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Unidad a partir de la fuerza del espíritu

Por Antonio Cañizares


«El Tercer Concilio de Toledo, del año 589, es un acontecimiento histórico, eclesiástico y europeo de primer orden. La España de aquel tiempo estaba dividida internamente en un doble sentido. Al enfrentamiento étnico entre la población románica y la germánica, se sumaba la correspondiente oposición religiosa entre las versiones católica y arriana del cristianismo. Las contraposiciones de la sangre sólo podían ser salvadas por la unidad del espíritu; ambos pueblos podían crecer y, por la senda de la unidad en la fe, caminar juntos… El Concilio de Toledo vino a sellar solemnemente el paso del pueblo visigodo a la religión católica… El Concilio de Toledo ha creado futuro; ha construido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu. En el concilio de Toledo buscamos ‘y encontramos’ modelos de unidad, algo que pueda reunir a unos y otros y abrir caminos por donde avanzar». Joseph Cardenal Ratzinger

Era un 8 de mayo, en 589, en la ciudad de Toledo; se vivía aquel día en la Urbs regia, seguramente sin percatarse de ello, «una de las fechas más simbólicas de nuestra historia» [1]. La Iglesia de Santa María abría sus puertas para iniciar la celebración del Tercer Concilio Toledano, convocado y presidido por San Leandro de Sevilla, acompañado por el Obispo de Mérida, Massona, así como por el Rey Recaredo. Con él comenzaba una trayectoria histórica de unidad que, aún con sus dificultades y momentos críticos en el tiempo, no ha visto interrumpida España hasta nuestros días.

Aparte de la importante significación y consecuencias religiosas y humanas de este hecho, es decir, «aparte de los motivos religiosos, aparecía el gran proyecto político de crear una monarquía hispana que duraría poco más de un siglo, pero que permanecería ya para siempre como una referencia a la que era imprescindible retornar. La defensa contra el Islam se colocó bajo esta perspectiva del recobro» [2]. Así fue. Como afirma, con el acierto tan característico suyo, D. Julián Marías: «La España perdida o destruida por los árabes se convierte en empresa. No hay solo nostalgia: del pasado se traspone al futuro. España se ve como ‘perdida’ y al mismo tiempo ‘buscada’ [3].

El Tercer Concilio de Toledo sin duda –ahí están los hechos–, «ha creado futuro» que pervive en nuestros días como «memoria e identidad» de lo que somos [4]; por tanto, como irrenunciable a lo que estamos llamados a seguir siendo para vivir en el futuro, en expresión de Ortega, como «un proyecto sugestivo de vida en común», es decir como «Nación». Aquel Concilio de Toledo ha constituido España; más aún, «ha constituido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu» (Joseph Card. Ratzinger) [5]. Este Concilio funda y marca el «esplendor visigótico», olvidado por completo para muchos y borrado de los libros de historia de la escuela –donde se debería enseñar a ser lo que somos como pueblo– o, en el mejor de los casos, recluido a exposiciones o conmemoraciones de un pasado remoto que, para muchos, no tiene ni debería tener mayor incidencia ni más vigencia hoy que la de una pieza de museo en la galería de la historia.

EL TERCER CONCILIO DE TOLEDO

Antecedentes del Tercer Concilio de Toledo

El hecho decisivo que marca nuestra historia con una marca indeleble es, sin duda, el III Concilio de Toledo: allí tiene su génesis, mejor su nacimiento, España. A partir de entonces, en España comenzó una época, en el fondo, nueva y un camino común de futuro; se produjo o consolidó un período que, aunque breve, en torno a un siglo, fue de gran esplendor.

«Hispania Romana»

Pero esto tuvo unos antecedentes de siglos. Habría que remontarse a la etapa romana como antecedente histórico de España. «Lo que no había existido entre los pueblos primitivos de la Península. lo que no consiguen las penetraciones parciales de fenicios, cartagineses o griegos, alcanza una primera realidad al asentarse la presencia de los pueblos romanos… España se convierte en provincia romana» [6].

