1. Inicio keyboard_arrow_right
  2. Revistas keyboard_arrow_right
  3. HUMANITAS 55 keyboard_arrow_right
  4. Benedicto XVI y Barack Obama en el Cercano Oriente

Benedicto XVI y Barack Obama en el Cercano Oriente

Por Henri Hude


Tanto el Papa como el Presidente de los Estados Unidos buscan un nuevo tipo de relación con el Islam, y que este tema en particular los conduce gradualmente a divisar y proyectar, como requisito para la solución de este problema en particular, una reconfiguración espiritual y temporal muy amplia del mundo en su generalidad.

Con un intervalo de un mes, entre mayo y junio de 2009, Benedicto XVI se dirigió a Tierra Santa en peregrinaje, y luego Barack Obama llevó a cabo un viaje político al Cercano Oriente. Mi propósito aquí es comparar sus discursos [1] desde el punto de vista de la filosofía moral política.

Todos esos discursos están vinculados de alguna manera con el problema de la guerra y la paz, sobre todo las condiciones culturales y espirituales de la paz. Ambos abren perspectivas distintas, pero cruzadas, sobre una recomposición de conjunto del paisaje espiritual y temporal.

Todo se ha dicho sobre estas dos personalidades, salvo tal vez en qué medida su paralelo es iluminador para enfrentar nuestras opciones humanas colectivas más importantes.

1. La nueva partida

El 8 de mayo, al dirigirse a la prensa en el avión que lo conduce al Oriente, Benedicto XVI habla de un momento de esperanza, esperanza de una nueva partida, de un impulso renovado en el camino de la paz.

El 4 de junio, en el exordio de su discurso [2], el Presidente Obama declara a su vez: “I have come here to Cairo to seek a new beginning”. En su peroración, vuelve sobre esta idea declarando: “Tenemos el poder para hacer existir el mundo que buscamos, pero únicamente si tenemos el valor de emprender una nueva partida (to make a new beginning)”, teniendo presente –precisa él– lo escrito en el Corán, el Talmud y el Evangelio (citados en este orden). Barack Obama cita especialmente: “Bienaventurados los artesanos de la paz, ellos serán llamados hijos de Dios”.

He aquí dos viajeros que comparten muchas cosas: la idea de una nueva partida por emprenderse hoy; una meta hacia la cual conviene lanzarse nuevamente: la paz; la conciencia de que esta meta le concierne a toda la humanidad, no siendo la paz universal un ensueño, sino, de nuevo, como en la época de Dante, un concepto y un principio indispensables en toda política sensata; cierta esperanza razonable de alcanzar esa meta; por último, ambos consideran la necesidad de referirse, para hacer esto, a lo mejor de las tradiciones religiosas. Para el Papa, se trata además de apoyarse en el poder de la oración, la formación de las conciencias y el uso de la razón [3]. Más concretamente, en el tema del conflicto israelí-palestino, ambos concuerdan en la idea de la solución de los dos Estados, posible mediante la confianza. Ellos no ocultan las dificultades del caso.

2. Dos géneros literarios y dos mensajes a los medios de difusión

Un buen paralelo siempre comienza por señalar las asimetrías. Un dirigente político no habla como jefe espiritual, y viceversa. Cada uno tiene sus finalidades, y sus declaraciones no reflejan los mismos métodos de pensamiento ni un mismo género literario; pero incluso antes de comparar los contenidos de los discursos, lo que impresiona es su diferencia en cuanto al mensaje entregado a los medios.

El discurso público está condicionado hoy día por el medio en el cual se da a conocer: los medios de comunicación masiva.

La gran fuerza del Papa y al mismo tiempo su inevitable desventaja consiste en no hacer a este sistema sino un mínimo de concesiones puramente de forma. Sintetizándolo todo en una palabra, el Papa razona, pero dentro del espacio en el cual se expresa ya no opera el razonamiento. El Papa delibera en un mundo que reacciona. Homo sapiens, más que homo loquax, quiere permitir a la verdad afirmarse en vez de afirmar opiniones arbitrarias. Le gusta mucho la lengua de los símbolos y poco la comunicación mediante la imagen. Responsable y humano, estima que no todo debe ser transparente, sin duda para no exponer a cristianos o judíos a las persecuciones; pero no se permite hacer ni siquiera el más mínimo retoque a la verdad.

