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Un catecismo para pecadores. Practicantes, tibios, alejados y no creyentes

Reseñado por Cristóbal Guerrero C.

10 septiembre 2026


Un catecismo para pecadores

Joseph Ramos se presenta como un “feligrés católico” (p. 9), quien, sin ser teólogo ni tener estudios formales de religión o filosofía moral –cuestión que enfatiza durante todo el texto para que no se preste a confusiones–, ha escrito este libro animado por tres razones fundamentales: para explicitar su fe, en cumplimiento del deber de todo cristiano de tomársela en serio y dar razón de sus convicciones; para conectar con cristianos y no cristianos con quienes presume comparte muchas de las mismas dudas que intenta resolver, o al menos enunciar posibles caminos para dilucidarlas; y, finalmente, como una manera de evangelizar y dar a conocer la fe cristiana.

Ramos plantea dos tesis fundamentales. Según sus propias palabras, la primera es que “el árbol doctrinal de la Iglesia católica es muy frondoso” (p. 11), por lo que hace un esfuerzo por categorizar y jerarquizar las doctrinas que le parecen esenciales o de primer orden y distinguirlas de aquellas que, si bien importantes, le parecen menos fundamentales; y la segunda, referida a la moral, en que sostiene que Jesús no predicó una moral de mínimos, sino de máximos a los que debemos aspirar, es decir, que la moral cristiana se construye sobre ideales y no sobre el cumplimiento de reglas o normas mínimas, pues Jesús “no se conforma con que cumplamos con la letra de la ley sino nos pide cumplir con su espíritu” (p. 11), pero, enfatiza, que “Jesús no solo fue exigente, sino también compasivo y misericordioso con el caído” (p. 11).

En este esfuerzo, estructura el libro haciéndose cargo en una primera parte de las doctrinas o enseñanzas que considera indudablemente esenciales del cristianismo y catolicismo: la existencia de Dios; la divinidad de Jesús; el Espíritu Santo y la Trinidad; la propuesta de vida de Jesús y el reino; la redención, salvación y vida eterna. La segunda parte trata las que denomina “doctrinas y enseñanzas complementarias que han caracterizado la reflexión cristiana a través de los siglos” (p. 13), y que entiende como posiblemente esenciales: el pecado original; la gracia y los sacramentos; la oración y el encuentro personal con Dios; la Iglesia y la comunión de los santos; la Biblia, su autoridad e interpretación; los santos y María; la fe, obras e indulgencias; y los milagros. La tercera parte se refiere a la moral social e individual, poniendo sobre la mesa temas históricamente polémicos: aborto, eutanasia, compraventa de órganos, madres subrogadas, matrimonio cristiano y divorcio, el uso de anticonceptivos, las relaciones sexuales prematrimoniales y homosexualidad. La cuarta parte se refiere más en concreto a la Iglesia, realizando una crítica constructiva a su estructura jerárquica y de funcionamiento histórico, proponiendo caminos de adaptación a los tiempos actuales; para terminar esbozando en el epílogo lo que espera sea la Iglesia de los próximos siglos y milenios.

Se trata de un esfuerzo encomiable por sintetizar en pocas páginas una visión bastante completa de la doctrina cristiano-católica desde la mirada de un laico a todas luces comprometido con su fe, sin atribuirse autoridad doctrinal o moral; abordando los distintos aspectos que propone con simpleza, haciendo fácil su aprehensión para cualquiera, pero con la profundidad e inteligencia de una persona que no solo ha estudiado y reflexionado acerca de cada uno de los planteamientos y conjeturas que ofrece, sino que lo ha hecho motivado por la experiencia de haber experimentado en su vida un encuentro personal con Jesús.

Destaca en el libro el trabajo de jerarquización de las doctrinas cristianas que desarrolla, las que ordena y presenta como una forma de evitar de alguna manera que las ramas impidan ver el bosque. Entiende Ramos que, más allá de si el lector concuerda o no con la estructura jerárquica precisa que sugiere, le basta con que reconozca que “no hacer ese distingo puede confundir al feligrés y distraerlo del mensaje de Cristo” (p. 116).

Resalta también la forma en que plantea en el texto lo relativo a la “moral social” –fruto probablemente de su formación jesuita– de manera muy concreta (derechos humanos, migración, ética de los políticos, entre otras), bajo la premisa de que “si bien en los últimos 150 años la Iglesia ha desarrollado una doctrina social, esta nunca ha llegado al grado de concreción que la referida a los pecados personales como el adulterio, el robo, la soberbia o la hipocresía” (p. 119), postulando que “la preocupación por lo social recorre toda la Biblia, en especial su preocupación por los más necesitados, sobre todo las viudas y huérfanos, los más marginados de ese entonces” (p. 119), de modo que “nuestra salvación pasa por poner nuestros talentos al servicio de la construcción del reino” (p. 120).

Es valioso también que haya decidido manifestar su postura respecto de temas polémicos de moral individual en concreto, atreviéndose a cuestionar en ciertos aspectos los postulados tradicionales de la Iglesia católica, haciendo un cruce también con la forma en que son planteados por las iglesias oriental y ortodoxa. Se trata, en sus palabras, de “las reflexiones de un feligrés cristiano más, que trata de abordar estos temas a la luz del evangelio, la fe de la Iglesia y la razón” (p. 132), pero que no pretenden ser la última palabra y ni siquiera su última palabra al respecto.

En definitiva, es un excelente libro para cualquier cristiano que quiera reflexionar, con espíritu crítico, sobre el entendimiento de los aspectos centrales de la fe que profesamos; y también para cualquier persona no cristiana que tenga interés en conocer, bajo el prisma de un católico reflexivo, su mirada de la fe cristiana en sus aspectos centrales.

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