Cuando tomemos más distancia de esa hora de gracia que fue la Conferencia General de Aparecida, seguramente percibiremos con mayor claridad también otras dimensiones del documento conclusivo y otras facetas del espíritu de Aparecida.
Sorprenden las opciones pastorales del documento conclusivo de la Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. En ellas intuimos el espíritu que inspiró a los participantes y que, de alguna manera, nos inspiró a todos durante el tiempo de preparación. Para quienes fueron convocados y para tantos bautizados que siguieron el desarrollo de la Asamblea, Aparecida fue una hora de gracia. El nombre bendito de Nuestra Señora Aparecida es la palabra que designa a la Vª Conferencia General y al espíritu que la animó y la caracteriza.
Ese espíritu, y de ello todos tenemos conciencia, no fue el fruto de nuestros esfuerzos. Fue un don de Dios. Por eso, sabiendo que nuestro encuentro no fue un evento meramente humano, me referiré a él con profundo respeto e inconmensurable gratitud, consciente de estar demasiado cerca de la celebración de la Vª Conferencia como para aquilatarla adecuadamente, y que nuestras palabras son pobres e insuficientes para comunicar la experiencia vivida; una de las más hermosas de nuestras vidas.
1. Un recuerdo imborrable
Hacer memoria de Aparecida es peregrinar en silencio, con mucho asombro, a su impresionante santuario, admirar la labor pastoral y la acogida de la Arquidiócesis y de su Arzobispo, el impulso misionero de los padres redentoristas que animan la vida del santuario, como también de los agentes pastorales que se han consagrado al servicio del amor de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida a su pueblo, y de la confianza que éste deposita en ella; es maravillarse del espíritu alegre y servicial de los mil voluntarios, como también de la fe, el amor y la esperanza, los gestos religiosos y el canto de los 120.000 peregrinos «do povo de Deus», que acuden al santuario todas las semanas.
Hacer memoria de la Conferencia de Aparecida también es sumergirse nuevamente en los salmos, acompañados de las 100 voces del coro del santuario, es recordar a los seminaristas, acólitos infaltables en las celebraciones, y sobre todo la belleza de las significativas celebraciones litúrgicas que recogían, ofrecían y culminaban nuestros trabajos. El himno y los salmos de Laudes iniciaban cada mañana las concelebraciones eucarísticas en el altar central del santuario, presididas casi siempre por uno de los presidentes de nuestras conferencias episcopales. Concluíamos la labor cotidiana con el rezo común de Vísperas.
Hacer memoria nos invita a ser nosotros mismos discípulos de Jesucristo. Recordando a los primeros, optamos por una forma sobria de vida, compartiendo alojamientos sencillos en hoteles de pocas estrellas donde buscan albergue los peregrinos, y cada día nos enriquecimos con el ardor y la luz de su Palabra, comentada en homilías notables, tanto al iniciar la jornada con la Eucaristía, como al atardecer en el rezo de Vísperas. Ellas avivaban nuestra fe en el encargo que habíamos recibido de Dios y en la esperanza de su pueblo, y nos preparaban a recibir el pan bajado del cielo, precisamente para la vida del mundo.
Al iniciar cada día nos alegraba ver a los peregrinos que participaban en las celebraciones eucarísticas, concluyéndolas con uno de sus fervorosos himnos a la ‘Padroeira’ del Brasil. Y nos fortalecía saber que innumerables fieles, gracias a las transmisiones de radio y televisión, y a la diligencia con que trabajaban en tiempo real los servidores de ‘www.celam.info’, nos acompañaban y oraban con nosotros desde sus hogares en cercanos y lejanos rincones del continente y de las islas caribeñas.
Aparecida fue una hora de gracia en nuestra propia vocación de discípulos de Jesucristo, compartida con el pueblo-familia de Dios.
2. El espíritu de comunión y participación
Nos despedimos de Nuestra Señora Aparecida con una experiencia gozosa de comunión y participación, que hizo madurar entre nosotros éste y tantos otros frutos del Concilio, y realizó así uno de los anhelos más hondos de la Conferencia de Puebla de los Ángeles. Nos enriqueció esa admirable vivencia en la cual la comunión con la Sma. Trinidad se entrelaza en todo momento con la comunión entre los hermanos.