Creo que éste es un dato incuestionable e incontrovertible, admitido por todos». Este territorio que llamamos hoy España incluía, además, todo lo que es Portugal y parte de Francia, la Galia Narbonense, todo ese bloque territorial era una provincia romana. El Imperio Romano había llegado hasta aquí, hasta los confines de Europa en esta parte, y dominaba estos territorios, como había llegado a Inglaterra, a las Islas Británicas. Las legiones romanas habían hecho sentir sus cantos de guerra por toda Europa y gran parte de África, y esto que llamamos España era eso, una provincia romana. No existía como nación, no era independiente, no tenía personalidad propia. Había ido, sí, penetrando poco a poco la civilización que los romanos impusieron, como también se había introducido ya el cristianismo; de modo que en todo este vasto territorio las gentes eran en su mayoría cristianos, católicos, hijos de la Iglesia. Y desde el punto de vista civil, legal, administrativo, eran súbditos del Imperio Romano» [7]. Ya a finales del siglo I a.C., y en los siglos posteriores de ser provincia del Imperio Romano, en aquellos territorios se gestó «una forma de vida, comienzo de una personalidad colectiva…: una forma de vida romana, una estructura social bastante bien definida dentro de Roma, la hispana» [8] en la que no faltó toda la impronta cristiana que comenzó a extenderse y arraigarse muy temprano en España, sin duda ya en el siglo primero de nuestra era por el litoral mediterráneo y en la Bética.

La impronta cristiana en la «Hispania Romana»

Las raíces cristianas prendieron pronto y hondo en las tierras hispanas, como testimonian los mártires de los que tenemos noticia ya en los primeros siglos (Fructuoso, Augurio, Eulogio, Leocadia, Eulalia…); o como también atestiguan acontecimientos eclesiales de gran relevancia y significación católica como es el Concilio de Elvira, celebrado en el actual Albaicín de Granada en los comienzos del siglo IV, cuyas actas son las más antiguas que se conservan de los concilios de la Iglesia universal, y que muestra una extensión grande con una notable fuerza del cristianismo en España. Durante el período de la Hispania Romana, antes de la invasión de los pueblos del norte, surgen personalidades decisivas en acontecimientos relevantes para el cristianismo universal (tal es el caso de Osio de Córdoba, o del emperador Teodosio, o del papa Dámaso, o de Aurelio Prudencio, calagurritano, uno de los más grandes poetas en lengua latina con Horacio y Virgilio y, sin duda, el más importante de los poetas cristianos latinos).

Vemos también a grandes pastores y teólogos como son, por citar alguno, el Obispo de Barcelona, San Paciano, quien, entre otras cosas, frente a las tesis de los novacianos, presentes en la Tarraconense, definió la catolicidad de la Iglesia cristiana explicando que la Católica encerraba en sí tanto la idea de unidad, como la de universalidad; o San Gregorio de Elvira, escritor y santo padre de la Iglesia Hispana, considerado como el predicador más notable de la Hispania Romana y campeón de la fe cristiana que se proclama en Nicea, cuyos escritos muestran un amplísimo conocimiento de la literatura cristiana y un tener a mano una biblioteca con un muy amplio número de obras de Oriente y Occidente. En el siglo IV, pues, nos encontramos con un fecundo y floreciente cristianismo, hondamente arraigado y ampliamente extendido en las tierras hispanas y, al mismo tiempo, no lo olvidemos, enteramente vinculado a la Católica y con amplios contactos y relaciones con el Oriente y el Occidente cristianos, así como con la Iglesia en el Norte de África.

