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  3. Conferencia en la Iglesia de San Ignacio: El poder de Dios, nuestra esperanza

Conferencia en la Iglesia de San Ignacio: El poder de Dios, nuestra esperanza


I

1. Reflexiones preliminares sobre la naturaleza del poder

La palabra ‘poder’ encierra para nosotros, hombres contemporáneos, simultáneamente algo fascinante y amenazador: En cada hombre dormita el sueño de determinar todas las cosas según su propia voluntad, de vivir libre y sin miedo en medio de este mundo.  Pero para la mayoría se trata siempre de un sueño.  Ese poder lo vemos en manos de otros; peor todavía, se nos presenta como un poder anónimo cuyos verdaderos portadores no se muestran.  Un poder así se toma pesadilla y amenaza, y en ningún caso motivo de esperanza.  El miedo, que en sus diferentes manifestaciones traspasa nuestro tiempo, es generado por ese poder anónimo que se sustrae a toda posibilidad de control: miedo ante la amenaza ecológica de las raíces de la vida, atacadas por la dinámica inherente a la misma técnica.  Una técnica creada por el hombre para dominar la naturaleza, la cual amenaza transformarse en un poder enemigo que se escapa de sus manos.  Técnica que lo vuelve en esclavo de sus propias conquistas, en vez de conferirle al hombre mayor poder.  A este miedo se agrega el terror frente a la amenaza de los arsenales de armas que la humanidad posee.  Ellos han sido creados como forma de dominio de un estado sobre otros.  En la actualidad parecen crecer al ritmo de una dinámica forzada de tal modo que la pregunta referente a un control de los mismos, a través de los gobiernos, se hace urgente.  Las actuales esperanzas de desarme no llegan a vencer el terror ante automatismo de la maquinaria y el riesgo de que ella se desencadene por sí misma.  Existe todavía el miedo frente al dominio de la industria y de la economía, que amenazan reducir al individuo a una pura función.

Frente a estas formas de poder que nos aniquilan; ¿dónde está el poder de Dios? ¿Poseerá Él realmente algún poder sobre este mundo? ¿Puede su poder generar esperanza en medio del terror causado por estos poderes, o estará Dios reducido a la impotencia? Quizá sea de provecho recordar que antiguamente se albergaban sentimientos semejantes frente al poder de Dios; los mismos que nos embargan hoy frente a los poderes creados por el hombre, poderes que ahora se ha vuelto anónimos.  Los imprevistos de la naturaleza y del destino daban al hombre la sensación de estar expuesto a un poder indefinido, misterioso, aparentemente arbitrario.  Había que intentar apaciguarlo, venerándolo; o mantenerlo a distancia, defendiéndose de él.  La magia es una tentativa de encontrar una llave de acceso a aquellas fuerzas desconocidas, de penetrar en su misterio para no permanecer totalmente indefenso frente a ellas.  Traduciendo en términos racionales la misma tentativa, la técnica ha intentado captar el funcionamiento de la naturaleza, con el fin de someterla.  Este proceso supone evidentemente la desmitificación cristiana del mundo, a través de la cual le fue dado al hombre la certeza de no vivir bajo las amenazas de fuerzas divinas ocultas, sino más bien en un mundo creado por Dios según criterios racionales.  Aquel mundo que Dios nos confió para que con nuestra inteligencia intentemos reflexionar los pensamientos de su inteligencia y aprendamos a gobernarlo, a ordenarlo y a impregnarlo a partir de sus pensamientos.  Pero según este esquema, Dios aparece cada vez más superfluo y finalmente hasta incómodo y obstaculizante.  Para Dios quedó solamente la subjetividad y, dentro de lo poco que aún a Dios le resta, Él es reducido a un simple sentimiento casi vacío de significado, o en su defecto también aparece como un espía que me observa por el agujero de la cerradura de mi existencia, cortando mi libertad.  Así se le ha disminuido y aún más: Él continúa siendo el peligro que impide el desarrollo completo de mi libertad.  De aquí que comienza, en forma más sutil aún, el mismo proceso que la magia había intentado en relación a la naturaleza:  hay que defenderse de ese Dios, hay que aniquilarlo, hay que penetrarlo para poder luchar contra él.  El psicoanálisis y la psicoterapia son esa magia de lo interior que el hombre utiliza para conquistar el dominio sobre su alma y liberarse de la amenaza que Dios representa.  Mas el alma así develada pierde su libertad, y el dominio contra Dios así adquirido se rebela contra el hombre.