Con ese espíritu –con la colaboración de laicos, religiosos, religiosas, diáconos permanentes y sacerdotes diocesanos– preparamos la Vª Conferencia General durante largos y apretados meses. Así encaminaron su trabajo y sus reuniones miles y miles de comunidades a lo largo del Continente y en El Caribe, que se interiorizaron del temario con la ayuda del Documento de Participación y de las numerosas fichas. Quedaron contentas de la invitación que les hacían sus obispos a aportar lo suyo, preparando lo que serían las conclusiones de Aparecida.
Con ese mismo ánimo trabajaron las conferencias episcopales que conforman el Consejo Episcopal Latinoamericano, el CELAM, y colaboraron con nosotros 50 diócesis de los Estados Unidos, como asimismo algunas de Canadá y Europa. La presidencia del Consejo Episcopal y la comisión de preparación, con la colaboración unánime de los presidentes de las conferencias episcopales, elaboramos y aprobamos la proposición metodológica. Asumiendo el voto de los presidentes, preparamos además las listas de nombres que ofrecimos a la Asamblea para constituir con ellos las comisiones auxiliares que facilitarían el trabajo.
El espíritu de comunión y participación inspiró también nuestros diálogos con la Santa Sede, particularmente con el Cardenal Giovanni Battista Re, Presidente de la Comisión para América Latina, y con los Consejos pontificios (por ejemplo, con el Consejo para los Laicos), que colaboraron directamente, convocando con nosotros encuentros preparatorios. Fueron muy significativas las audiencias con los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, que siempre apoyaron e impulsaron la celebración de la Asamblea con sus palabras de aliento y sus decisiones.
Selló el espíritu que caracterizó ese tiempo, la presencia del Santo Padre en Brasil, especialmente sus palabras junto al santuario. Agregó un nuevo motivo de gratitud a él su discurso inaugural, al inicio de la Asamblea. En él unió magistralmente su enseñanza, llena de verdad evangélica, con la cual confirmaba e iluminaba nuestra fe, con un trato cordial, colmado de cercanía fraterna y de esperanza. Para muchos fue algo nuevo. Nunca habían escuchado un discurso pontificio en el cual el Pastor universal uniera a su sabiduría doctrinal tanta sencilla cordialidad. Fue él quien abrió el espacio interior que caracterizó a la Vª Conferencia General: espacio de comunión fraterna, de confianza en la acción del Espíritu Santo y en los hermanos y hermanas, y de libertad evangélica.
En medio del trabajo de las comisiones, mientras transcurrían los días, la comunión y participación adquirieron además otra dimensión que muchos no esperaban. Los laicos, los sacerdotes diocesanos, los diáconos permanentes, los religiosos y las religiosas que fueron invitados a Aparecida tuvieron una profunda experiencia de sus pastores como hermanos y amigos. En ese ambiente un arzobispo de lejanas tierras recordaba las palabras con las cuales el Santo Padre Juan Pablo II aprobó la celebración de una nueva Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: «Mantenete la vostra forma!». Con excesiva benevolencia el arzobispo, ante el diálogo que presenciaba, las interpretaba como si el Papa nos hubiera dicho: ¡Mantengan la forma de reunirse que a ustedes les es propia!
La presencia, la participación activa y el interés fraterno de representantes de otras comunidades cristianas, mantuvieron viva la esperanza y la oración ecuménicas, y la voluntad de trabajar para que todos seamos uno, en la comunión plena de la misma fe y el mismo amor [1].
Vivir y trabajar en comunión todas las jornadas, suponía reconocer en los demás la aceptación viva de su vocación y su misión a los ojos de Dios en bien de la Iglesia y de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Sólo reconociendo en los demás que Cristo salió a su encuentro y los llamó, que ellos quieren permanecer en su amor y buscan la unidad querida por el Señor, como asimismo cooperar con su sabio plan de amor; sólo así, la pluralidad de los miembros logra vivir una profunda experiencia de comunión. Así logran colaborar con esperanza, superando toda suspicacia y desconfianza que, de una u otra manera, al inicio de estas Asambleas casi siempre afloran.
Caracteriza al espíritu de Aparecida la inclinación a descubrir la bondad y la verdad que se expresa en los pensamientos, las palabras y las iniciativas de los hermanos que se encuentran día a día con el Señor. Efectivamente, gracias a esta vivencia fuerte de comunión y participación. Hablamos del espíritu de Aparecida.
3. Hacia el encuentro con Jesucristo vivo
Nuestra ruta a través de las Conferencias Generales del Episcopado de Latinoamérica y El Caribe le abrió el camino a una Iglesia que, desde su propia historia y cultura, enriquecida por el Concilio Vaticano II, aceleró su paso hacia la nueva evangelización. Las Conferencias anteriores enfocaron nuestro quehacer pastoral, priorizando diversas dimensiones esenciales de la vida y la misión del Pueblo de Dios.