Los medios de difusión masiva están hoy en rápida evolución y su business model no tiene las promesas de la eternidad. Sin embargo, siguen teniendo un rol inmenso en la sociedad. Vendedores de espacio-tiempo para los anunciadores de publicidad, les ofrecen cerebros receptivos gracias al atractivo de un espectáculo en el cual se mezclan la información y la diversión, no sin contaminación entre ambas. Dejan pasar la información factual, brevemente resumida, la expresión vigorosa de la opinión subjetiva y el “testimonio”, tomado en el sentido de “manifestación de emoción”. Filtran el resto, es decir, el hombre en cuanto hombre. Es la ley de hierro de la economía mediática. Es también su problema ético.

La inadaptación del magisterio a este funcionamiento reductor constituye para la fe católica un motivo paradojal de credibilidad. No se trata de un gran profesor volando a demasiada altura para su público. El Papa sabe hablar a los sencillos, a los jóvenes, y conmoverlos; pero les habla en un instante que dura y se hace más profundo en la eternidad. Los medios de difusión son hoy día una máquina para producir un corte entre el tiempo y la eternidad y entre lo actual y el Acto puro. Al rechazar la sumisión de la razón a esta sinrazón, el Papa preserva las posibilidades de los medios de difusión mejores. Preserva el porvenir de la democracia, un régimen confiable únicamente si el debate público conserva su seriedad. Preserva la fe, pero también la credibilidad de la fe, para espíritus críticos, amigos de una sociedad libre digna de semejante nombre.

El Presidente Obama ha comprendido todo sobre el funcionamiento de los medios de comunicación masiva. Junto con hacer en este ámbito todas las concesiones requeridas con miras a la conquista y la conservación del poder, trasciende esto en parte con fuerza de pensamiento y visión, con un lenguaje a menudo rico y articulado, y sobre todo una excepcional facultad de contacto. Así, cuando escuchamos o leemos uno de sus discursos, es preciso analizar una combinación resultante de un compromiso entre la lógica de la razón y la de los medios de comunicación masiva. Él quiere sobrevivir, y no se puede decir que eso no le guste, pero tampoco es un comunicador cínico. Es preciso saber descifrar. De ahí derivan las incertidumbres de toda interpretación, en particular la nuestra.

3. Dos mensajes al prójimo, dos raigambres, dos tradiciones

La impresión de conjunto, al retomar en una lectura el discurso del Presidente Obama, es inicialmente de una innovación sin duda importante, político-estratégica y filosófica, adecuada para modificar el conjunto de equilibrios del mundo, y enseguida de una persona que vive en la cultura estadounidense y en cierta medida la vuelve a crear. Como político, esta arraigado ciertamente en la gran tradición política de los Estados Unidos.

El Presidente Obama, en calidad de hombre de paz, viene a buscar un nuevo contacto con un mundo muy distinto, del cual ha estudiado los elementos fundamentales y cuyos requerimientos considera metódicamente. Procura emocionar y conducir a la acción, pero no da la impresión de tratar de entrar profundamente en el alma de otro pueblo para conocerla. Suscita una intensa fusión emotiva. ¿Pero qué queda de eso después? Considera seriamente la dimensión cultural y espiritual de los problemas, pero es muy difícil penetrar en el misterio personal de este hombre. Posee una enorme capacidad de captar globalmente los problemas, y da la impresión de estar a la vez satisfecho e insatisfecho en cuanto a la perfecta instalación de su propia cultura a nivel universal, sin estar en condiciones de explicarse a sí mismo la forma precisa de ese estado de satisfacción-insatisfacción.