¿Es el poder de Dios, en último término amenaza o esperanza?  Son pocos los que todavía ven el Él una amenaza; demasiada es la distancia que nos separa de Dios, y hay otras amenazas que actualmente se hacen mucho más concretas.  El otro lado de este proceso es que aun para la persona que cree se va haciendo más difícil ver en Dios la esperanza de su vida, la esperanza de nuestra historia, de forma que edifique su vida en base a ella.  Por eso, es necesario plantearse concretamente la pregunta: ¿Tiene Dios realmente poder en el mundo?  Y si lo tienen, ¿qué tipo de poder es ese? ¿Dónde o cómo se manifiesta? ¿De qué manera se hace concreto y accesible? ¿Qué significado tiene para nuestra vida? ¿Qué significa concretamente para el sacerdote y para sus colaboradores, aquí y ahora?

2. Dos textos bíblicos relacionados con el poder: El monte de la tentación y el monte de la misión

Voy a responder a esta pregunta a partir de dos textos bíblicos que muestran de modo antitético lo que no es y lo que es el poder de Dios.  De este modo se esclarece al mismo tiempo lo verdadera naturaleza del poder y de la esperanza.  El primer texto narra la tercera tentación de Jesús (Mt 4,8-10).  Satanás lo lleva a la cumbre de una gran montaña y le muestra todos los reinos de la Tierra y su esplendor.  Satanás se presenta como el verdadero soberano del mundo, poseedor del poder y capaz de conferirlo.  Le ofrece a Jesús este poder y “su esplendor” -palabras éstas que se encuentran también en el rito bautismal cuando, para poder ser cristiano, se renuncia no sólo a Satanás, sino también concretamente a su esplendor-.  Esplendor del poder significa hacer lo que uno quiere, gozar, disponer de todo, ocupar en todas partes los primeros lugares, no rehusar ningún placer, ninguna aventura, que todos se arrodillen ante ti.  Todo lo que se quiere le es permitido y se encuentra en su poder.  Es esa la ilusoria mentira de “ser como Dios”, caricatura del ser imagen y semejanza de Dios, mentira utilizada constantemente por el demonio para engañar al hombre y parodiar la libertad de Dios.  Satanás ofrece poder exigiendo su precio:  poder que se construye sobre la base del terror, del miedo, del egoísmo; poder que radica en la opresión del prójimo y en la idolatría del propio yo.  Satanás pareciera afirmar que son éstas justamente las características del poder que, de otro modo no se puede adquirir.  Quien quiere dominar, tiene que oprimir, necesita la amenaza del poder y, por otro lado, tiene que gozar de sus ventajas.  Y ¿cómo ha de ser redimido el mundo si el Redentor no tiene este poder?  Es obvio que el Salvador, si es verdad que quiere lograr algo, tiene que aceptar la oferta del poder y someterse a las reglas del juego.  Y esta tentación recorre toda la historia.  Los poderosos de este mundo nunca dejarán de ofrecer el poder a la Iglesia y, por supuesto, sus reglas de juego.  Pero la vocación de la Iglesia no consiste en erigir un reino mesiánico donde el poder humano se hace pasar y adorar por el poder de Dios.  Lo que caracteriza el poder de la Iglesia no puede ser nunca el tipo de poder de la soberanía política o del dominio de la técnica.  Tal afirmación no intenta condenar el poder político como tal; tampoco condena la espada de la justicia que aparece en la Carta a los Romanos 13,1-7.  Lo que se condena es la identificación del poder de la Iglesia con el poder político; del poder de Dios con el poder político, así como la implícita absolutización de todo tipo de poder humano, como si éste, por sí mismo, pudiese traer salvación.  Lo que se rechaza es también una determinada idea de la redención, una imagen falsa del hombre y de Dios, imagen que transforma a Dios en una caricatura, porque ha reducido al hombre simplemente al esplendor del poder y, por consiguiente, a una humanidad ficticia.

