¿Dios existe?

Por P. Rodrigo Polanco

Secretario Académico de la Facultad de Teología de la PUC


El libro que presentamos es fundamentalmente una transcripción literal de un debate acerca de la pregunta que da el título a esta obra: ¿Dios existe?, cuyos protagonistas son el entonces Cardenal Joseph Ratzinger y el filósofo Paolo Flores d’Arcais. El diálogo se llevó a cabo en el teatro Quirino de Roma, el 21 de febrero del año 2000, en el contexto del Jubileo a que había convocado el Papa Juan Pablo II con ocasión de cumplirse el segundo milenio de la encarnación del Verbo de Dios.
El debate, como era de esperar, suscitó mucho interés ya antes de su realización: el teatro estaba colmado de público y quedaron más de dos mil asistentes afuera, pero igualmente consiguieron seguir directamente el diálogo con la ayuda de un amplificador improvisado.
¿El motivo del interés? En primer lugar los dialogantes: el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, conocido por su competencia en temas de filosofía y teología y, particularmente, porque uno de sus mayores intereses ha sido precisamente el poder penetrar y comprender mejor la cultura actual y sus dificultades para aceptar el mensaje cristiano; y más específicamente, son conocidos sus numerosos trabajos acerca de la posibilidad y necesidad de la fe en un Dios personal que pueda fundar la cultura y la ética en el mundo contemporáneo. Hoy es nuestro Santo Padre Benedicto XVI, cuyo magisterio se ha visto claramente influenciado por estas preocupaciones. Se esperaban entonces de sus reflexiones, buenos aportes al debate actual.
Y el otro dialogante era Paolo Flores d’Arcais, filósofo y periodista, nacido en Udine, Italia, en 1944. Él se reconoce a sí mismo como ateo y es, en la actualidad, un referente intelectual en el ámbito de la cultura europea contemporánea. Es además el fundador y director de la revista de pensamiento Micromega, que publicó en su momento este diálogo (fue publicado además en Francia por la editorial Payot et Rivage, y en Alemania por la Wagenbach Verlag). Flores d’Arcais es un decidido impulsor de los valores cívicos de democracia e igualdad. Su ateísmo significa para él “simplemente considerar que todo se juega aquí, en nuestra existencia, finita e incierta. Y, por tanto, que son importantes los valores que se eligen en esta existencia, la coherencia entre los valores que se eligen y la propia conducta” (pág. 30).
Se puede apreciar de inmediato que, entre estos dos exponentes, hay puntos en común desde una diferencia fundamental, cosa que auguraba un debate que no debía defraudar.
El diálogo –y esta es la segunda razón del interés del libro–, que fue moderado de manera muy adecuada por Gad Lerner (un periodista italiano de religión judía), se desarrolló de manera intensa, muy honesta, a ratos incluso de manera incisiva, pero siempre con respeto a la opinión del otro y en una sincera búsqueda de la verdad. A la luz del debate fueron saliendo los clásicos argumentos en contra de la existencia de Dios, los cuales permitieron al Cardenal Ratzinger plantear con mucha claridad, no sólo la realidad de la existencia de Dios, sino también el por qué es hoy necesario y, sobre todo, racional (es decir, adecuado a una razón moderna) creer en Dios.
El diálogo –transcrito en el libro de manera completa– se abre, fundamentalmente, con una afirmación que pone Flores d’Arcais y, que luego hará de hilo conductor del debate, porque precisamente es el núcleo de la discusión acerca de la existencia de Dios. Afirma, en efecto, Flores d’Arcais que la fe debe aceptar –siguiendo a San Pablo en su escándalo para la razón y luego en lo que se atribuye a Tertuliano como su credo quia absurdum (creo porque es absurdo [lo que creo])– que ella es respetable, tiene derecho a una ciudadanía, pero no es exigible ni puede tener la pretensión de ser aceptada por la razón, ya que “sus verdades” no las puede demostrar por la misma razón y que incluso eso no lo pretendió ni el mismo cristianismo primitivo, que se sabía una religión al margen de la razón (cf. pág. 30-31). Esta es una afirmación que, tal vez, muchos cristianos, a primera vista, suscribirían.