Da también la impresión de encontrarse tan inmediatamente con el otro que casi bastaría con ese contacto, dado el carácter sumamente empático con el cual lo aborda, mientras Benedicto XVI, tal como Juan Pablo II y –digámoslo– como Jesús, da la impresión inicialmente de querer encontrarse con el otro para conocerlo: conocerlo por conocerlo a él, con el único fin de estar unido con él conociéndolo en su ser. “Jesús puso en él su mirada y lo amó”.

Barack Obama quiere seducir –y lo logra– mediante la proyección de una evidente superioridad de vida y éxito. Sin embargo, aun cuando su intención es todo menos arrogante, no estoy seguro de que su estilo de presentación sea lo más apropiado para producir un efecto profundo de largo plazo. Más allá de la simpatía que despierta y la curiosidad de la cual es objeto, y considerando la altura y la profundidad de sus objetivos, conmovería realmente al otro si, como Benedicto XVI, se diera tiempo para sentarse con él en el oasis de la meditación profunda. Por este motivo, creo que entre otros conmueve sobre todo a quienes, al mirarlo, experimentan el gusto de desear ser como él y soñar como él quiere hacerlos soñar.

A diferencia de su antecesor, que carecía totalmente de perspectiva en relación con su cultura política, el Presidente Obama, en El Cairo, con discreción, fija una mirada más reflexiva sobre Estados Unidos y la democracia. La prudencia siempre relativiza, y la verdadera prudencia procede sin relativismo. Por ejemplo, él insiste en la promoción de la democracia en el mundo, pero agregando que ésta debe estar en condiciones de dar espacio a la diversidad de contextos históricos y culturales. Afirma el valor general del régimen democrático, junto con precisar que no se limita a llevar a cabo elecciones y que precisamente mediante el respeto de cada contexto cultural hay que permitir a cada pueblo determinar su propia práctica de la democracia. Al profundizar en estos elementos tan valiosos, desembocaríamos en los temas tratados de tan buen grado por Benedicto XVI cuando evoca estos problemas. Es indispensable esa perspectiva crítica en relación con la libertad y la democracia, ya que la renovación de la ciudad libre pasa por una crítica que vuelva a enraizar la libertad dentro de una razón renovada.

Literariamente, el estilo de este discurso es más común que el de la toma de posesión, por ejemplo. Percibimos detrás de él esa tradición que comienza con los Federalist Papers [4], donde se unen y equilibran el sentido común y la experiencia, el realismo maquiavélico, el humanismo clásico de la Política de Aristóteles, el idealismo político moderado de Locke y Montesquieu, y una atención aguda a los problemas económicos. Se siente siempre la misma fe en la misión de una patria fuera de lo común.

El Papa, por su parte, está arraigado en una tradición que trasciende las culturas políticas y manifiesta una gran atención centrada en las personas y comunidades ante las cuales se expresa, procurando penetrar en lo esencial de su vida. En dos milenios, la Iglesia ha conocido numerosos regímenes, casi todos necesarios en cierta medida, todos mortales y destinados a ser algún día sometidos a la ley de las revoluciones.

Sin afirmar un puro relativismo político, la Iglesia, sobrenaturalmente segura de su perpetuidad, sabe que “el rostro del mundo cambia”, y Roma sobre todo se atiene a lo esencial: la regla de justicia y el respeto por el bien común, siendo lo restante medios. Un régimen de libertad política tiene validez sobre todo cuando la libertad permanece enraizada en una razón referida al bien y a lo verdadero, y ninguna forma de régimen constituye por sí misma una panacea que preserva contra las iniquidades provenientes de una concepción arbitraria de la libertad. Lo importante es el respeto objetivo de los derechos objetivos de todas las personas reales y todas las comunidades reales.