La decadencia romana y penetración de los pueblos barbáricos

Lo que era una realidad compacta en su conjunto y en sus provincias, el Imperio Romano, ya a finales del siglo IV y en los comienzos del V, comienza a debilitarse y a desmoronarse. «Poco a poco fue perdiendo entidad, se disolvía en sí mismo, entró en una fase de decadencia última; y aunque llegaba con sus tentáculos, los de su poder, a las provincias que siempre había dominado desde hacía mucho tiempo, era un poder el que ejercía muy frágil; se palpaban ya las consecuencias de las divisiones existentes entre los propios emperadores romanos y sus delegados y, siendo provincias del Imperio, estaban a merced del impulso más fuerte que un vecino ambicioso o un invasor lejano pudiera realizar cuando quisiera. Es lo que sucedió». Es cierto que la «caída» del Imperio es un fenómeno complejo y con múltiples implicaciones, pero, no cabe duda que en ella, la infiltración, penetración y, finalmente, invasión y establecimiento de los pueblos y reinos barbáricos, o germánicos, contribuyó de manera decisiva a esta caída paulatina y dio lugar a una etapa histórica de la mayor importancia, tanto para lo que llamamos «Europa», como para la historia cristiana en la que son un acontecimiento trascendental: Todos aquellos pueblos germánicos y de gentes más lejanas «recibirían la fe, entrarían en la Iglesia y con su conversión pondrían las bases de esa gran realización religiosa y cultural que fue durante muchos siglos la Europa cristiana» [9].

Estas «invasiones» del norte –suevos, vándalos, alanos y visigodos– con distinto carácter, extensión, duración y penetración, llegan a España a principios del siglo V. Desde entonces nuestra historia no puede entenderse sin los casi tres siglos a los que con toda verdad podemos llamar, llamamos, «la época visigótica», porque son ellos, los visigodos, –procedentes originalmente de la Escandinavia, primero, y después en el siglo III y IV asentados junto al Danubio, en Hungría y Rumanía, arrianas– los que con toda propiedad se asientan y reinan aquí. Este hecho es trascendental para nosotros». Si se quiere empezar por lo primario, elemental y probablemente más importante, hay que decir que lo decisivo que las invasiones bárbaras significaron para Hispania fue el que, por primera vez, lo que hoy llamamos Europa se hizo presente en su historia.

Hasta entonces, en efecto, todo había venido a la Península Ibérica desde y por el Mediterráneo: fenicios, cartagineses, griegos, romanos, todos habían llegado a las costas españolas, desde ellas habían penetrado en el territorio para comerciar, guerrear o establecerse» [10]. Y lo que son las cosas de la historia, para mí de la Providencia, aquí, en España, un siglo y medio, más o menos, más tarde se producirá el arranque de esa simbiosis, fusión, unión, entre «romanidad» y «germanía» que da lugar a Europa y, por supuesto, a España, inseparable de ella desde entonces.

Hacia el hecho decisivo del Concilio

Desde los primeros años del siglo V están en España los pueblos barbáricos del norte: suevos, vándalos, alanos, y visigodos. A mediados de ese siglo, excepto una pequeña minoría sueva, pagana, asentada en la Galacia, el predominio visigodo era total, incluso en el Sur de Francia, la Septimania francesa. La Hispania a la que llegan –en el conjunto innegable de su diversidad étnica– era la más romanizada y romana de las provincias del Imperio, la más unitariamente conformada jurídica y culturalmente por Roma, la que guarda mejor la configuración y administración imperial, con la lengua latina como lengua de todos, hablada de modo excelente; y con una presencia extensa y fuertemente arraigada del cristianismo, fiel a la Católica, en todo su territorio. Los visigodos, extendidos por todos los territorios de la península, asumen aquella realidad y la hacen suya en todo, excepto en su dimensión católica por estar aferrados al arrianismo mitigado como seña identitaria y diferenciadora; estaban más cerca de la Hispania Romana que encontraron, y la asumieron mejor que el resto de los barbáricos asumieron las otras provincias romanas en las que se establecieron [11].

