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Nosotros que luchamos con Dios. Una nueva perspectiva sobre la mayor historia jamás contada

Reseñado por Manuel José Rengifo S.

10 septiembre 2026


Nosotros que luchamos con Dios. Una nueva perspectiva sobre la mayor historia jamás contada

Jordan Peterson ha construido su obra sobre una premisa que pocos autores contemporáneos se atreven a sostener con tanta sistematicidad: que los grandes relatos mítico-religiosos no son vestigios de una mentalidad precientífica, sino condensaciones funcionales del conocimiento psicológico más profundo que la humanidad ha destilado a lo largo de milenios. Nosotros que luchamos con Dios representa la culminación más ambiciosa de ese proyecto, una hermenéutica psico-arquetípica del Antiguo Testamento que atraviesa desde el Génesis hasta el libro de Jonás, y que interpela tanto al lector devoto como al clínico, al filósofo y al científico. El resultado es una obra de considerable fuerza conceptual, con algunas tensiones metodológicas que merecen análisis.

El libro no opera como exégesis bíblica convencional ni como ensayo de teología sistemática. Su dispositivo hermenéutico es otro: cada figura del canon hebreo –Adán y Eva, Caín y Abel, Noé, Abraham, Moisés, Jonás– es leída como la dramatización de una estructura psíquica arquetípica, en el sentido junguiano del término. Dios, a su vez, no es tratado como entidad metafísica que requiera demostración ontológica, sino como un carácter narrativo cuyas distintas apariciones revelan progresivamente los atributos del principio supremo que organiza la psique y la cultura: la creatividad frente al caos, la conciencia moral, el llamado a la aventura, la exigencia de sacrificio genuino.

Esta decisión metodológica es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y la mayor limitación del texto. Es una fortaleza porque permite a Peterson tender puentes entre tradición religiosa, psicología profunda y ciencia cognitiva con una coherencia argumentativa interesante. Es una limitación porque, como veremos, el precio de esa coherencia puede ser una cierta circularidad interpretativa.

El capítulo inaugural establece el vocabulario conceptual que gobernará todo el libro. El tohu va-bohu hebreo –el caos informe sobre el que se mueve el espíritu de Dios en el Génesis– es identificado con el dominio de la posibilidad no actualizada, equivalente funcional del inconsciente colectivo junguiano y, sorprendentemente, del espacio de estados que enfrenta la conciencia al despertar cada mañana. El Logos divino que da forma al caos es homologado con la función psíquica del nombrar y someter: el proceso activo mediante el cual la conciencia transforma potencialidad en realidad habitable.

Peterson opera en un registro clínico y evolutivo: la razón por la que estos relatos retienen su poder sería neurobiológica tanto como cultural; son las estructuras a través de las cuales el sistema nervioso humano ha aprendido, durante centenares de miles de años, a jerarquizar el valor y a orientar la acción. Esta tesis, desarrollada ya en Maps of Meaning (1999), encuentra aquí su expresión más accesible y narrativamente encarnada.

Quizás el capítulo más logrado del libro sea el dedicado a Caín y Abel. Peterson propone que el problema del sacrificio –qué ofrecer, cómo y a quién– no es una curiosidad religiosa arcaica, sino la pregunta psicológica fundante: ¿qué es el trabajo?, ¿qué es la postergación de la gratificación?, ¿qué significa subordinar el impulso presente a una unidad de propósito que trasciende al yo inmediato? La identificación que establece entre sacrificio y trabajo –ambos como estructuras de postergación y ofrenda al futuro– tiene una elegancia conceptual genuina. La diferencia entre la ofrenda de Abel –lo primogénito, lo mejor, sin reserva– y la de Caín –lo secundario, lo que sobra– se convierte en una fenomenología de la autenticidad en la relación con la propia vida.

Más aún, Peterson elabora aquí una psicopatología del resentimiento de notable densidad clínica. Caín no es simplemente un asesino; es el prototipo del individuo que, ante el fracaso de su propia ofrenda mediocre, convierte la diferencia cualitativa en acusación moral contra el orden cósmico. Peterson identifica en esta lógica caínica la matriz psíquica de los totalitarismos modernos: el marxismo, el jacobinismo, el meta-marxismo posmoderno. Es aquí donde su pensamiento adquiere mayor potencia crítica, pero también donde la argumentación se tensa al límite de lo que el material exegético puede sostener.

El principal reparo metodológico que cabe plantear a la obra es de orden epistemológico. Peterson opera con lo que podríamos denominar una hermenéutica confirmacionista: el sistema de interpretación junguiano-arquetípico es tan comprehensivo que cualquier texto puede ser leído dentro de él sin que el texto pueda falsificar el marco. Cuando Abraham parte hacia Canaán, es el arquetipo del héroe respondiendo al llamado; cuando Jonás huye, es la misma estructura en modo de resistencia. La teoría absorbe tanto el sí como el no, tanto el avance como la fuga. Ello plantea una pregunta legítima: ¿puede un relato bíblico sorprender al intérprete, resistirle, decirle algo que el marco no había anticipado? En Peterson, esa resistencia del texto aparece con demasiada poca frecuencia.

Relacionado con esto, el libro presenta una tendencia a la universalización prematura de categorías psicológicas de origen occidental y junguiano. La díada caos/orden, la jerarquía del sacrificio ascendente, la figura del héroe individuado –todos estos constructos provienen de una tradición hermenéutica específica, y su aplicación al corpus hebreo antiguo implica supuestos sobre la invarianza transcultural de los arquetipos que merecerían mayor explicitación crítica.

Dicho esto, sería injusto no reconocer lo que esta obra hace de manera destacada. Primero, consigue que textos milenarios que habitan el trasfondo invisible de la cultura occidental vuelvan a ser experimentalmente vivos para un lector contemporáneo. Segundo, la integración entre mitología comparada (Marduk, Osiris, el Enuma Elish), psicología profunda, neurociencia cognitiva y teoría literaria es genuinamente original en su alcance, aunque no siempre en cada uno de sus componentes. Tercero –y aquí la contribución clínica es real–, Peterson articula con notable claridad la función psíquica de la narrativa religiosa en la regulación del sentido, la ansiedad existencial y la orientación de la acción: en ese terreno, su lectura del episodio de Elías y la still small voice como descubrimiento de la conciencia como voz interior de Dios constituye una de las páginas más logradas del libro y ofrece recursos genuinos para cualquier clínico que trabaje en la intersección entre psicoterapia y espiritualidad.

Nosotros que luchamos con Dios es una obra intelectualmente ambiciosa que merece ser leída con el rigor que su propia erudición exige. Peterson propone, en el fondo, que la psicología profunda y la teología narrativa no son disciplinas separadas sino dos descripciones del mismo fenómeno: la lucha del ser humano por orientarse en un universo que excede su comprensión. Esa propuesta, con sus fortalezas y sus límites, tiene el mérito infrecuente de tomarse en serio tanto el texto sagrado como la experiencia interior, sin reducir ninguno de los dos a epifenómeno del otro. En un momento cultural donde la fragmentación disciplinar es la norma, ese gesto integrador tiene un valor que supera sus imperfecciones metodológicas.

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