugares, y se le acerca, posa en él su mirada, una mirada penetrante que conoce las profundidades de la persona, una mirada cargada de amor y misericordia…

¿Qué ve el Señor Jesús en Mateo? Ve su hambre de Dios, ve su necesidad de misericordia y reconciliación para volver al Padre, ve la huella de su vocación grabada con un fuego divino en lo más profundo de su ser. Aquél “sígueme” es la oferta que el Señor hace a un hombre en búsqueda profunda, una oferta de liberación y reconciliación, una oferta de perdón, una oferta a hacer de su vida algo grande y hermoso, un Don de Dios para los demás. ¡El Señor Jesús al llamarlo le ofrece aquello de lo que Mateo andaba tan necesitado, aquello que tanto andaba buscando, aquello que anhelaba en lo más profundo de su ser! Por ello Mateo no duda en seguirlo inmediatamente, en dejarlo todo para responder a su insatisfacción, para responder a la necesidad que tiene de llenar su vacío interior, para responder a la necesidad de Dios y saciar su hambre de infinito, para responder a ese misterioso llamado interior que experimenta vivamente como un fuego incontenible (ver Jer 20,9).

Mateo lo sigue. El Señor se manifiesta a él, dialoga con Mateo, responde a su hambre interior, a sus inquietudes y angustias, a su sed de infinito. El gozo de haberse encontrado con Él, de haber sido hallado por Él, le lleva a querer compartir su gozo y alegría con sus amigos, y qué mejor que celebrando una cena. La cena, en la mentalidad oriental, además de ser un modo de celebrar un gran acontecimiento, es expresión de acogida de un forastero en el círculo familiar o de amistad, es signo de compromiso y comunión. El Señor acepta la invitación de Mateo y se sienta a la mesa con los amigos de Mateo, publicanos como él, hombres que desde la perspectiva de los escribas y fariseos eran lo peor de la sociedad, pecadores públicos, los más dignos del rechazo y de la ira de divina.

Los fariseos condenan la actitud del Señor Jesús y expresan su reproche a los discípulos: “¿Por qué come vuestro maestro con publicanos y pecadores?”. Los fariseos (del hebreo parash, que significa “aparte, separado”) tenían por ideal un Israel santo, puro. Se tenían por justos ante Dios porque cumplían con los preceptos de la Ley y despreciaban a quienes no cumplían tales preceptos (ver Lc 18,9), manteniéndose separados de los pecadores o impuros, evitando todo contacto con ellos para no incurrir en impureza legal. ¿Cómo puede un Maestro sentarse a la mesa con pecadores públicos? ¿Cómo podía, quien decía que venía de Dios, juntarse con lo impuro? ¿Cómo podía ser «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19; ver también Lc 19,7)? Por otro lado, ¿acogiéndolos y comiendo con ellos no estaría aprobando su pecado? Para los fariseos el comportamiento del Señor resultaba tremendamente escandaloso.

El Hijo de Dios responde a la crítica afirmando sencillamente que “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos… que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.”

Llama sanos a los fariseos y a aquellos que como ellos consideran que son justos y puros porque cumplen con la Ley, porque consideran que no tienen pecado (ver Lc 18,11-12), porque creen que no necesitan del Señor para alcanzar la justificación (ver 2ª. lectura) sino que se pueden salvar por sí mismos. Cuando dice que ellos no necesitan de médico afirma que se excluyen a sí mismos de la acción reconciliadora del Señor quienes por sus obras se consideran justos y no necesitados de la redención. Llama enfermos a aquellos que se reconocen pecadores, enfermos del espíritu, y por ello humildemente acuden a Dios para buscar el perdón, la justificación y salvación (ver Lc 18,13-14). Ellos encontrarán en el Señor la salud, pues Él ha venido a sanar las heridas, a recuperar a la oveja perdida, a perdonar los pecados, a reconciliar al hombre con Dios. El Señor, respetando la libertad de cada cual, sólo puede sanar a quien se reconoce humildemente pecador y necesitado de la reconciliación.

Al responder a los fariseos que lo critican por comer con publicanos y pecadores el Señor los invita a aprender lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”. Esta sentencia pertenecía a los escritos proféticos (Os 6,6; 1ª. Lectura) y por lo tanto el Señor, remontándose más allá de la tradición rabínica, se enlazaba con la de los antiguos profetas. Dios pedía a su pueblo, a través de los profetas, una conversión interior y una actitud de misericordia y amor al prójimo antes que el cumplimiento de formalidades rituales externas. Tal sentencia era muy provocativa: tomada literalmente plantearía una abolición de las observancias fariseas. Mas es otro el sentido que el Señor le da: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello» (Mt 23,23).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

“Dios es amor” (1Jn 4,8,16), escribe San Juan aleccionado por el Señor Jesús, luego de haber experimentado Él mismo el amor divino en toda su magnitud, un amor que en Cristo se hace extrema misericordia para con su criatura humana: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16, ver 13,1).

Dios es «rico en misericordia» y nos amó con grande amor (ver Ef 2,4), escribe por su parte San Pablo, habiendo también él experimentado en sí mismo el misterio del amor divino y la profunda misericordia con la que Dios se inclina ante la miseria humana para sanar al hombre, reconciliarlo y elevarlo nuevamente a su verdadera grandeza y dignidad humana (ver 1Tim 1,13.16).

También nosotros, por Jesucristo, hemos conocido el amor inaudito que Dios nos tiene y hemos experimentado la insondable riqueza de su misericordia.