Esta vez nos pareció necesario llegar con profundidad a la identidad viva y a la misión del sujeto que debe responder a los grandes retos de nuestro tiempo. Fuimos al corazón de nuestra existencia y vocación: al encuentro con Jesucristo vivo, que nos hace sus discípulos misioneros. Esta manera de caracterizar la vocación del cristiano –ser «discípulos misioneros de Cristo»– no se encuentra así en los documentos conclusivos de las Conferencias precedentes. Estábamos acostumbrados a hablar de los bautizados, los fieles, los creyentes, los testigos, los militantes y, últimamente, de los evangelizadores, pero no de los «discípulos», y menos aún de los «discípulos misioneros».
Escogimos la palabra «discípulos», de extraordinaria riqueza bíblica, para caracterizar nuestra vocación, ya que ella anuda la relación viva con el Maestro y Pastor de quien es llamado por Él y lo ha encontrado. Además, subraya la coherencia, tan débil en incontables bautizados, entre el seguimiento de Jesucristo y la construcción de la sociedad como discípulos suyos. Propusimos la palabra «misioneros», implorando un despertar, en la fuerza de un nuevo Pentecostés, del letargo misionero que constatamos en nuestra Iglesia de América Latina y del Caribe.
De esta manera quisimos acoger y profundizar la orientación pastoral que nos entregó el Sínodo de América. A partir del «encuentro con Jesucristo vivo» nos pareció necesario llegar con profundidad a la vida, a las costumbres y a las iniciativas de quienes se reconocen sus discípulos, y descubren, en virtud de ese encuentro, su camino de conversión, comunión y solidaridad [2].
Fue el Santo Padre quien nos invitó en la introducción de su primera encíclica a partir desde el encuentro con la persona de Jesús, recordándonos que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» [3].
Este encuentro une nuestra existencia a la vida de los primeros cristianos, como lo expone el Documento:
«Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de las palabras de Jesucristo, por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona, acogieron el don de la fe y llegaron a ser discípulos de Jesús. Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (Cf. Lc 1, 79), su vida adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo, y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida.» (21)
Nos sobrecoge pensar que Cristo haya salido a nuestro encuentro. Su venida y su amor hasta el extremo nos comprometen a vivir, como discípulos misioneros suyos, «cargando con nuestra cruz y urgidos por su envío» [4] en ese espacio interior de alianza que Él abrió, reconociendo en todo el primado del amor.
En efecto, el encuentro con Jesucristo desata el dinamismo del amor, ya que su amor despierta amor, escucha, asombro y contemplación, pero también la voluntad de seguirlo y de colaborar vigorosamente con Él. Amarlo despliega en nosotros el dinamismo, a veces realmente doloroso, de la liberación de actitudes, convicciones y sentimientos ajenos al Reino; pero también desata el dinamismo transformador de la conversión que nos da los pensamientos y los sentimientos de Cristo, como asimismo el dinamismo de la comunión en la Iglesia y de la solidaridad, que es amistad, gratuidad, servicio y adhesión no sólo a su persona, sino también a quienes Él ama, sobre todo a los más afligidos y marginados. Encontrarnos con Él y seguirlo nos conduce por el camino hacia la cruz y la resurrección, participando de su misión reconciliadora que nos hace familiares de Dios, y de su madre María, como también de todos como hermanos.
Así tomamos más conciencia de que nuestra vida despierta y crece, en camino a la santidad, cuando dejamos que el amor de Dios, expresado de manera eminente en la Eucaristía, nos penetre, nos sobrecoja, nos una y nos transforme, despertando en nosotros toda la belleza y las potencialidades de nuestra vocación: ser imagen y semejanza misteriosa de un Dios que es amor, que es comunión.
En el encuentro gozoso con la Buena Noticia experimentamos con asombro la llamada a «estar en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1Jn 1,3), muerto y resucitado, en el Espíritu Santo (2Co 13,13)» (155). Así, descubrimos con alegría que nuestra vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en la Iglesia [5], que no hay discipulado sin comunión [6], y que todos «estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la Trinidad, pues ‘la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria’ [7]» (157).
Realmente, nos sentimos y vivimos como «un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» [8], llamado a ser «en Cristo como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» [9], encontrando nuestro fundamento y sustento en la comunión con la Trinidad [10]. Precisamente «la experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro» (240).