Presionados por los francos, los visigodos se quedan casi exclusivamente en lo que es aquel conjunto que integraba la península Ibérica; se constituye la monarquía única visigótica, nueva forma política por la que se rige o gobierna ese conjunto. Poco a poco se va produciendo lo que podemos llamar el «repliegue visigodo» a la península ibérica, articulándose, dentro de ella, cada vez con mayor claridad en torno a Toledo, como urbs regia (Sevilla y otras capitales pierden relevancia). Así, «la transformación del poder político va a hacer coincidir la monarquía goda con lo que había sido la España romana, y anticipa lo que será después, propia y rigurosamente, España. El ámbito ya logrado mediante la romanización, perturbado y dividido por las invasiones bárbaras y la ruina del Imperio, se restablece bajo el dominio visigodo. Y se forma una comunidad –ciertamente no ‘nacional’–, cuyos ingredientes son: la población originaria romanizada, de lengua latina y religión en su mayoría cristiana católica; los restos de la organización romana y la pujante organización eclesiástica; por último, un elemento étnico –minoritario, pero apreciable ‘unos doscientos mil’– germánico, que ejerce el poder político pero está separado de los habitantes originarios por la forma herética arriana de su cristianismo» [12].

Se sucedieron reyes visigodos, que ejercieron con fuerza el poder político; buscan la unidad política del reino godo en la península y el llegar a ser una fuerza poderosa en el conjunto de los pueblos. Como una gran potencia junto al Imperio de Oriente, en efecto, la reseña Juan de Bíclaro, en su Crónica Cronicon Ioannis Biclarensis [13]: «de un lado, los Godos de España; del otro, los Romanos de Constantinopla, que, por cierto, son expulsados de sus establecimientos en España por Leovigildo. No hay todavía unidad entre los pobladores y los dominadores; ni unidad religiosa; pero empieza a haber un elemento de entusiasmo por los destinos de la monarquía goda; podríamos decir el nacimiento de un proyecto colectivo, de una empresa que atrae de diverso modo a los dos grupos desiguales que conviven» [14].

A pesar de ese entusiasmo naciente, no se alcanza la deseada y buscada unidad que pudiese hacer de «hispano-romanos» y «germanos» un solo pueblo, una nación de la que se pudiera hablar como de un «proyecto común de futuro» capaz de unir a todos los habitantes en aquel suelo ibérico. Los germánico-visigodos seguían en su profesión arriana. Eran respetuosos, eso sí, con la confesión católica y costumbres católicas de hispano-romanos, como lo eran con las leyes romanas; salvo con los suevos, a los que «arrianizaron» los visigodos, no hacían «misión» en favor de su arrianismo. Pero, con todo, aquellos germánicos mantenían la identidad que habían establecido los visigodos entre germanismo y arrianismo, aunque atenuado; no pensaban ni se atrevían a pensar en otra identidad distinta; corrían el riesgo de quedar absorbidos y perder, así, el poder político; de alguna manera, les iba en ello la vida.

