La Orden de San Agustín (O.S.A.) ha hecho grandes aportes a la capital maulina. En 1742 donó los terrenos para su fundación, gesto que el gobernador Manso de Velasco correspondió nombrando al naciente poblado como Villa San Agustín de Talca. El libro cuyo título encabeza estas líneas aborda un aporte agustiniano que, al paso de las páginas, se revela como excepcional: la presencia del beato José Agustín Fariña, nacido en Valladolid, España, en 1879.
El autor, fray José Ignacio Busta, agustino y talquino por añadidura, nos introduce en la vida del beato mártir que arribó a Chile en 1896, a sus 16 años, como fraile de votos simples. Dos años después, en la iglesia San Agustín de Talca, que aún se alza en Alameda con Dos Oriente, el religioso adolescente profesa votos solemnes, y en Santiago, a sus 22, es investido como sacerdote.
En un relato minuciosamente documentado, la hagiografía delinea la sintonía del padre Fariña con el lema de su orden: “Una sola alma y un solo corazón hacia Dios”. Basada en los archivos de la Orden de San Agustín, nos ilustra cómo, bajo la guía de agustinos chilenos, fue madurando en el futuro beato la interpelación que alguien escribiera: “Si eres sacerdote, ¿por qué no eres santo?”.
Los frutos de esa inquietud no tardaron en llegar. En 1906 lo nombran Maestro de Novicios y, en 1908, para edificación de postulantes y feligreses, publica “La Hojita del Buen Consejo”, manifiesto de devoción mariana. En 1910, siempre bajo su dirección, se convertirá en la revista El Buen Consejo, que será “responsable del 95% de las vocaciones de los jóvenes” al postulantado agustino.
En la senda del cielo ofrece varios escritos del beato, esclarecedores de la vida interior que lo llevó a los altares. En su “Tesoro del novicio”, publicado en Talca en 1910 y difundido paulatinamente en Chile, España y otros países, alienta a sus discípulos en el combate espiritual: “Jamás caigas en desmayo y en desaliento por la poca enmienda que notes en ti; muy al contrario, a la manera de un niño que cae muchas veces […] así has de hacer tú, levantándote mil veces […] y proponiendo diez mil veces no volver a tus faltas”.
Un auténtico hallazgo es el talento poético del padre Fariña. De vuelta en España, lo plasmará en la publicación “Vida sobrenatural”, “al estilo de los sonetos de Lope de Vega”. He aquí un extracto de la exhortación de Cristo para que el alma se vuelva hacia Él.
Jesús. Amada mía.
Ábreme que me atiere
El crudo cierzo de la noche fría.
¿Será que abrir no quiere?
Ni se oye su voz, ni suena celosía.[…] Ángel, ve y dile que si
el portal cierra
Se asome a la ventana.
Quiero su rostro ver… ¿Viene?Ángel. Se aferra
En decir que mañana.Jesús. ¡Como ayer…!
¡Oh, qué frío hace en la tierra!
La biografía gana poder evocador a medida que se nutre de mayor número de fuentes. Así, conmueve la nostalgia del beato por Chile, sus novicios y postulantes tras partir de vacaciones a España, a fines de 1917.
Yo siento la nostalgia de mi querido Chile. Nunca creí que lo amase tanto como ahora que me veo lejos de él. […] ¡Cuánto echo de menos esa majestuosa cordillera de los Andes, esos ríos caudalosos y ese valle tan fecundo del suelo privilegiado de Chile! […] Espero que mi ausencia sea corta. Todos los días veo y beso el retrato de ustedes. Rueguen por mí, mucho, mucho.
Con prosa sencilla, el padre Busta colaciona con acierto los escritos en que el beato recalca la negación de sí mismo como precio de los votos. “En la Religión, querrás, muchas veces, una cosa, y se te negará; vivirás tranquilo en tal convento, y una orden de la obediencia te mandará en veinticuatro horas trasladarte a otro que tanto te disgusta, o abandonar tu patria […]”.
Y, en efecto, la expectativa del pronto retorno se disipa repentinamente. La Curia General de la Orden lo llama a Roma para encargarse de las causas de beatificación y canonización agustinas. Sin perjuicio de este encargo, que desempeña con fervor, es destinado a la comunidad de Huelva donde permanece dos años, y luego a Calahorra, como Maestro suplente de Novicios. Allí, al tiempo que consuela y alienta a las almas en un estado de oración continua, publica escritos y poemas místicos. Se dice de él que “llevaba la unión con Dios”.
En 1927 es transferido al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial donde, conocido como fundador y director de “El Buen Consejo”, recibe la misión de establecer una publicación mensual que tendrá por nombre “Vergel Agustiniano”.
Se le oye con frecuencia hablar de Chile, desde donde en 1929 se lo solicita unánime pero infructuosamente como Maestro de Profesos de la Provincia.
Con precisión sobrecogedora En la senda del cielo relata cómo, a partir de 1931, viviendo nuestro protagonista “de lleno en las cosas de Dios”, se enciende en España el odio religioso. Iglesias, colegios y conventos arden por la furia anticatólica. En 1933 se prohíbe la educación confesional y, en 1935, la península ya es una fragua atizada por ideologías cuyo fanatismo triunfa, al año siguiente, en las elecciones generales.
El alzamiento del ejército hace recrudecer la persecución. El “Terror Rojo” y sus tribunales revolucionarios llegan a El Escorial. Desde allí el padre Fariña y otros 106 frailes son conducidos a prisión entre “bayonetas, insultos procaces y salivazos de la milicia republicana”.
El martirio lo encuentra junto a otros 50 agustinos en Paracuellos de Jarama, cerca de Madrid. La confesión que selló su suerte fue tan escueta como patente: “¿Religioso de El Escorial? Sí”. La sentencia quedó consignada con las letras “L.d.” o “libertad definitiva”, eufemismo de “muerte por fusilamiento”. El autor interpreta la coincidencia de esta sigla con la frase latina laus Deo “como una ironía de la Divina Providencia” y como causa verdadera de su muerte: “alabanza de Dios”.
El padre José Agustín Fariña fue beatificado en Roma el 28 de octubre de 2007 por el Papa Benedicto XVI, junto a otros 497 mártires españoles. Su fiesta se celebra el 6 de noviembre. En la iglesia de San Agustín, en Santiago de Chile, una estatua del beato preside el altar que se le ha consagrado.