Entrevista al Director
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DIEZ AÑOS DE HUMANITAS
Con ocasión del 10º aniversario de HUMANITAS,
Jesús Colina, Director de la Agencia informativa
Zenit, de Roma, entrevistó al Director de esta
revista, Jaime Antúnez Aldunate.
Reproducimos el diálogo referido por cuanto constituye,
de parte de la dirección de HUMANITAS, una apreciación
de su propia historia y del camino futuro a recorrer.
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Por la experiencia de estos años, ¿cree
que es posible superar el «divorcio» entre fe y
cultura?
Con la gracia de Dios, no podemos negar que esto y mucho
más es perfectamente posible. Y así, superado
ese «divorcio», podría también decididamente
avanzarse hacia una situación –como se ha visto
tantas veces y en tantos lugares a través de dos mil
años de cristianismo– en que la fe en Cristo
se constituya en la «clave de bóveda» de
la cultura. La íntima relación entre fe y cultura
es algo, por lo demás, que se aprecia en la génesis
y desarrollo de todas las más grandes y antiguas civilizaciones.
Pero en el ambiente fuertemente secularista que domina
en nuestro tiempo, donde en muchos países marcados
por un pasado cristiano, también los iberoamericanos,
se desarrollan acciones político-culturales de agresivo
sesgo laicista, ¿no le parece esto muy lejano a la realidad?
En la misma medida en que es
difícil y adversa la
atmósfera dominante, hay muchas
personas y núcleos de cristianos
que van tomando conciencia del problema y
actuando en consecuencia. La existencia y
desarrollo de una cultura es algo que no
se limita y que está mucho
más allá del
espectáculo, el evento o de la
farándula, que concentran
fuertemente la atención de los
medios de comunicación en nuestro
tiempo. Es un error confundir este plano
con lo que propiamente la filosofía
llama cultura. A bastante distancia de
todo ello, los verdaderos trazos de lo que
es una cultura los encontramos en un
horizonte que nos trasciende y que en ese
mismo sentido nos invita a ser
genuinamente libres. Lo dijo de
magnífica manera Juan Pablo II en
su discurso ante la Asamblea General de la
ONU en 1995: «Toda cultura es un
esfuerzo de reflexionar sobre el misterio
del mundo y en particular del hombre: es
un modo de manifestar la dimensión
trascendente de la vida humana. El
corazón de cada cultura está
constituido por su acercamiento al
más grande de todos los misterios:
el misterio de Dios».
¿En qué sentido
dice usted que la cultura nos invita a ser
libres? ¿Acaso no hay presente en lo
anterior un condicionamiento
ideológico?
Muy por el contrario. Una
ideología, en el sentido moderno de
la palabra, es algo diferente de la fe,
aunque tienda a copar las mismas funciones
sociológicas. La ideología
es una obra de hombres, un mecanismo por
el cual la voluntad política
procura conscientemente amoldar la
tradición social a sus designios.
Pero la fe mira más allá del
mundo del hombre y sus obras; lleva al
hombre a un grado de realidad más
alto y más universal que el mundo
temporal y finito al que pertenecen el
Estado y el orden económico. Y por
eso mismo, introduce en la vida humana un
elemento de libertad espiritual que puede
tener influencia creadora y transformadora
ya sea en la vida interior de cada
persona, bien como en la cultura social de
los hombres y en
su destino histórico.
¿Cómo se da esto en
una sociedad predominantemente liberal,
como la que se impone hoy en casi todo el
orbe?
Una cultura es una forma de vida
organizada que se apoya en una
tradición común y que
está animada por un ambiente
común. En este sentido es como la
forma de la sociedad. Mientras más
fuerte es una cultura –tal como lo
palpamos en el arte del Renacimiento, por
ejemplo, y en tantas manifestaciones a
través del tiempo– dicha
cultura forma y transforma más
completamente el contexto humano diverso
en que se encarna. Una sociedad sin
cultura es una sociedad informe.
Creo que hay un factor inherente a las
sociedades liberales en que vivimos hoy,
en que es obligatorio reparar. Es el hecho
de que estas sociedades no ofrecen para la
vida un sentido concreto, por ejemplo una
justificación del sufrimiento y de
los temores de la gente. Estas sociedades
tampoco disponen de un proyecto para el
porvenir, capaz de movilizar las
conciencias, y dejan al individuo
exclusivamente a merced de sus propios
conceptos, en términos de
satisfacción privada personal. Esta
situación nos hace meditar, pues
está a la vista que los grandes
frutos de la cultura y de la
civilización han descansado desde
siempre en la fortaleza de esa
dimensión espiritual y religiosa de
la realidad, y que en su falencia
encontramos también el origen de
las decadencias y hasta de las grandes
tragedias que enseña la historia.