Pues bien, a partir de esa misma afirmación última, el Cardenal Ratzinger comienza su exposición demostrando, con datos históricos, exactamente lo contrario. El cristianismo, desde sus mismos orígenes, se planteó como una religión y una fe que ciertamente no era absurda, y que más aún, debía dar razón de su esperanza. La 1Pe dice precisamente “estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15). Los cristianos deben entonces estar en condiciones de demostrar el sentido profundamente racional de sus convicciones. De hecho, el cristianismo primitivo triunfó sobre las religiones paganas de su entorno, precisamente por la reivindicación  de su racionalidad. Ella, incluso, se presentó como filosofía, es decir, como respuesta a la búsqueda de la verdad, del logos del mundo. Ya en el año 150, Justino, filósofo y mártir cristiano, fundaba en Roma una escuela de formación cristiana, en donde se podía aprender reflexionar la fe, entendida como filosofía verdadera. Su conversión, lejos de alejarlo de la filosofía, lo hizo ser verdaderamente filósofo. Ciertamente, al entender el cristianismo como la filosofía perfecta, la filosofía que lleva a la verdad, “no se entendía entonces como una disciplina académica puramente teórica, sino también, y ante todo, desde una perspectiva práctica, como el arte de vivir y morir rectamente al que solo se puede llegar a la luz de la verdad” (pág. 15). Además, la pregunta por la verdad, por el logos de las cosas, era la pregunta de la filosofía, no de las religiones paganas de la época.
La convicción básica de la antigüedad –y creo que de todos nosotros también hoy– era que en el mundo existe una racionalidad por sobre la irracionalidad –el mundo, la vida, uno mismo no somos un absurdo– y, por eso, una religión, cualquiera que sea, se mostrará adecuada y verdadera en la medida en que se presente como vera religio, es decir, como verdad universal y fundante. Y de esa verdad se deduce también la naturaleza del hombre y, por lo tanto, su deber moral. En efecto, “lo que la ley supone realmente, las exigencias que el Dios único plantea a la vida del hombre y que la fe cristiana saca a la luz coincide con lo que el hombre, todo hombre, lleva escrito en el corazón, de forma que lo considera bueno cuando aparece ante él. Coincide con lo que ‘es bueno por naturaleza’ (Rom 2,14s)” (pág. 16-17). En la base de los derechos humanos universales –nacidos por lo demás en contexto cristiano y desde el cristianismo– está precisamente la convicción de una verdad común –el hombre– y un fundamento último: Dios. Esa ha sido siempre la pretensión del cristianismo, que nace no sólo de la revelación, sino también de la racionalidad de las cosas que existen.
Y de allí continúa el desarrollo del debate, siempre en diálogo y con oportunas reflexiones de Paolo Flores d’Arcais en que presenta sus planteamientos, ya sea fácticos como filosóficos, para no aceptar las verdades y la pretensión del cristianismo. Por ejemplo: Siendo Dios el Totalmente Otro ¿puede alguien pretender conocerlo realmente? ¿nos son todas las religiones aproximaciones igualmente válidas en cuanto Dios no puede siquiera ser rozado por la analogía? (pág 121-123) ¿Por qué es necesario que haya “un” sentido para la vida? ¿no basta con que cada uno encuentre un sentido particular a su vida, aunque sea absurdo para otro? ¿por qué debe ser un sentido único? (pág. 112-117).
En este punto del diálogo, un elemento crucial en la exposición de Flores d’Arcais es la siguiente afirmación: si el cristianismo –dice él– se viese a sí mismo como una religión que es escándalo para la razón (o sea, no racional), no habría problemas, porque una fe así sólo pediría a la sociedad que la respeten, y no intentaría imponerse en la sociedad, es decir, no sería misionera. El problema de Flores es si, en cambio, la “fe católica pretende ser el resumen y la culminación de la razón, ser el resumen y la culminación de todo aquello que es más característico del hombre” (pág. 31), en palabras del Concilio Vaticano II si “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22), entonces le es esencial su interés por propagar esta “buena noticia” (ya que el bien es difusivo de sí mismo), pero a la vez es inevitable el riesgo de que más tarde caiga en la tentación de imponerse. El Cardenal Ratzinger, por supuesto, está totalmente de acuerdo en que hay que evitar el peligro de imponerse. La fe apela siempre a la conciencia y la razón, el acto de fe es necesariamente un acto que nace de la libertad y de haber reconocido a Dios que se revela y ofrece salvación, pero siempre es ofrecimiento libre.
Pero el motivo de la misión y de la evangelización, es decir, este elemento esencial de la fe católica, “nace del hecho que nosotros los creyentes creemos que tenemos algo que decirle al mundo, a los demás, que la cuestión de Dios no es una cuestión privada…, por el contrario, estamos convencido de que el hombre necesita conocer a Dios, estamos convencidos de que en Jesús apareció la verdad, y la verdad no es la propiedad privada de alguien, sino que ha de ser compartida, ha de ser conocida” (pág. 29). Nuevamente el tema de la verdad, de la razón.