Interrumpamos aquí nuestras reflexiones para considerar un segundo texto del evangelio de San Mateo que muestra a Jesús en la cumbre de una alta montaña y retoma el tema del poder.  Es el último pasaje del evangelio: El Resucitado llamó a los once a lo alto de la montaña para confiarles su misión y su promesa para la historia futura.  Sube nuevamente al monte, no por la magia de Satanás, sino gracias al poder de Dios.  Sube nuevamente al monte donde no contempla sólo los reinos de este mundo y su esplendor; no, ahora puede afirmar: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.  Su poder no abarca solamente la tierra, sino también el cielo y, por eso, es “todo poder”.  Lo que Él rehusó recibir del poder del demonio, es suyo en realidad, pero de un modo totalmente diferente porque proviene de otra fuente.  Ahora Él es el Señor del cielo y de la tierra, que envía a sus discípulos como mensajeros y portadores de su poder.  Mas ¿de dónde le viene este poder? ¿Cuál es su naturaleza?

Primero, hagamos una constatación: quien habla así es el Resucitado. Quiere decir: el que pasó por la muerte, el que, sólo a través de la muerte, a partir de esa otra dimensión y en vista de ella posee el poder.  Un poder que, por esta misma razón, abarca todo, no sólo lo visible, sino el cielo y la tierra, los tiempos hasta su fin y aún más allá.  En otras palabras: esta última aparición “en lo alto del monte” fue precedida por una experiencia en otro monte, experiencia que se sitúa entre los dos grandes acontecimientos de la montaña que los separa y los relaciona entre sí.  Jesús había subido al monte de la crucifixión, como antaño Isaac escalara el monte Moriah.  El demonio había conducido a Jesús anteriormente a la cúspide del templo y a la cima de la montaña, pero ahora Jesús está en realidad totalmente “elevado” en la cumbre.  Esta “elevación” alcanzada ahora es diametralmente opuesta a las “alturas” de Satanás, las cuales son alturas del propio poder, de autodeterminación arbitraria que todo quiere poseer y realizar.  Poder que no pasa de ser una continua mentira sin sentido.  Aquel “todo”, el querer tenerlo y gozar de él, nunca pasará de ser algo muy ínfimo; es más una nada que un algo.  El hombre, verdaderamente creado para el “todo”, experimenta el tremendo vacío de aquel otro “todo”.  La altura del monte de la crucifixión consiste en la renuncia total de Jesús a posesiones y al poder, para llegar al aniquilamiento completo, a la desnudez total, al no tener nada, ni siquiera un lugar en el suelo.  Al decirle al Padre: “Que se haga tu voluntad”, renunció a todo esto.  Renunció hasta llegar a identificar su voluntad totalmente con la voluntad del Padre.

Llegó así al “todo” real de la cumbre más alta del ser: “ser uno” con Dios verdadero, quien no es déspota ni usurpador, sino Verdad eterna y Amor eterno.  Así se restaura la verdadera imagen de Dios y del hombre: negando aquella imagen falsa contenida en la satánica propuesta del “ser como Dios”.  En su aniquilamiento terreno, Jesús identificándose con la voluntad del Padre, resiste al poder de la fuerza arbitraria a la cual todo se le permite.  El se une con Dios, y así se une al verdadero poder que abarca el cielo, la tierra, el tiempo y la eternidad.  Su unión con Dios es tan grande, que el poder de Él se hace suyo.  En lo alto del monte de la transfiguración, Jesús anuncia un poder que nace de la fuente de la cruz, poder que es la contradicción absoluta de aquel otro poder arbitrario que todo quiere poseer, gozar y realizar.