Pidiendo la palabra prestada a ese gran
pensador británico de la cultura y
de la historia que es Christopher Dawson,
se diría que cuando decae la
dimensión mística y
profética de una cultura, su misma
religión incluso «se vuelve
secular, es absorbida en la
tradición cultural hasta tal punto
que se identifica con ella, y finalmente
llega a ser sólo una forma de
actividad social y acaso hasta sierva o
cómplice de los poderes de este
mundo». Mucho de esto pasa hoy
día también.
Desde la perspectiva de la
cultura y considerando un contexto como el
actual –unificado, organizado y
controlado por el conocimiento y las
técnicas científicas–,
¿qué desafío advierte
para la religión, y en particular
para las grandes religiones
universales?
Lo ha descrito y analizado el mismo
Dawson, a cuyo juicio –y esto lo
expuso ya en los años cuarenta–
todas ellas sobreviven y continúan
influyendo en la vida humana, pero todas
ellas han perdido la relación
orgánica con la sociedad, que se
expresaba en la síntesis
tradicional de religión y cultura,
ello tanto en Oriente como en Occidente.
De lo cual concluye el filósofo
británico que la que tenemos ante
nuestros ojos es la secularización
más completa, intensa y amplia que
el mundo haya conocido y que, en tal
sentido, lo que va prevaleciendo como
cultura no es de ningún modo una
cultura en el sentido tradicional, es
decir, no es un orden que reúna
todos los aspectos de la vida humana en
una comunidad espiritual viva.
¿Es este juicio
también válido para el
ámbito del Islam?
Lo es, pues por fuerza de los hechos
sufre los mismos efectos. Entre tanto, en
esto habría que tener muy en cuenta
que la visión del Islam
contemporáneo que nos entregan los
medios de comunicación, mucho
más que la de una religión,
es la de una ideología.
Ideología en la cual los factores
de violencia que anidan son incluso
bastante más occidentales que
autóctonos.
Desde el marco de
unificación tecnocrática que
contemporáneamente predomina,
¿es posible, sin renunciar al
progreso científico, recuperar la
unidad espiritual de la cultura?
Debería serlo. Pues ese progreso
científico-técnico que hoy
vemos dominar el orbe sentó sus
bases y tuvo su inicio y primer impulso en
una cultura profundamente espiritual y
religiosa, como la cristiano-occidental.
Pero de lo que se trataría es de
recuperar esa unidad y no de reemplazarla.
Y digo esto, pues precisamente lo
característico de la actual era
tecnocrática es la ausencia de
dicha unificación. Al contrario de
ella, se vive hoy en el predominio casi
sin contrapeso de la fragmentación.
Habitamos, en efecto, una sociedad
«acéntrica», como la ha
denominado Luhmann, indicando con esto la
carencia de una representación del
todo en el todo, como existía en
las sociedades en que la religión
asumió naturalmente dicha
representación. Así por
ejemplo, y muy particularmente, en la
sociedad y en la cultura cristiana, cuya
piedra angular es Cristo,
«revelación del misterio del
Padre y de su amor, el hombre perfecto que
ha devuelto a la descendencia de
Adán la semejanza divina, y que
manifiesta plenamente al propio hombre
descubriéndole la sublimidad de su
vocación», como enseña
el Concilio y recuerda la encíclica
Redemptor hominis.
A vista de todo lo anterior –con los
matices que corresponden a cada
época– no parece entonces
osado afirmar que, así como una
sociedad que pierde su religión se
convierte más tarde o más
temprano en una sociedad que pierde su
cultura, también parece verdadero
afirmar que es por excelencia el impulso
religioso el que proporciona la fuerza
cohesiva unificadora de una sociedad y de
una cultura.
¿Cómo actuar en
orden a esa recuperación?
Habría que descartar las
«soluciones técnicas» tan
propias de nuestra mentalidad
contemporánea. Más que ello
se trata de una cuestión de
conciencia. De tomar conciencia para luego
proceder en conciencia. Conciencia, en
primer lugar, de la hondura y gravedad de
ese grito desgarrador de Pablo VI cuando
advierte como la gran tragedia de nuestro
tiempo la ruptura o divorcio entre la fe y
la cultura. Conciencia de lo dicho por
Juan Pablo II ese día de mayo de
1982 en que firmó la
creación del Consejo Pontificio de
Cultura: «una fe que no se convierte
en cultura es una fe no acogida en
plenitud, no pensada en su totalidad, no
vivida con fidelidad». Conciencia,
luego, del mandato entregado hace quince
años a las Universidades
Católicas por la
Constitución Apostólica Ex
Corde Ecclesiae y de la inmensa esperanza
depositada en ella. Conciencia, por fin,
de lo dicho por Benedicto XVI en el
Subiaco, al concluir el último
discurso que pronunciara en su
condición de cardenal de la Santa
Iglesia, evocando la figura de San Benito:
«Necesitamos hombres que tengan la
mirada fija en Dios, aprendiendo
ahí la verdadera humanidad.