El Papa, como hemos dicho, aguza totalmente el entendimiento para entrar profundamente en el alma de los demás, escuchando su lenguaje, hasta hacer suyos y vivir él mismo como propios los verdaderos valores universales del prójimo. Toma las religiones religiosamente. No las considera en primer lugar en relación con el orden público, la concordia cívica, la dulzura de vivir juntos respetándose o la curiosidad del exilio espiritual, sino como caminos mediante los cuales algunas personas procuran ir hacia Dios, caminos para contemplar a partir de Dios. El primer interrogante no es “¿Qué debemos pensar de las religiones o en la religión para hacer una buena democracia?”, porque si esta pregunta fuese demasiado predominante, nuestra religión sería la democracia. Ahora bien, ¿es una buena democracia aquella que se convierte en una religión?

En su peroración, Barack Obama, habiendo considerado las inmensas esperanzas del universo humano, se eleva a las verdaderas respuestas, que son teologales, y afirma: “Los pueblos pueden vivir en paz. Sabemos que así es la visión de Dios. Es nuestra misión en la tierra”. Un espíritu con claridad se pregunta cómo puede saber el Presidente de los Estados Unidos cuál es la visión de Dios. Se le responde que indudablemente mediante la Escritura, que acaba de citar. ¿Pero cómo puede referirse a la Escritura sino mediante la fe? Y nos encontramos sumidos en un interrogante, que es sin duda el primer fruto de este enigmático y sorprendente discurso.

La fe proporciona respuestas, pero sobre todo interroga. Sólo hay respuesta para quien entra en la pregunta. Y si somos pregunta, y en pregunta, debemos recogernos en nosotros mismos. Entonces las respuestas encuentran sus preguntas. ¿Cómo hacer para compartir la visión de Dios? ¿Para cumplir nuestra misión en la tierra? ¿Qué significa hacer la paz? ¿Cómo conocer a Dios? ¿Y cómo quiere Dios dar Se a conocer? ¿Cómo debemos vivir, personal y comunitariamente, si deseamos realmente estar unidos con Él y no sólo imaginar esa unión con Él? ¿Cuál es su Ley? ¿Respetamos su Ley? [5] Es Dios quien sabe. ¿Quién puede saber, si Él no lo revela? ¿Pero cómo revela? ¿Y de qué maneras? ¿Y cómo saber si revela? La creencia presupone la verdad; la verdad se da en la pregunta. Benedicto XVI es Papa de las certezas porque es Papa de las preguntas.

4. Libertad y razón. La paradoja de Kissinger

Un Estado que lleva, aun cuando sólo sea en parte, la carga del liderazgo global, debe ser a la vez fuerte y justo. Quienes son responsables y se preocupan de la justicia para toda la unidad humana tienen el deber de elevarse a lo universal. Por eso resulta interesante el cotejo de la política del líder global y el pensamiento del jefe católico.

Al no elevarse a lo esencial, lo supuestamente universal se transforma en medio de dominación por parte de un grupo en particular. De aquí se desprende probablemente la paradoja de Kissinger, que es preciso comprender y analizar.

Henry Kissinger escribe, en el segundo capítulo de su libro titulado Diplomacy, [6] que Estados Unidos, a comienzos del siglo XX, tenía una opción entre la política realista e imperial de Theodore Roosevelt y la política idealista de Woodrow Wilson, y habría descubierto empíricamente que únicamente con la política de Wilson podía alcanzar los objetivos de Theodore Roosevelt… Esta curiosa paradoja, no desprovista de cinismo, se encontraba tal vez en el fondo de este pensamiento de Thomas Jefferson, citado por Barack Obama: “The less we use power, the greater it will be”.

Kissinger se contenta con poner de manifiesto esta ley, sin tratar de profundizar filosóficamente en ella. Adversarios de los Estados Unidos, formados en la sospecha marxista, se apresurarían a hablar de maquiavelismo y alteración “ideológica”. Agregarían que el Presidente Obama, en El Cairo, adapta el imperialismo a una época nueva, rehaciendo su maquillaje democrático e idealista. La realidad me parece ser más profunda. Su justa comprensión es crucial para el bien común universal, ya que condiciona la confianza del mundo en el líder, y por tanto condiciona también la posibilidad misma del liderazgo.

