1. Inicio keyboard_arrow_right
  2. Cuadernos keyboard_arrow_right
  3. Cuaderno 24

Cuaderno 24


CUADERNO HUMANITAS N° 24

El aborto y la encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II.

El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto; Pío XII excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana aún no nacida, “tanto si tal destrucción se entende como fin o sólo como medio para el fin”; Juan XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada, porque “desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora de Dios”. El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran severidad el aborto: “se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos”. La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917 establecía para el aborto la pena de excomunión. También la nueva legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que “quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”, es decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido: con esta reiterada sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves y peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversión y penitencia.

Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era imutable. Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos -que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.

Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia.

(N° 62 de la encíclica Evangelium vitae)


Información
Fecha de publicación

29 marzo 2011

Tipo
Autor
alternate_email

Inscríbete al newsletter

Cada martes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu email.

    Formulario para Newsletter


    (*) Campos obligatorios necesarios para procesar tu suscripción en la lista correcta.





    Autorizo expresamente a la UC para tratar los datos personales necesarios para la suscripción al boletín de Revista Humanitas, los que serán informados a la unidad encargada. Los datos personales serán usados solamente para esta suscripción y podrán ser eliminados por medio de la desuscripción directa del titular en el link de desuscripción.

    *Acepto que la UC trate mis datos personales para esta suscripción, y he leído y acepto la Política de Privacidad UC.