El espíritu de Aparecida, porque es un eco del Evangelio, no presenta al cristiano desde una perspectiva primeramente ética o ideológica, sino personal: desde el encuentro con Jesucristo vivo. Es un encuentro que nos incorpora al amor trinitario, y así a la comunidad de sus discípulos en la Iglesia, y de todos los que Él ama, nos da vida nueva y nos pone al servicio de todos, especialmente de quienes sufren.
4. La alegría del Magnificat y los desafíos del tiempo
Al centrar nuestro trabajo en el encuentro vivo con Jesús y en nuestra vocación a estar con Él como sus discípulos, conformando una comunidad de hermanos, y a ser enviados como misioneros suyos, en Aparecida fue tomando cuerpo una convicción: la alegría del Magnificat debe ser el acorde fundamental de la vida de un cristiano.
Es cierto, en muchos países cargamos sobre nuestros hombros la cruz pesada de estar perdiendo en el ámbito público, en el discurso político y en muchos medios de comunicación la evidencia del sentido de nuestra vida como cristianos, la memoria de las aportaciones del cristianismo a nuestros pueblos, y el respeto, a veces desmesurado, que se daba a los ministros de la Iglesia. Sin embargo, ante el secular desafío de superar la miseria y la injusticia que sufren millones de latinoamericanos, y ante las grandes amenazas de nuestro tiempo, ante los grandes sueños y las grandes carencias de quienes viven al margen de los bienes de la sociedad, ante las vacilaciones, los desconciertos, las oportunidades, las expectativas y los problemas que aporta la globalización económica, cultural y religiosa, no queremos reaccionar con temor o con ansiedad, con ingenuidad o con agresividad, con indiferencia o aislándonos de los demás.
Peregrinaremos por el mundo con un corazón lleno de gratitud por habernos encontrado con Cristo, Evangelio vivo del Padre, Esperanza y Vida de nuestros pueblos. Peregrinaremos como discípulos misioneros suyos. Lo haremos sin desentendernos de nuestra responsabilidad por este mundo. Nos esforzaremos por discernir los signos del tiempo con amor a la verdad, sin dejarnos colonizar por propuestas decadentes que corroen y destruyen la dignidad de la persona y de la familia. Abriremos caminos alternativos conformes a la razón y a la fe. Lucharemos por ser fermento, a la vez que instrumentos de comunión y reconciliación. Colaboraremos con la gracia de Dios, trabajando en la construcción del Reino de justicia, de verdad, de vida y de paz. Enfrentaremos los desafíos, los más avasalladores y los cotidianos, pero siempre dando cabida preponderante en nuestro espíritu a un sentimiento y una actitud básica, a «la gratitud y la alegría de ser cristianos» [11], a la alegría de «ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio» [12].
Esta alegría caracteriza el espíritu y el mensaje misionero de Aparecida y quiere brotar en un corazón consciente y emocionado por los dones sobreabundantes de Dios. Fue la actitud de la Sma. Virgen, de la pobre de Yahveh a la vez que admirable esclava del Señor, cuando acogió al Hijo de Dios en Nazaret. Todos los días la recuerda la Iglesia en el mundo entero cuando canta con ella el Magnificat. Con razón saludó el ángel a la mujer llena de gracia, deseándole alegría.
5. La realidad desde una mirada creyente
Llegamos a Aparecida urgidos por la misión de la Iglesia al servicio de la vida de nuestros pueblos. Teníamos conciencia de que se abre paso «un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, y por la emergencia de variadas ofertas religiosas que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros pueblos» [13].
Como en las Conferencias Generales anteriores, queríamos intercambiar y profundizar nuestra visión de la realidad, obtener un diagnóstico certero de las tendencias culturales, religiosas, sociales, económicas y políticas, de las visiones del hombre, la familia, la vida, el trabajo y la sociedad que las impulsa, de los proyectos históricos que quieren instaurar y de su sustento ético. Queríamos «ver» en profundidad.
Ya en la preparación remota de Aparecida, el CELAM había ofrecido valiosas reflexiones sobre las megatendencias del Continente [14] y, más tarde, sobre el proceso de globalización en curso y nuestra misión evangelizadora en un mundo globalizado [15]. También el Documento de Participación describió la realidad desde diferentes ángulos. Sin embargo, no nos dejaban satisfechos los esfuerzos realizados.