La explicación de la paradoja de Kissinger, cuando no se atribuye ni al azar ni a cálculos demasiado inteligentes para poder funcionar, es propia de la operación profunda de la intuición filosófica en los espíritus.

En el avión que lo lleva a Israel y Palestina, Benedicto XVI declara que para hacer la paz quiere hablar de razón, pero la razón de la cual habla no es la de la filosofía de las Luces. Y señala que “la creencia religiosa presupone la verdad. Alguien que cree busca la verdad y vive de ella” [7]. No es aquel que afirma arbitrariamente una opinión por él fabricada. El Papa dice también, en el mismo discurso, que “la verdad hace posible un consenso y permite un debate público racional, honesto y sólido” [8]. Y no lo contrario, como si no existiese una realidad y el consenso fuese en cada instante una creación del mundo para una asamblea de dioses. De este modo, la razón “abre en definitiva el camino de la paz”, ya que si es realista, refiriéndose a un bien común fuera del alcance del poder, permite al lenguaje tener un sentido firme, y por consiguiente, en cierto modo como la estabilidad de las monedas, facilita la confianza más allá de las manipulaciones y una ampliación del debate con participación de todos los que tienen contacto con lo real. A esta razón se refiere Benedicto XVI cuando habla de “desarrollar con miras al bien el vasto potencial de la razón humana” [9].

Arriesgo aquí un breve comentario. La filosofía de las Luces se basa enteramente en la “duda” cartesiana. Ahora bien, Descartes escribió en su 1ª Meditación: “Nunca podría ser suficiente mi concesión a la desconfianza”. La “duda” no es el poder humano de interrogación radical, en sí mismo excelente. La “duda” es aquello en lo cual se convierte este poder de interrogación una vez dominado por la desconfianza atávica del ser humano. El hombre teme a los otros seres humanos, a Dios, y a la naturaleza, en el fondo porque no la cree buena y percibe claramente que es preciso ver en ella una obra de Dios, y piensa que Dios, que no es muy bueno, también debe temer a los hombres.

Cuando la razón está enraizada de este modo en la “duda”, la idea de la libertad está teñida por todo aquello que semejante razón incorpora de guerra y enemistad. La libertad fatalmente se encuentra en profunda solidaridad con el deseo de poder o la necesidad ansiosa de asegurarse absolutamente mediante una dominación no compartida. La ciudad ya no puede ser un vínculo de philia, prefiriéndose en cambio una máquina aseguradora, basada en automatismos que únicamente recurren al interés personal. Ciertamente, el Leviatán puede ser civilizado, el “Príncipe domado” [10], pero el derecho ya no es sino la guerra fría, la paz de la guerra bloqueada, retrasada, derivada, sublimada. Únicamente la confianza natural en la bondad de la vida, el sentido de la amistad o el acto de fe, en respuesta a la manifestación objetiva de la bondad del Revelador, pueden superar esta desconfianza atávica y renovar la razón y la libertad.

Cuando entonces el hombre “moderno”, para vivir libre, confía en una razón de “duda”, se establece una contradicción insuperable entre –primero– su intención general de libertad benévola, recta y racional (que es la mayoría de las veces innegable y proviene de la noble orientación de la razón natural), y –segundo– un conjunto de métodos o prácticas que bloquean la libertad al margen de la amistad. En ese momento, una necesidad inconsciente de dominación trastrueca la invocación y la lógica de la libertad, y luego un temor secreto prohíbe la confianza y contradice el deseo de libertad benévola. Por este motivo, la historia del pacifismo de las Luces tiene un carácter de noble impotencia, y esta fatalidad sin duda recaerá también sobre los grandes proyectos del Presidente Obama.

Los llamados a la confianza no pueden desarmar la desconfianza, o podrían incluso inspirar una desconfianza aún mayor mientras no se extirpe de la razón misma la raíz de la desconfianza. Y es por eso que Dios emprendió su obra de salvación del género humano pidiendo a un hombre llamado Abrahán otorgarle su fe. Y la fe no puede tener fe en un sistema en el cual sería superada por una razón sin fe, ya que en ese caso la razón tampoco puede ya tener fe en sí misma sin reducir el ego a confiar únicamente en sí mismo, lo cual constituye todo el problema.