Aunque sólo sea de pasada, es importante tener en cuenta el proceso de evangelización y conversión de los pueblos barbáricos que tan espléndidamente describe y analiza en diversos escritos J. Orlandis [15]; un proceso que, según este autor, comporta ya a finales del siglo VII la práctica incorporación a la Iglesia de todas las poblaciones que habitaban en las antiguas tierras románicas de Occidente, aunque su evangelización no alcance siempre un mismo grado de madurez [16]. Conviene también subrayar, en concreto, el papel del arrianismo en todo este proceso, singularmente por lo que se refiere al mundo godo. En efecto, «el arrianismo era el gran problema que obstaculizaba la consecución de la unidad cristiana en Occidente y el impulso para la conversión de los germanos que aún seguían invocando sus antiguos dioses. Los visigodos, que lo habían introducido convirtiéndolo además en signo de identidad, profesaban la fórmula moderada que se había formulado en el Concilio de Rímini del 359, que la Iglesia católica rechazaba pero que parecía una concesión decisiva al racionalismo helénico: Cristo había sido la criatura más excelsa, semejante en todo a Dios (omousios), aunque distinta de Él. A cristianos de escasa formación les parecía más fácil de entender que la rigurosa exigencia del Símbolo de Nicea y de la consustancialidad (omousia). Pero, según explicaba san Leandro, que entonces se ocupaba de la educación de su hermano Isidoro, y que habría de sucederle en la sede sevillana, encerraba dos grandes peligros para el futuro desarrollo de la humanidad: negaba la comunicación entre ésta y la Trascendencia y destruía la doctrina de Éfeso acerca de la maternidad divina de María, lo que ponía en juego la excelsitud de la femineidad. Descendiendo al terreno de la política, establecía una barrera de separación entre la minoría militar dominante, goda, y la mayoría sometida, romana, que seguía en estrecha comunión con el Papa. Todo ello mermaba las posibilidades de que Hispania pudiere alzarse como el gran bastión de la latinidad en aquel Occidente que sobrevivía al Imperio» [17].

En el sucederse de los Reyes visigodos, llega un momento clave: el reinado del más grande de ellos desde el punto de vista político, esto es, Leovigildo. Sus afanes de gran potencia y su lucidez al concebir la necesidad de la unión religiosa para sus fines le hacen intentar la unidad por la imposición arriana para todos los habitantes, «romanos y germanos»: los hispano-romanos habían de hacerse arrianos. Cree que la vía era seguir caminos expeditivos coercitivos, imponer a todos los pobladores la religión arriana de forma eficaz y sin escatimar medios y medidas de fuerza para ello: destierra, así, a obispos católicos y derrama sangre martirial. No se movió de su sitio; lo mantuvo con mano férrea, sin enmendar. Ni siquiera ante su propia familia y ante sus allegados políticos se detuvo su proyecto avasallador. San Leandro fue desterrado a Cartagena y Constantinopla, donde se encuentra con san Gregorio Magno, que será para él un gran amigo y un gran respaldo en el futuro. Massona, el gran Obispo de Mérida, sufrió, con entereza, libertad, y testimonio de fe grandes. Hermenegildo, su hijo, a quien, en principio, pensaba entregarle el gobierno de la Bética, pagó con su vida por la firmeza de su fe.

Intento fallido y equivocado, que no sólo no logra el entendimiento y la unidad pretendida de dos etnias y dos confesiones cristianas, para llegar a ser una potencia casi imperial, sino que la hace más inviable, la aleja, provoca una reacción decidida de los pobladores frente a los dominadores; pero, más aún, conduce al desgarramiento religioso en el seno de la propia familia. Es cierto que Leovigildo, en continuidad con sus antecesores en la corona, siempre respetuosos con lo católico, en principio no quería iniciar una persecución sangrienta, ni imponer por la fuerza el arrianismo mientras no fracasasen otras gestiones tendentes a lograr la unidad apetecible. Dejó la tolerancia del pueblo visigodo, y asumió la intolerancia como camino expeditivo hacia una unidad fuerte. Los casos mencionados constituyeron los índices más dramáticos y obscuros de su voluntad decidida e impositiva, de su intolerancia religiosa y de la herejía como instrumento al servicio de una política unificadora. Se trataba de dominar las conciencias como garantía del vasallaje del conjunto de la población, mas no pudo lograrlo porque, cierto, eran una débil minoría frente a la mayoría de origen hispano-romano y católico, y, sobre todo, por las raíces ya hondas y firmes de la fe católica en aquel pueblo hispano, alimentadas y fundamentadas por mártires, pensadores y pastores, y, de manera muy principal, por lo bien regidos, apoyados y defendidos en la fe, generalmente, por sus pastores.