3. La naturaleza del poder de Jesús: poder en la obediencia; poder asumido con responsabilidad

Preguntémonos aún más concretamente: ¿Cuál es en realidad la naturaleza de este poder? ¿Se trata realmente de poder? ¿Qué podemos esperar de él? Todo lo que hemos dicho resulta lejano a nuestras experiencias existenciales de hoy.  Tenemos, por eso, que aproximarnos lentamente, paso a paso, a la realidad que constituye este poder, tanteando para intentar comprenderla.  Como primer paso me parece útil hacer una observación lingüística; para designar el poder de Jesús, el Nuevo Testamento no emplea una palabra que signifique la fuerza inherente del hombre, un poder que existe en naturaleza.  Utiliza la palabra “exusia”, que se usa en la lengua griega para expresar el derecho de hacer algo, derecho que a la vez está anclado en la legislación de un Estado.  Esta palabra señala la posibilidad que la ley da de obrar con plenos poderes: derecho, licencia, libertad[1].  Se trata de un poder conferido, que proviene de un todo de derecho, de una forma de justicia.  Es un pleno poder, derivado de un poder superior y que, por eso, tiene autoridad.  Es poder que proviene de la obediencia, un poder responsable frente a un orden interior y enraizado en él.  La palabra que la Biblia usa para hablar del poder de Jesús ofrece ya en sí misma una interpretación profunda acerca de la naturaleza de este poder, el cual no consiste en fuerza física o técnica.  El poder de Jesús no es el de un viejo Goliath como tampoco el de un Goliath moderno, sino es un poder que nace de la obediencia, de una relación que es responsabilidad por el ser y responsabilidad de la Verdad y del Bien.  Es un poder humilde, tal como está descrito en el himno cristológico de la Carta a los Filipenses (2,5-11).  Cristo no defiende su identidad divina como el ladrón que defiende su botín, que es un poder por fin conquistado, con el cual puede gozar la vida.  Esa actitud del ladrón corresponde al concepto corriente de poder y, en realidad, es señal de impotencia: el botín no le pertenece, por eso le da uso y lo defiende codiciosamente, Romano Guardini describe en términos muy hermosos el valor del acto más personal y propio de Jesús -el himno de la Carta a los Filipenses habla de ello-, la crucifixión, y la exaltación que contiene.  “La vida entera de Jesús es expresión del poder en la humildad… en la obediencia a la voluntad del Padre.  Para Jesús la obediencia no es algo secundario.  Ella constituye el núcleo de su ser…”[2]  Asimismo, su poder no conoce “límites impuestos desde afuera, conoce un solo límite que le viene del propio interior…: la voluntad del Padre aceptada en libertad”.  Ya habíamos afirmado: Es un poder que se autoposee soberanamente hasta el punto de “poder renunciar a sí mismo”.[3]  El poder de Jesús es, como el término exusia lo indica, poder que nace de la obediencia.  Esto significa también que es poder en un conjunto global de derecho, el cual es en sí mismo poder.  Pero el cuerpo de derecho que lo apoya y del cual él proviene no es, en último término, un conjunto de preceptos, sino que es la voluntad de Dios, que es el orden del Bien y de la Verdad, del Amor personificado.  El poder de Jesús es poder fundamentado en el amor, es el amor que se hace poder.  Es poder que de lo tangible y visible nos conduce a lo invisible y verdaderamente real del poderoso amor de Dios.  Es un poder que es camino, camino cuya meta es hacer avanzar al hombre, de modo que se trascienda a sí mismo y entre en el Amor.  Aquí podemos anticipar brevemente un tercer aspecto que se deriva de éste: Jesús confirió exusia a su Iglesia.  Ella participa del pleno poder de Jesús y todo su poder no es otra cosa sino la participación en el pleno poder de Jesús y, como tal, sumisión a su criterio y participación en su naturaleza.