Es preciso además, por otra parte, que la “fe” sepa unirse con la razón en forma metódicamente confiada, sin identificarla con la lógica de la “duda”. Cuando la razón es presa de la desconfianza y la enemistad, se opone a una fe de confianza y caridad, y la fe entonces se arroja fuera de la “razón”. Efectivamente, la fe se percata muy bien de que ya no es viable, en estas condiciones, salvo en el elemento del sentimiento, y adquiere aversión a lo que llama la “razón”. Se lanza al fideísmo y critica la “metafísica”. En resumen, sin razón “recta”, o bien la fe se pudre, adoptando sin crítica modos de pensamiento racionalmente criticables y que para ella son espiritualmente letales, o bien la fe se endurece, identificándose con una desconfianza arisca ante la razón, el cuestionamiento, la libertad en general y todo lo vinculado con esto.

Al igual que la mayoría de los estadounidenses, el Presidente Obama ama sinceramente la libertad para él, su familia, su país y todos los seres humanos. Encarna la felicidad estadounidense de existir en la libertad y realizar su sueño. Su retórica liberal es más o menos tan irresistible como seductora es su personalidad, pero…

Pero mientras la libertad se comprende como prolongación de una razón que no puede creer, la invocación de la libertad siempre va acompañada por un deseo de poder, del cual es a la vez el ardid y la legitimación, y por consiguiente el socio desconfiado traduce necesariamente: mientras más lo escuchemos hablar de la libertad, mayor poder tendrá sobre nosotros. Barack Obama está en el nivel de una reflexión leal sobre la paradoja de Kissinger. Él, que se atreve también a evocar en este discurso la idea de un mundo sin armas nucleares, no está desprovisto de esa inteligencia realista que sabe qué humildad se requiere para escrutar en la profundidad (“humbled before the task”, como ya dijo el día de su investidura). Tal vez por el hecho de provenir en parte de otro lugar, siente que sin una ampliación de las bases filosóficas del concepto de libertad, los avances de la democracia se reducirán a una monocultura de americanización, que incluso en lo mejor que tiene no siempre es conveniente para todos. Ahora bien, ¿en qué reside precisamente esta estrechez de las bases, que convendría ampliar? En una interpretación demasiado exclusivamente iluminista de los fundamentos de los Estados Unidos de América.

Es ahí donde la enseñanza de Benedicto XVI puede aparecer entre las más iluminadoras. Como a menudo los hechos son más elocuentes que las palabras, él coloca la primera piedra de una universidad cristiana, en Madaba, en Jordania. En oposición, si se quiere, con la filosofía de las Luces, Benedicto no desea la muerte de las Luces en mayor medida que los cristianos de la Antigüedad, perseguidos durante tanto tiempo por el mundo grecorromano, no desearon la muerte de su cultura clásica. Por el contrario, la preservaron y prolongaron. También es preciso salvar los valores del cuestionamiento vivo del espíritu crítico, de la ciudad libre, de la cultura lógica, el aspecto serio de la razón. “Quien busca, encuentra”. Por consiguiente “no encuentra quien no busca”. Y “Tú no me buscarías si no me hubieses ya encontrado”, dice Jesús a Blaise Pascal.

Aquí no se trata nuevamente de catolicismo, sino puramente de recta razón, requerida para esta confianza que constituye la paz. Con todo, esta confianza en la razón y el realismo de la razón (que no constituye ni la verdad ni el ser, sino que los busca y los ve), supone el reconocimiento del valor de la actitud de fe, de la amistad verdadera y el amor, cuya experiencia feliz es también fundadora para el pensamiento, especialmente en el seno de la familia.