El tema se despliega a continuación con diferentes matices, y se llega así a un nuevo paso en la reflexión de nuestro actual Santo Padre. Había dicho que la fe católica es racional y, que como verdad es necesario que la conozcan todos; entonces pasa ahora a afirmar y discutir con Flores la “novedad cristiana de Dios”. La Biblia nos presenta un Dios que está más allá del Dios de la filosofía, es decir, un Dios personal que es amor. El mundo viene de la razón –logos–, pero esta razón es persona, es amor –esto es lo propio cristiano–. Una vez más esto no es absurdo, pero supera el alcance de la razón por sí misma. Con esta afirmación –según el Cardenal Ratzinger cuando todavía era un profesor universitario– aparece el concepto de creación, tan propio del cristianismo. El mundo es positivo, es bueno y fruto de amor. Es bueno entonces vivir en él. Por lo tanto el mundo tiene una dirección y medida porque es fruto del Creador que se expresa en él. Y si es fruto de amor, está traspasado por el amor y la libertad para acoger ese mismo amor (cf. J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Salamanca 112005, 29-31) ¿Y de dónde concluimos esto? Simplemente de que Dios es como se manifiesta, Dios no puede manifestarse como no es. En términos filosóficos, estamos hablando de la analogia entis, y más en particular, de la analogia amoris.
¿Qué es la fe entonces? No es simplemente un saber, sino una forma de situarse frente al mundo, frente a toda la realidad, es la orientación de toda la vida humana, que sólo es posible en virtud de un sentido que la sostenga. Y ese sentido “no se puede construir, sólo se puede recibir” (Ibíd., 66). Eso es la fe: el aceptar el don de la revelación que fundamenta gratuitamente nuestra vida, es el comprender la existencia como respuesta al Logos que lo sostiene todo. Es aceptarlo y fiarnos de él. Y eso es todo lo contrario que irracional. Efectivamente, es acercarse al fundamento, al sentido de la vida, y ese fundamento no puede ser para el hombre otra cosa que la verdad. Un sentido que no fuese verdad sería un sin-sentido. La fe, en el fondo, nos hace comprehender auténticamente el mundo, es decir, entenderlo y hacerlo propio.
Pero ese comprehender –y esto es esencial al concepto de fe– es fundamentalmente un encuentro con Dios-amor, es una relación personal, es una aceptación libre de Dios como Dios, es dejar a Dios ser Dios. La fe sostiene, no solo que Dios es Logos, sino que, además, ese Logos, esa razón, es libertad, es amor creador y persona. Y por lo tanto, “lo supremo no es lo más general, sino lo particular; por eso la fe cristiana es, ante todo, opción por el hombre como ser irreductible que apunta a la infinitud” (Ibíd., 135). Dios no solo conoce, sino que también ama, es creador porque es amor. Es un Dios para el que nada es demasiado pequeño y, por lo tanto, un Dios que entra en relación con todo ser humano de modo personal.
En este punto se acercan las posiciones. Para Flores d’Arcais, el ser humano, aún en la opción “desde el desencanto” (pág. 132) –que sería la opción del pensamiento ateo–, en vez de la opción desde la fe, debe igualmente elegir entre una vida con la primacía del yo –solitario– o del tú –del encuentro que aporta– para orientar toda si vida, aunque sea su efímera vida. Y allí, en el amor al prójimo hay posibilidades del encuentro entre creyentes y ateos. Y eso es lo que permite, desde la antigüedad, la convivencia pacífica en la misma polis, de los que piensan diferente.
El diálogo no puede seguir más allá de las dos horas y media que ya lleva, habiendo dejado todavía muchos temas y preguntas sin tratar, y más todavía, habiendo dejado varias cuestiones planteadas en medios del debate que suscitan nuevas preguntas y dan incentivos para pensar y profundizar en las propias convicciones. ¡Con qué gusto hubiésemos seguido escuchando –leyendo– este diálogo de altura! El libro, en todo caso, sale en nuestra ayuda agregando dos textos complementarios al debate y en torno a los mismos temas allí mencionados. Uno, del Cardenal Ratzinger, titulado La pretensión de la verdad puesta en duda (pág. 11-23). Y otro, de Paolo Flores d’Arcais, titulado Ateísmo y verdad (pág. 91-133). Como se puede apreciar a partir de los mismos títulos de las ponencias, el tema sobre Dios es, en el fondo, un tema sobre la verdad y, finalmente, un tema religioso, pero a la vez, metafísico. Y religioso, porque metafísico.
En síntesis, un interesante libro sobre un tema de acuciante actualidad que muestra, una vez más, el amor a la verdad de nuestro Santo Padre Benedicto XVI, su confianza en el diálogo con el otro distinto, y también, su respeto por las opiniones diferentes; como igualmente su amplísima cultura y profundidad para tratar los temas actuales. Por su parte, Paolo Flores d’Arcais deja una grata impresión de hombre inteligente, abierto y que plantea, de manera muy aguda, las características y preguntas del ateísmo contemporáneo. Un libro que ayuda a pensar y a pensar la propia fe, porque “todo el que cree, piensa; piensa creyendo y cree pensando […] Porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula” (S. Agustín, De praedestinatione sanctorum 2,5, en Fides et Ratio 79).