4. Los dos modos de poder: poder de dominio y poder de obediencia

Resumiendo lo dicho, podemos afirmar: El poder de Dios se manifiesta visiblemente en el mundo en el poder de Jesucristo.  Este nace de la identificación de la voluntad de Jesús con la voluntad del Padre, y tiene sus raíces más profundas en la cruz.  El poder de Jesús estableció su morada en el mundo a través de los plenos poderes conferidos a la Iglesia.  Antes de continuar con estos pensamientos y entrar a analizar nuestra vida práctica, como también la vida de la Iglesia y del sacerdote hoy, quiero recordar todavía otro pasaje de las Escrituras que expone de manera nuclear la naturaleza del falso poder y muestra definitivamente lo que significa y lo que no significa el poder de Dios en el mundo y para el hombre.  Me refiero a la narración del primer pecado (Gen 3).  Adán “toma el fruto que le promete el conocimiento del bien y del mal.  Mas él no quiere conocer por conocer, para percibir la realidad, para someterse a ella y vivir en sintonía con ella a partir de esta percepción.

El deseo que despierta el diálogo con la serpiente es precisamente contrario a esta perspectiva: Adán quiere conocer para conquistar poder.  Este conocimiento no pretende ser un entender mejor el lenguaje del ser, tampoco un purificar sus capacidades auditivas para escuchar y así obedecer mejor.  Adán quiere conocer y saber porque el poder de Dios se le ha hecho sospechoso y pretenden enfrentarlo con un poder igual.  Adán quiere conocer porque está convencido que el hombre solo encuentra la libertad en la rebelión.  Él mismo quiere ser un Dios, y para él esto significa no tener que escuchar, sino ejercer poder.  Conocer permite reinar, permite dominar.  Se trata de un saber puramente funcional, que quiere usufructuar y subyugar.  El poder visto de esta manera parece consistir precisamente en no tener a nadie sobre él, en referir todo a sí mismo y a sus propios intereses, para transformarse en “gloria del poder”.

Asimismo, aparece un nexo interno entre esta escena y los tres pasajes de la Escritura que ya meditamos: el monte de las promesas de Satanás, el monte del crucificado que resucitó y, finalmente, la referencia de la Carta a los Filipenses sobre Adán como contrafigura de Cristo.  La narración del primer pecado muestra lo que sucede cuando se acepta la oferta de poder de Satanás: El poder se opone a la obediencia, la libertad a la responsabilidad.  En este caso, el saber se valoriza según el poder que efectúa y se priva el saber de sus componentes éticos.  Sin pretender considerar las ciencias naturales y la técnica como obras del demonio, en necesario reconocer que las formas actuales de dominio sobre la naturaleza reflejan algo de este espíritu.[4] En este sentido es significativa una afirmación de Thomas Hobbes: “Conocer un objeto significa saber lo que uno puede hacer con él cuando lo tiene”.[5]  Parece evidente que no es éste el “dominio” sobre la creación que Dios confirió al hombre. (Gen 1,28-30)  Ya mucho antes de las controversias ecológicas, Romano Guardini había descrito el verdadero dominio en términos precisos: “El hombre es señor por la gracia y tiene que ejercer su dominio con responsabilidad frente a Aquel que es Señor por esencia… Dominar no significa que el hombre imponga su voluntad a la naturaleza, sino que su poseer, su configurar y su trabajo deben provenir de su conocimiento y deben estar en sintonía con él.  Su saber debe acoger la verdad de lo que el ser es en sí…”.[6]