El Presidente Obama pide a sus interlocutores una mirada nueva a los Estados Unidos de América, un discernimiento; pero existe el temor de que esto fracase y “la guerra de Troya tenga lugar” si se permanece en la “duda” y sus Luces ahumadas sin reanimar la razón en forma vigorosa y total. Sin embargo, el Espíritu de fuego de la religión cristiana se reduciría Él mismo a la impotencia si los cristianos, acomodándose al mundo, es decir, en primer lugar, a su filosofía de “duda”, se permitieran concebir la fe a partir de la desconfianza o el amor a partir de una lógica que incorpore radicalmente la enemistad.

Si bien trasciende al Occidente, el cristianismo es lo que puede permitir al Islam ver el Occidente, no bajo el aspecto de una razón positivista y materialista o de un vago idealismo que diviniza al hombre, sino como el ámbito de una racionalidad realista, universalista, “abierta”, no como un desagüe, sino como la confianza metódica y reflexiva.

5. Sobre el consenso político entre filósofos y creyentes

El poder de los Estados Unidos de América se debe en primer lugar a esa sabiduría política que tiene en común con todas las repúblicas aristocráticas capaces de equidad sin oligarquía. Los estadounidenses llaman a eso democracia. No hago más que señalar este punto, cuyo desarrollo nos haría salirnos de nuestro tema. Me centro en la otra causa de la grandeza de los Estados Unidos de América, es decir, el compromiso histórico establecido entre filósofos y creyentes en la fundación de la república. Esto aseguró su unidad y luego su fuerza, a diferencia de lo que se produjo la mayoría de las veces en Europa.

En Estados Unidos de América, las Luces rechazaron durante mucho tiempo al “ateo estúpido” y al “libertino inmoral”. Los preceptos o el espíritu de la moral fueron durante mucho tiempo comunes para filósofos y creyentes. La religión, políticamente marginada, no fue socialmente destituida. Los creyentes no fueron víctimas de diminutio capitis. Es esto lo que en cambio permitió a los creyentes admitir el establecimiento de instituciones liberales, respetuosas de la moral y la religión, aun cuando estuvieran discretamente animadas por espíritus filosóficos a menudo desligados como tales de la creencia en la religión positiva. Esta aceptación fue facilitada por el hecho de que los creyentes estaban repartidos entre diversas denominaciones, todas las cuales, incluyendo el catolicismo, habían sufrido persecuciones, y ninguna podía pretender prevalecer ni convertirse en la religión del Estado de la Federación.

Este compromiso constituyó la unidad espiritual, la fuerza pacificada y el poder de Estados Unidos. Unido a condiciones geográficas y naturales ideales y a diversas decisiones, justas o menos justas, permitió su prosperidad y el desarrollo de su poder. Le evitó esa lucha intestina entre Dios y la libertad, que agotó las fuerzas de Europa y la entregó a tantas locuras. Este compromiso permitía la subsistencia, bajo la égida lejana de la razón iluminada, del sentido común y la experiencia, el espíritu práctico, la fe y la intuición, en suma, de numerosos principios de realismo, mientras Europa se encontraba más encorsetada por el positivismo y el idealismo, las ideologías, el materialismo.

Y sin embargo, durante la presidencia de Clinton y Bush II, prevalecía la impresión de que el compromiso histórico estadounidense estaba gravemente amenazado. El secularismo se radicalizaba, ateo en el fondo, self indulging, y como en Europa, tolerante en los discursos y las leyes, pero intolerante en las costumbres y la práctica social, si los cristianos ya no se contentan con administrar silenciosamente la eutanasia de su Iglesia. Por otra parte, había cristianos que tendían a doblar la cerviz y adaptarse al mundo o erguirse y confundir, en una misma reprobación, libertinaje y libertad.

El secularismo radical hace entonces su juego ante la religión desamparada, usando su influencia mediática para dividirla en dos cuerpos opuestos: por un lado, el modernismo dócil ante las Luces, que cuenta con todos sus favores, y por otro un “resto”, para el cual se trata de amalgamarse en la opinión, en un solo bloque etiquetado como “fundamentalismo reaccionario”. Las oposiciones sumarias y el fanatismo político, tan comunes en Europa, especialmente en Francia, invadieron –se dice– la vida política estadounidense.