Necesitamos hombres cuyo intelecto sea
iluminado por la luz de Dios y a quienes
Dios abra el corazón, de manera que
su intelecto pueda hablar al intelecto de
los demás y su corazón pueda
abrir el corazón de los
demás. Sólo a través
de hombres que hayan sido tocados por
Dios, Dios puede volver entre los
hombres».
¿Cuál fue el
sueño por el que nació
HUMANITAS?
En un plano espiritual y doctrinal,
diría que en gran y principal
medida por causa de todo lo anterior. En
el plano histórico y concreto, por
la profética determinación
de quienes hace diez años ocupaban
tanto la rectoría de la Pontificia
Universidad Católica de Chile, el
Dr. Juan de Dios Vial Correa, como su Gran
Cancillería, el recordado Cardenal
Carlos Oviedo Cavada. Sería justo
agregar a ellos, en cierto modo, los
nombres del entonces Nuncio
Apostólico de Su Santidad en
Santiago, Monseñor Piero Biggio, y
del Secretario de la misma, Mons. Piero
Pioppo. Fueron ellos quienes, en 1995, en
el momento en que empezaba a
experimentarse un fuerte giro cultural en
Chile, palpable en los medios de
comunicación y en nada ajeno a lo
comentado, tomaron la consciente
decisión de salvar del naufragio
una larga tradición de periodismo
cultural de inspiración
antropológica cristiana que
existía en Chile y,
poniéndola bajo el alero de la
Universidad, potenciarla cuanto se
pudiera. Creo que por parte de las
mencionadas personas esta
determinación respondió a
algo que debe entenderse como un genuino
discernimiento de los signos de los
tiempos. Se faltaría también
a la objetividad con esta historia –que
aunque breve por ahora, esperamos sea
larga– si olvidáramos
aquí el explícito y
permanente apoyo otorgado a HUMANITAS
desde su fundación y hasta el
día de hoy –expresado en
muchos y sabios consejos y en luminosas
colaboraciones que constan en las
páginas de la revista– por
algunas eminentes personalidades de la
Santa Sede, así los cardenales
Angelo Sodano, Secretario de Estado de Su
Santidad; Paul Poupard y Alfonso
López-Trujillo, presidentes de los
Pontificios Consejos de Cultura y Familia,
respectivamente. En un contexto
ligeramente distinto, es el momento de
recordar también a varios y muy
generosos benefactores que supieron tomar
conciencia, desde la partida, de la
importancia que tendría para la
cultura cristiana impulsar este proyecto y
sin cuyo aporte se habría hecho
éste muy difícil de
realizar. Siguiendo la tradición de
la Iglesia, encomendamos siempre con
afecto a estos benefactoribus nostris.
¿Recuerda alguno de los
momentos más difíciles de
estos diez pasados años?
Sí, recuerdo varios, como bien
es de suponer. Arriesgándome a ser
infidente, y con alguna duda de si acaso
es llegado el momento de contar ciertas
cosas, le narraré sin embargo un
episodio a mi juicio crucial. Cuando el
recorrido de HUMANITAS tenía apenas
dos años y se daban pasos muy
decisivos en orden a la
sustentación material del proyecto
y para afianzar su imagen pública o
su «posicionamiento», como
gustan decir los técnicos en
publicidad, hubo momentos de fuerte
presión sobre la dirección
de la revista para cambiar de línea
y transformar el estilo que la
caracterizaba desde su fundación.