Intentemos ahora recoger lo que hasta aquí hemos ido meditando.  Preguntémonos nuevamente: ¿Tiene Dios poder sobre el mundo? ¿Es su poder esperanza para nosotros? De antemano hay que reconocer la existencia de un tipo de poder que nos es muy conocido: el poder que se opone a Dios, que intenta prescindir de Él hasta eliminarlo. La característica esencial de ese poder consiste en considerar a las personas como meros objetos y puras funciones, sometiéndolas al servicio de la propia voluntad.  No reconoce a las personas ni a las cosas como realidades vivas con derechos propios, cuya forma de ser exige respeto, sino las personas se tratan como funciones, como máquinas, como algo sin vida. Tal poder, en último término, es poder de muerte.  Quien lo utiliza está forzado inevitablemente a entrar en la dinámica de las leyes de la muerte.  La norma que impone a los otros se transforma en ley propia; así se realiza lo que Dios le dijo a Adán: “Si comieres de este fruto morirás”. (Gen 2,17)   Esto no puede de suceder cuando el poder se usa contra la obediencia .  El hombre no es Señor del ser, aunque le ha sido posible desmontarlo y montarlo en grandes fragmentos, como si se tratara de una máquina.  El hombre no puede vivir en oposición al ser, y cuando cree convencerse de lo contrario, cae en el poder de la mentira, es decir, del “no-ser”, del ser ficticio, en fin, del dominio de la muerte.

A veces este poder presenta características muy tentadoras que logran atraer.  Es verdad que estos sucesos son pasajeros, mas pueden ser también duraderos, y su brillo puede cegar.  Sin embargo, este poder no es el verdadero y real.  Pero el poder inherente al ser es más fuerte, y quien lo ejerce gana.  El poder que radica en el ser, no es un poder propio, sino poder del Creador.  Sabemos por la fe que el Creador no es solamente la Verdad, sino también el Amor.  Esta afirmación podría sonar melancólica si supiéramos muchas cosas que pasan en el mundo, de las cuales no nos damos cuenta en el radio de nuestra vida y de nuestras experiencias.  Pero a la luz de la nueva relación con Dios y con el mundo que Él mismo nos ofrece en Jesucristo, tal afirmación se transforma en expresión de una esperanza triunfal.  Ahora podemos invertir los términos: La verdad y el amor son idénticos al poder de Dios, pues Él no posee únicamente esa verdad y ese amor, sino que El mismo es Verdad y Amor.  La verdad y el amor son y constituyen entonces en el mundo el poder verdadero y definitivo.  En ellos se fundamenta la esperanza de la Iglesia, la esperanza de los cristianos.  Más aun, son la verdad y el amor los que hacen que la existencia cristiana sea esperanza.  A la Iglesia se le pueden quitar muchas cosas en este mundo.  Ella puede sufrir grandes y dolorosas derrotas.

Constantemente surgen en ella muchas cosas que la apartan de lo que ella realmente es.  Son precisamente estas cosas las que le son arrancadas de las manos.  Mas ella no perece; al contrario, su ser emerge siempre renovado y retoma nuevas fuerzas.  El barco de la Iglesia es la nave de la esperanza.  A ella podemos subirnos sin miedo.  Quien la guía y la protege es el mismo Señor del mundo.

II

En la primera parte hemos tratado de comprender lo que es el poder de Dios y la razón por la cual ese poder significa para nosotros esperanza y no una amenaza.  En la segunda etapa de reflexión intentaremos aplicar lo dicho a la vida de la Iglesia en general y del sacerdote y sus colaboradores en particular.  Preguntémonos: ¿Cómo puede penetrar este poder en nuestra vida? ¿Cómo puede llegar a ser, de forma concreta, esperanza para nosotros y para los hombres en este momento histórico? ¿Cuáles son las condiciones para que tal esperanza llegue a nosotros y se torne posesión nuestra? Las preguntas fundamentales de la primera parte sobre la naturaleza del poder las traté más bien con ejemplos y referencias que de modo exhaustivo y sistemático.  Mucho menos quisiera pretender ahora el desarrollo de una doctrina global de la vida cristiana y sacerdotal en relación al poder de la esperanza de Dios.  Simplemente intentaré, a partir de las reflexiones realizadas, iluminar sin mucha sistematización un par de pensamientos que se imponen.