Barack Obama se presentó como aquel que deseaba y podía restablecer el consenso espiritual y moral de los Estados Unidos. Él deploraba ya las divisiones intestinas en el primer capítulo de su libro titulado The Audacity of Hope [11]. Predicaba allí sobre la unidad y la tolerancia entre conciudadanos, el esfuerzo para volver a encontrar la concordia y una benevolencia cívica más allá de los tropiezos apasionados.

El discurso de El Cairo, en la misma línea, manifiesta sobre los temas morales una gran moderación en relación con lo que podría desear el ala más radical de sus partidarios, aun cuando nada dice sobre los problemas más espinosos. En cuanto a la presencia de temas religiosos en el discurso, podría calificarse de exuberante. Los musulmanes del mundo aprecian semejante discurso tanto como los creyentes cristianos de los Estados Unidos, y eso contribuye a su popularidad. Con todo, más allá de la retórica y la sinceridad de los discursos, se trata de saber cómo es su deseo de restablecer el consenso y qué poder tiene para llevarlo a cabo.

Semejante restablecimiento significaría, en la práctica, para los filósofos en boga, hacer concesiones a los creyentes en cuanto al respeto por la vida, la familia, el subjetivismo cultural o la extensión del campo de aplicación de la racionalidad instrumental. Lógicamente, eso no es imposible, ya que la modernidad liberal ha producido tanto el rigorismo kantiano como libertinismos desenfrenados, o tanto el autoritarismo hegeliano como el radicalismo rousseauniano. Yendo a lo práctico, uno se pregunta si el Presidente Obama puede efectivamente transformar una evolución que desde hace varias décadas siempre se mueve en la misma dirección. Los hechos indicarán si el proyecto de restablecimiento del consenso es tan significativo que implique la capitulación de los creyentes, cansados de luchar, y con ello el establecimiento, al menos superficial, de un unanimismo políticamente correcto.

La respuesta a estos interrogantes condiciona el porvenir de los Estados Unidos, su fuerza moral, su capacidad de acción y liderazgo, independientemente del grado de control y dominio en la superficie de los fenómenos mediáticos.

Hay que distinguir entre el mundo real y el mundo de las apariencias audiovisuales, aun cuando la tendencia de los políticos es, a este respecto, la de vivir en una suerte de idealismo absoluto, donde las apariencias mediáticas ocupan para ellos el todo de la “realidad”. El problema, por cierto, es que en sus discursos todo va bien, mientras que en la realidad se produce la crisis. Pienso que vienen días en los cuales la amplitud de la crisis impondrá el reconocimiento del mundo real, incluyendo su dimensión cultural y moral profundas, y que los políticos que no se hayan puesto al día puntualmente pasarán por lo que son: chaplines. Perderán entonces el poder. Todo lo cual sucederá el día en que la evolución tecnológica haya permitido remediar seriamente, dentro de una lógica de libertad, la irracionalidad del actual sistema de comunicación e información.

Por este motivo, si yo fuera joven y entrara en la política, prestaría a Benedicto XVI tanta atención como aparentemente lo han hecho ciertos asesores de la Casa Blanca.

¿Qué piensa el Presidente Obama en materia de religión? Habiendo dicho que sólo Dios

Información
Publicado el 28 julio 2009
Tipo
Autor
alternate_email

Inscríbete al newsletter

Cada martes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu email.

    Formulario para Newsletter


    (*) Campos obligatorios necesarios para procesar tu suscripción en la lista correcta.





    Autorizo expresamente a la UC para tratar los datos personales necesarios para la suscripción al boletín de Revista Humanitas, los que serán informados a la unidad encargada. Los datos personales serán usados solamente para esta suscripción y podrán ser eliminados por medio de la desuscripción directa del titular en el link de desuscripción.

    *Acepto que la UC trate mis datos personales para esta suscripción, y he leído y acepto la Política de Privacidad UC.


    Más artículos de la revista HUMANITAS 55