Pero el hecho de la muerte en Cartagena de Hermenegildo, el hijo mayor de Leovigildo, y el consiguiente fracaso de éste, hizo cambiar las cosas. Es muy probable que ya el mismo Leovigildo, al final de sus días, recomendara a su otro hijo y heredero posterior del trono, Recaredo, que debería intentar lograr la unidad religiosa del pueblo por la vía de la unidad católica. Así lo afirma una tradición posterior que «nos dice que la muerte del hijo, que no puede atribuírsele, movió a Leovigildo a reconocer su error y que, poco antes de su muerte (586), recomendó a su hijo y sucesor, Recaredo, que lo enmendara aceptando la fe de Roma» [18].

El rey que sucede a Leovigildo es su hijo Recaredo. La conversión de Recaredo, decisión personal suya en principio, apenas heredado el trono de su padre (587), abrió el camino de la conversión de su pueblo y de la unidad necesaria en la Hispania [19]. Con su conversión sincera, si bien no exenta también de motivaciones políticas, reencontró el camino que habría de conducir ad unitatem et pacem, según dice el Biclarense [20]. Catequizado por san Leandro, Arzobispo de Sevilla, amigo personal del papa San Gregorio Magno, uno de los grandes «creadores de Europa» [21], Recaredo, al vivir las convicciones de su fe y palpar las consecuencias del fracaso de su padre, decide realizar aquel proyecto de unidad, pero por el camino contrario: que todos sean católicos. Las circunstancias cambiaban, y se tornaban favorables al nuevo proyecto de unidad católica.

Aparte de que, innegablemente, para la conversión del pueblo visigodo y la consecuente unidad, jugó un papel importante el exemplum regis, como también lo había jugado de manera decisiva la conversión del rey en el caso de otros pueblos del norte, Recaredo intentó la unidad por la vía de la persuasión y el convencimiento de las mentes. Convoca una asamblea del episcopado arriano y más por el convencimiento que por la fuerza consigue que algunos obispos arrianos sigan su ejemplo. Provoca frecuentes conversaciones con los obispos arrianos y católicos, impulsa debates y discusiones ante el pueblo entre significadas personalidades del ámbito eclesiástico católico y del arriano –tal es el caso del debate célebre entre el Obispo católico Massona, de Mérida, y el Obispo Suna, arriano– para que el pueblo pudiese tener elementos de juicio y discernimiento antes de tomar una decisión. Hubo también mucha predicación y catequesis por parte de los obispos. Se iba preparando el terreno, hasta que, superadas esporádicas y lógicas reticencias, llega la convocación oficial de un gran Concilio Nacional, en Toledo, que sirviese de marco adecuado a la solemne conversión del pueblo visigodo.

Antes, no lo olvidemos, se había producido en la Galaecia la conversión de los suevos a la fe católica y la unidad de suevos e hispano-romanos. Lo que sucedió en la Galaecia de los suevos «hacía creíble una utopía político-religiosa capaz de superar todos los conflictos creados por los romanos y los bárbaros… ‘allí’ se ponen los primeros cimientos a lo que será Europa: la unidad de los diversos aunados por un Credo común… Braga y Toledo son dos escalones que permiten llegar a la Europa cristiana» [22]. La misión y obra de San Martín de Braga, con los dos primeros concilios bracarenses (561 y 572) «significan los precedentes más significativos del II Concilio de Toledo» [23]. Llegamos así al 9 de mayo de 589, en que se inicia el «acontecimiento decisivo» del III Concilio de Toledo, que abrió una nueva época en España, con la unidad y la concordia, y con el comienzo de la sociedad visigótica [24].