1. La fe como puerta para el poder de Dios

La constatación fundamental de la primera parte la podemos sintetizar así:  El poder -en el sentido de la plenitud del poder de Jesucristo- es poder que procede de una relación mutua, es poder conferido a quien es obediente y, con responsabilidad, devuelve a Cristo lo recibido.  Conforme a esto, tanto el sacerdote como el cristiano en general tienen que ser personas que viven esencialmente de y en una relación con Dios.  El sacerdote debe ser un creyente, aquel que permanece en diálogo con Dios.  De no ser así, es inútil toda su actividad.  Lo más grande que un sacerdote puede hacer por los hombres es ser lo que es: un hombre de fe.  Gracias a lo que es, posibilita la entrada de Dios, de este Otros en el mundo.  Y si el Otro no actúa, es nuestro actuar muy poca cosa.  Sin embargo, donde los hombres intuyen, ‘Aquí hay uno que cree, que vive con y a partir de Dios’, su intuición genera esperanza.  La fe del sacerdote les abre una puerta a los hombres: Verdaderamente es posible creer aun hoy.  Cada acto humano de fe es un creer-con-el-otro, y por eso es tan importante aquel que me precede en la fe.  Desde todo punto de vista la fe del sacerdote, más que la de cualquier creyente, está expuesta a la lucha, pues los demás se apoyan en la fe suya.  En un momento histórico tiene él que vencer y superar en sí mismo las luchas de fe que los hombres sufren.  Por eso las crisis de la Iglesia y de fe se hacen con frecuencia más agudas y se manifiestan primero entre sacerdotes y religiosos que entre el resto del pueblo de Dios.  También corre el peligro el sacerdote de considerar el mundo de la fe como algo natural que incomoda y cansa, tal como sucedió primero con el hermano menor y más tarde con el mayor.  Cuando sucede esto, los que están en medio del mundo -sobre todo aquellos que, a partir de la experiencia de su vacío, reencontraron la fe- son capaces de ayudar al sacerdote, así como el regreso del hermano menor a la casa paterna ayudó al hermano mayor.  Estos han experimentado los desiertos del mundo y han redescubierto la belleza del hogar, belleza que se había transformado en carga para los que permanecieron en casa.  Así sucede el mutuo dar y recibir que hay en la fe, donde sacerdote y laicos se regalan mutuamente la cercanía de Dios.  Es necesario que el sacerdote cultive la humildad correspondiente a lo donado.  Él no debe permitir que en su corazón despierte el orgullo del hermano mayor que piensa: Este inútil que goza del cobijamiento del hogar no tiene idea del peso que es la fidelidad.  En nosotros se manifiesta este orgullo muchas veces como una especie de complejo de superioridad que dice entre sí: ¿Qué pueden saber laicos en el mundo acerca de los problemas de la interpretación crítica de la Biblia y de todas las otras críticas? ¿Qué saben ellos del abuso del poder en la Iglesia y de toda la miseria de su historia? La soberbia de los especialistas en materia de fe no es más que una obsesión ciega, típica de quien cree saberlo todo mejor.  La fe que en el desierto de un mundo sin Dios, incluso en la batea de cerdos que es la conversación vacía y sin alma, redescubre el agua fresca de la palabra de Dios, puede saber menos que el especialista sobre la crítica del texto bíblico.  Sin embargo, esta fe puede superarlo todo por la clarividencia con que reconoce la esencia en lo profundo del pozo de la palabra de Dios.  El cansancio del hermano mayor se dará siempre de nuevo, pero este no debe transformarse en obstinación que no es capaz de escuchar las hermosas palabras del Padre: Todo lo mío es tuyo.  En su creer el sacerdote debe preceder, pero también debe ser lo suficientemente humilde para seguir y acompañar a los demás en la fe.  Él los fortalece en la fe, pero también la recibe de ellos.

