El martes 14 de abril se realizó el lanzamiento del libro “Presencia y expectativa. Fundamentos antropológicos de la vida social”, del sociólogo Pedro Morandé, en la Fundación Cultural Providencia. A continuación, compartimos una transcripción adaptada de las palabras dirigidas por Pablo Ortúzar, quien estuvo a cargo de presentar el libro junto a Consuelo Araos y Daniel Mansuy.
Para comenzar, quiero felicitar al equipo de Tanto Monta por este esfuerzo editorial. La forma en que nace este libro es conmovedora, pues involucra un ejercicio de lo que en inglés se llama discipleship y, en castellano, discipulado. Este concepto, por cierto, se utiliza sueltamente en círculos académicos para referirse a los estudiantes que maduran su reflexión al alero de algún profesor. Pero en círculos académicos cristianos tiene además connotaciones bíblicas.
En su presentación Ignacio Stevenson nos cuenta cómo el libro fue madurando a partir de las notas de Cecilia Bralic tomadas en un curso del profesor Morandé dictado entre 1990 y 1995, las cuales esta discípula buscó transmitir a una comunidad de estudio que pudiera hacer una recepción viva de ellas, para así convertirlas en un libro que fuera más que simplemente un material de archivo. Esta recepción viva, que incluyó reuniones y lecturas, a lo largo de cinco años, con más discípulos y con el propio profesor, termina forjando una comunidad que produce un libro que ya no es un rescate bibliográfico, sino un símbolo. No un mero signo. Cito el libro: “La máscara oculta algo, a la vez que lo revela. Como símbolo, a diferencia del signo, sugiere que en el portador de una máscara hay una cierta dramaticidad, una finalidad que despierta una expectativa”. Estamos ante el producto que refleja vínculos únicos e insustituibles de discipulado que, a su vez, apuntan más lejos, hacia lo trascendente. Se recibe lo donado y se dona lo recibido. El libro es reflejo de una amistad, a la que, por cierto, también invita, y esa amistad forjada en la presencia desborda las páginas impresas.
El libro en sí constituye una exposición y defensa de una antropología cristiana frente a sus alternativas modernas, que son caracterizadas como nihilistas. Para Morandé el nihilismo es la incapacidad de distinguir o preferir entre el ser y la nada. Y hoy, esta renuncia al ser ya ni siquiera tiene una elaboración propiamente filosófica, sino tecnológica. Se termina por ponernos a disposición de la tecnología como si nosotros fuéramos, finalmente, simples medios para su desarrollo. El autor, en ese contexto, hace provechoso uso de elementos teóricos desarrollados por los mejores sociólogos modernos, pero siempre mostrando las limitaciones de sus ambiciones: a Luhmann no le deja pasar la idea de que las personas estén fuera de la sociedad, estando esta constituida simplemente por comunicaciones. Y a Habermas, por cierto, tampoco le concede que el “mundo de la vida” se sostenga en diálogos ilustrados. En su lucha contra estas ilusiones, de hecho, Morandé reivindica la realidad de lo viviente, la oralidad, la presencia, el don y la unidad teleológica del ser, orientado a la felicidad, que incluye y combina la verdad, la belleza y el bien. Reivindica también a la persona humana, en toda su extensión, que nunca puede ser tratada como simple medio, y, al ritmo de ese tambor, defiende la modernidad barroca latinoamericana, la indisponibilidad de toda vida humana, y cita a Gary Medel para explicarnos que la palabra escrita, sin la chispeza del lenguaje forjado en la oralidad y la presencia, está condenada a la muerte.
Si tuviera que resumir la crítica a la ideología tecnológica moderna presente en el libro, y tengo que hacerlo, diría que la tecnología está hecha para el hombre, y no el hombre para la tecnología. Los medios no pueden determinar a los fines.
Presencia y expectativa es una lección en el despliegue de un pensamiento propiamente cristiano, constituido por una ambivalencia que distingue constantemente el plano de lo inmanente o temporal, del plano de lo trascendente o espiritual. Su punto de inicio es un ser humano finito pero que intuye lo infinito, y que vive en el siglo, en el saeculum, como peregrino. Peregrinaje que, en ningún caso, pretende hacer colapsar lo trascendente y lo inmanente, invalidando lo finito por el hecho de serlo. Hay un valor en esta bifurcación y en la dramaticidad que acompaña el vivir conscientes de que moriremos, cuyo sentido último podemos esperar entender al final del camino.
Cierro con un recuerdo personal. Yo conocí la obra del profesor Morandé gracias a Rolf Foerster y sus discípulos en la Facultad de Antropología de la Universidad de Chile. Leímos Cultura y modernización, y luego Ritual y Palabra, que solo existía como fotocopia roñosa de otra fotocopia roñosa. Todo hace más de veinte años. Tuvo un enorme efecto en nuestra formación. Con el tiempo, comenzamos a viajar a San Joaquín para escuchar algunas clases del profesor Morandé y de Carlos Cousiño en el Instituto de Sociología de la Universidad Católica. También invitamos un par de veces al profesor Morandé a Juan Gómez Millas. Después de eso, lo pasé a ver varias veces a su oficina de decano, donde estaba siempre tomando un café entre cerros de libros. Hace diez años, cuando el IES cumplió diez años, invitamos al profesor Marcel Henaff, que era un profesor francés entrañable que hacía clases en California, San Diego, a hablar sobre la ciudad y el don. Con él fuimos a ver a Morandé a su oficina. Por una hora o más, tuve el privilegio de escucharlos conversar. Fue un momento que atesoraré para siempre. Por cierto, me emocionó ver citado en Presencia y expectativa al profesor Henaff.
Ver hoy al profesor Morandé, junto a la profesora Vivianne, su compañera de toda la vida, es realmente un regalo. Y lo es también saber que toda esta memoria, todo lo que ha pasado, esos 45 años dedicados por completo a la academia, no se los ha llevado el viento. Que, a diferencia de la reflexión final del Replicante, que adquiere conciencia humana en Blade Runner, nada de esto desaparecerá como lágrimas bajo la lluvia, ni siquiera con la muerte, porque es parte de una cadena de dones, de una entrega fundada en la verdad, que no comienza ni termina aquí, sino que apunta a lo más alto, hacia la finalidad última reflejada por nuestras máscaras.