El Tercer Concilio de Toledo

Convoca a Toledo el Rey Recaredo, ya convertido a la fe católica, siguiendo el ejemplo de Constantino, en Nicea, y de Marciano, en Calcedonia; convoca a todos los miembros del episcopado hispano-visigótico a una asamblea gozosa; quería el monarca que «todos los obispos del Reino se alegraran en el Señor por su conversión y la de la raza de los godos, y dieran gracias a la Bondad divina por un don especial» [25]. Pero también convoca la autoridad religiosa, en aquellos momentos, el Arzobispo de Sevilla, San Leandro; con él están dos grandes personalidades eclesiásticas: el abad Eutropio del monasterio Servitano en la diócesis de Arávica, no lejos de Cuenca, que le ayuda en toda la organización [26], y el Obispo de Mérida, Massona. Los Obispos convocados acudieron a la convocatoria, sabiendo que se les convocaba para lograr la unión de visigodos e hispano-romanos, para profesar la fe católica, el Credo nicenoconstantinopolitano; el fin principal de la convocatoria era la abjuración solemne del arrianismo por parte del Rey y de su pueblo, y dar gracias a Dios por ello. Llegaron 57 obispos católicos y seis vicarios representantes de otros tantos que no pudieron acudir: la totalidad, pues, de las provincias eclesiásticas –Bética, Cartaginense, Galicia, Lusitana, Narbonense y Tarraconense–; se unieron ocho obispos arrianos que abjurarían públicamente de la herejía arriana y confesarían el Credo católico. Un número importante de abades y de mandatarios del Reino se sumaron también a aquel acontecimiento eclesial e histórico de primer orden.

Aquel 8 de mayo de 589, cuando comienza solemnemente el Concilio, era domingo. En la inauguración solemne el Rey habla a los Obispos y les dice:

«No creo, reverendísimos obispos, que desconozcáis que os he llamado a la presencia de nuestra serenidad con objeto de restablecer la disciplina eclesiástica. Y como quiera que hace muchos años que la amenazadora herejía no permitía celebrar concilios en la Iglesia católica, Dios, a quien plugo extirpar la citada herejía por nuestro medio, nos amonestó a restaurar las instituciones eclesiásticas conforme a las antiguas costumbres. Debéis, pues estar contentos y gozosos de que las costumbres antiguas y canónicas, con la ayuda de Dios, vuelvan a los cauces antiguos mediante nuestra gloria. Sin embargo ante todo os amonesto y exhorto igualmente que os entreguéis a los ayunos, vigilias y oraciones, para que el orden canónico, que un largo y duradero olvido había hecho desaparecer del recuerdo episcopal y el que nuestra edad confiesa ignorar, se os revele nuevamente por el don divino» [27].

Los Padres conciliares, después de tres días de ayuno, oración y penitencia, volvieron al templo de Santa María para reanudar la reunión conciliar, en la que, de nuevo, les habló el Monarca, al tiempo que les hizo entrega del tomus regius, leído solemnemente por un notario, en que declaraba el monarca que «habiendo recibido de Dios la carga del reino y el gobierno de tantos pueblos, tenía sin embargo clara conciencia de su condición mortal y de que no podía merecer la bienaventuranza futura si no era con el culto de la verdad y confesando al Creador tal como se merece. La fe -decía- es el único homenaje de acción de gracias que podemos rendir a Dios por los beneficios recibidos, porque, ¿qué podemos nosotros darle, ‘si no es creer en Él con toda devoción, tal como según las Escrituras quiso Él ser entendido y mandó que se le creyese?’» [28]. Lo que correspondía era abjurar del arrianismo y confesar la fe católica. Y así lo dijo el Rey Recaredo:

«No creemos que se oculte a vuestra santidad cuánto tiempo España padeció bajo el error de los arrianos y cómo, habiendo sabido vuestra beatitud, no mucho después de la muerte de nuestro padre, cómo nosotros mismos nos habíamos unido a la santa fe católica, creemos se produjo por todas partes un inmenso y eterno gozo. Y, por lo tanto, venerados padres, hemos determinado reuniros para celebrar este concilio, a fin de que vosotros mismos déis gracias eternas al señor con motivo de los hombres que acaban de volver a Cristo. Lo que deberíamos tratar igualmente delante de vuestro sacerdocio acerca de la fe y esperanza nuestra que profesamos, os lo damos a conocer por escrito en este pliego. Léase, pues, en medio de vosotros. Y nuestra persona gloriosa, aprobada por el dictamen conciliar, brille ennoblecida por el testimonio de la misma fe para todos los tiempos futuros» [29].