Las razones aducidas eran múltiples
y hasta contradictorias: era tan buena la
revista, se decía, que había
que adaptarla a un lenguaje que
entendieran también las grandes
masas. Ello supondría, a nadie se
le ocultaba, que debía adoptarse un
tratamiento más ligero o
«light» de las temáticas
que nos preocupaban. Desde luego no
parecía posible asumirse esta
posición y a la vez identificarse
como una revista en la que figuraran
habitualmente escritos de Ratzinger,
Spaemann, Juan de Dios Vial Larraín
o Pedro Morandé. Se nos
insistía, asimismo, que para el
buen servicio de la cultura cristiana era
preferible un lenguaje más
aséptico en lo religioso, que
descansase en argumentos puramente
racionales o prácticos. Fue en esas
circunstancias que, por diversas razones
que no interesa detallar, llegué un
día hasta el Palacio del Santo
Oficio para una audiencia con el Prefecto
de la Congregación para la Doctrina
de la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger. La
conversación se veía en
cierto modo avalada por tres largas
entrevistas que había realizado
anteriormente a Su Eminencia para el
diario El Mercurio de Santiago, con
ocasión de la visita
apostólica del Santo Padre a Chile,
bien como de viajes del mismo señor
Cardenal al país y al continente. A
cierta altura de la reunión,
consideré conveniente exponerle,
con toda franqueza y espíritu
filial, lo que sucedía y que
constituía para mí una
preocupación central respecto del
futuro de HUMANITAS, declinando desde
luego en su respuesta el camino a seguir.
El Cardenal Ratzinger, a cuyo lado estaba
sentado, escuchó con fija
atención mi relato y cuando
terminé, guardando un momento de
silencio, se acercó más, y
con una mirada firme y fija a los ojos –como
queriendo que su interlocutor no olvidara
lo que iba a decir– expresó
con tono suave y a la vez
categórico: «Siga exactamente
en la línea en que han comenzado y
no preste oídos nunca, y por
ningún motivo, a la influencia de
las fuerzas ideológicas del
secularismo al interior de la
Iglesia». Confieso que la escena
vivida me impresionó hondamente y
que a la vez me infundió mucha
fortaleza y confianza. Acto seguido se
produjo una situación de no poco
significado en relación a lo
hablado. Conté al Cardenal que su
gran amigo, el filósofo
católico alemán Robert
Spaemann, había sido invitado a
Santiago por HUMANITAS y que
recibiría el doctorado honoris
causae por parte de la Pontificia
Universidad
Católica de Chile. Entre
sorprendido y contento, la
información le hizo sonreír
profundamente. La noticia, en realidad,
estaba precisamente en la línea de
lo que nos interesaba afirmar. «Pero
si justamente Spaemann está ahora
en la sala de espera y lo recibiré
en seguida que terminemos», me
explicó. Concluida nuestra
conversación, salimos pues a
saludar a Spaemann y, así, mi
despedida de quien más tarde
sería Benedicto XVI, tuvo lugar en
este contexto de calidez, amistad y
afirmación de sendas futuras.
¿Cuál ha sido la
alegría más grande que se ha
llevado en estos diez años de
HUMANITAS?
Muchas y muy variadas. En el plano
institucional, la comprobación,
casi nada más partir con la
publicación de la revista –impresión
acrecentada al cabo de los años–,
de que en el mundo de habla hispana existe
un importante corpus de lectores
interesados y hasta ávidos de poder
reflexionar en torno a textos como los que
entrega HUMANITAS.
En un plano más personal, la
publicación de uno de los
más logrados números de
HUMANITAS, como fue el N° 31, de
julio-septiembre 2003, íntegramente
dedicado a Juan Pablo II, con motivo de su
jubileo pontifical. Y luego, por supuesto,
el feliz y privilegiado momento en que,
como director de la revista, le
entregué personalmente esta
edición en una audiencia en el
Vaticano, último contacto directo
con él antes de su partida a la
casa del Padre.
En el ámbito de lo más
reciente, debería también
mencionar la alegría producida no
sólo a los editores, sino a un
vasto universo de lectores, por la grata
sorpresa que diera HUMANITAS al publicar,
justo a un mes de iniciado el pontificado
de Su Santidad Benedicto XVI, un
número especial, de tirada
récord, incluyendo más de
doce textos suyos, la mayoría de
los cuales aparecidos ya en las
páginas de nuestra revista a lo
largo de los
pasados diez años.
Dentro de diez años,
¿qué objetivo le
gustaría alcanzar?
Lo primero, en un plano mayor, ver
sólidamente afianzada la
continuidad del equipo editor de HUMANITAS
en un trabajo capaz de sostener la calidad
editorial de la revista, tal como ella ha
sido hasta ahora; pero muy principalmente,
capaz de mantenerla, más
allá de cualquier tormenta, fiel a
su propósito fundacional,
providencialmente explicitado y afianzado
por las palabras salidas de los mismos
labios de Benedicto XVI, según se
lo relaté.
En un plano más concreto y
práctico, dar por fin un verdadero
y fuerte impulso a nuestra presencia en
Internet, lo cual debería pasar,
así lo espero, por un fraternal y
bien pensado interactuar con Agencia
Zenit...
JESÚS
COLINA
Director de Agencia Zenit
(Desde Roma)

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