Y ahora, ¿qué nos pide Dios a cambio de su misericordia? ¿Qué quiere de mí? Pues no quiere otra cosa sino que acoja ese amor en mí y sea yo misericordioso/a con los demás. Sí, eso es lo que Dios quiere de mí: que ame como Él, con Su mismo amor, y llegue a ser así un vivo reflejo de su misericordia para con todos los hombres. Y más aún, ¡Dios quiere que abriéndome a su amor llegue a transformarme en amor y misericordia yo mismo/a!

¿Cuántas veces nos erigimos en acusadores, jueces inmisericordes y verdugos de nuestros hermanos humanos? ¿Cuántas veces no vemos sino el pecado, la ofensa, el defecto, y rechazamos a la persona porque no somos capaces de “ir más allá” y de superar “lo que a mí me molesta” o a mí me parece “digno de castigo”? ¿A cuántos pecadores habrá rescatado y convertido el Señor Jesús del sendero equivocado por su actitud misericordiosa? ¿A cuántos, por nuestra falta de misericordia, por nuestro afán de hacer “justicia”, por creernos buenos y religiosos, condenamos de pensamiento o palabra, “apedreamos” con nuestras actitudes o acciones, dejamos que se hundan o los hundimos más en su miseria por nuestra falta de misericordia?

Miremos a Cristo y aprendamos de Él, quien no ha venido a condenar sino a curar y a salvar. Él está siempre invitando al pecador a que cambie de conducta, a que se convierta, a que se reconcilie con Dios (ver 2 Cor 5,18-20), a que abandone el mal camino y lo siga a Él, quien es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6) de todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9). Esfuérzate en mirar a las personas que acaso rechazas con la mirada del Señor. ¡Mira como Cristo! ¡Mira siempre más allá de la apariencia, mira más allá del pecado, faltas o errores, mira la grandeza y dignidad de cada persona por la que Él derramó su Sangre! Procura ser tú con tus palabras y actitudes un reflejo de la misericordia de Dios para tocar los corazones humanos necesitados de “Médico”, necesitados del perdón y de la misericordia de Dios. ¡Que encuentren en ti a Cristo mismo!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Brilla aquí el poder del que llama porque no lo hace cuando el llamado trata de abandonar un oficio peligroso, sino que lo arrancó de esos mismos medios malos, como a Pablo de en medio de su locura. Por eso continúa: “y le dijo: sígueme”. Así como admiráis la virtud del que llama, admirad también la obediencia del que es llamado. Él no opone resistencia, no suplica volver a su casa ni manifestar su resolución a su familia.»

San Jerónimo: «San Agustín responde en este lugar a la acusación de Porfirio y Juliano. Estos sostenían que el evangelista se había equivocado al referir este hecho y que es una necedad de los discípulos de Cristo el haberle seguido tan precipitadamente sin tomarse tiempo alguno para reflexionar, como si pudieran, sin razón alguna, haber seguido a cualquier hombre. Mas no es así, porque está fuera de duda que los apóstoles antes de creer vieron una multitud de prodigios y de virtudes. Además, el brillo mismo y la majestad de la divinidad oculta, que tanto resplandecía en su aspecto humano, podían muy bien atraer al momento a todos cuantos le contemplaban. Si la piedra imán tiene fuerza para atraer al hierro, cuánto más el Señor de todas las criaturas podía atraer a sí a los que Él quería.»

San Agustín: «Nadie debe juzgar que Cristo ama a los pecadores por el sólo hecho de ser pecadores, además de que la comparación con los enfermos nos da una inteligencia clara de lo que Dios quiere llamando a los pecadores como el médico a los enfermos, esto es, librarlos del pecado como de una enfermedad.»

San Hilario: «Mas Cristo vino por todos los hombres: ¿cómo es que dice que Él no vino por los justos? ¿Es que había algunos que no tenían necesidad de su venida? Pero la Ley a nadie justifica y Él nos enseña la necia presunción de esta pretensión con respecto a la justicia, porque los sacrificios fueron establecidos para la salud de los enfermos. La Ley, al establecerlos, no prescindió de la necesidad que todos tenían de la misericordia.»

San Pedro Crisólogo: «“¡Come con los publicanos y pecadores!” Pero, ¿quién es pecador sino el que rechaza verse como tal? Dejar de reconocerse pecador ¿no es hundirse más en su propio pecado y, para decir verdad, identificarse con Él? Y ¿quién es el injusto sino aquel que se cree justo?... Vamos, fariseo, confiesa tu pecado y podrás venir a la mesa de Cristo; por ti Cristo se hará pan, ese pan que se romperá para el perdón de tus pecados: Cristo será para ti la copa, esa copa que será derramada para el perdón de tus faltas. Vamos, fariseo, comparte la comida de los pecadores y Cristo compartirá tu comida; reconócete pecador y Cristo comerá contigo; entra con los pecadores al festín de tu Señor y podrás no ser ya más pecador; entra con el perdón de Cristo en la casa de la misericordia.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

«Sígueme»

878: Cada uno [de los ministros de Cristo] ha sido llamado personalmente («Tú sígueme», Jn 21, 22) para ser, en la misión común, testigo personal, que es personalmente portador de la responsabilidad ante Aquel que da la misión, que actúa «in persona Christi» y en favor de personas: «Yo te bautizo en el nombre del Padre ...»; «Yo te perdono...».

«No he venido a llamar a justos sino a pecadores»

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

588: Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores tan familiarmente como con ellos mismos (Ver Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los «que se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18, 9), Jesús afirmó: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal, los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (Ver Jn 9, 40-41).

589: Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (Ver Mt 9, 13). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (Ver Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (Ver Lc 15, 1-2). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (Ver Jn 17, 6. 26).

El es el Médico

1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

 


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