El pliego o tomo que se estaba leyendo, añadía que no podía alcanzar la bienaventuranza eterna, sino con la confesión de fe que le agrada a Dios:

«Esto es que confesemos que el Padre es quien engendró de su substancia al Hijo, igual a sí coeterno, y no que sea Él al mismo tiempo nacido y engendrador, sino que una es la persona del Padre que engendró, otra la del Hijo que fue engendrado, y que, sin embargo, uno y otro subsisten por la divinidad de una sola substancia: el Padre, del que procede el Hijo, pero Él mismo no procede de ningún otro. El Hijo es el que procede del Padre, pero sin principio y sin disminución subsiste en aquella divinidad, en que es igual y coeterno al Padre. Del mismo modo, debemos confesar y predicar que el Espíritu santo procede del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo es de una misma substancia; que hay en la Trinidad una tercera persona, que es el Espíritu Santo, la cual, sin embargo, tiene una común esencia divina con el Padre y el Hijo. Pues esta santa Trinidad es un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, por cuya bondad, aunque toda criatura haya sido creada buena, sin embargo, por medio de la forma humana tomada por el Hijo, se ve reparada en su origen pecador a la primera beatitud. Pero del mismo modo, como es señal de la verdadera predestinación creer que la Trinidad está en la Unidad, y la Unidad en la Trinidad, así se dará una prueba de verdadera justicia si confesamos una misma fe dentro de la universal Iglesia y guardamos los apostólicos preceptos apoyados en apostólico fundamento. Sin embargo, vosotros, obispos del Señor, conviene que os acordéis de cuántas molestias padeció hasta ahora, de parte del adversario, la Iglesia católica de Dios en España. Cuando los Católicos y defendían la constante verdad de su fe y los herejes apoyaban con animosidad más pertinaz su propia perfidia, yo también, según lo veis por los resultados, encendido por el fervor de la fe, he sido impulsado por el Señor para que, depuesta la obstinación de la infidelidad y apartado el furor de la discordia, condujera a este pueblo, que servía al error bajo el falso nombre de religión, al conocimiento de la fe y al seno de la Iglesia católica» [30].

A continuación, y antes de hacer su profesión pública de fe católica, el Monarca expone y afirma lo que él ha hecho y está haciendo para la conversión de los visigodos:

«Presente está toda la ínclita raza de los godos, apreciada por todas las gentes por su genuina virilidad, la cual, aunque separada hasta ahora de la fe, por la maldad de sus doctores, y de la unidad de la Iglesia católica, sin embargo, en este momento unida conmigo de todo corazón participa en la comunión de aquella Iglesia que recibe con seno maternal a la muchedumbre de los más diversos pueblos y los nutre en sus pechos de caridad, y de la cual se dice por boca del profeta: ‘Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos’. No sólo la conversión de los godos se cuenta entre la serie de favores que hemos recibido; más aún la muchedumbre infinita del pueblo de los suevos que con la ayuda del cielo hemos sometido a nuestro reino, aunque conducida a la herejía, por culpa ajena, ha sido traída, por nuestra diligencia al origen de la verdad. Por lo tanto santísimos Padres, ofrezco al eterno Dios, por vuestra mano, como un santo y expiatorio sacrificio, a estos nobilísimos pueblos, que por nuestra diligencia se han ganado para el Señor, pues será para mí una inmarcesible corona y gozo en la retribución de los justos si estos pueblos, que por nuestros cuidados corrieron a la unidad de la Iglesia,

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Publicado el 29 septiembre 2008
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