Mientras unos buscaban, en un loable intento, las mejores estadísticas para palpar descarnadamente la realidad, persiguiendo la mayor objetividad en la aplicación rigurosa del método ‘ver-juzgar-actuar’, poco a poco emergió una nueva perspectiva que daba gran importancia al sujeto creyente que ‘ve’. Así, la Síntesis de los Aportes Recibidos resumía la visión de la realidad con el sugerente título: «Miramos a nuestros pueblos a la luz del proyecto del Padre». Y explicaba que así el método ‘ver-juzgar-actuar’ «nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con simpatía crítica; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo» [16].
Fue el Papa Benedicto XVI, en su Discurso Inaugural, quien mostró todo el horizonte de la realidad que abarca nuestra mirada, al plantear un interrogante radical:
«¿Qué es esta «realidad»? ¿Qué es lo real? ¿Son «realidad» sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de «realidad» y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.
La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis. (…) Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad.
Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo «hasta el extremo», no puede dejar de responder a este amor sino es con un amor semejante: «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57 )» [17].
Al reflexionar sobre el mundo, y en él sobre la Iglesia peregrina, dejó una huella profunda en el espíritu de los participantes en la Asamblea de Aparecida, esta visión amplia y profunda del Santo Padre acerca de la realidad. Nuestro «ver» tiene que abarcar toda la realidad. En primer lugar, la realidad fundante, el Creador y Padre de todo lo creado, Señor de la vida y de la historia, el Dios-con-nosotros, Redentor y Pastor de los pueblos. Abrir los ojos para ver a Dios y plantearse responsablemente ante la creación, abrirlos para constatar sus obras y su intervención en la historia, y para ver al ser humano como colaborador suyo o como opositor a su plan de amor, ofrece un sólido fundamento al discernimiento sabio, a la misma comunión, como asimismo a la acción transformadora y al asombro contemplativo.
Ésta es una dimensión transversal que caracteriza el alma del Documento. Con la gracia de Dios queremos que marque nuestra existencia. Quienes viven así, con un corazón que se abre a toda la realidad, avanzan más rápidamente hacia la santidad, hacen más atrayente la irradiación de sus vidas y de nuestras comunidades, y más fecunda su acción transformadora del mundo, como también el dinamismo misionero de la Iglesia.
6. Entre cálculos humanos y siembras de Dios
En Aparecida, por eso, no nos nacía mezclar cálculos meramente humanos con sabiduría divina. No nos propusimos elaborar las opciones pastorales a partir de la constatación de carencias, falsedades, increencias, injusticias y otros males, para luego deducir y señalar nuevas orientaciones. Antes que nada quisimos reconocer la siembra de Dios, y considerar nuestra labor una verdadera co-laboración, poniendo el fundamento de nuestro trabajo en el plan del Padre, en la Pascua de Cristo y en las mociones del Espíritu Santo. Los párrafos sobre la ecología (125s), por ejemplo, muestran la necesidad de respetar la sabiduría del Creador, constituyéndola en el fundamento de nuestra intervención en el mundo. Pero quien reconoce la siembra de Dios, busca sus frutos y tiende con toda el alma a superar carencias y remediar males, pero a partir de la verdad, la vida, los caminos y los dones que provienen de Dios.
El documento se refiere a la obra de Dios también cuando valora su siembra en la religiosidad popular. Lo dice con estas palabras en el número 263:
«No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios. En la piedad popular se contiene y expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal. Es también una expresión de sabiduría sobrenatural, porque la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente, sino de la acción interna de la gracia. (…) Es una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos, que no por eso es menos espiritual, sino que lo es de otra manera».
Al lugar que queremos darle a la siembra de Dios ya se refería el Documento de Síntesis en el número 317:
«Toda iniciativa y todo plan pastoral en la Iglesia ha de tener presente la acción del Espíritu Santo. Nosotros colaboramos con Él. Por eso, no basta con constatar carencias y deducir de ellas nuevas intervenciones pastorales. Aún antes de elaborar nuevos planes pastorales, es necesario contemplar y discernir las iniciativas que ya ha tomado o está tomando el Espíritu Santo. Éste es el primer imperativo de todo plan y de toda pedagogía pastoral. Ha de buscar cuidadosamente las personas y comunidades, y las iniciativas evangelizadoras a través de las cuales el Espíritu ya está obrando, como asimismo los carismas que Él sembró y está sembrando en el Pueblo de Dios. El bautizado, cuando piensa en su acción evangelizadora, debe tener la confianza de que no parte de cero. Alguien, el Espíritu Santo, ya trabajaba antes que Él y lo invita a colaborar con Él, tomando como punto de partida la vida y las iniciativas que ya existen y que esperan aliento, apoyo, conducción e integración para ser plenamente fecundas y dar todos sus frutos».
