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Recibir y transmitir el Don como tal

13 marzo 2020


Ambas lecturas (Gn 37,3ss  y Mt 21,33ss) son una profecía de la Pasión del Señor. José vendido como esclavo por 20 siclos de plata, entregado a paganos. Y la parábola de Jesús, que con claridad habla simbólicamente de la muerte del Hijo. La historia de “un propietario que plantó una viña –el cuidado con que lo hizo–, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre –lo hizo bien–, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje”.

Ese es el pueblo de Dios. El Señor eligió ese pueblo, hay una elección de esa gente. Es el pueblo de la elección. Además hay una promesa: “Adelante. Tú eres mi pueblo”, una promesa hecha a Abraham. Y también hay una alianza hecha con el pueblo en el Sinaí. El pueblo debe conservar siempre en la memoria que es un pueblo elegido, la promesa para mirar adelante con esperanza y la alianza para vivir cada día con fidelidad. Pero en esta parábola sucede que, cuando llegó el tiempo para recoger los frutos, aquella gente había olvidado que no eran los dueños: “Los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo”. Ciertamente Jesús hace ver aquí –está hablando a los doctores de la ley– cómo los doctores de la ley han tratado a los profetas. “Por último les mandó a su hijo”, pensando que tendrían respeto de su propio hijo. “Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.

Le robaron la herencia, que era otra. Una historia de infidelidad, de infidelidad a la elección, de infidelidad a la promesa, de infidelidad a la alianza, que es un don. La elección, la promesa y la alianza son un don de Dios. ¡Infidelidad al don de Dios! No entender que era un don y tomarlo como propiedad. Esa gente se apropió del don y olvidaron que era un don para transformarlo en propiedad “mía”. Y el don, que es riqueza, es apertura, es bendición, se encerró, enjaulado en una doctrina de leyes, muchas. Fue ideologizado. Y así el don perdió su naturaleza de don, y acabó en una ideología. Sobre todo en una ideología moralista llena de preceptos, incluso ridícula porque cae en la casuística por cualquier cosa. ¡Se apropiaron del don!

Ese es el gran pecado. Es el pecado de olvidar que Dios se hizo don Él mismo por nosotros, que Dios nos lo dio como don y, al olvidarlo, nos convertimos en dueños. Y la promesa ya no es promesa, la elección ya no es elección: “La alianza debe interpretarse según mi parecer, ideologizada”. Aquí, en esta actitud, veo quizá el inicio, en el Evangelio, del clericalismo, que es una perversión, que reniega siempre la elección gratuita de Dios, la alianza gratuita de Dios, la promesa gratuita de Dios. Olvida la gratuidad de la revelación, olvida que Dios se manifestó como don, se hizo don por nosotros y debemos darlo, mostrarlo a los demás como don, no como posesión nuestra.

El clericalismo no es una cosa solo de estos días, la rigidez no es algo de estos días; ya había en el tiempo de Jesús. Y luego Jesús seguirá adelante con la explicación de las parábolas –este es el capítulo 21–, continuará hasta llegar al capítulo 23 con la condena, donde se ve la ira de Dios contra los que toman el don como propiedad y reducen su riqueza a los caprichos ideológicos de su mente. Pidamos hoy al Señor la gracia de recibir el don como dono, y trasmitir el don como don, no como propiedad, no de un modo sectario, de un modo rígido, de un modo clerical.


Fuente: Almudi.org

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