Pero eso no es evidente que afirmemos: Es creyendo me permitimos que la fuerza de Dios penetre en el mundo.  El primer ‘trabajo’ que le corresponde a un sacerdote es ser creyente, siempre de nuevo y cada vez más.  La fe nunca se da por sí sola: debe ser vivida.  Ella nos lleva al diálogo con Dios, diálogo que comprende tanto el hablar como el escuchar.  La oración es inseparable de la fe.  El tiempo que el sacerdote dedica a la oración y a escuchar la Sagrada Escritura nunca es tiempo perdido para su trabajo pastoral ni tiempo que le roba a los hombres.  Ellos detectan si acaso la actividad y el hablar de su párroco proceden de la oración o de su trabajo intelectual.  Él debe conducir a su comunidad, más allá de toda su actividad, a través de la oración, debe incluirla en su oración y entregarla así al poder de Dios.  Naturalmente, también aquí se repite el dar y recibir mutuo: Toda oración es oración con la Iglesia orante, y escuchar debidamente a la Escritura es posible sólo en sintonía con la Iglesia.

Antes de profundizar en ese pensamiento, quisiera tocar otro aspecto del tema ‘fe’ que se nos presenta a partir del núcleo de la primera parte de la conferencia: Fe es obediencia. Es unión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios y, precisamente por eso, imitación de Cristo, ya que lo esencial del camino de Cristo es su caminar hacia la fusión de su voluntad con la voluntad de Dios.  La redención del mundo tiene su raíz en la oración en el Huerto de los Olivos -No mi voluntad, sino la tuya- en esta oración que, como centro de la fe vivida, nos entregó el Señor en el Padrenuestro.  Al mismo tiempo tocamos aquí la dimensión más mariana de la fe y de la existencia cristiana.  “Feliz tú que has creído”, así saluda Elizabeth a María.  El acto de fe por el cual ella llegó a ser puerta de Dios para el mundo, abriendo en él un espacio de esperanza, de ‘bienaventuranza’, es -en su esencia- un acto de obediencia: Hágase en mí tu voluntad; todo mi ser se orienta en una relación de servicio frente a ti.  Fe significa para Ella ponerse a disposición, decir su sí.  En este acto de fe Ella entrega su propia existencia a Dios como lugar de su actuar.  Fe no es una actitud al lado de otras, sino la subordinación del propio ser a la voluntad de Dios y, de esta manera, a la voluntad de la Verdad y del Amor.  En su encíclica mariana el Papa ha interpretado la fe de María de un modo hermosamente profundo.  Y el año mariano debería impulsarnos a seguir a María en la meditación para aprender de nuevo de y con María la fe que es obediencia de toda nuestra existencia[7]. Quisiera elegir solamente dos de los elementos de la encíclica que nos pueden conducir a una más profunda comprensión de la fe de María y con ello de la fe como obediencia.  Se trata de la referencia al Salmo 40,68, al cual alude la Carta a los Hebreos (10,5-7) como una interpretación de aquel acto de obediencia de Jesús frente al Padre, realizado en la encarnación y en la cruz: “No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo… sí, vengo para hacer tu voluntad”.  En su sí al nacimiento del Hijo de Dios por la fuerza del Espíritu Santo en su seño, María pone a disposición su cuerpo, todo su ser, como lugar para el actuar de Dios.  En esa palabra la voluntad de María se identifica con la voluntad del Hijo.  En la sintonía de ese sí “me has preparado un cuerpo” se hace posible la encarnación y el nacimiento de Dios.  Para que Dios pueda entrar en el mundo, pueda nacer, en el mundo, es necesario que se repita ese sí mariano, esa conformidad de nuestra voluntad con la voluntad de Dios.

En la cruz se reactualiza nueva y definitivamente esa situación.  Ya no se vislumbra nada de la gloria del Padre David de la cual hablaba la p


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Fecha de publicación

25 diciembre 2008

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