Desde esta opción necesaria, que no nos apartó de una visión realista de la acción de quienes siembran cizaña y de sus efectos, personales y estructurales, destructivos de la dignidad humana, el primado de la acción del Espíritu llevó a los obispos a valorar de manera preponderante todo lo que brota y crece en la sociedad y particularmente en el Pueblo de Dios por obra del Espíritu, como asimismo cuanto reacciona contra el mal, por acción del mismo Espíritu. Queremos fortalecer dichas acciones, desplegar su esperanza y sus proyectos, de modo que puedan abordar con decisión también las carencias y los vacíos de la evangelización, levanten alternativas poderosas a la contra-cultura de la injusticia, la corrupción, el engaño, la indiferencia religiosa y la muerte, y ofrezcan lo mejor de sí para que nuestros pueblos tengan vida en Cristo.
Contemplar las obras y las iniciativas de Dios, pero sin olvido de las mediaciones humanas de las que se vale el Señor; considerarlas la raíz fundamental de nuestra colaboración con Él, recurrir asiduamente a Él como Creador y Revelador para descubrir sus caminos, y vivir resueltos a acoger sus dones y a cumplir su voluntad, son actitudes que caracterizan el espíritu de Aparecida.
7. La originalidad de nuestra pedagogía pastoral
Los documentos del Magisterio con cierta frecuencia dan pocas luces acerca de los caminos que conducen a la realización de las metas que proponen. El documento de Aparecida dedica a este tema un capítulo entero: 106 números de un total de 554, y propone los múltiples lugares del encuentro con Cristo. Se detiene en los más conocidos, como ser la Eucaristía, la reconciliación sacramental y el servicio a los pobres y atribulados. Constituye una novedad la relevancia que da a la práctica de la ‘lectio divina’ y a la animación bíblica de la pastoral (247-249). Llama la atención la sensibilidad con la cual describe la piedad popular (258-265), la vida de los santos (266-275), y sobre todo de la Virgen María, como espacios de encuentro con Jesucristo. Como era de esperar, prioriza la renovación de la iniciación cristiana y de la catequesis (286-300), y alienta la formación de discípulos misioneros.
Tal vez lo más notable de este capítulo, lo que revela su espíritu y le confiere originalidad por volver a las fuentes bíblicas, se encuentra en dos de sus introducciones, en los números 244 y 245, y en los números 276, 277 y 278a.
«La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo como los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta: ‘¿qué buscan?’ (Jn 1,38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: ‘vengan y lo verán’ (Jn 1,39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano» (244).
Llama fuertemente la atención con cuánta seguridad se afirma que «esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano». Más adelante insiste el documento en la invitación a volver al Jordán y rescatar el dinamismo de ese primer encuentro como metodología pastoral.
«La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El Caribe, requieren una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia. Miramos a Jesús, el Maestro que formó personalmente a sus apóstoles y discípulos. Cristo nos da el método: ‘Vengan y vean’ (Jn 1,39), ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14,6). Con Él podemos desarrollar las potencialidades que están en las personas y formar discípulos misioneros. Con perseverante paciencia y sabiduría Jesús invitó a todos a su seguimiento. A quienes aceptaron seguirlo los introdujo en el misterio del Reino de Dios, y después de su muerte y resurrección los envió a predicar la Buena Nueva en la fuerza de su Espíritu. Su estilo se vuelve emblemático para los formadores y cobra especial relevancia cuando pensamos en la paciente tarea formativa que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto sociocultural de América Latina» (276).
«El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y en la invitación personal de Jesucristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz. El Señor despertaba las aspiraciones profundas de sus discípulos y los atraía a sí, llenos de asombro. El seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena. El discípulo es alguien apasionado por Cristo a quien reconoce como el maestro que lo conduce y acompaña» (277).
Entre los diferentes aspectos del proceso, el documento medita sobre la actualidad de ese primer diálogo de encuentro con Cristo, y llama nuestra atención sobre la pregunta del Maestro: «¿Qué buscan?». Lo hace con las siguientes palabras:
«Quiénes serán sus discípulos ya lo buscan (Cf. Jn 1,38), pero es el Señor quien los llama: ‘Sígueme’ (Mc 1,14; Mt 9,9). Se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda, y se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana»