José María Barrio Maestre (Madrid, 1960) es doctor en Filosofía con Premio Extraordinario y profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid, cuenta con más de 40 libros publicados y diversas colaboraciones centradas en los ámbitos de la Filosofía, la Ética, la Antropología y la Teoría de la Educación. En tiempos de la inteligencia artificial, nos presenta el libro Sócrates en el aula, en el cual desarrolla la relación que existe, desde sus inicios, entre la educación y la filosofía. Nos recuerda que el propósito original de la escuela es transmitir el aprendizaje, así como el respeto por la realidad y el amor a la verdad. Hoy este desafío es aún mayor, pues debemos tener presente que el hábito intelectual de la sabiduría pertenece únicamente al animal racional y no a la máquina. Para ello, el autor recupera la influencia de Sócrates, cuyo método fue posteriormente formulado por Platón y Aristóteles.
Hoy la realidad se presenta confusa y resulta difícil acceder a ella, siendo este uno de los principales desafíos de la educación actual. Por ello, es necesario promover más diálogo y conversación en las salas de clases. De hecho, “Aristóteles ha explicado muy bien que esa conversación es lo que constituye precisamente la comunidad humana, la koinonía” (p. 54).
¿Por qué hoy no se dialoga o no se discute en el buen sentido de la palabra? Para responder esta interrogante, el autor recurre a Joseph Ratzinger y su crítica a la dictadura del relativismo, para la cual “si la verdad no existe, ¿quién se lleva el gato al agua en los conflictos de intereses?” (p. 55). Actualmente hay mucho debate, pero poca discusión auténtica y poco diálogo. No sabemos, ni se enseña adecuadamente, a distinguir entre la verdad y la mera similitud, lo que nos hace especialmente vulnerables a los relatos que circulan en las redes sociales. El profesor tiene en ello una tarea fundamental, siempre y cuando sea un apasionado de su materia y se interese seriamente por conocerla en profundidad, de modo que sea capaz de transmitirla y despertar en los estudiantes la capacidad de asombro.
Más adelante, el libro nos conduce a la necesidad de recuperar elementos fundamentales en la formación del ciudadano, como la paideia, y a reconocer en Sócrates las tareas propias del maestro. En sus orígenes, la escuela no fue concebida para aprender lo útil, sino para cultivar el ocio contemplativo, promoviendo aquellas disposiciones intelectuales y morales necesarias para participar de la vida pública de manera culta y civilizada.
Se trataba de aprender a “leer y escribir bien, a estudiar, a escuchar, a formarse criterio y contrastarlo discursivamente; en definitiva, aprender a pensar y a discutir con rigor, a armar razonamientos que puedan comparecer en una conversación significativa y que puedan confrontarse entre sí” (p. 93). La tarea del maestro consiste en formular preguntas que nos hagan volver críticamente sobre nuestros juicios y prejuicios. Asimismo, debe ayudar a dar a luz y dar forma a aquello que ya sabemos, ayudándonos a definir, es decir, a delimitar. La escuela fue pensada como una introducción a la realidad mediante un lenguaje significativo. En su concepción original tuvieron un papel decisivo, por un lado, el cuidado socrático por la definición conceptual; por otro, la idea platónica de lucidez y, asimismo, la exigencia aristotélica de rigor en el discurso de la razón (p. 181).
En educación, la filosofía puede ser una herramienta valiosa para superar la desazón con la que muchas veces vivimos. El no filósofo, en lugar de buscar el saber, se conforma con la opinión, con el parecido, con la imagen y con lo no original; se queda en la caverna platónica, se instala en lo virtual. Sin embargo, “no podemos hoy sacar por completo la virtualización; sería insostenible y anacrónico, pero una educación menos virtual es una ayuda al crecimiento de lo más humano del ser humano” (p. 177).
Cuando la educación hace que el aprendizaje sea cada vez más técnico, este libro muestra la necesidad de reconciliar la enseñanza con el pensamiento, volviendo a aquello humano que dio origen a la escuela. Es preciso reivindicar nuevamente el asombro como origen del saber y la importancia de la palabra como generadora de diálogo y reflexión. Porque una pedagogía sin fundamento filosófico podría convertirse en una forma de ingeniería social, y una filosofía que no se proyecte hacia lo público no estaría suficientemente pensada.